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sábado, 9 de marzo de 2013

La salida. 1ª parte.

 




    Agotado por el despliegue de imaginación y el abrumador aire puro circulando por mis pulmones, regresé. Ni por un momento se me ocurrió desertar, poner tierra de por medio, despistar a un posible perseguidor con la astucia que me caracteriza aprovechando la sutileza de una esquina, la penumbra de un recoveco o la sencillez de un precipicio. Tengo, algún día, que desarrollar este asunto. Y ahora estoy aquí, de nuevo a buen recaudo, dispuesto a narrar mis sensaciones para, de alguna manera, amarrarlas a mi memoria y así, cuando pasen los años, infatigables ellos, tiranos e implacables, echarles mano como absurdos argumentos egagrópilos y no sé si reversibles. Todos estos detalles, y otros reiterativos, se irán desmenuzando apenas, por pura y vagarosa actitud mía, más próxima a la consistencia de la espuma que a la fragilidad del jabón. Razones no me faltan y digo, nada más alcanzar las afueras, extramuros digamos, percibo, con un mohín necio de mi nariz, que no hay cambio brusco alguno en mi pensamiento, no encuentro diferencia entre estar dentro y ahora fuera, no así en mis ojos, que son casi verdes, que, de repente, se deslizan hacia el horizonte a través, por decir algo, de una estrecha carretera, seguramente comarcal, por la que circula un viejo hacia mí en bicicleta, pedaleando de forma lenta y esforzada. Si pudiera desdecirme, diría que de forma estúpida y ridícula. Lo primero que se me pasa por la cabeza es, una vez esté a mi altura, empujarlo con decisión e ignominia, arrebatarle la bicicleta y lanzarme con ella cuesta abajo con una sonrisa maligna dibujada en los labios. Imagino al viejo tumbado en decúbito supino sobre el arcén, tratando de recuperar un escorzo hostil y desafiante alzando un puño, con cara de absoluta estupefacción y dispuesto a cubrirme con toda suerte de improperios. Pero desisto en el último momento, lamentablemente, cuando caigo en la cuenta de que no sé pedalear, mi padre nunca me regaló una bici. Desde entonces le guardo un rencor secreto. Aún así, no me abandonaron del todo las ganas de derribarlo y luego patearlo -se parecía mucho a mi padre, el cabrón-, y más cuando, al pasar, me dio los buenos días con su dentadura postiza jadeante. El aire era cálido y se alzaba un cielo azul propio para excursionistas, el anciano ciclista se alejaba y yo eché a caminar en dirección contraria  por el borde a lo que parece, a lo no demasiado lejos, una aglomeración urbana, abandonando el jodido pretérito de los narradores pueriles. Vuelvo, en ese instante, la mirada y ya no veo nada tras de mí. Todo se ha borrado, incomprensiblemente, y ya tiemblo ante la infeliz idea de no saber regresar. Pero sigo adelante, apoyado en mi reloj de pulsera, digital, japonés. Seguro que lleva incorporado algún dispositivo localizador, y eso me tranquiliza: ya me encontrarán, si me extravío. Y avanzo como un bípedo que recién ha descubierto que es bípedo y se aleja decidido de una nada hacia otra nada desconocida, entusiasmado de saberse dueño de su propio movimiento y sin importarle  el destino que le aguarda. Es fenomenal.
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sábado, 2 de marzo de 2013

Your love.

                                                                                                      
Esto no necesita palabras.






martes, 26 de febrero de 2013

Desánimo.

