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jueves, 20 de enero de 2011

El sueño de la fuga.


El lugar en donde estoy recluido es obscuro y sucio, inaccesible incluso a los bichos que suelen habitar sitios así. Qué potencias impiden sus presencias, lo ignoro, acaso la falta de alimento o cualquier otra singularidad que se me escapa, insecticidas, aplastamientos, llamas. El caso es que no son visibles a mis ojos, ni mis oídos se deleitan con sonidos perceptibles de vida alguna. Es en estos momentos, como ahora mismo, cuando caigo en la cuenta de cuan desventurada es mi existencia aquí, a pesar de la paz que me imponen estos guardianes obtusos, acaso contumaces, esta tranquilidad forzada que ni permite que asome mi cabeza a través de la ficticia ventana para contemplar el trasiego probable calle abajo. En noches -supongo que la noche es cuando duermo, como cuando disfrutaba de una vida normal, allá afuera, y el día cuando permanezco despierto y no hago otra cosa que darme a pensamientos a veces torturantes- que sueño, sueño con la fuga. La evasión es frenética, derribo a los carceleros sorprendiéndolos con mi fuerza y con la velocidad del rayo subo y bajo escaleras, penetro por tragaluces, deslizo mi cuerpo por pasadizos, salto, escalo, fluyo por la niebla y me pierdo entre árboles hacia una ciudad. Anhelo una ciudad de impíos, con mujeres hermosas y entregadas, propensas a las caricias más atrevidas, a mostrar méritos extraordinariamente sensuales en las sombras de locales de turbia atmósfera. Qué digo, esto último es consecuencia del extenso periodo de abstinencia sexual que soporto, vamos, que en este sueño consiento fantasías propias de un adolescente a la par que las del adulto que ansía procurarse libertad, libertad. No es el caso, y en cualquier caso, siempre despierto aquí, y la fuga ha sido abortada, y ya las paredes se mofan del intento, me reflejan cementerios, animales torturados en sus jaulas, hombres desmoralizados, cielos grises como el plomo.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Un horrible vacío.


Eso me recuerda dónde estuve ayer, en casa de un campesino, que me contó que un tabernero, al que yo también conocía, había muerto de pronto, aunque podía preverse desde hacía un año, pero sin embargo, de pronto, tenía un pie totalmente podrido, y desde luego hubo mucha gente en su entierro, y uno de ellos, excarnicero y posadero, que había sido anteriormente oficial de carnicero pero tenía ya más de sesenta años, tuvo que llevar una cruz, de dos metros, enormemente pesada... siempre tienen, cuando llevan algo así, una especie de soporte de cuero, donde va metida la cruz. Y sólo hace falta sujetarla, pero no cargarla. Sin embargo, no encontraron el soporte y el hombre tuvo que llevar la cruz durante dos horas, y le pusieron encima además una corona, y entonces él se derrumbó y ahora estaba en cama, también listo. Ahora me acuerdo.

Bernhard dixit.


Cuando estamos a la búsqueda de la verdad sin saber cuál sea ésta, que no tiene de común con la realidad sino la verdad que no conocemos, estamos a la búsqueda del fracaso, de la muerte… de nuestro propio fracaso, de nuestra propia muerte, por lejos que se remonten nuestro pensamiento o nuestros sentimientos, o nuestra imaginación o por lejos que miremos hacia el porvenir, es la muerte, la ausencia de reposo o el reposo como fenómenos de debilidad, de fracaso… se trata de las ciencias, de las artes, de la naturaleza misma, marcas específicas de la muerte… Cuando hablamos de la vida y ponemos el dedo sobre ella, cuando nos ocupamos de la vida como de una decepción permanente de los conceptos de lo que es la naturaleza —nosotros, los elementos teatrales...— un análisis letal nos resulta imposible.

martes, 14 de diciembre de 2010

Y caí como un cuerpo muerto cae.


