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jueves, 21 de febrero de 2008

La memoria hostil.


LA MEMORIA HOSTIL




Abajo discurre un barranco casi siempre atosigado de soledad. Me atrae por su aspecto hosco y adverso, como queriendo suprimir la presencia humana, obstaculizarla al menos en su afán de conservar una última actitud de fortaleza. Me decido a bajar por un camino más propio de cabras hasta el lecho sinuoso, orillado de maleza y espinos. Golpes de juncos se ofrecen envarados aquí y allá. De pronto se abre una gigantesca rambla, desgarrada por las avenidas, pero transitable. No exige demasiado esfuerzo a quien se siente empujado a descender, quién sabe por qué misteriosos motivos. Ahora, mientras paseo por esta rambla obscurecida por hileras de álamos negros y blancos, de incierta policromía, me atraviesa el único y voraz pensamiento del olvido. El olvido como refugio. Creo saber que el olvido es destructor e incesante, una herramienta eficaz contra la locura y a la vez, me digo, el mejor de los caminos para llegar a ella, para conquistarla y esparcirla. Uno almacena sus recuerdos de forma que aparezcan prudentemente ordenados y apacibles, y de pronto irruye el olvido y se transforma en ese espacio, casi irritante, de permanencia que nos obliga a desreconocernos y recomenzar. Y el recuerdo, me pregunté, aún entre los álamos merodeadores y sus osamentas, ¿no es tan destructor o más que el mismo olvido, que el írrito olvido? El recuerdo es agotador, calzado de felonía, una enfermedad infecciosa que insiste en un pasado sin alternancia, exprimido, que actúa con malevolencia sin límite, a partir del cual amenazamos, -o nos vemos obligados- con rehacernos una y otra vez, hasta la extenuación, para volver quizá, seguramente, de nuevo hacia el fracaso que fue, ansiado fracaso, insidioso fracaso, reconfortante fracaso, espantoso fracaso. Nos precipitamos una y otra vez hacia el recuerdo para una y otra vez rescatar el fracaso de lo que somos, me dije entre estos álamos, bajo los cuales sucumbía mi único y aniquilador pensamiento. Ya al despertar esta mañana, angustiado por la idea de remontar un nuevo día, hice los mayores esfuerzos por enfrentarme a la idea de remontar un nuevo día. Una idea vacía, absolutamente desnutrida, abocada al fracaso; sin cabida para otra cosa que no fueran olvidos inválidos o recuerdos punzantes. Así que, me dije –me propuse-, desconfiando de los recuerdos voy a desentrañar hoy mis olvidos; los voy a enfrentar a esa maraña de recuerdos que bullen hostiles, entre sí, contra esa otra maraña insalvable de olvidos que se desvanecieron actuando contra mí, acaso para salvarme -¿de qué?-, para hacerme invulnerable ante la enormidad de peligros que acechan a cada paso, a cada implacable segundo de la existencia. Me pregunto si esa incalculable y severa cantidad de olvidos, -¿qué olvidos?-, han actuado de forma caritativa o con falaz probidad cristiana a mi favor, y cuáles son los mecanismos elegidos, y los criterios, para arrojarlos al vacío, a la nada más nada, para amputarlos de una forma que supongo juiciosa y violentamente silenciosa de mi memoria. Y por qué, sigo, otros y numerosos sin fin recuerdos, algunos mezquinamente archivados en mi memoria, acezantes y prestos para mostrar toda su capacidad destructora, su feroz dentellada depredadora, provecta, asimétrica, me asolan y me martirizan cuando menos lo espero, cuando mi fementido ya espíritu se vence a la menor brisa, al igual que estos álamos flexibles y envilecidos en su propia naturaleza inane sufren la hostilidad del viento. Somos ya sólo retazos de recuerdos, sólo ya retazos de olvidos. Esta mezcla atroz, inmisericorde, nos zalea a cada momento y nos resulta repugnante. Si no es así es que verdaderamente nunca, desde siempre, nos hemos parado a analizar esta circunstancia, acaso por mera cobardía, por rechazo del dolor que pudiera provocar esa voluntad osada de acometer tal tarea, por el temor o su sospecha de quedar, al cabo, exangües, devastados, una vez reconocido nuestro propio y unívoco fracaso. O por simple necedad humana. Y cuando pienso, me digo, que seguiré acumulando olvidos y recuerdos, de forma catastrófica e invariable, sin solución ni remedios posibles, me deviene una angustia opresiva y mareante, una sospecha de naufragio desolador y un tenaz deseo de acabar con todo en el menor plazo posible. Porque hasta los recuerdos más placenteros dejaron ya de serlo en el mismo momento en que ese placer quedó recluido al espacio irrescatable ya del propio recuerdo y no es ya sino dolor ese recuerdo del momento perdido del placer, y ya pasto de una melancolía que podría calificar de ruin y pavorosa. Y nunca sabré ahora si este momento preciso, mientras paseo solo por esta tarde ya casi extinguida, inexpugnable, entre estos álamos decorados de algo peor, incluso, que los mismos olvidos y que los mismos recuerdos, sabré ahora, me digo, si este momento será cosecha de recuerdo o será cosecha de olvido, ni siento apenas un interés que no sea científico por averiguarlo. Pues aún no es dolor, ni siquiera permanencia ni ausencia, sino desasosiego y abismo; algo similar a la insustancia más sombría e intolerable; algo que habrá que sacrificar, extraviar o guardar. La antesala de otro día fracasado, de otro día de fracaso impermeable a los que acostumbro de forma asfixiante. Botón de muestra para decenas de miles, sino millones de criaturas que han sido y serán. Aún así seguimos afanándonos intencionadamente, sin reparo alguno, en provocar ingentes cantidades de recuerdos malignos, con sus olvidos paralelos. Sin reposo alguno, a veces con saña, con desmesurada alevosía humana. Provocamos el horror y lo olvidamos; provocamos el placer y luego es dolor. Vertemos al tenebroso cajón del olvido las herrumbrosas carencias de lo inextinguible, acaso con prevista indolencia, y consagramos al presente las migajas emaciadas de lo puramente fútil, en un desvarío frívolo que pudiera ser domesticación del ánimo y/o recurso imprescindible para no matarnos al contemplar nuestro propio y repulsivo existir. Algunos vienen y se nos presentan ufanos como desenterradores de nuestros olvidados recuerdos, pensé. Nos rescatan nuestros mismos olvidados recuerdos ya filtrados por el tamiz envenenado de subjetividad, premeditación, subversión, y nos lo presentan como el trozo que encaja en lo obscuro de nuestra vivencia, el que acabará solucionando el puzzle de nuestra vida. Aunque no entienden que en ese momento mismo nos roban el aire y nos ahogan con su brutalidad, con su estruendo innecesario, con su parloteo infame, con sus gañidos. ¡No quiero exhumar mis olvidos! ¡Los quiero así, tapados! ¡Son mis cadáveres! Les grito en vano. Me miran perplejos, pues su omniabarcante necedad es un muro demasiado alto y sólido. No comprenden que destapar esos olvidados recuerdos provoca el hedor, la putrefacción; que apenas anunciarlos es anunciar la podredumbre nuestra y provocarnos un estremecimiento, una sensación de renuncia mezclada con pizcas de culpabilidad; que al desenvolverlos desenvuelven un hastío de la memoria en la memoria de otro, y por tanto es un recuerdo adulterado; que esclarecer esos recuerdos yacientes es actuar con todas las trazas de la maldad más sofocante. La memoria no es más que un hediento estercolero que acumula estratos y más estratos de residuos inservibles pero embrutecedores, me dije. La memoria obstaculiza el espíritu con sus asechanzas terribles y lo va desmoronando cada vez y con cada embestida, hasta pulverizarlo. Y ni el olvido puede acudir en nuestra ayuda con sus evanescentes armas, pues en nuestra obcecación vesánica ni siquiera podemos dirigirlo, sino que actúa de forma caprichosa. Y a veces vuelve deletéreo y amenazador, y nos arrastra como a guiñapos y nos deprava aún más. Y hemos de consentir esa indefensión desamparados o precipitarnos al más abrumador de los abismos, y sucumbir. De todos y cualquier y único modo nos contemplamos en un estado lastimoso, debilitado el ánimo hasta lo exánime, y aún así no nos atreveremos nunca a admitir ese estado de desvaloración catastrófico, execrable, pues ello sería reconocer que estamos a un ápice de la muerte, sino ya muertos, fenecidos, sin posibilidad moral para seguir existiendo. Pero decimos y decimos para procurar alejarnos de ese callejón sin salida, ora locura, ora muerte, que tenemos enfrente de nuestro propio y diario existir, aún entre las tinieblas más espesas; y decimos y decimos en un sinsentido más trágico que cómico -a veces en un esfuerzo sobrehumano- para sobrevivir, para incluso tratar de extraer esas pruebas necesarias que justifiquen y ejecuten esa existencia, esa supervivencia lastimosa y despreciable. Tengo que desaprobar esas vidas ínfimas, me digo, aún escarbando en mi único y desconsolador pensamiento sobre el olvido y el recuerdo, enemigos de la memoria, desintegradores de la memoria. Porque ambos son hostiles a la memoria y la tratan de destruir al menor descuido de la razón, con el máximo interés, cuando flaquea, cuando se da al desvarío, cuando es oprimida por la molicie pequeñoburguesa. Pondré yo también el máximo interés, me digo, -me propongo-, en apartar de mí esas veleidades horribles que asedian a la memoria, a la mía, pero también a la de todos los hombres, para no hundirme, para no desintegrarme. Del mismo modo, pienso, me digo que acudiré a ellas cuando precise una dosis destructora. Veo destellos de sol vencidos y cobrizos filtrados caprichosamente entre el follaje espeso, promovidos por una brisa tenue y alta que a su vez mueve el sueño dócil de estos álamos, flancos de esta rambla reseca y polvorienta. Un frío repentino se adhiere a la cara del paseante, yo, y piensa, me digo, cuando haya eliminado todas las imágenes, se hayan agotado todos los recuerdos y desaparecido todos los olvidos, queden suspendidos y sin posibilidad alguna ya de representación, habré perdido todas las culpas y habré penetrado ya la memoria para ser realmente yo. Entonces, desprovisto ya de todo el barullo atronador, podré hacerme comprender. Arrebataré al mundo la desdicha del recuerdo, la perfidia del olvido y aliviaré el papel brutal y devastador que ejerce la memoria, al menos mi única memoria, sobre mí. Me digo, ya derrotado por el cansancio, sentado y apoyada la espalda sobre el rugoso y retorcido tronco de un estriado álamo, tengo que impedir los estragos que produce la irrupción de los olvidos en mi cerebro, los estropicios que provocan los recuerdos en mi cerebro. Necesito sanear mi memoria, aunque sea de forma despiadada, limpiarla de esos malditos recuerdos, de esos atroces olvidos, aunque sea de forma despiadada y eficiente, limpiarla. No sólo ya mitigar esta insania del olvido y del recuerdo, sino erradicarla con el mayor de los corajes, demoler las ominosas complicaciones que enturbian los vericuetos de la memoria. Arrasar recuerdos y olvidos inútiles como arrasa esta rambla en septiembre el atierre bochornoso vertido por la onerosa desconsideración humana: con la violenta e iracunda sacudida de las aguas, con la indecible fuerza de la naturaleza. Así no olvidar ni recordar en absoluto. No consentir desvío alguno de la rutina y consentirlos todos. Extirpar en tumor infecto de los recuerdos, extirpar el quiste maligno de los olvidos, lanzarlos a la corriente feroz. No, se emponzoñará el agua. Quemarlos, que los destruya el fuego. En la anochada emprendo el regreso, purgado ya mi ánimo, tratando de ver terriblemente lejos el serpenteo de la alameda profusa, no sé si engullido por un aniquilador recuerdo o por un catastrófico olvido.