      Al parecer, me he ganado la confianza del jefe supremo, tal vez también la confianza de los sabios que lo asesoran o acaso no es más que otra prueba a la que someterme para entretener sus estudios y mostrar al mundo los avances sobre la abstracción y sus respuestas liberadoras o quizás tratar de conocer los abismos virtuosos de la traición. El caso es que anoche, junto con la cena, el guardia, inopinadamente recién afeitado, me trajo la noticia: mañana, nada más amanecer, me abrirán la puerta metálica y luego nadie obstaculizará los pasillos, el patio estará franco, y el alto muro de albayalde que nos rodea mostrará una abertura hacia el exterior por la que nadie me impedirá salir, solo, hacia los peligros de la libertad, con la promesa única de que habré de volver antes que anochezca. El guardia ha dejado un reloj de pulsera japonés en la bandeja y alguna murmuración, luego ha escupido y ha salido sin más, dando un portazo, dejándome estupefacto, la cara incendiada por el asombro y los pies paralizados de tal modo que aún sigo aquí, de pie, tratando de digerir estos excesos maquiavélicos. Ni que decir tiene que me pasaré la noche en vela, imaginando trayectos imposibles, encuentros aterradores, sonidos ya olvidados, el aire no viciado, el pelo de las mujeres, las risas de los niños  y el perfil del horizonte. También amo extraviarme, al menos aún conservo un leve recuerdo de esa intención juvenil, extraviarme para ser hallado en mitad de donde se ocultan aquéllos que huyen de lo impuesto, de lo convencional que te obliga invariablemente a no ser tú, indomables y perseguidos, pero no seré capaz, mis fuerzas han mermado y mi espíritu ha sido ya destruido de tal forma que sólo abriga ansias de paz. Además, llevo algunos días delicado de salud, me duelen las articulaciones de los tobillos, y hay momentos del día en que los intestinos se me rebelan, se vuelven incontrolables y he de acudir al reservado veloz si no quiero empantanar los calzones. Eso lo deja a uno a merced de todos  los enemigos posibles y a la compasión de los neutrales: al menos tengo la fortuna de no tener amigos por los que ser  traicionado o estafado. Ah, me voy debilitando lentamente, mi ánimo quedará derruido como muralla vieja. Tengo que dormir. 
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lunes, 11 de febrero de 2013

Aclaración.

  

 Me vienen diciendo, a veces con una insistencia agrónoma y que yo considero desprovista de toda maldad, que no entienden lo que escribo, que nadie puede entenderlo, y que es costoso de leer; que no llegan al final por más empeño que ponen y que, al cabo, se quedan con un resabio inquietante tras el intento. Vuelvo a, después de un decenio y pico, recordar lo que ya advertí entonces: yo escribo únicamente para dos personas, a saber, yo mismo y otra de la que guardaré secreto sepulcral y cosa de la que ella misma no es consciente. Todos los demás intrépidos lectores que sufren el tormento desigual y escasamente paladino de mi prosa me resultáis primorosamente indiferentes. Carezco de aspiraciones literarias, me importa un bledo la inmortalidad artística y cualquier virtuosismo, por mínimo que sea, que yo pudiera poseer. Lo mío es puro narcisismo terapéutico, así que dejadme en paz con mis artilugios y tortuosidades: admiraré y valoraré vuestro silencio tanto como el premio Nobel. 
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miércoles, 6 de febrero de 2013

El cuento estafador.