En este aislamiento, si me paro a pensar, puedo ser atrapado por una red de felicidad desconocida. Mantenerse puro a la fuerza, la fuerza es cada vez menos fuerte y me acabo uniendo a su esfuerzo, de tal manera, que ya no existe presión. En eso quiero entretener mis pensamientos. Intuyo que acaba de amanecer: ha muerto mucha gente esta noche, mientras dormía. Descubro que me han dejado sobre la mesilla un Dante, parte de la mitad del canto V infernal, y un escalofrío me ha recorrido la médula: han violado mis sueños estos envilecidos guardianes. Siento la punzada de un vómito. La Divina Comedia, el conocido, comentado canto V. Punto, infernal. Borges nos engañó, nos engaña cada vez con sus trazas de desvalimiento, de verbo endulzado desde lo obscuro. Éstos no saben que yo leí a Borges, como ignoran muchas más cosas sobre mí. Ignoran que sé que en el infierno dantesco cada pena es un meticuloso arancel de su pecado, que los castigos son tortuosos unos y otros sucios como el légamo. Dentro, hay una continua barahúnda de gemidos, de almas incorpóreas que se quejan por los tormentos que sufren sin término y sabedoras de que no hay esperanzas de ser oídas. No hay esperanza ninguna en ese lugar, ni siquiera la de contemplar a dios un día. Ésta tampoco la hay fuera, pero sin duda se mantiene una esperanza sobre la esperanza, quién sabe cómo se alimenta... Yo sé del infierno, donde grotescas figuras animales repugnantes te acechan hasta el horror. Miro el libro sobre la mesilla y veo un vendaval que gira violento arrastrando a los lujuriosos, así como en vida fueron arrastrados por la pasión. Oh, Dante, de entre este movimiento turbio reclama dos figuras, Paolo y Francesca, desterrados a esa eternidad sin dios ni otro anhelo inalcanzable a pesar del deseo, que sólo existen ya juntos, que penan sin separarse ya jamás. Y yo estoy solo, que estoy solo y no puedo quejarme, me pregunto. Tengo mi intrincada comedia propia, como un inmenso campo magnético donde lidian infinito número de fuerzas, indescifrable número. Cualquiera vida humana que quiera en ella zambullirse, será sin duda aniquilada, desgastada, engullida por su ciénaga. Todo conjetura, no hay forma de palpar la carne, disquisición ininterrumpida para desmenuzar los trasuntos, para anclar los cimientos, para llevarme a la mullida cama a la improbable seducida... Inventar, qué necesidad.

martes, 23 de noviembre de 2010

Sueño húmedo.


Se acerca la hora y apagarán la bombilla que pende sobre mi cabeza, ocurre cada tramo de horas, calculo que veinticuatro, y no parece posible que eso vaya a cambiar nunca, lo que me dice de este momento inexorable es que constituye una plaga más. He de deponer mi cuerpo, arrojado sobre el jergón, al dios griego, Hipnos. Pero hoy no; lo arrojo, sí, preso de un cansancio humillado, tenso; lo arrojo, sí, y lo detengo para descubrirme con un relumbrar de noche de reyes, un retorno. Doy lustre y alineo mis zapatos. De entre materiales pasados, entresacan mis dedos un paseo de mar y palmeras, losetas de piedras ovaladas y pequeñas. Se oye el tránsito de las espumas. Huele con ese olor que es viento preñado de espacios inabarcables. Ya, y a pesar de esta obscuridad apocalíptica en que me sumen estos feroces guardianes, ratifico la emocionada cordura que ese olor me devuelve. Descubro dos sombras, dos sombras acaso extrañadas de estar ya juntas, que de avanzadilla se han sentado en un banco de piedra del paseo a esperar. Intercambian razones, susurran secretos que quizás no debieran. Se miran, se observan, tal vez se palpan. En su espera aún, la tibieza liviana del no saber. La sorda hilera de las posibilidades todas sin cumplir. Es un material del recuerdo, quiero obligar al sueño un sueño, que se cumpla para escapar, que muestre la mata de la luz florecida y abra los ojos con el regazo húmedo. Habré conseguido burlar de nuevo tanta hostilidad, sobrevivido a otra plaga. El amanecer no será otra cosa que una costa largamente escarpada.

sábado, 9 de octubre de 2010

El paseante ocasional.


He salido a pasear súbitamente, como escupido del sofá, en donde yacía como atornillado, hacia la puerta, la escalera, el portal, la calle mojada, un perro que me ladraba en la acera. Hice la vista gorda. No son mis amigos los perros, y menos si me los topo y me ladran y encima cuando, por fin, me decido a salir. De esa forma me descubro debilitado, me azota la duda sobre la oportunidad del paseo, doy a ese viandante que se acerca la impresión de ser vulnerable. Me precipito hacia una esquina cualquiera alejándome del perro y del sujeto que me viene observando con creciente empeño. Dos de las cosas que más detesto en el mundo, los perros y los seres humanos. El paseo no tiene buen comienzo, no puede tenerlo desde el momento en que mi pensamiento a cerca del hecho concreto de pasear no es del todo positivo. Todo paseo conduce a ningún sitio determinado del que, después, y al cabo, es irremediable volver. Y más le vale a uno volver, y si es posible, motu proprio, y sin haber pugnado con los mayores obstáculos con que puede uno tropezar, a saber, más de un perro o más de dos personas. El caso es que ha comenzado a llover, de forma contumaz, y eso me alegra la cara, y se ha levantado un vientecillo incordiante que descuida mi pelo, y eso me hace abrigar esperanzas. No suelen aventurarse demasiados seres a esta clase de intemperie, y menos en este sitio en donde suele reinar el buen clima como si fuese una penitencia horrorosa. Además, echo por los peores senderos una vez salgo del casco urbano, divergiendo con ignominia el trayecto. Y me acompaña, en cuanto puedo, un garrote que agarro del suelo leñoso por el que discurro, para disuadir, como ya se sabrá, a perros y humanos demasiado osados o incautos.

lunes, 23 de agosto de 2010

Sin título.