domingo, 17 de febrero de 2008

Ezra Pound.


EZRA POUND O EL BRUTAL CASTIGO DE UN SUEÑO



Como es bien sabido, los así llamados americanos han tratado a sus presos, de forma secular, con una saña implacable. Mucho más cuando éstos han sido considerados reos de alta traición, y actuando fuera del territorio estadounidense han urdido contra su propio país. Así le ocurrió a Ezra Loomis Pound, poeta y crítico nacido en Hailey, Idaho, en 1885, abanderado de la escuela Imaginista, corriente que trata de dar las imágenes más espontáneas e inmediatas de la vida.
Pound llegó a Italia con poco más de veinte años, los bolsillos vacíos y la cabeza llena de ideas e imágenes. Se instaló en Venecia. Pronto, gracias a su altruismo y a su vasta cultura, creció y se extendió su fama. Estuvo siempre al lado de los artistas jóvenes, como muy bien apuntó Hemingway en unas memorias: “Los defiende cuando los atacan, los mete en las revistas y los saca de la cárcel. Les presta dinero. Les vende los cuadros. Les presta dinero. Les arregla conciertos. Escribe artículos sobre ellos. Los presenta a mujeres ricas. Les busca editores a sus libros. Pasa las noches con ellos cuando se están muriendo y asiste a sus testamentos. Les paga por adelantado el hospital y les disuade del suicidio.”
Pero Ezra abrigaba un sueño, un extraño sueño económico: el Crédito Social. Una nueva economía libre de usura. Pensó que en el fascismo de Mussolini se podría realizar ese sueño. Los partisanos que detuvieron y esposaron y entregaron a Pound a las tropas americanas cerca de Pisa, no conocían, seguramente, a Pound por sus versos, sino por las encendidas, iracundas charlas radiofónicas que dio por Radio Roma en defensa del fascismo obrero y contra la poderosa oligarquía americana y la banca judía. Ese fue su delito, y por ello fue tratado de la forma más vergonzante, con el mayor de los menosprecios. Tenía sesenta años.
Fue encerrado en una prisión militar en las cercanías de Pisa y confinado en una de las así llamadas celdas de la muerte. Mientras otros prisioneros recluidos en sus jaulas disponían de lonas para protegerse de las inclemencias de la noche o durante los días de lluvia, Pound no tuvo ese privilegio y su jaula permanecía iluminada por los focos toda la noche, pues se había dado orden de no perderle de vista en ningún momento. Tres semanas permaneció en esas condiciones devastadoras. Llegó a tener los ojos irritados por los focos nocturnos y el fuerte sol del mediodía, desarrollando síntomas de amnesia parcial, desorientación y claustrofobia. Tras esas semanas de tortura fue trasladado a la enfermería de la prisión militar, donde podía usar, incluso, una máquina de escribir.
Trece años después, en 1958, acaba la persecución contra Ezra Pound. Ese año sale del hospital psiquiátrico para enfermos peligrosos de Washington. Allí permaneció en una celda herméticamente cerrada de sólo dos metros cuadrados, de la que no salió apenas, y sólo los últimos años a algunas horas de algunos días, a pasear por los jardines del manicomio. Y allí tradujo desde Confucio hasta Sófocles, y continuó los Cantos, que adoptaron el nombre español de Cantares, y que había comenzado escribiendo en la crueldad de aquellas jaulas primeras y sobre el papel higiénico que la compasión de algunos soldados le había suministrado.
Los Cantos de Ezra Pound, su gran obra, se consideran como la última epopeya de la literatura universal, comparable a la Ilíada o la Divina Comedia. Leer a Pound no es sólo leer poesía, es uno de los recorridos más originales y completos que pueda hacerse por la historia del ser humano. Murió en Venecia, en 1972.
En estos últimos meses, los así llamados americanos, siguen cometiendo las mismas atrocidades con los presos que caen en sus garras destructoras. Ahí están las imágenes de los confinados afganos en Guantánamo, enjaulados y envilecidos de forma brutal en contra de la más mínima decencia moral, privados de sus derechos, deshumanizados hasta extremos aniquiladores, haciendo del embrutecido rostro de la barbarie el ídolo más abyecto y triste. Han pasado sesenta años y la imagen de Ezra Pound sigue colgando de una jaula. Los sueños cuestan caro, a veces. Y se paga el tributo de la pesadilla.

Desaparición.


DESAPARICIÓN


Aún sospechaba de aquel ciego que una noche, dentro de una habitación a obscuras, lo vio manipular la combinación de la caja fuerte que había a su espalda.