     Dan las doce, llevo dos días sin probar bocado invadido por una inapetencia que no sé a qué obedece ni cómo ha irrumpido y que me resulta, a pesar de todo, gozosa, germinal: he agarrado unos viejos papeles recién descubiertos y los he alisado; he empuñado un amedrentado lápiz y me he dispuesto a iniciar un cuento infantil con el que tengo previsto estafar a cuantos niños se atrevan a leerlo en el futuro. Quién sabe. Para acoger esta propuesta me veré obligado a una metafísica del desencanto, de hecho, ya me veo obligado a una metafísica del desencanto, acaso por mi debilidad física -sólo ingiero agua del grifo-, tal vez por esa inclinación propia de todo ser humano al abatimiento cuando se ha luchado durante tanto tiempo en una batalla ininterrumpida sin éxito y en la certeza de la derrota. No durará mucho este estado, digo en voz alta para que me oiga el guardia cuyas posaderas descansan sobre el suelo tras la puerta, soy invencible desde el momento mismo en que reconozco y sé todo lo anterior. El caso es, mancipados lectores del sistema, aprovechar el receso para florecer, dar cuerpo a ese cuento infantil y mostrar a la oxidación y al deterioro ávidos e implacables el fruto de mi estrafalaria creación. Quién sabe. Mi desconfianza no conoce límites, soy tan reservado que no puedo ni siquiera imaginar que estas penosas  frases salgan un día de aquí, de esta celda húmeda, mugrienta y mal iluminada, y vean la luz exterior, que imagino cegadora, y queden expuestas a la oxidación y al deterioro ávidos e implacables de cuantos dedos y ojos empercudidos  y hostiles traten de arrebatarle su justo sentido antes, digo, antes de que los limpios ojos y róseos dedos de hijos sobresalientes, chicos estupendos, criados en la pulcritud neoburguesa, en esa asepsia ideológica tan nociva para la humanidad que va generando vigorosos enfermos de enfermedades nuevas, desconocidas y probablemente irremediables, de imposible tratamiento ya, no mortal, pero sí extenuante, cuyo remate es la imbecilidad más absoluta, digo, se atrevan a hundirse en mis palabras. Mi idea es aprovisionar, ahora que tengo la lucidez del desencanto, de cuantos nutrientes sea capaz mi pensamiento para hacer frente al frío y duro invierno que se aproxima. Asumo el papel de forense, y en cuanto lance un alarido aterrador -el guardia se apresurará a maldecirme- me pondré a la tarea. El cuento empieza así: Nunca fue una vez que el maestro obligó a todos los alumnos a mostrar sus manos para comprobar que en ellas no había restos de tinta...


viernes, 18 de enero de 2013

El perro.



Entre las brumas de un mal sueño y el coyuntural dolor de todo mi cuerpo retumbaron los golpes metálicos y los chirridos, por ausencia de engrase, de los goznes de la simbólica, pero muy próxima ya a lo real, puerta herrumbrosa que me impide cada día, las veces en que a lo largo del día me acuden las ganas, con sus gruesos cerrojos, salir, no ya a la libertad peligrosa, sino ni tan siquiera al patio en donde alguna vez alguien pudiera contribuir al desarrollo de mis escasas habilidades sociales, haciendo un gran esfuerzo, sin duda, llegando al desaliento, digo, o ver un pájaro o ver hasta el vuelo de un pájaro, aunque la mayoría de los días ni me vienen esas ganas, y eso que me ahorro, de tan melancólico que ando, etcétera, y entonces, junto con los golpes y los chirridos y los cerrojos se abrió y yo miré displicente, legañoso, sumido en mis coyunturas doloridas, y vi la sucia bota del guardia junto al hocico de un perro que se adentraban  en mi húmeda celda dejando un susurro descuidado de jadeos en mis pabellones auriculares. Me incorporé atónito en un crujido de articulaciones y huesos desencajados sobre el jergón habitado por una infinita cantidad de toda clase de bichos y los encaré, al guardia fétido y al perro, pequeño, afanoso, rojizo y de vivos ojos negros que se lanzó a lamerme con la desvergüenza propia de estos cuadrúpedos, con una expresión indefinible. La  del guardia, como siempre, era una expresión impaciente y poco cultivada, claves, desde luego, para el afianzamiento de su inmaculada estupidez carcelaria y su nunca saciable crueldad: un lerdo, vamos, por antonomasia. El can, colmado ya de sus lamidas, rastreó entonces la estancia, de esquina a esquina, con una celeridad graciosa, como apoderado de un sentimiento de añoranza indescifrable. Al cabo de unos minutos ocurrió algo extraordinario...

domingo, 2 de diciembre de 2012

Carta a mi novia.