A esta hora busco un recuadro, lo hurtaré al espacio, conforme que formará parte del paisaje, que estará expuesto a múltiples incidencias, asaltos, degradaciones, será un sitio frágil. No vamos a pensar ahora que existen recuadros inexpugnables, libres de vicisitudes o siniestros. Lo requeriré alejado, un poco a la izquierda, en penumbra, sin ningún adorno exterior, apenas el imprescindible que exige un cierto decoro y la higiene elemental. Alguna planta que veamos trepar mientras se suceden los días, que ansío dóciles, y que atraiga la vida de los insectos, lo cual acaba produciendo en la mente la creencia ininterrumpida y muy útil de la vida girando, que regaré en los atardeceres, junto a una esquina del recuadro. Nunca me molestaron las moscas, ni mucho menos las abejas, ni siquiera las avispas. Si encuentro el recuadro que imagina mi cabeza, a estas alturas, y de la forma en que lo diseño, tampoco serán muchos los insectos que se atrevan a instalarse en él. Porque lo voy a buscar en la umbría, será algo cenagoso en invierno, aunque fresco en verano, y por la leve obscuridad que un monte espeso y robusto le otorgará durante el día, tendrá un poco el aspecto tenebroso de los castillos encantados. Pero nada de eso engendrará en la imaginación de los caminantes que lo bordeen, sino más bien la sensación de un hosco refugio al que es mejor no acercarse. Ése es mi deseo. Y a esta hora, que ya transcurre plácida, eludiendo los múltiples y penosos avatares que al tiempo se suceden en todo el mundo, es mi empeño, tal vez vano, por ilusorio.

sábado, 3 de octubre de 2009

El silencio.


Estimada señora, y sin embargo trato de afligirla siempre que puedo mostrándole toda mi decepción del mundo y en especial de mis congéneres una vez y otra hasta, seguramente ya, desanimarla por completo y por completo se acerque ya usted a la inverosimilitud de mis discursos descarnados. Tendrá que avisarme cuándo el hastío de mí se le haga poco menos que insoportable para que yo, en ese momento, tome la decisión correcta o acaso no correcta pero decisión al cabo. Como le digo y quiero contarle hoy, ayer acudí a la consulta de uno de esos llamados especialistas médicos para que, de acuerdo con otro especialista médico al que no he visto aún y que será, al parecer, quien tome las riendas de mi mal, aclaren qué debe hacerse con una leucoplasia que me crece en la lengua desde hace ya más de un lustro, por lo menos, y ante la que, desde luego, he mostrado la mayor tranquilidad desde el primer momento. Ponerse en manos de un médico, y peor aún, de uno de esos especialistas médicos, es comparable a ponerse en manos de un asesino en serie y por eso mismo, firme en esta creencia inamovible, he procurado retrasar en todo lo posible cualquier contacto o entrevista con un médico o con un especialista médico hasta el día de ayer, en que un agarrarme al mundo imprevisto me arrastró hasta el hospital y allí a una consulta en la que únicamente esperaban dos personas, un anciano decrépito y una señora de aspecto saludable y excesivo que hojeaba de forma compulsiva una revista de las llamadas revistas del corazón, que dejó de inmediato sobre la mesilla para desearme los buenos días e interesarse enseguida y sin apenas respirar, por mi presencia allí y por mi mal. Y yo todavía, a pesar de la hora y de mi debilidad, no había tenido ánimos ni para llevarme un bocado a la boca, tal era mi desorden incomprensible. Me senté como se sientan las personas en estos casos, supongo, me sequé el sudor de la frente y traté de estudiar a aquella mujer irrefrenable antes de soltar palabra. Que su marido era camionero y que la abandonaba durante semanas enteras y que durante estas semanas enteras ella permanecía siéndole fiel, al menos al principio de su matrimonio, me quedó claro, y también, decía, de él no podría decir lo mismo, ni siquiera al principio de su matrimonio y eso la fue sumiendo ya y poco a poco en un estado de intranquilidad y contrariedad notables. Que eso le provocaba sarpullidos espantosos por la piel, especialmente en el cuello, lo que, era evidente, la afeaba ya de forma que acude al especialista médico con frecuencia y sin, al parecer, resultados positivos. Que su marido era una persona complicada y al mismo tiempo era una persona cariñosa y que de ese cariño ella apenas podía disfrutar una mínima parte que era la mínima parte que permanecía él en el hogar tras sus regresos, porque siempre regresaba, no obstante, y por espacio de apenas unos días tras los cuales partía de nuevo a esos viajes transnacionales y así mismo lejanos, transportando mercancías perecederas unas veces e imperecederas otras y que ahí radicaba toda la complicación posible de la que sí disfrutaba con generosidad aplastante y embrutecedora, decía. Que existía en una intranquilidad sin interrupciones y que la perseguían las peores pesadillas y que su soledad la iba aniquilando lenta e inexorablemente sin remedio, explicaba y repetía esa misma explicación constantemente, y ésa era su forma de calmar esos nervios y esa ansiedad, un mecanismo para defenderse de los nervios y de la ansiedad, pensaba yo, que de igual forma usaba yo un mecanismo de silencio cerrado y pétreo para defenderme de los nervios y la ansiedad que me asolaban a diario, y que en este momento exacto me asuelan, ella no parando de hablar y no parando de repetir lo mismo obsesivamente y yo usando todas las razones concebibles para permanecer en silencio.

miércoles, 26 de agosto de 2009

La felicidad.