Ruido de linternas, tras desaparecer, he de recobrarme, tras renunciar, serenarme, tras mi desaparición, tras mi renuncia, recobrarme, serenarme, agitado. No tengo nada que decir ni, probablemente, en medio de esta obscuridad agitando mis tristezas nada que merezca la pena ser escuchado, ni cercano ni lejano, estrépito. Aleación de mansedumbres que en su parálisis explota. No tengo nada que decir, pues, ni con seguridad audiencia en esta negrura audible, algo falla aquí, nadie que se pare o incline a escucharme, tiene que indefectiblemente pararse y es conveniente (conviene) que se incline, estoy dentro de un coche, dicen que es mi coche, pero nadie, ni siquiera el más despistado de los transeúntes (caminantes) en tránsito, algo falla aquí, pasaría por este sitio a estas horas, ni a ningunas, a éstas menos, el matorral huraño (hosco), a escucharme. No coincidirá un rostro que asome a escrutar rostro inescrutable, a no ser los que me buscan. No he dejado huellas ni rastros, quizá el olor que ya se habrá, de todos modos, disipado, ni siquiera una sombra como ni siquiera, de nuevo, el más despistado. Y sin embargo digo, no paro de decir, para no tacharme del todo significar inquietud que me conduce, bajar la ventanilla manualmente, no paro de decir cosas inconsistentes, apostrofando, digo y digo como una necesidad que me extrae del estremecimiento diario, como un tañido de guitarra, o de campana, quién sabe, ya las campanas ni tañen como antes, como antaño iba a poner, pero me he arrepentido, quién sabe por qué. Abriendo la boca, o sin abrir la boca, lo menos posible o a intervalos cada vez más largos, una vez ya tan largo que no sea preciso usar la palabra intervalo, lo entienden. Ni quien se detenga ni se incline a escudriñar, si se diera el caso remoto. Nunca hubo una época, pienso, y este pensamiento mío carece de toda validez, tan vacía en lo de decir, en lo dicho, y sin que sirva de impedimento nunca hubo una época en la que tal vorágine de cosas se digan unos a otros los humanos, disparates sin cesar, tumultuosamente, disparates sin pudor, herramienta mágica en mano, ondas profusamente usadas para comunicar profusamente disparates, algunos más disparatados que otros, pero todos inservibles, deformados, inútiles, innecesarios. Cruzamos ingentes cantidades de ellos de forma irrefrenable, compulsiva, enfermiza, paseando, dentro del coche, sobre el sofá, de forma tánica, que no sé lo que es, pero me contagio. A pesar de todo, nada que decir, y sobre todo con la seguridad de no tener audiencia, voy a decir, para no caer decididamente exhausto en esta espera densa, obscura, vagamente penitenciaria. Voy a decir peraltando las curvas de cada línea. De chico veía venir a mi abuela a lo lejos, durante todo el tiempo, desde que la adivinaba en el recodo, justo detrás del almendro, no dejaba de mirarla, observándola fijamente y a la vez poblando de pensamientos mi tierna cabeza, viéndola caminar con esfuerzo, padecía de un pie, generalmente cargada con un bolso grande en la mano izquierda, era zurda, y otro bolso o maleta más pequeña en la mano restante, la derecha. Siempre era temprano cuando venía, pero ya todo era claridad si no estaba nublado. No era normal, de todos modos, que eligiese un día nublado, pronóstico, para venir a vernos, sino un día luminoso, pronóstico, y un día largo, intuido, pues venía de lejos, caminando, con su pie, y caminando desde ya antes del amanecer, cargada, como digo, con bolsos y maletas las dos manos, la izquierda y la derecha, primero la izquierda y luego la derecha, y así una y otra y otra vez mi abuela, y yo la veía aparecer casi siempre el primero, a lo lejos, seguramente la esperaba, la esperaba siempre, cada día luminoso la esperaba. Los días en que las nubes algodonaban el cielo no, esos días cundía en mí la desesperanza y no me sentaba en el poyo que rodeaba el porche a esperar algo que no aparecería. Algunas veces llovía. Esos días no esperaba nada, creo, y los dedicaba a jugar con algunos de los juguetes que algún día pasado, siempre, viajó dentro de uno de los bolsos o maletas que transportaba mi abuela con tanto esfuerzo, el más alto de los esfuerzos, y desde tan lejos, y que solía transferirme junto con besos y abrazos y sonrisas de abuela cansada desde ya antes del amanecer, pero abuela lúcida, por tanto, besos y abrazos y sonrisas de cansancio y lucidez, nada que se parezca a lo común. No me ataba los cordones de los zapatos o rara vez, nunca por displicencia. Eso lo recuerdo ahora en esta obscuridad y en silencio, me conforta, no pienso ni por un momento decírselo a nadie, a nadie interesarían mis recuerdos ni mis disparates, pienso. Pienso que quizá sí atenderían otros disparates más cercanos, inmediatos, conclusos y redondos en toda su inanidad, así lo creo. Estoy engullido dentro del coche, y la radio del coche permanece muda, como es mi costumbre mantenerla, muda, por una necesidad que me fortifica, muda, me niego a contaminar mis oídos de viejo con sonidos absurdos, mejor dicho, con sonidos estúpidos, no escuché jamás otro tipo de sonidos que no fueran absurdos y estúpidos y deformes a través de una radio o cualquier otro aparato de parecidas características, así es como creo, pienso. Y el coche está invadido o rodeado por la obscuridad, y yo dentro de esa obscuridad sentado, solo, al volante, y ni que decir tiene que está parado en medio de la noche, flotando en medio de la noche, obscura, obscura porque es una noche alejada de toda luz artificial y contaminante, esas luces que indican que alguien se está sirviendo de ellas para, creen ellos, iluminarse, los munícipes lo creen así cuando iluminan calles y travesías impúdicamente, y restan ominosamente brillo a las estrellas del firmamento y anulan su belleza y su pureza, y hasta la misma luna, en ciudades enormes y brutales, se ve perjudicada en la nitidez de su reflejo, esa luna que vio en días tan lejanos cómo mi abuela partía a mi encuentro guiada por el lucero del alba, quién sabe con qué ilusión nueva cargada. También acarreaba sus pesadumbres, mi abuela, pero las mantenía ocultas. Eso lo sé ahora, después de tanto tiempo, tras indagar en su existencia, si es que mi abuela tuvo alguna vez una existencia que se pudiera calificar como tal existencia, no porque ella fuese mágica o irreal, sino porque su existencia fue siempre una existencia en permanente extinción, hasta que un derrame cerebral anunció súbitamente su fin, primero de su espíritu, nunca doblegado, y segundo y pronto, de su cuerpo, siempre frágil. Sólo hay primero y segundo, creo. Ahora sólo vive, intermitente, en mi recuerdo egoísta, porque en esta espera obligada por mis obligaciones dentro de la obscuridad dentro del coche, lo necesito, y la visto con las palabras que fecundan mi decir. La vida se acaba y no hay nada en otro sitio, en cualquier otro sitio nada y ya soñar vale ahora, y el recuerdo perdido en la negrura se rescata de la tormenta que azota la memoria, o de otra tormenta peor, la inmutable tormenta que es vivir, presos del ínfimo sobresalto incesante e incesantemente reprimido. Para qué imaginar, para qué comunicar, para qué ese esfuerzo demoledor sino por uno mismo aturdido y temeroso que acude a ellos, imaginar, comunicar, esfuerzos, para sentir que mínimamente vive y espera ver cómo se dibuja la silueta de una mujer tras el recodo, justo detrás del almendro, renqueando, portadora de algo más que un juguete. Acaricio la idea, me deleito en ella, iluso, perplejo me rasco una pantorrilla, genuflexo en el asiento del coche, cuánta negrura densa, qué espesor, y me dispongo a encender un cigarrillo, a violar esta sagrada obscuridad en la que estoy momentáneamente preso, acaso refugiado (diría que el momento es por siempre, pero nadie lo creería si me escuchase). Mis ojos, a fuerza de ofrecerse a la obscuridad, pretenden vencerla, atravesarla, artillados y dilatados como los de un gato, los cierro cada vez más, un poco más durante más tiempo, qué pavorosa negrura, me pregunto si estará nublado (ella, mi abuela, lo sabría) si habrá un amanecer y luego luminosidad suficiente para, al menos, creer que aparecerá ella, mi abuela muerta y de ideas avanzadas, siendo costurera. Crece en mí un deseo, se desarrolla, se extiende y desborda el habitáculo del coche por las ventanillas semiabiertas, no corre aire alguno, es ella, no es ella, oh, quiero ya ahorrarme toda esta fatiga inútil, la de mirar sin ver nunca nada, ni de día, ni de noche, ésta aún menos, siento. ¿Es posible que cese en mi esfuerzo de penetrar la obscuridad en busca de un rayo de luz que ilumine mínimamente y que alegre? La luz alegra enseguida, cualquier luz, la claridad, el juguete, los besos, las sonrisas, la perspectiva de un palmo aunque fuera de bóveda celeste estrellada ya colma, sin yo saberlo, colma. Malditos, volved, volved, munícipes, volved con vuestra falsa y mínima luz y alegrad este rincón desprovisto, volved con vuestra falsa y mínima luz a proveerlo, pero ignoradme, volved, en mi imploración. Vuelvo a encajarme, me retuerzo inquieto en la espera bastarda de mi asiento, la cabeza hundida en los hombros hasta las orejas, los brazos extendidos a lo largo del cuerpo doblado en tres, una mano de un brazo, entre los desnudos