    No pudiendo conciliar el sueño, cosa rara en mí y aquí, donde reina una calma de la que soy súbdito, cómo no, porque ejerzo un dominio absoluto sobre mis pensamientos, es decir, los alejo constantemente, a pesar de los esfuerzos de mis observadores y de sus hostiles guardias, digo, agarré uno de los pocos libros del estante de la pared oeste, al azar, con el propósito de esparcir mi mente y sosegarla, un libro gastado en sus cantos, las hojas fatigadas y amarillentas, los entresijos quebradizos y amenazando con sutiles crujidos imperceptibles deshacerse, un libro de relatos de Samuel Beckett que me pertenece desde tiempos anteriores a mi cautiverio y que llevo conmigo desde entonces sin que nadie, me refiero a amigos de lo ajeno y también a censores y de igual manera a gente estúpida que es la gente que provoca la mayor parte de las pérdidas involuntarias que sufrimos los que amamos algunas y pocas cosas, como yo este libro, que no es cualquier libro, sin duda, yo he olvidado libros, los he arrojado al fuego, los he abandonado en manos arbitrarias sabiendo que nunca los recuperaría, etcétera, en definitiva, porque eran libros que carecían de valor para mí, libros inservibles, vomitados por escritores inanes con la única idea de la prepotencia o el afán de lucro, cualquiera sabe, me lo arrebatara. Entonces, como siempre que  echo mano a este libro, lo abrí con delicadeza y a voleo y justo así, sobre mi regazo harapiento y desde sus páginas, cayó una cuartilla manuscrita con fecha de mil novecientos setenta y ocho y que, a lo que parecía, yo tenía en el olvido y, a lo que parecía, parecía una carta a una novia que tuve por aquellos, no años, sino meses, que es el tiempo que me suelen durar a mí las cosas inmateriales, y aquí incluyo, además del amor, la desesperación y la alegría. Dice así:

     Voy a tener que regañarte. ¿Por qué no me dejas desarrollar y cumplir mi sueño? Tan bien sé como tú que todo es un alarde de mentiras, el mundo real y el inventado, todo aquello que construye el hombre, mentira, los sueños, las islas, el amor, drogas alucinantes. Siempre el fracaso, la ruina, el desmoronamiento, toda clase de muertes. Mientras permanecemos, hay que agarrarse a cualquier suerte de mentira. Eres una mujer, una mujer, eres una mujer, me digo muchas veces. Y la mujer nos hace demonios, no cualquier mujer, nos hace demonios, pero buscamos ser un demonio en una mujer, no un súcubo. Un fenómeno convulso que nos retenga. ¿Por qué hablaré en plural? La insatisfacción, siempre la insatisfacción, como una voracidad incumplida que nos corroe o nos desmenuza, que nos deja las piernas fláccidas y nos acaba derribando, y en el suelo, somos trapo ya. Me pregunto si debo continuar. ¿Te estás dando importancia en tu insistencia en proclamarte pequeña e insignificante? ¿Crees que yo me fijaría en alguien con esa estampa y me querría dejar comer las entrañas o comerle yo las entrañas, aun siendo mujer bonita, joven y por eso mismo deseable? Tengo un punto de mezquindad: no me atrevería si fueras fea, o gorda, o defectuosa en algún grado, porque entonces sí serías un monstruo verdadero por dentro, un monstruo que habría ido consumiéndote de fuera hacia dentro y te convertiría en una mujer repulsiva y de la que habría que alejarse, si no huir. Pero tú, mi inteligente Laura, eres un monstruo, en el caso de que lo fueras, de dentro para fuera, que te iría dominando las horas con precipitación desmesurada, y que apenas te daría descansillos, recesos de lucidez común que nada me dicen, ni me sirven, ni busco -de esa lucidez común, tan aburrida, vivo rodeado, qué digo rodeado, ahogado ya. Entonces, según tú, me empobrezco manteniendo esta relación epistolar con un ser tan común como y tan insípido. Prohíbemelo. Todo cuando me prohíbes lo acato, soy así de sumiso con quien sabe apreciarme. Me adentro en mi marasmo. Ten una cosa clara: no quiero nada de ti, nada de lo que querrían otros. Y eres una mujer, una mujer. Tampoco renunciaría, pero eres algo inalcanzable, y mi espíritu de lucha ha mermado tanto en los últimos tiempos que no daría ni para una adolescente virgen y por tanto inexperta. Nos seguiremos engañando, si te parece bien, y escondiendo la precariedad, alternando los antes y los después, nosotros, tan avezados ya en la inutilidad de todo, pero no desesperanzados ni desconocedores de lo que valen los intentos para nutrirnos en el camino. Recapitulo...