Mientras me envolvía en círculos concéntricos y cerrados, una noche, sin ninguna luz artificial, apenas la pálida de la luna menguante, escuché hablar de la felicidad a uno de mis guardianes. El otro, seguramente mudo, o dormido, minuciosamente quieto o estrangulado, cualquiera sabe, congelaba una expresión furibunda en el rostro, o eso imaginaba yo, porque aquí me sirvo incesantemente de la imaginación, no me queda otra viendo como veo que esta insistencia grave y brutal de la condición humana contra mí es inevitable, el caso es, decía, que el ocelote lucubraba en su lenguaje pobre y entrecortado sobre la felicidad. Éstos, que me tienen cercado y oprimido, sé que me procuran la mayor infelicidad posible, y sé que ellos mismos ignoran qué es la felicidad y qué caminos conducen a ella y que, en todo caso, nunca sabrían manejarla en el caso en que llegaran a esa fuente de la felicidad y bebieran de ella, si es que es fuente o líquida la felicidad, cosa que dudo. En todo caso, estancias amplias y agradablemente aireadas y soleadas en donde uno tiene absoluta impunidad para todo, traspasando incluso depravaciones que mejor es no nombrar. Y no, sigo aquí dando vueltas concéntricas y soy feliz, a pesar del insomnio. ¿Por qué? Sencillo, porque la felicidad está gobernada por la imaginación, no por los actos que uno quiere alcanzar. Así como el placer nace en la ilusión, y se apura hasta el recuerdo. Se esconde tras un rostro como de grisalla, se parece demasiado en su apariencia al conformarse. Permanece detrás de un biombo y anuncia siempre estar vistiéndose de sedas, pese a que lleva los mismos argamandeles de toda la vida, la misma ropa de todos los días, y hasta es posible que no se decida nunca a abandonar su escondite. Éste es, precisamente, mi caso. Pero pienso en Sísifo, incansable con su roca. Ya Camus, el filósofo existencialista, al que adoré un tiempo, señaló unos minutos en los que parecía escapar a su destino reprobado: caída ya la piedra, bajaba la colina para recogerla, por de nuevo iniciar el empuje sin término. Bajaba entonces solo, vacías las manos, libre, seguro que descalzo y cavilante, cobrando lúcido despertar de su situación, pero librado por unos minutos de su eterno castigo. ¿Sería feliz en esos momentos Sísifo? ¿Corroboraba a su alrededor la mudanza de las hojas, el canto de los pájaros, el correr de las nubes? ¿A lo mejor remoloneaba, multiplicaba cortos sus pasos, haciéndolos cada vez más pesados y lentos hasta apurarlos? Yo he reparado en esos momentos inciertos, atragantados o vacilantes entre el empuje y la caída, en los que la verdad sucede, tenue, porque aún no hay necesidad de mentir. Sentimos todavía la fuerza que nos liga al suelo antes de iniciar el movimiento, arañando grumos de felicidad, que sólo esto es, al cabo, y bien mirado, la felicidad: lo imaginado y nunca cumplido, aunque ávidos queremos y suplicamos la firmeza. Trazamos los horarios. El guardia inventa sus ojos y espera el relevo, el otro está sumido en la letargia, yo doy vueltas a la estancia, el mundo se afana en menesteres complicados y áridos u otras desesperadas esperas hasta que haya que atarse a más deseos a más mecedoras que arfan en las tardes para restituirse vagamente huyendo de la angustia de vivir, antes del escalofrío o el vómito de la vaciedad, y lo inútil nos complete los labios. Ah, qué infamia la felicidad, una trampa para el deseo, otra trampa de esa zorra de la esperanza. Sigo, pues, imaginando que doy concéntricas vueltas y escucho. No hay más.

viernes, 26 de junio de 2009

Los proyectos.