dedos, desnudos digo yo, sostiene como por arte de magia una porra roja incandescente de luz, el cigarrillo, las piernas en ángulo recto, o casi, y abiertas, el sexo dormido, expectante. Así rezo, giro alguna vez la cabeza, a derecha, a izquierda, movimientos estériles, los ojos sólo aciertan a ver ahora la porra roja incandescente de luz del cigarrillo que humea y con periodicidad acude a los labios, inhala, exhala su humo, cuando inhala se incrementa el resplandor de la luz y he llegado a observar el reflejo de mi rostro y una mano en la luneta del coche, y me he estremecido un instante, el primero. En los restantes he renunciado, cerrando los ojos. Un silencio prolongado de este silencio en el que vivo. Eso. No he advertido aún que todo es angustiosamente silencioso aquí. Obscuro y silencioso. Antes olvidé los pies, mis pies. Húmedos y fríos, uno, adivinen, sobre el pedal del embrague; otro, suelto, liberado, pero igual de húmedo y frío, ambos dentro de unos zapatos negros, sin lustre. Todo es culpa mía, merezco un castigo ejemplar por decir lo que voy a decir ahora: que conocí a alguien que había aprendido a soportarlo todo excepto una cosa, ser visto. Pasó años, los últimos, sin ser visto ni por él mismo, tan bien se organizó. Pudiera decir bastante de él, mentirme incluso, pero no me hundiré en esa felonía, por respeto, freno. Punto muerto, un silencio, esperen un silencio. Desempolvar el silencio en esta espesura, uno, dos, tres, insuficiente, silencio, obscuridad ¿habrá alguien ahí fuera, es decir en la luz y el sonido, comprendiéndome? Imposible saberlo, mejor ignorarlo, que crean que no tengo voz siquiera, si es que tengo voz para hacerme comprender, voz propia al menos, voz, quizá se empeñen en adjudicarme una voz, seguramente para decir disparates como todos dicen, y así ser reconocido, igualado, semejante, y no como ahora, sin voz, sin voz comprensible, todo paralizado a la escucha, no escucho nada, afortunadamente, ni yo me entiendo, tanta palabra, tanta sombra en la sombra, capas de sombra superpuestas que van fortaleciendo la obscuridad y yo dentro de la obscuridad, fuerte, atrevido en medio de la noche que acabará huyendo perseguida por las primeras luces. Es lo malo. Algunos seres queridos querrán rescatarme. Ahora me buscan en la luz, no aquí, donde estoy a salvo de ellos. Conforme vaya avanzando la luz, devorando la negrura de forma imperceptible, legañosa, irán avanzando ellos, con sus voces, con sus pequeños pasos enloquecidos y sus pies calientes protegidos por un calzado adecuado, Dónde estás, aparece, vuelve, queremos tu voz, gritarán, y ya no tendré sitio para ocultarme, pero me haré el sordo, apagaré el cigarrillo, o les gritaré, Chupadme el pene, y más de la mitad darán media vuelta y se alejarán a toda velocidad, horrorizados. Por supuesto no creo que los que sigan avanzando lo hagan con la idea de chuparme el pene, tendré que deshacerme de ellos de otra forma, tal vez les cuente la historia de mi abuela y así me den por definitivamente perdido, o irrecuperable, quién sabe. Son muy tozudos. Mientras me descubren iré refiriendo mis numerosas incertidumbres a quien creo palpita a mi lado. No, no palpita, come flores, cualquier tipo de flor sacia su apetito, las engulle y apenas uno lo advierte, más bien cree que al olerlas las ha absorbido por las fosas nasales, les ha extraído toda su consistencia material hasta volatilizarlas. Pero no, yo sé que las mete en la boca y casi sin masticarlas, para producirles el menor quebranto posible, las traga. No es pecado. Ahora no lo veo, en esta obscuridad de boca de lobo, pobres lobos, ni tampoco lo oigo respirar, es casi seguro que no necesita respirar, horror. Tampoco me atrevería a tocarlo, me aterra alargar la mano libre al asiento de al lado, en donde supongo que está inmóvil, y no tentar nada, ningún espesor, y sin embargo no ha podido escapar de aquí, nunca de mi lado, por debilidad, se puede asegurar que por debilidad, pues yo acostumbro a llevarlo por campos copiosamente floridos, pétalos exquisitos y de todos los colores imaginables e inimaginables con los que alcanza algún ápice de vigor, se nutre ininterrumpidamente, como, por lo general, casi todos los herbívoros, aunque tengo la certeza de que no es rumiante, sólo herbívoro, pétalos, corolas, algún tallo o fuste tierno, indescriptible de todos modos. Una vez vomitó. Intentó copular sin conseguirlo una decena de veces, y vomitó tras el esfuerzo, un vómito dulce y perfumado, y aún así quedó exánime, desfallecida la mirada, suplicando ayuda. Dejaré mis incertidumbres para más tarde, para cuando alcance alguna certeza imprescindible, la de que me escucha, por ejemplo, o para cuando sea descubierto y obligado a decir disparates, tantos y de la calidad que ellos me exijan, también sé decirlos, no crean, estaré, cómo decirlo, vencido, reducido, a su merced. No espero ni deseo comprensión, estoy harto de sus viejas mierdas. Que se jodan. Sólo, en este momento de tensión y angustia inefables, querría abrazar a mi abuela, la mujer que supo protegerme por encima de todos y de todas las adversidades, pero fatalmente no está ya, no aparecerá con sus maletas cargadas de ilusión, tras el recodo, su pie, justo detrás del almendro, cuando hermosísimo es primavera y luce en todo su esplendor, siempre algún juguete en el interior de sus bolsos, pocos años antes de morir eran libros de aventura, por ella me aficioné a leer, me inculcó el gusto de leer, leía bocabajo sobre la cama hasta quedarme dormido, después de haber experimentado la alegría de la lectura y satisfecho intelectualmente, quedarme dormido. Ella falleció de golpe aniquilada por un derrame cerebral, una embolia, decían, dejando sus vestigios en el niño, la silueta luminosa, los abrazos, los juguetes, los libros que aún conservo al lado de otros progresivamente más obscuros, y me dejó pedazos de su muerte. He oído algo, imagino que es alguna alimaña que merodea fuliginosa debajo del coche, husmeando las ruedas, es posible que me haya olido a mí, creo que acabo de mearme encima, un descuido o incontinencia, suele ocurrirme cuando me escapo de todas las voces inútiles dejándolas atrás, empequeñecidas, insostenibles, e imaginen que cada vez arrojo con violencia el aparato de telefonía móvil contra la pared y estalla y se esparcen sus trozos ante el asombro de los espectadores, comúnmente imbéciles o fieles contribuyentes. Sucede con no poca frecuencia y aun estando acostumbrados ya siempre se muestran sorprendidos y me afean la actitud con infinitos y espantosos calificativos, sin freno alguno. No es por mí, lo sé, es por ellos, adoptar esa postura defensiva y hostil que desinfecte cualquier mínimo elemento de duda sobre sus corduras y sus convicciones morales sólidas graníticas inquebrantables, cuánta entereza, y disciplinadas. Amén. Nada sorprendente entre tales individuos que la elección de sus perplejidades venga determinada por tan nauseabundas y colectivas premisas, pues ni pensar en atribuirles un pensamiento propio que fatigue sus cerebros o resquebraje las columnas que sostienen su cúmulo de valores o provoquen un desplazamiento en sentido prohibido que los aísle o los mutile, leprosos, apestados, huir de la sensación de angustia del abandono, los peligros del abandono. Inmovilizarse. Ocurre que presiento un cosquilleo involuntario, un recorrer de hormigas frenéticas y una consecuencia inevitable pese a sus escasa aceleración, indudablemente se zambullen multitud de deseos encarnados y la erección avanza hasta la dureza de la furia, mucosidad ansiada por el arbotante encabritado que jamás renuncia a sus excesos, ni acude a los bordes de la tacañería sexual para reaparecer luego derrotado, o peor, decepcionado por no aliviar sus urgencias verticalmente durante el primer cuarto de hora, cabizbajo, esgrimiendo o farfullando cualquier sospecha inaudible. Todo esto sucede cuando ni siquiera es posible alcanzar una eyaculación medianamente placentera, con o sin mucosidades ajenas que al ser conjugadas multiplican el estímulo y por consiguiente el placer y la abundancia. Eso si todo transcurre con la natural normalidad instintiva del deseo encarnizado, digo, esta perversión que me asalta al pensar en las mujeres que se asombran de mi comportamiento, no en otras. Las otras no. Basta ya. Basta ya violentamente. Rehuiré o frenaré, apresuraré el ojo izquierdo mientras el derecho regresa a sus traiciones. No concederé a mis dedos sus ansias, no habrá masturbación en esta búsqueda de acontecimientos. Enaltecido o degradado por la pasión, cejo. Niebla matutina al borde del río. Temo que alguna lejana claridad venga a anunciarme con amenazas que he de renunciar a este desvarío y tomar de nuevo mi voz cotidiana, la débil luz del amanecer se refleja en mis ojos, lo noto. Habré sido, una vez más, descubierto, he mantenido un período de tiempo largo y obscuro esta imagen hasta que bruscamente se ha difuminado con la luz que me descubre y que destruye la impunidad, es decir, la luz de la razón acumulada y seguida venerablemente por todos me ha vencido, desmoronándome aquí, rehaciéndome allá, en su pequeño obturado mundo omniabarcante, ellos, cada año o instante más numerosos, infatigables, yo desguarnecido.