    Bruscamente concluye, inacabada, y siento brotar las lágrimas de mis ojos ante el fárrago epistolar cuyo recuerdo viene a lastimarme y, de  camino, a desear arrojarme al lecho con una contundencia que asusta la vigilia: caigo rotundamente dormido.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Lo inevitable.

     

     A veces, en días turbios como éste, miro los ángulos de mi celda con arrobo y hasta devoción, y en interludios inexplicables me da por creerme un hombre afortunado. No cualquiera saca provecho del tiempo que pasa mirando los vértices de las habitaciones, lo cual me acerca mucho a la excepcionalidad, por infantil que parezca, y me provoca, de paso, un sosiego de pantano, de culebra, de hoja, de interrupción; ni cualquiera acertaría como yo a mantener el fiel de la balanza espiritual tan en su sitio. En la encrucijada de lo inevitable, es decir, donde me encuentro ahora y ya desde hace un tiempo imposible de calcular, ceniciento, custodiado por guardias que han sido asesinos antes y volverán a matar cuando sean despedidos de aquí, porque habrán de ganarse la vida, digo yo, y no saben hacer otra cosa, es fácil dejarse arrastrar por pensamientos como los míos, colgar la vista en el rincón elegido del techo y creerme un hombre afortunado, como, por degradado que parezca, ningún otro ser. Es pura astucia. Ahora, por tanto, estoy en éxtasis, y he esquivado todas las interrogantes que me llovían como lanzas con la agilidad de quien no es capaz de resolverlas y les muestra toda su indiferencia, de brisa, de tallo, de pájaro, de comprensión. ¿Qué sabemos los encerrados del tiempo sin medida, de los sillares que nos encierran, de puertas que rara vez se abren, de los férreos barrotes de los vanos, del fétido aliento común a todos los guardianes, del silencio y la soledad? Nada. Qué vamos a saber. Sabemos de lo indestructible, de la naturaleza de inventados itinerarios y de otros asuntos prácticos que apenas sirven para sobrevivir en estas condiciones de sillares inexpugnables, puertas  infranqueables, barrotes indomeñables y fetidez. Para qué voy a extenderme sobre la gravedad de estas acusaciones, ahora, recién afeitado, el cabello corto y limpio, el cuello perfumado y la lámpara vistiendo de luminosidad la parte de la estancia que es objeto de la paz de mis ojos, la que me convierte, en días turbios como éste, en un hombre afortunado. Quienes se han venido ocupando de mí todos estos años aciagos yerran si creen que sus esfuerzos han sido recompensados de alguna forma. Las conclusiones a las que han llegado son todas falsas, yo he sabido conducirlos a esas ciénagas del conocimiento con la astucia del superviviente más avezado. Y no pienso pagar por ello. Otro día reflexionaré sobre los lentos movimientos discontinuos. ¡Guardia!

sábado, 17 de noviembre de 2012

Día inicial.