Dónde están mis proyectos, me digo, dónde, quién me los ha robado. Habrán sido teatro. Cualquiera sabe, los habrá roído el olvido o una capa de polvo los habrá ido cubriendo hasta sepultarlos. Eran teatro, esos proyectos. Ah, el teatro, el teatro es lo que uno pudiera ser y nunca se cumple, la posibilidad de una vida que apenas se alza durante dos horas. Nunca sabremos lo que no fuimos. El teatro de mis proyectos es como un espejo hondo que me iba conjugando y luego, más rápido de lo que en verdad yo hubiese querido, con un paño ensangrentado, todo muere... o al menos, fenece. Y hubiese tenido que poner más gesto, alzar más la voz, exagerar el beso, el gemido para que ese beso y ese gemido atravesara las tablas hasta las butacas en donde están los que clavan las miradas con asombro. Estos, mismamente, con su onerosa mancha extendiéndose implacable para sojuzgarme luego, están ahí atrincherados entre las sombras. Ya no me queda más que abandonarme al sueño y abrigar un despertar cualquiera con el rostro desbordado de arrugas: nadie iba a reparar en mí nunca más. En la impunidad de mi sueño, voy bajando pensativo hacia las rocas, soy una sucesión de exuberantes silencios, una cálida espuma umbrosa, una brisa que acaricia los árboles, un sonido que se inclina hacia lo áspero con una tibieza que no merece. ¿Dónde están mis proyectos? El viento se burla de mi grito, me trastoca el cabello, juega a confundirme alrededor. Veo el mar que un momento antes parecía manso o sólido y ahora se le ha encendido el celo tratando de vengarse agarrando una roca con poderosa lujuria. Muestra su lamer poderoso y me proclama: voy a erosionarte como sigas con esa idea estúpida de los proyectos. Y yo, hasta hace un minuto vibrando de insistencia, noto que se me han quedado las manos frías y la voz rota. Ahora lo veo todo claro. Ni era posible la germinación ni el crecimiento de ninguno de mis proyectos. Yo creo que sólo sé copular. Lo he sabido ahora, al comprobar que no estaban los proyectos, sólo las mentiras.

domingo, 7 de junio de 2009

El intento creativo.


Mientras hablaba no dejaba de vigilar el coche, le esperaban. Estaba en mitad de una respuesta, dubitativo. Ella quedó de espaldas a la puerta, con la melena rubia aún balanceándose en el aire después de haber volteado el rostro con aquella sonrisa descansada que no vio desvanecerse. Él, sin terminar de mirarla, había ya girado sobre sus pasos desatendiendo la otra mitad de la respuesta, que ella tampoco requirió, para observar el coche: con aquella levedad sin patetismos se habían despedido. Ella había quedado de espaldas a la puerta, con la costura detenida en el regazo, fijo el mirar contra la lucerna mientras se oía cerrar la puerta, los pasos cada vez más sordos o lejanos. Y luego iban quedando tras de sí los tres claveles en la mata aún no florecidos, el bidón oxidado, la nube con la forma de Pegaso huyendo sobre su cabeza. El transistor ronroneaba sobre una estantería. Cuatro meses en la tarea de soñar monstruos o inventarlos. Las nubes bajan una manea. Le habían entretenido el regreso. A los días se incorporaron otros que fueron formando meses y después años. Habían sucedido naufragios y costas escarpadas. Y mujeres con cuerpo de pesadilla y mujeres niñas y mujeres imposibles de las que no encontraba modo de escapar, en las que un ápice de olvido le fue largamente necesario. Y ahora volvía. Y ahora todo volvía. Antes, él extiende sobre la mesa un puñado de caracolas que se había traído, dijo, para prolongar algún instante de mar. Pero todo volvía a pesar de los años y del mar. Iba entrando en su pecho el olor de las macetas, iba él completando la lucerna con la ropa hecha jirones, con los pasos contrarios más cansados. Pero otra vez los tres capullos en la planta sin abrir, el bidón de herrumbre, los ruidos, la cerradura oxidada, la labor detenida en el mismo punto de su marcha sobre el regazo muerto. Alzó la vista, y era la nube de Pegaso que ya se desvanecía...

No puedo seguir, estos tratarán de mirarme con desprecio, y es lógico, qué grotesco este asunto: parece una mañana de carnaval transitando por una calle cubierta de cáscaras, secos vómitos, botellas vacías o quebradas en mil pedazos y vasos de plástico. Todos los disfraces rotos, un zapato de tacón... Tanta retórica desnutrida. Esto de escribir no parece tarea fácil, por más afán que uno le ponga. Parece deslavazado. Un zigzagueo. Una sorda hilera de posibilidades. No hay quien lo entienda. Me ratifico. Habrá que ir preñando los textos, o estos tipos que me observan con tanto e insidioso interés se van a mofar con gusto de los alumbramientos.

jueves, 21 de mayo de 2009

La noche.