domingo, 10 de febrero de 2008

Un Magritte.


Permanecer.

PERMANECER

En una alfombra de agua
bordo mis días,
mis dioses y mis males.
En una alfombra de hierba
bordo mis penas de rojo,
mis mañanas de azul,
mis aldeas de amarillo y mis panes de miel.
En una alfombra de tierra
bordo mi fugacidad.

Thomas Bernhard.



Tiene el rostro, bellísimo, hundido sobre la almohada, piensa, y con una firmeza implacable, aparece un nuevo día, y ella está viva, nota cómo le atormenta el pálpito de su corazón. Palpita y no sé bien por qué, dice, una y otra vez el corazón, dice, constatando que la vida sigue en mí, aunque sé que es para poco o para nada quizá, dice, me dice a mí todas las veces, que sé, yo, que aunque me habla a solas y sólo en su cabeza, la oigo siempre, porque yo a mi vez sé que su propio corazón palpita en mí a la vez que en ella palpita, de forma ininterrumpida desde que la conocí, allá en una tarde de suaves sonrisas, o sonrisas únicas, si no exclusivas en ese momento, yo no sonrío casi nunca ni ella tampoco sonríe casi nunca, yo no río jamás así como ella no ríe jamás tampoco, sólo, acaso, unas sonrisas, como digo, suaves, apenas esbozadas, tenuemente anunciadas en el perfil sereno de los labios, digo, y ella estaría de acuerdo en eso mismo que digo, y en los ojos, los suyos y los míos, que confirman un brillo extraordinario, combustión unívoca que permanece y no permanece y que, en todo caso, permanece si estoy con ella y deja de permanecer, brutalmente, si no estoy con ella, tanto así en mis ojos como en los suyos, tanto así la sonrisa permanece y no permanece, unívoca, anunciada tanto en sus labios como en los míos, permanece si estoy con ella, de cualquier forma que esté, y deja de permanecer, de igual forma brutal, si no estoy con ella, y ella confirmaría esto que pienso ahora sobre la voluntad de nuestras sonrisas, expresada, siempre levemente, en la serenidad perpetua de nuestros labios y en el brillo extraordinario de nuestros ojos, y como digo, en todos los casos, y de la misma naturaleza, si así permanecen juntos, y nunca, y ella estaría de acuerdo absolutamente, si no permanecemos juntos. Y casi cada día, desde el día en que nos conocimos, permanecemos juntos, desde el día en que la conocí y me conoció ella ese día, y ella, además, de forma fulgurante, me reconoció, y vuelve ella a decirme, no buscaba nada, créeme, y yo la creo, nada, me dice, una y otra vez, lo sabes, y yo lo sé, por mi tristeza iba vagando y te encontré y te supe al instante, me dice, y te conocí más allá del propio conocimiento, es decir, me dice, te reconocí al instante y supe que podías salvarme sólo tú, y en cualquier caso, siempre y sólo tú, de las nadas que, me dice, de la forma más aterradora, me rodeaban siempre puntualmente al amanecer, atenazándome con sus manos hasta estrangularme casi, y sólo el sueño, me dice, crecido del cansancio más aplastante, me libraba y me libra, cada vez menos, de esa presión desmesurada y agónica, me acaba diciendo casi en un hilo de voz, y yo, que la contemplo, como nadie jamás la ha contemplado, procuro egresarle una sonrisa, para oxigenarla, para contrarrestar esa adversidad suya que la tiene presa, y es que te miro y veo en ti, le digo, la angustia, una angustia, repite determinando ella, y sigo, la angustia te conoce ya el rostro, tu angustia, de tanto rondarte, y tú le has puesto nombre ya, y habláis, y la angustia habla con amenazas y tú haces esfuerzos por arrojarla fuera, y te precipitas sobre la ventana para que el aire se la lleve, le digo, y no, es sólida, como la desesperanza, y no queda engullida del todo nunca por el vacío, y regresa porque es más fuerte que tú, es poderosa y va amarrada a ti, y entonces, pienso, tú me miras con los mismos ojos con que miraría un náufrago, para qué reconocerlo, dice, para qué dolerse, para qué enfrentarse cuando llega ese instante permanente y temido de la angustia, a ella, cada amanecer, dice, si invariablemente me acaba venciendo y arrojando, además, sus semillas para que, con una rapidez vertiginosa, crezcan sobre mí sus vástagos ya en todos los instantes que acumula el día, dices, sigues, hasta que no recalo en el reposo de tus ojos, hasta ese instante, tan diferente y pacificador, contrario absolutamente a todos los instantes que antes o después, me dices, me derriban y me arrastran, no alcanzo el sosiego que me libra y ofrece esos grumos de esperanza que son únicamente mi medicina. Y cesa de pronto su voz que me habla, y que me dice lo que me dice, sin decírmelo, pero yo la sé, en su cataclismo la sé cada día plagado de instantes, porque permanecemos, plagados de instantes, tornados y cada vez exactamente iguales, excepto cuando permanecemos juntos, que aminora y alguna vez desaparece el cataclismo, para, pienso, una vez separados, volver a dar fe del nuevo fracaso, y ella, y yo mismo, una vez separados, porque, inevitablemente existe y tiene que haber una separación impulsada por la adversidad, y al mismo tiempo por una necesidad que nos libre del apasionamiento destructivo al cabo, digo, constatar una nueva comprobación del fracaso de no permanecer juntos, pienso, y ella escucha ese pensamiento mío como si fuera voz que merodea en su cerebro, una y otra vez, todas las veces, y de nuevo acordaría conmigo en convenir que así mismo es como ella lo pensaría, si hubiese tenido que escoger ese pensamiento que ahora ocupaba mi mente. Y el brillo extraordinario se apaga, y apenas queda un rescoldo que la razón, cualquier razón, y no una razón cualquiera, tratará de aplastar con ensañamiento, o acaso como queriendo iniciar la exploración de otro fracaso, el mismo y diferente a la vez, fracaso, que acabe aniquilándolo todo sin ninguna clase de indulgencia, si no permanecemos juntos ininterrumpidamente, como a veces ocurre, ya digo, por causa adversa o causa necesaria, que no podría saber bien qué, ni esclarecer, como ella tampoco, el motivo adverso o el necesario motivo que nos conduce, como a veces ocurre, a no permanecer juntos. Así llegan las tormentas, asomando por el borde más impreciso del horizonte, le digo, y yo las sospecho por el inquietante silencio que las antecede y que destruye el sonido, o por el inquietante sonido que las antecede con un golpe que destruye el silencio, en cualquier caso sólo y siempre poco antes del verdadero estruendo que prende luego todo y lo azota, sin piedad, arrasador y devastador, hasta que de puro cansancio o deseo se desvanece ella y acude y ocupa su lugar una calma que ha de nutrirse de nuevo hablando de los deshilachados hilos de la vida, acabo. Y acaso acaece estar callados, me miras y me dices, que es también inútil hablar de lo que no sirve hablar, completamente inútil, y si no, dice, mira a ésos, a los demás, intentando lo que nunca debieron intentar, y yo los miro, y sé que se refiere a los demás, a todos los demás que de ninguna manera somos ella y yo, permanecidos ahora, y de nuevo, como sé que ella antes, estoy en todo de acuerdo con ella, una y otra vez. La miro sin mirar, porque ella, de igual modo, me mira sin mirar, que si no hay qué hacer, le digo, entonces, nada hay que hacer para escapar de esa inutilidad prevista ya de antemano y para siempre, en este mundo o vida en donde reina, en cualquier caso y siempre, y de manera tanto atroz como continua, la pesadumbre y el dolor, desde el primer momento hasta el último, una sucesión ininterrumpida de pesadumbres y dolores por los que arrastrarnos y destruirnos y aniquilarnos, ya sea físicamente, ya sea espiritualmente, sin remedio ni solución, le digo, y ella calla y yo sé, porque la sé además, que de nuevo, como yo antes, coincide conmigo en esos pensamientos, y dice, acaso con su mirada, que no es posible, claro, aprestarse a esos intentos inútiles para enfrentarse a esos espantos que indiscutiblemente nos debilitan sin freno, y carcomen el carácter más robusto hasta desmenuzarlo y convertirlo en polvo ya, dice. Hay, sin embargo, que contentarse con esta vida, o apariencia de vida, en donde todas las vilezas humanas sobrevienen incesantemente, cualquiera aprovecha la ocasión para hundirse en la bajeza más abyecta creyendo provocar un beneficio surgido de la infamia para sí, y se revuelca en esa mugre con toda intención, para, creen ellos, quedar inmunes, inmunizarse, y posiblemente lo consigan, no digo yo que no, le digo, y ella sabe de ello, de esos fracasos lancinantes que nos desgarran por los dos extremos hasta que nos rompen, confiesa, y lo sé, dice, porque yo misma, cuando me han faltado las fuerzas, he acudido a esos páramos de mezquindad, y me he hundido en ellos, dice, y yo, como yo, le digo, cuando me ha sido imposible del todo sortear la abyección, y, sigue ella, he previsto rehacerme luego inventando una ilusión que me alcance como alcanza un rayo, una ilusión cualquiera, una mentira o proyecto imposible cualquiera, como amar, por ejemplo, y amando, dice, y sabe, me dice, uno se hace más desgraciado y sin cesar desgraciado, continuamente desgraciado en tanto continuamente está amando, desgraciado mientras permanece amando y no por ello dichoso si no permanece amando, o deja de amar continuamente, pero sin duda desgraciado amando, siempre, dice, y en todas las ocasiones, y quien no convenga igual, o bien miente o bien desconoce qué es amar y estar continuamente y permanentemente amando, cosa que, en todos los casos, necesita de los mayores esfuerzos de la pasión para llevarla a cabo, y cosa que, si uno no cesa en algún momento, puede, estoy segura de ello, dice, convencida, absolutamente convencida, sin un átomo de duda, aniquilarnos para siempre, destruirnos toda capacidad ya no sólo para amar, sino para cualquiera otra cosa, por insignificante que ello pueda, y parece, parecer, acaba. Y luego, dice, cuando ya amar resulta inútil, porque el esfuerzo, que es un esfuerzo brutal, es baldío ya, y uno no le encuentra razón a amar, porque ya ha desaparecido, de la forma que sea, el objeto amado, queda exánime, y entonces el debilitamiento es horrible, y nos desmoronamos sin cesar, o nos precipitamos por la rampa siempre muy inclinada de la locura, cuyo ya sólo imaginario rodar vertiginoso nos estremece o nos sume en la mayor de las agitaciones en el menor de los plazos, y en la más rápida y grande sucesión de elementos perniciosos, dice. Se hace un silencio, el mejor de los silencios, y tiene, ella, ahora, en ese silencio que es sin duda el mejor de los silencios, la mirada perdida en el techo de la habitación, sin un solo movimiento en el que adivinar o rastrear cuáles son, justo en este instante, sus pensamientos, y es lógico, pienso, y no digo, que yo a su lado del mismo modo permanezco en similar postura, absorbiendo parte del calor tibio que desprende, compartiendo ese vacío áspero, mudo en su apariencia monstruosa, pero, supongo que ella asentiría, tolerable, el único tolerable, y es, únicamente porque permanecemos, yo junto a ella, ella junto a mí, indistintamente, apenas respirando ya.