   Después de unos días en que me he dejado arrastrar por el desaliento, sin motivo aparente, acaso por el desencanto del desamparo y ese cierto bienestar con que te acoge la tristeza, cómodo, embriagador, etcétera, hoy he sentido una punzada extraña en el vientre al tiempo que un sonido agudo y vibrante en los parietales y eso me ha empujado hacia el espejo cuarteado que cuelga en la pared norte de mi celda. Horror, un rostro que no es el que recordaba de mí me mira, qué digo, me escruta con el cejo fruncido y una mueca de disgusto espantosa en los greñosos labios. Sin duda soy yo. He decidido afeitarme las barbas y recortarme los cabellos que cuelgan sin orden de la cabeza en un intento por encontrarme a mí mismo detrás de esa pelambrera anárquica, por entre las arrugas apretujadas de tantos días vuelto contra las mugrientas sábanas del jergón, la fina capa mezcla de grasa y polvillo que se ha ido untando en mi piel como mermelada y el velo muy turbio de la mirada legañosa que me contempla. Tengo que estar ahí detrás, oculto, y es mi deber hallarme y convencerme de otras necesidades, por abruptas que sean, antes que continuar así, antes de consentir esta permanencia de vegetal que a punto me tiene de enraizarme al suelo de esta lúgubre estancia. Una cucaracha asoma sus mezquinas antenas por un agujero de la pared. Llama al barbero, le espeto. Guardia, guardia, hay una cucaracha espiándome, grito, esto es intolerable, solicito a la mayor urgencia un barbero, un barbero que me encuentre entre las atrocidades que he contemplado en mi rostro, que las rasure, que arrastre todas las inmundicias de mi cutis y las arroje lejos de mi vista, guardia, ¿no me oyes? Nada, por toda contestación me entregan un silencio atronador, el premio a mi exquisito comportamiento durante todos estos lustros de  clausura en que he sido estudiado, observado, manipulado, experimentado y sujeto a todas las veleidades de esos sabios que afirmaron en su día que iban a convertirme en un ser humano honesto, feliz y colmado de las necesidades y placeres que todo hombre merece a lo largo de su existencia. Mentira. Hace años que no veo un peine, y tengo hongos entre los dedos de los pies, que me torturan de forma inesperada, y yo siempre tuve obsesión por los peines y un temor absoluto a los bichos microscópicos, así que en estas dos contingencias no me están ayudando nada, esos cabrones. No me quejo. Pero podrían devolverme el peine y recetarme algún fungicida para hacerme mínimamente feliz alguna vez, aun por conjetura. Guardia, guardia, ¡un barbero! Oigo ruidos afuera, no sé qué hora es, pero no parece hora en que el guardia esté dando la cabezada rutinaria, así que insistiré: guardia, guardia, ¡un barbero! Que traiga piedra de alumbre, y perfume de azahar, y  el transistor, para evitar las charlatanerías propias del oficio, detesto a los filosofantes. Lo advierto, mi degradación será imparable. Renunciaré a mi paz... Y en esto que se abre la puerta y asoma el esperpento del guardia, asesino de decenas de hombres inocentes, y una bata en apariencia blanca, dentro de la cual intuyo sumergido el escuálido cuerpecillo de un barbero cuya cabeza ridículamente inclinada en la que sobresale un bigotillo de puntas  retorcidas me dice, voilà, monsieur, y yo me quedo expectante y boquiabierto esperando el portazo que dará el guardia al salir.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Retazo ambulante.

 
Observé un grupo de gente que se demoraba en la terraza de un bar, tres hombres, dos mujeres, una muy joven y atractiva, de pie, la otra sentada junto a otro de los hombres, el que le alzaba la voz a los otros dos que permanecían junto a la muy joven y atractiva que estaba lejos de hacerles caso y se distraía llevando miradas a los rostros y figuras difusos que deambulaban por toda la plaza, quién sabe en qué afanados, y a algunos que, como yo, en tiempos de libertad entonces, se hallaban sentados en otras mesas de ésta u otras terrazas adyacentes delante de unas cervezas o bebidas refrescantes en  general, pues, aunque caía ya la tarde y flecos de obscuridad hacían que los camareros encendieran faroles y apliques, el calor de agosto no daba tregua, y, de hecho, consideraba yo, observar siluetas femeninas era una de las formas de atenuar esa calima insidiosa y de paso, combatir el tedio que provoca la soledad y la falta de expectativas. La sordidez es, en ocasiones, la gran excusa. El vestido, de una tela extremadamente fina, cubría un cuerpo frágil pero capaz de todas las industrias placenteras, pensaba yo, y esa cierta languidez de movimientos, los brazos dorados y adornados con pulseras de incierto valor, las pantorrillas poseedoras de la curva más lasciva imaginable, las puntas de sus zapatitos de tacón, el rizo del cabello oscilando en el precipicio de una frente amplia y despierta como un amanecer, todo, unido y forjando un ardiente deseo de subjetividad inconsistente, alteraba mi sensatez en esos momentos. Y nuestras miradas se cruzaron como un rayo centellea, y luego, de nuevo, volvieron a cruzarse hasta conseguir la inmovilidad, como un premio sin remuneración que sólo satisface un instante impreciso y sólo adviertes su importancia cuando ha anidado en tu recuerdo, y para eso se necesitan tiempo y avance. Y adelanto que eso no ocurrió. Ahora estoy aquí, retenido contra mi voluntad: pero mi voluntad es feble y apenas le concede a la adversidad de mi estado crédito alguno, cualquiera podría pensar y no sin estar lejos de equivocarse que estoy muy de acuerdo con mi situación, no saben ustedes bien de qué peligros alejado.