No sé si hay algo que saber, es decir, si hay algo que ignore y deba saber, a cerca de éstos, o a cerca de alguien que no sean éstos, alguien que me haya pertenecido en el pasado, tal vez algo que pertenezca al después. Aquí nunca me cruzo con nadie, sólo con quien yo invento y quien yo invento pasa pronto a ser enterrado en el olvido. De esta forma los días, o lo diurno, se me adelgazan de manera que no me duran nada entre las manos. Como todo está hecho de fragmentos, la mentira y la confusión se alían para sumirme en un cansancio que me destruye las erecciones, y casi no tengo armas para combatir esa adversidad. Los días, pues, son fatigosos, y vanos: ni crecen los rumores, escabullido todo entre el murmullo de las multitudes que se apresura alejándose. Ni un guiño. Todo una pérdida constante. El caso es que ansío la llegada de la noche como el sediento el agua, porque sé algo de la noche, y es que con la noche las formas pierden toda su corpórea consistencia. Y esa corporeidad difuminada también vale para mis pensamientos, que, al cabo, es casi lo único que me queda, lo único que quiero y puedo rescatar a cada momento para esquivar tanto golpe, tanto zaleo inicuo. Ah, la noche: éstos apagan la luz principal, sospecho que no por cortesía, pero a cambio encienden unas culebrillas luminosas que de forma tenue pero suficiente abarcan el entorno de uno mientras en la intensa longitud de los planos se torna o adivina un final obscurecido e impenetrable. Allí nunca llego, suele haber amantes besándose o cosas peores. El caso es, y es a lo que iba, es que el refugio de la noche calma mis iras: las cosas, los hechos cotidianos, las insidias de que soy objeto, el gato, todo se queda sin relieves, sin esquinas. Me arrojo al jergón consciente de que es ésta una hora en que las verdades son amables y no duelen, en que pueden pronunciarse las cosas más terribles con una inquina paciente, soportable, como si se tratara de un bello alfilerito que va cortando minucioso las entrañas. Ah, jodidos torturadores, un pensamiento hijo de la noche no es nada, no sirve. Sé que la luz lo volverá turbio, inútil. Pero qué goce. Los pensamientos de la noche tienen ciegas las pupilas, se guían por el tacto, por el metal de las voces, crepitan. Vagan como sortilegios. Pero qué goce. La noche tiene la misma calma que guarda el mar por dentro, allá donde su vientre se torna obscuro y es habitado por criaturas insondables. A veces presiento los pasos, y las garras, pero no, sé esquivarlos. Incluso de día y a ratos soy capaz de recobrar una calma suficientemente nocturna como para concebir todo como un disparate, inexplicable, pertinaz. Lo amamanto.

jueves, 14 de mayo de 2009

El presente.


Tengo que pensar que mi futuro está siendo devorado de forma incesante por el presente. Éstos me vigilan con saña y comprendo por eso que el tiempo que está por venir no va a resultar muy halagüeño. De esta forma se vuelve fácil concluir que es lo que nunca se intenta lo que no tiene ni un atisbo de posibilidad de suceder. No es temeridad ni ligereza lo mío. He decidido probar a saltar, he decidido apostar por un caballo, con el pecho descubierto, con la ilusión que supone el no saber. Desde este momento, sabiendo como sé que soy vigilado, que estos que me escudriñan noche y día no velan precisamente por mi seguridad, sino que tratan en todo momento de especular para hacerme el mayor daño posible, y lo consiguen, para estudiar mis reacciones, digo, desde este momento estoy dispuesto a anegarme de presente para apurarlo hasta secarlo, para alumbrarlo nítido e intacto, para escabullirme de la angustia que supone ese tiempo inexistente en el que no sabemos ni por asomo qué va a pasar. Que se concreten las sombras aunque sean temibles, que me asusten, pero que me nazca una emoción al contemplarlas y con ello esa burla histriónica poblada de sonrisas. Que se jodan. La muerte no es nada comparada con la angustia. Estos seres envilecidos son desgraciados, lo sé. Si quisiera, les tendría lástima. Pero no puedo perder el tiempo. Yo no uso trampas ni señuelos: hundiré los dedos en la incertidumbre hasta que sienta el daño. Viviré con esa fiebre o impaciencia que sufren los presos los días anteriores a la libertad todo el tiempo que me queda, con esa incontinente necesidad de notificar con rayas en los muros el silencioso avance del cumplimiento del plazo, plazo el mío inacabable. Cada mañana miraré las puertas selladas, las paredes, los barrotes, todo lo que me rodea e impide que mi presente sea alborozo con el desdén propio del que ya se sabe definitivamente a salvo, vencedor: no podréis conmigo. Cada día haré las maletas, lustraré hasta el desánimo los zapatos, concederé a mis ojos una mirada implacable, escarbaré el ruido lejano de unos niños jugando. Cierro los ojos, camino por la playa en una sucesión de exuberantes silencios, una cálida espuma umbrosa me rodea y acaricia los pies... Eso es el presente, el certero tránsito que irá resquebrajando el futuro para hacerlo más presente, el ruido de tanta hora superpuesta. Así inquiero a mudas fuerzas para que sostengan el aire, y concibo a los furibundos diocesillos que, con aviesas sonrisas, me deleitarán con sus maldades. A joderse, torvos seres que me esculcáis de la manera más inicua. No tengo futuro.

viernes, 24 de abril de 2009

La literatura.