Almuñécar, 10 de junio de 2003



viernes, 8 de febrero de 2008

Samuel Beckett


Demasiado cerca.

Dice Nietzsche: Al vivir demasiado cerca de un hombre, nos sucede lo mismo que si tocásemos todos los días con los dedos un buen grabado: un buen día no tendríamos en las manos más que un papel sucio, y nada más. También el alma de un hombre se desgasta por un contacto continuo; al menos acaba por parecérnoslo, pues no vemos ya su figura y su belleza originales. Se pierde siempre en el trato demasiado íntimo con mujeres y amigos, y a veces se pierde la perla de la vida.
Humano, demasiado humano.
Me miro de reojo, a todo esto, quedo estático unos segundos, y no me veo virtud, la he laminado. He vivido demasiado cerca de mí mismo. Qué cansancio clavado en el vórtice de los días, incesante; qué parpadeo repica en los silencios más denostados. Sólo queda reinventarse.
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jueves, 7 de febrero de 2008

Lo que fue, o una parte.


Lo que fue, o una parte (relato escasamente erótico)


Todas las mujeres, dijo él, en vuestros diferentes momentos de la vida, tenéis un atractivo invencible, ciertamente turbador. Y siguió acariciándole los antebrazos con inexhausta tenacidad.
Todos los hombres, dijo ella, en vuestros diferentes momentos de la vida, tenéis un único e invencible objetivo: follarnos de una u otra manera. Y siguió ondeando el aliento de él entre sus dedos.
Cada tarde, cuando el sol del otoño palidecía tras los pinares, acudían a una cita tácita, casi siempre en el mismo banco, el más apartado de la indiscreción. Él solía llegar un poco antes, acicalado y atusado el leve bigotillo, envuelto en humo de cigarrillo negro, erguido y satisfecho. Se le ablandaba la mirada nada más verla aparecer, tras unos setos polvorientos, con las pantorrillas carnosas pero desenvueltas, bien depiladas. Su andar acompasado le desbordada los deseos en un instante, de tal forma que sentía una punzada de placer, como una chispa, en lo más recóndito de su sexo. Se acercaba y, titubeante, tomaba asiento al ladito de él. Como flotando, entonces, permanecía un perfume de agradecida temulencia sexual, no adivinado, sino desmaterializado. Se miraron con una avidez a destiempo. Mientras fue el tiempo de ella, él, de una chupada, extrajo todo el posible placer insano del cigarro mortecino que sostenía entre sus dedos temblorosos. Mientras fue el tiempo de él, ella, recatadamente, gozó del conspicuo momento en que se instala el anhelo entre las piernas.
Pasaban así minutos eviternos, minutos teñidos de sexualidad compartida, que iban acumulando fuego, deseo, olfato, destino, imágenes, gustos provenientes del recuerdo de aquellos polvos largos, lentos, interminables de pequeñas sacudidas, en que era más el amor que el apetito físico el que los desenvolvía. Lentamente su coño empezaba a segregar esos jugos consistentes y majestuosos que tanto ansiaban los labios y la lengua de él. Hozar. Olían a animal en celo y a retazos de abandono irreal. ¡Cómo deificaba él esos momentos, sintiendo relámpagos de placer culebreando todo su cuerpo, electrizando las venas, las articulaciones, los huesos y las ternillas, haciendo hervir algo inimaginado en el interior del escroto, cargándolo de vitalidad!
Su coño, impensablemente limpio, carnoso, reluciente. Su polla, endurecida hasta el priapismo disoluto, derramando ya ese liquidillo suave y dulce que a ella tanto gustaba paladear. Huyendo de los estragos de la realidad en aquel cuarto angosto, siempre en penumbra -en el que se conocieron y al que acudieron en incontables ocasiones a lo largo de sus vidas -provisto de una austeridad impropia. Pero, ¿qué más necesitaban ellos que no fuera el uno el cuerpo del otro, de sus besos y de sus caricias? Aquella cama cargada de feromonas, ferruginosa, muda por momentos, por momentos hilarante, donde él recogía la tibieza justa de su cuerpo, acoplado en forma de cuenco al de ella, para sentir en toda su extensión cada milímetro de su piel posible, en su pecho, en sus brazos, en sus muslos, en sus labios pegados al cogote bien perfumado, en su polla semidormida a veces entre la hendidura de sus nalgas, mientras ella ronroneaba la porción de felicidad que le iba sobrando a cada minuto...
De pronto, casi obscurecido ya, él quedó petrificado ante la trémula mano de ella hurgando en su bragueta. Le miró entonces la voluptuosa y abisal boca entreabierta, artillando la mirada. Boca cuyos labios, en otros tiempos, abrazaban la piel de él con humectante calentura, ahora desdentada y reseca. Decrépitos ya los montes y los valles ajados, desvaídas sus decoraciones, pálido reflejo de lo que fueron un día. Trató, torpemente, de abrirla y remover sus labios con la lengua, dando mordisquitos postizos en ellos, apurado, saliveante, encelado como un zagal, palpando malamente el hurtado esplendor ante la inminencia del orgasmo, la polla sin hacer frente a sus responsabilidades de antaño, regurgitando un escuálido esperma, sin embargo. Ella, la amada, obsecuente y serena, discreta, olvidando los días largos, vacíos, sin futuro, de la Residencia, se afanaba en la decrepitud de él como una novia.
En esto llegó la monja, de inmaculado blanco por fuera, envilecida y sucia por dentro, y les espetó, Vamos, chicos, es la hora de cenar, rezar y acostarse, con una voz áspera y estridente a un tiempo, sabedora por espía de cuanto había sucedido, para seguir informando, la muy bruja, a la Madre Superiora de las batallitas de los amantes eternos del banco del rincón apartado del jardín.