martes, 12 de junio de 2012

El psicólogo.


Era un camino interminable el que se ofrecía a mis ojos, a mis pies, a mis deseos y finalmente a mi imaginación, un camino cuyas orillas estaban sembradas de tesoros y cada tesoro escondía una aventura y cada aventura un principio en la larga vida de lo efímero, y así. Era mi infancia, a la que me remonto cada vez que me arden los deseos de  evocar la felicidad: todo lo que vino después es lo de ahora, este encierro, esta agonía de las horas y esta infinidad de etcéteras que parecen excavar tumbas  o precipitarse a los vacíos más inexplicables de forma ininterrumpida, tenaz, infatigable, occisa. Es un buen principio, dije, pero beba usted otro trago de cerveza, no vaya a secársele la garganta, que la noto encogida. Si de repente, dije, es decir, de forma repentina yo le ofreciera nuevamente su infancia, imagine, tengo poderes sobrenaturales, no piense que soy estúpido, es un juego, y le ofrezca de nuevo a sus ojos, a sus pies, a sus deseos y finalmente a su imaginación ese camino interminable, cuyas orillas guardan tesoros ocultos dentro de los cuales esperan aventuras que contienen principios de una efímera vastedad, y así, dígame, dígame que soy un ser enfermo, pero dígame también si aceptaría mi propuesta, al menos de una forma natural, dígamelo. Si se lo digo, me dijo tras un rato de desvíos silenciosos y ruidos de tripas, si hablo de una vez, si muevo mis labios mojados de cerveza, ¿conseguiré naturalmente algo? Dije, me temo que no. Dijo, es usted un enfermo, un paralítico que ha sido arrancado de su silla de ruedas y se halla expuesto a la más rotunda vulnerabilidad de los espacios, con sus aristas, sus desniveles, tumultos y obscuros depredadores acechando, jódase. ¿Entonces? Verá, mis últimos recuerdos sobre la libertad de la que gocé un tiempo son de esa misma época de mi vida, es decir, mi infancia y luego el desencadenamiento de mi adolescencia, algo atroz sin duda, pero yo ignoré esa atrocidad para preservar mi salud mental, y, de alguna manera, fortalecer mi espíritu, espíritu que estaba siendo perturbado por todos, la familia, los maestros de escuela, los vecinos, todos los personajes que te miran y que estando ya aniquilados anteriormente por todo ese mismo sistema sólo y únicamente pretenden de forma invariable y con una tenacidad mortal, incansable, aniquilarte a ti también, o al menos contribuir a tu destrucción como forma necesaria y elaborada de permanencia en la más cómoda estulticia humana. Beba usted cerveza ahora, reflexione mientras yo acudo al reservado para aliviar mi vejiga, maniobre de alguna manera, celebre incesantemente su invalidez, cúlpese, remánguese, yo me estoy meando. Lo sucedido posteriormente, un balbuceo de alguno de los dos, ni merece la pena ser relatado, pensaba mientras tomaba decisiones baladíes. Los dos, seres desvalidos que han llegado al desvalimiento por distintos caminos, pero que han logrado la misma y letal meta, él, su oficio de psicólogo y su desnutrición mental corroborada día tras días, y yo, este encierro del que me enorgullezco porque tiene lo que podríamos denominar "una intención", somos dos resultados idénticos.

lunes, 7 de mayo de 2012

Sorpresa.