Hemos mandado introducir en la estancia una nota manuscrita. Por debajo de la puerta. Doblada la hoja en cuatro. Alguien sugirió que en dos era bastante, pero se impuso el cuatro por ser el número igual al número de las paredes. Con tanta doblez por poco si no cuela por la rastrera rendija. Otro sugirió que la nota fuese bordada en tela e hilo dorado: desechamos la estupidez en cuanto descubrimos que había bebido, que fue enseguida. Menos mal. Si acaso no hubiese estado ebrio, lo mismo ahora este pequeño e inseguro ser humano estaría leyendo la nota en lienzo bordado en hilo rojo. A veces creemos que estamos algo tarados nosotros también, siendo como somos, al cabo, y vistos desde todos los ángulos, seres humanos igualmente. Ahora mismo lee la nota en papel, con tinta azul de bolígrafo común y letra minúscula, firme y clara. Reza: La misma derrota que nunca termina. Aguardamos impacientes su reacción. Nada, es él el que aguarda impasible la nuestra. El caso es que no hay reacciones por ningún lado. Ha vuelto, tranquilamente, a ocupar su sillón de orejas. Ha abierto el libro que lee, La isla de los pingüinos, de Anatole France, y va a usar la nota como tarja. Nos hemos dormido. Al despertarnos, que ha sido en el menor plazo posible, nos hemos encontrado con que un lacayo mudo y malafeitado nos ha traído una nota manuscrita del individuo que, dice, ha descubierto al otro lado de la celda, justo a unos centímetros de la ranura inferior y única de la puerta férrea. La hemos leído mientras nos rascábamos la barbilla, excepto uno, que se hurgaba la nariz. Dice: "Ayer tarde decidí revolverme contra el asco de mi estado. Me lo eché en cara y recriminé y, a duras penas, logré un escamoteo, salvarme y, al fin, la escapada. Un rato después, no sé cuánto duró el rato al haber sido privado de relojes y, tal vez, del mismo tiempo, cosa que ignoro, conseguí, iba escribiendo, olvidarlo encaramándome a una actividad frenética. Hay ocasiones, no muchas, pero sí suficientes, en que me lleno de esa actividad, insaciable. Me borbotean pensamientos, arden, llega hasta a dolerme la sien. También el insomnio lo lleno de cábalas y conjeturas y proyectos. Bien, pues ayer me dejé entrar en ese estado y, a resultas, he estado poniendo los cimientos a otra historia muy diferente a ésta que me ocupa ahora. Un vertebramiento lento de una espera imposible que desemboca en la vesania literaria. Voy a escribir un libro. El libro ya tiene hasta el título, y voy a anotarlo ahora mismo antes de que me lo roben y deje de ser de mi propiedad intelectual. Es: "La misma derrota que nunca termina". Versará sobre una espera que jamás se cumple. Indagaré de dónde es nacida, qué veneno trae en sus vísceras, cuál es su hedor. Empieza ya a alzarse en su forma y la miro con satisfacción y arrobo porque siento que se está desenvolviendo en un código mutuo, que está, digo, la historia, sembrada de señales que a estos oteadores que me miran torvos e inquietos y a mí mismo sólo harán esbozar unas sonrisas. Una amalgama de signos que llevan, inevitablemente y por un itinerario casi secreto, a la gloria, a la fama, a la inmortalidad, a lo que sea eso en el futuro. Como tengo esa sensación sesgada en lo que supongo días y días de vivir colocado ante una espera de no sé el qué, y me come el tedio... Siempre aquí, esperando, sin bajar la guardia porque podría aparecer en ese mismo momento... La inspiración. Si descubro que es una espera aciaga, que nace deforme, desquiciada y hasta pesimista, la aniquilaré. Pediré una televisión de plasma y todos los canales inimaginables. No podrán negarme eso. El atontamiento sería absoluto. Pero no, han de implicarse en mi código, y sobre todo, me negaré con uñas y dientes a que se me nuble el desánimo. No cederé un milímetro, no cejaré en mi empeño, bucearé en tropos. Será un derroche luminoso, tenaz. Dejaré de masturbarme. Tentaré olores. Pido más papel y más lápices." Por los huevos de San Cucufato, le ha dado por la literatura, pensamos todos a un tiempo. ¡Qué impudicia! Y nada podremos hacer, pues en el territorio de su mente nada podemos prohibir. Y eso que creímos atorada su futilidad, toda veleidad y asomo de memez en aras de su obstinación por escapar de nuestras inciertas garras carceleras... La creación discurre como un río en crecida, es imparable. Ejecutaremos al que tuvo la idea de la nota: ha despertado a un monstruo.

jueves, 2 de abril de 2009

El amor.