Se acabó.

La infancia. Una historia.


LA INFANCIA. Una historia.




Ya se han ido todos, por fin, y quedo yo solo en la cama. Estar en la cama resume todos mis deseos, estando solo, casi muerto. Cada día espero esta hora con la mayor paciencia, temprano. Noto que el rostro se me ilumina y se relaja, casi alegre. No deseo a nadie a mi alrededor, revoloteando, gritando, haciendo ruido al arrastrar los pies, preguntando estupideces en todo momento, babeando. No necesito las estupideces de nadie, sólo las mías. Y las que son mías se quedan para mí, me obedecen y nunca asoman. Hace tiempo que he dejado de hablar, antes, de todos modos, no alzaba la voz. Apenas hacía ruido. El justo, el de respirar, algún bostezo, las tripas rugiendo, un crujido de huesos, tragar saliva, alguna tos o estornudo, no acierto a saber más. Si tuviese ganas de hacer un esfuerzo podría calcular el tiempo exacto que llevo ejerciendo la mudez. No merece la pena. Si digo que fue por Todos los Santos o Todos los Fieles Difuntos hará ya más de un año, por lo menos. Pero debe de hacer más tiempo, y no me permitiré otro esfuerzo para calcular el año en que comencé, por los Santos, a permanecer callado y obstinado. Ahora quiero estar alegre y disfrutar de esta soledad de seis horas que me conceden los que viven conmigo, y de mí. No, no es alegría. Si digo alegre, que quiero estar alegre, seré en todos los casos malinterpretado. Siempre me ha ocurrido lo mismo. Esta circunstancia me desgasta, siento que un abatimiento se apodera de mí y me consume. Tengo que recuperarme durmiendo. Baste decir, volviendo, que mi alegría es completamente diferente a cualquier otra clase de alegría que cualquiera de vosotros pudiera mínimamente imaginar o sentir. En todos los años de mi vida, y son muchos, por ejemplo, he reído. Ni de niño. No tengo registrada en la memoria ninguna clase de risa mía. Si hubo alguna, fue en pleno delirio. He delirado algunas veces. Ya os hablaré de eso. Sí ha habido sonrisas, pero quedan tan alejadas que apenas podría dibujar el significado o el motivo que las provocó. Acaso una sobresale entre las nieblas del pasado, sonrisa, y fue el día en que mi abuelo me trajo un jilguero dentro de una jaula, le sonreí al pájaro y éste se precipitó a una esquina de la jaula, contra los alambres, asustado o enloquecido. De nada sirvió mi sonrisa de niño, o fue un remedo de sonrisa que el pájaro adivinó que no era por él, sino por sus vivos colores. Nunca se sabe eso, y no pienso perder el tiempo analizando esa vaguedad. Ya me quedan pocas horas y he de vivirlas al máximo. Diré, para concluir, que el jilguero no se merecía esa reducida cárcel, ni esa soledad impuesta. Yo sí, sí si no tuviese que ver a nadie a mi lado cada día, jodiéndome de alguna forma. No sé qué fue de él, no lo recuerdo. Tampoco creo que os importe. Lo mismo esto que os he contado es una mentira infame, o un recuerdo espurio que en realidad me he apropiado de mi amigo de la infancia. Mi amigo de la infancia se llamaba Manuel, y nunca fue bueno. Todo lo contrario, desde chico se dedicó con el mayor ahínco a hacer el mal, claro que con una naturalidad y gracia que podría eximirlo de cualquier castigo. Mi padre sembró una vez melones en un huerto, nuestro huerto. A nosotros nos gustaban mucho los melones y las sandías. Pero mi padre, que era un trabajador incansable, permanecía invariablemente ocioso fuera de las horas de su trabajo. Argüía, contra la opinión de mi madre, que tenía que recuperarse para rendir luego al máximo. Así que el huerto permanecía la mayor parte del año completamente descuidado, o en barbecho, como él decía. Pero aquella vez, sembró melones. Fue emocionante ver a mi padre preparar las semillas, echarlas en agua el día antes, levantarse el domingo y remover la tierra para proceder a la siembra. Seguramente contemplé todo eso con aire de pesimismo infantil. En marzo. Manuel miraba a mi padre con ojos de aviesa malicia, y si puedo ser omnisciente, hasta el desprecio corría por su mente a raudales, y ya urdía alguna fórmula para desbaratar el posible éxito de aquel melonar. Ahora que lo pienso, la escena del colorín le pertenece a él. Le retorció el pescuezo. Le daban rabia los pájaros porque eran hermosos y podían volar, pero, sobre todo porque no respondían a sus preguntas. Todos sus secretos a salvo por esa obstinada mudez. Como yo. Por tanto, la historia de mi sonrisa es, con toda seguridad, falsa. ¿Qué más da? Ahora nos preocupan los melones. Cuando mi padre acabó de sembrarlos, se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y se dirigió al tronco de un almendro para orinar allí. Yo admiraba a mi padre porque podía orinar en cualquier sitio, si tenía ganas, claro. Encendió un cigarro Ideales y se sentó sobre una piedra plana. Hacía un día espléndido, el aire era puro, las primeras florecillas silvestres coloreaban el borde de los caminos y el sol jugueteaba en mil destellos sobre la superficie del mar. No sé a qué vienen estas chorradas descriptivas, pero siendo yo niño, como era, las considero tolerables. Ahora no. Ya no, casi seguro. Tampoco me acuerdo de mucho más. Que mi madre estaría barriendo la portada de la casa. Lo peor de todo es que ese tiempo ya no volverá, no sé si decir afortunadamente, porque habría una contradicción extraña flotando por ahí, de significados. En realidad, lo que yo deseaba mostrar era la idea última que buscó refugio y anidó al cabo en la perversa mente de Manuel. Tuvo que esperar unas semanas, prolongando el goce. Los demás, ajenos, aguardando sencillamente y sin temor a que la creciente hiciera su labor de milenios. La luna siempre me ha fascinado. Podría asegurar que todas las cosas mudas me atraen y me fascinan. Las rocas, por poner un ejemplo, o las plantas. Los perros no me gustan, ladran, me desesperan, son sucios y serviles. Prefiero las tortugas. Qué tontería. Cuando los melones emergieron de la tierra y sobre ella se alzaron apenas unos centímetros, mi padre los escardó y los regó golpe a golpe con un cazo y un balde de agua. Nosotros observábamos sentados sobre un ribazo la primorosa tarea. Se recreó luego en el reluciente melonar. Por último sacrificó una o dos plantitas de cada golpe para favorecer y fortalecer el crecimiento de las elegidas. Nosotros nunca tuvimos perro de ninguna clase, mi padre también era enemigo de los perros. Él prefería los gatos. Los gatos nunca ofrecen su amistad. Pensaba en eso. Cuando mi padre acabó su labor en el huerto se secó el sudor con la manga de la camisa, se dirigió al almendro y orinó en su tronco despreocupadamente. Me pareció admirable esa naturalidad. Eligió una piedra y se sentó a fumar uno de sus cigarrillos. ¿Hay que describir la espléndida mañana de domingo? Si rebusco dentro de mí, en aquellos años infantiles, descubro ya mi deseo de mudez y soledad. Devorar con los ojos el enorme círculo que me rodeaba, inabarcable antes, angosto y asfixiante hoy, si lo pienso. No lo pienso en mi cama, no quiero, me obtura. Fijarse en el mar, en los rayos de sol, en los árboles, en el poste de la luz, un tronco de olor fuerte, en la pila de estiércol, las inquietas e inquietantes manos de Manuel dibujando todo cuanto decía en el aire... Mi abuelo era dueño de un burro. Me fijaba en él de chico, y deseaba pasar mi mano por su pelo suave y gris, oliéndolo. Desprendía un olor a hierba fresca y paja mezclados. Infinitas moscas se disputaban sus orificios. Era lo peor. Mi abuelo volcaba su mal humor en él. Tenía su gracia. El caso es que al domingo siguiente todas las plantas de melón aparecieron afligidas, si no ya muertas sobre la tierra. Qué desolación. Todos nos formulamos preguntas sobre qué podría haber sucedido, incluso yo. Por qué aquella mortandad. Al principio lanzamos hipótesis propias del realismo mágico. Palabras y conceptos que aprendí luego, años más tarde, y baldíos, supongo. Pero la cosa resultó más sencilla. Tampoco las orugas de tierra tuvieron que ver. Suelen alimentarse del fuste tierno y jugoso que brota de las semillas. Serían, en todo caso, inocentes. Pero en este caso, no fueron, no había mordeduras. Sólo desarraigo. Eso fue. Algunos vecinos se acercaron para aportar opiniones, ociosos. Los vecinos siempre se alegran secretamente de los males de los vecinos. Cuanto más colindantes, más se alegran, y más secretamente. Mi padre estaba tan abatido que se fue mear al tronco del almendro, en presencia de todos. No le importaba en absoluto sacarse el miembro y dirigir allí, contra el rugoso tronco del almendro, el abundante y humeante chorro. Luego regresó a sentarse sobre una piedra, encendió un cigarrillo y miró hacia donde mi madre, que manejaba el escobón distraídamente, ajena a todo. Cuando lo supo no mostró ninguna tristeza, ni lanzó hipótesis, ni sabía lo que podrían ser hipótesis ni nadie usó esa palabra, claro está. Probabilidades, acaso. Sólo dijo, Yo ya lo sabía. Y con absoluta indiferencia continuó sus faenas domésticas, en ese momento, desgranando habas para freírlas con tocino. Era el almuerzo. Creo que me he alejado demasiado. Tanto que parece una interrupción. Me muevo inquieto en mi cama, como cuando se acerca la hora de que vuelvan y contaminen el aire con sus ruidos y sus alientos. Es espantoso. Se me altera todo, y es tal el trastorno que a veces creo confundirme hasta la enajenación. Se me pasa con mucho sacrificio, y dolor. No sé cómo ponerle remedio. Como un jilguero dentro de su jaula que observa aterrorizado cómo se le acercan unos ojos. ¿Qué puede hacer el pájaro? ¿Qué puedo hacer yo? Esperar a que alguien se compadezca y me retuerza el pescuezo. Un Manuel eutanásico. Aún me he alejado más, tras la interrupción. Me ocurre a menudo, y es que todo tiene tan poca importancia. Si digo que el sol brillaba suspendido en un cielo azul inmaculado, y que una brisa suave trasladaba todos los aromas de la primavera hacia nuestras narices, no serviría de nada. Un gato se desgastaba la lengua sobre su costado. Un gato sin dueño, común. A veces el silencio establecía unos límites, como la noche. De pronto se hizo el silencio, como de pronto nos percatamos de que ha caído la noche. Hay quienes no recaen en ello, acostumbrados al hábito, o dominados por una pereza encomiable. Un coche turbó el silencio y espantó a una bandada de gorriones. Era raro ver pasar un coche por la carretera. Hoy es raro ver una bandada de gorriones. Son incompatibles. El silencio planeó y Manuel, ávido de protagonismo, lanzó una carcajada que estalló en el aire como fuego de artificio. Todos supimos que él había arrancado todas y cada una de las plantas de melón y luego diestramente las había trasplantado unos centímetros más allá, sistemáticamente. Se marchitaron y fenecieron. Todas, sin excepción. El melonar desbaratado. La gente comentando la insoportable maldad del chiquillo, secretamente alegre, marcando los instintos del futuro delincuente. También su ingenio destructor. No hay más análisis. Todo el emocionante proceso se fue desvaneciendo a lo largo de la mañana, y la historia aquella se fue deformando con el paso de los años. Tanto que cada uno la recuerda y la cuenta de una forma diferente, enfrentada. Tengo sed. La mayor parte de lo que yo recuerdo es, a lo mejor, mentira. Cuando tengo sed puedo inventar cosas absurdas, desvariar. Es mi mentira, cada cosa tiene tan poca importancia, y juntas menos aún. Es mi mentira, mi invento en todo caso, la que he disfrutado mientras he permanecido solo y felizmente abandonado. Llegarán ellos y todo saltará por los aires, no habrá piedad. Yo, obliterado, asumiré mi papel, dejaré que transcurran las horas malas, que son todas, hasta alcanzar de nuevo nuevas mentiras, mi insobornable soledad.

miércoles, 6 de febrero de 2008

La piedra del muro.



LA PIEDRA DEL MURO

No estaremos allí esta mañana, que se arrancó del tiempo fría y nos escupe toda su aspereza. No sé por qué, como tampoco sé qué hacemos aquí, donde no hay nada que nos sujete, y en donde estamos porque en alguna parte hay que estar, si estamos vivos. Muertos ya no estamos en ninguna parte, pese a todas las creencias contrarias, no estamos, ni somos, ni fuimos ya. No vamos a desplazarnos allí, así porque sí, sin ningún objetivo, no habiendo, como nadie hay, nadie que nos obligue, ni orden que cumplir, ni deseo conocido o desconocido que nos mueva. No estamos bien aquí, pero allí, en cualquier allí, no vamos a estar mejor, acaso ni peor, ni nada en el trayecto modificará este estado nuestro, al menos nuestro estado interior. El frío puede encontrar una víctima más a la que herir, hacernos caer en la hipotermia hasta desfallecer, vencernos sobre cualquier barrizal, y qué. Nada cambiaría, de todos modos. El frío puede matarnos, pero vamos bien abrigados, el cuerpo se siente protegido, sin duda. En este sitio y en estas condiciones nuestras el frío no nos matará. Puede matarnos, pero no nos dejaremos, por pura inercia. Lo combatimos, casi de forma imperceptible, como por una costumbre, instintivamente. Ahora no es, desde luego, tiempo de calor. El calor puede matar de igual forma. Por descuido. Pero ahora no es tiempo de calor, y estamos sanos y bien nutridos. El cuerpo resiste bien las inclemencias climatológicas, los extremos, y se cuida voluntarioso. Es el envoltorio que pretende protegernos con delicada codicia, no sé bien por qué. Pensamos en el placer. También en el dolor. En la belleza, en la fealdad, y en todas las fatigas y gustos que soporta. El cuerpo es el beneficiario. El alma, no sé, quizá las alienta. Depende del alma que haga mover a ese cuerpo. El nuestro es bien complicado. Cabe la posibilidad de estar loco o confundido y desconocerlo. No sé si es cosa enfermiza no querer moverse de aquí hacia allí, para nada. Hay quien se mueve, quien no deja de moverse ininterrumpidamente, y no alcanzamos a saber por qué, si es placer dolor necesidad búsqueda azogue inquietud esperanza, de qué. Y el cuerpo no se moverá un ápice si no lo ordena el cerebro. El cuerpo se cuida, es blanco de enfermedades, sin embargo, y las rechazamos, procuramos rechazarlas. Se encargan de ello las autoridades sanitarias y uno mismo. Como si acontece un simple picor, y la mano cargada de dedos acude a anularlo, con suaves caricias, con restregones violentos, no todos nos rascamos igual, creo saber. Ni nos rascamos igual en todos los momentos, aun siendo la virulencia del picor similar, la rascadura es diferente. Influyen muchas cosas, nos suponemos. Conocemos a quien se rasca la espalda contra la esquina de una pared o el quicio de una puerta. Es una estampa que evoca al pasado prehistórico, animal, muy caprino. Las cabras se rascan contra los troncos de los árboles y las paredes filudas del aprisco. Y una contra otra, lo hemos visto. Pues un pequeño picor no deja de ser una enfermedad diminuta, y la remediamos enseguida. Así estamos empeñados en remediar otras enfermedades más conspicuas, algunas muy de moda, otras en decadencia ya, incluso vencidas, todas muy desagradables. La salud siempre da alegría, ofrece un lustre que los demás aprecian y envidian. Nadie en su sano juicio ansía la enfermedad. Ni siquiera las enfermedades mentales, tan cargadas de misticismo, son ansiadas. Y eso que algunas nos libran de males mayores. Nosotros no sabemos si estamos enfermos, creemos que no nos pica nada. A lo mejor nos asiste algún mal, y lo desconocemos. No nos vamos a poner ahora a averiguarlo. Sabemos una cosa, a propósito de todo esto: la inercia es un resbaladero por el que nos deslizamos sin más reflexión. Es un movimiento en descenso siempre al que oponemos poca resistencia. Nos toman por locos a los que clavamos las uñas en ocasiones vertiginosas o cuando se nos mueve en tropel. Nosotros preferimos la quietud y el silencio. Son únicamente pensamientos, para no afligirnos, sin más. Hay cosas a las que, estando vivos, no podemos renunciar. Muy débiles tendríamos que estar, que estamos. Aún no ateridos. Fatigados por el esfuerzo mayúsculo de tantos años de vida que no fue vida, es decir, vida sin asunción, por el resbaladero. Veo desde aquí a unos obreros que se afanan en la elevación de un muro de piedra, enorme, que sujetará un talud. Seguramente no querrían estar ahí. Son ventrudos y ríen, miran a las mujeres que pasan por la acera con descaro, comentarán obscenamente sus apetencias, y mientras, levantan el muro, piedra a piedra. No notan el resbaladero. Están inmersos en él, o forman parte de él, como cada piedra formará ya parte del muro, ese todo abrumador y resistente, sólida pieza inquebrantable e incuestionable que ejerce su labor ciclópea, rotunda.