Sabemos que corre peligro porque recibe cartas de amor, ignoramos cómo han sabido dónde enviarlas, y lo hacen, con frecuencia enfermiza, como el amor mismo, y son dos caligrafías diferentes, dos nombres de mujer. Hacen tinta de los besos y anuncian que quieren verlo para cotejar qué son en sus ojos. Cosas así dicen. Coincidimos en que es un castigo demasiado feroz éste que alguien no merece. Porque, bien mirado, y mirado de cerca, el amor es una aleación ridícula, de olvidos, de condescendencias, de incertidumbres. De vaga egolatría. De nefandas coincidencias. De hechos fementidos. Y por lo que vemos, no es el amor asunto de dos, es sólo un juego de reflejos: uno que espera recoger la mirada que mira, y en la que a su vez han sido primero reflejados. Cómo ha podido llegar a esto, lo desconocemos, pues ha permanecido en sus habitaciones tan largo tiempo que el olvido ha debido tragárselo. Suponemos que todo es producto de un error, debido al tráfago de esta vida tan acelerada. Lo que no llegamos a comprender es por qué saben tanto de su alma. Habría que estudiar a estas dos damas y averiguar quiénes son, de dónde proceden y qué buscan. Tal vez buscan en el amor lo que un destino celoso les negó, inventan para que el otro crea, lo buscan por entre el laberinto de habitaciones que un día fue abandonando, descubriendo hebras de infancia, juegos atrevidos en la adolescencia, el calor de unas sábanas recién despobladas, hasta ese instante último del amor, ese estertor que, creemos, lo arroja a uno hasta la soledad más pura y olvidada. Hasta que llega el momento de pronunciar ese te amo que ya ahí mismo, antes de concluir la vocal, comienza a desgastarse. Avanzamos en la investigación y consideramos que nos perdemos a cada paso. A veces creemos que es mejor dar paso al silencio. Es dura esta labor de estudiosos del ser humano y más aún es dura cuando nos enfrentamos a las pasiones, sobre todo ésta, tan estúpida. Hemos tratado de advertirle de tanto riesgo. Mira que los amores se traspapelan, le decimos, que suelen tornarse tan ridículos que apenan, que hay miradas ciegas, todo esto es vaga apariencia de dicha y encanto, que deje de amordazar tanta excusa, que el amor apaga la luz de la cordura y nos confunde y hace que pensemos que perseguimos algo, sin éxito toda nuestra prudencia. Estamos casi seguros de que el peligro ha forzado ya las bardas.

miércoles, 25 de marzo de 2009

El miedo.


No sé si tengo miedo. Sé que me asfixio, que tengo el abdomen endurecido y una palpitación insidiosa que se alterna de forma que me provoca una minúscula tortura a la altura de la carótida izquierda. Lo del miedo no lo sé, y eso que sé también que estos me observan día y noche seguramente para comprobarlo. Provocan explosiones para asustarme, en casi todas las ocasiones cuando me encuentro en el acto de defecar. Creo que es rabia lo que siento, miedo no, y eso que a veces se camuflan con formas diferentes y vienen escondidos detrás del acto más banal, más leve, y se cuelan como frío entre las juntas de las ventanas, si es que hubiera ventanas aquí, porque todo esto es puro metaplasmo. Entre tanta austeridad es preciso algo de color para expulsar lo que sea el miedo, o la rabia, o el dolor o cualquier otra cosa que sienta. He llegado a pensar, en momentos así, que realmente no siento nada, pero todo me indica que eso no es posible, que lo imposible tiene dos caminos, o disiparse con el tiempo o con el tiempo mostrarse que no era imposible. Tanto pensar me da hambre, pero hoy toca ayuno. Ha vuelto la palpitación, ora sí, ora no, así, durante quién sabe cuántas horas. Para ahuyentar el miedo lo mejor es contarse uno historias, historias que nunca ocurrirán: de chico, ser un as de la equitación. Luego, de joven, alcanzar esas grandes hazañas sexuales con las mujeres sedientas de placer. Ahora, de adulto ya, confinado aquí, me cuento historias de lucidez y aplomo en las que soy el protagonista. Huelga decir que jamás alcancé ningún éxito. Sólo he sido una vez y otra, capturado. Toda esta cadena de fracasos pueden explicar esta continua tristeza que me camina de arriba a abajo, por dentro, que, desde luego, me llega de lejos, considero que heredada, y que en tardes como ésta se estrella en mi cabeza como un recuerdo que no me pertenece. A saber qué están haciendo conmigo aquí. Ahora que recapacito, ni siquiera sé qué edad tengo. ¿Tengo edad de tener miedo? Esos ojos ávidos que me observan con tan cruel insistencia ansían que les hable del miedo. Y yo les digo, mudamente, que mi tiempo y mi edad han de contarse con el óxido de ruedas dentadas que chirrían escondidas en cualquier lugar fuera del mundo. Oh, han puesto cara de asombro. No. Es miedo. He visto el miedo en sus ojos. Ignoran, esos monstruos, que soy un cuerpo gozoso de juventud que encierra un alma prematuramente envejecida. El rostro de mi alma despierta cada mañana desbordado de arrugas. Ellos no hacen preguntas, pero las intuyo, y sé que corren a esconderse, precipitadamente, para no conocer la respuesta. Y eso que ni siquiera tengo necesidad yo de pronunciarla. Tampoco quiero pronunciarla, pero haré una excepción ahora: es la muerte. Acaso no es la muerte. No. Es el miedo a la muerte. O es el miedo al dolor que antecede por instantes inefables a la muerte. Todo eso ahí revuelto, como un tumulto que nos arrastra y desobedece toda ley o fuerza de la ley. Este cansancio me está gastando, la palpitación ha cesado y ha sido sustituida por un sarpullido. Tendré que administrar mejor estos acontecimientos. Una mosca se ha posado en mi mano, o apariencia de mano, y con la otra mano espero aplastarla. Qué importancia tendrá esto para ustedes. El caso es que para mí, mucha. Todavía tengo manos.