Como llevo unos días algo revoltoso, como envuelto en una irascible enjundia, metiendo fajina cada vez que oigo pasos al otro lado de la simbólica puerta metálica, digo, este amanecer me han introducido por la trampilla una resma de libros, supongo que para que me sirva de emoliente, estos cabrones habrán usado esta expresión con toda certeza, con la idea de encandilarme de tal forma que encuentre el sosiego a la hora del aperitivo. Los tomos, unos pequeños y manejeros y otros gruesos y pesados, se han esparcido por el suelo mugriento de la estancia en las más variadas posiciones, algunas grotescas, otras estéticamente apesadumbradas, en todo caso, un resultado propio del azar, y por azar escogí el librito peor parado, abierto contra el piso sucio, las hojas expuestas a dobleces dolorosas, y lo consolé entre mis manos tibias. Tras las caricias lo abrí, arrojé un cálido vaho sobre su interior, por la página 69 De modo que pude jugar con calma a pronósticos y adivinaciones, preocuparme seriamente por sus defectos, calcular sus años, su bondad. "Estaría más cómodo si la odiara", pensaba, Leí al principio de la página, y luego sonrisas tras el humo del cigarrillo, el descubrir la manera de no ser nada, Yo era minúsculo, sin significado, muerto. Vaya, acaban de describirme y eso que este tipo, el que ha escrito esto, no me conoce de nada.

lunes, 9 de abril de 2012

La puerta abierta.



Hace ya unos días, al despertarme, vi la puerta de mi celda abierta, entornada que se diría, en conclusión, no cerrada, entonces pensé, de inmediato, el guardián está dentro, husmeando en alguna esquina tras mi nuca, esculcando en  mis papeles dispuestos de forma anárquica sobre el burdo  escritorio, o tal vez debajo de la cama, a saber qué perversión llevando a cabo, o flotando mágicamente en el ángulo muerto de la estancia, pensé todo eso en un tris y un tris después comprobé que nada de eso era, joder, qué cosa es esa de estar la puerta metálica y horrenda sin cerrar, la puerta por donde entran las cosas del mundo que entran aquí, como el pan y la leche agria que me sirven de alimento, y por la que salen algunos de mis desperdicios más comunes, el vano único por el que podría intentar una evasión más que improbable porque me faltan energías y ganas, ciertamente, el mundo no me gusta y sospecho que yo, a estas alturas, tampoco le gusto al mundo, y encima eso ha sido así siempre, desde que hubo un principio en que empecé a razonar estas cosas de la existencia y la cosa de las relaciones humanas, ineludibles por otro lado. Eso. Ignoro qué estrategia fue. Porque eso fue hace unos días, como dije, y lo cuento ahora, días después, por lo que, es evidente, han pasado cosas que no sé si expresarlas o callármelas como un cuco.

domingo, 8 de enero de 2012

lunes, 24 de octubre de 2011

El tablón.


No basta reunir razones para permanecer aquí y agarrarse a ellas como si fuesen el único todo sobre el que sustentar los días y sus amarguras, alegrías o desalientos. Arrojo todos estos pensamientos tan frágiles lejos de mi mente, salgo a la calle despoblada, camino hacia en final de las aceras y descubro el mar, voy ya pisando la arena, un periódico desarbolado rueda impelido por el viento ábrego de la tarde, apenas el vagabundeo de un perro se dibuja a lo lejos, rigurosa muestra de un ser vivo. Sobre el agua y a pocas brazas de la orilla flota el balanceo de un tablón impecable, diría que maravilloso. Es sorprendente para mí. Ese trozo de madera resulta a mis ojos de una belleza y un valor parecidos al que una joya pudiera representar para otros. Despliega en mi imaginación un sinfín de abanicos que atesoran ese valor en esos días aciagos que nos atormentan porque no sabemos cómo llenarlos. Y sobra un tablón humilde flotando sobre el agua ondulante de este mar hoy sosegado, vehículo de toda aventura necesaria. Es formidable. Lo arrastra todo y lo mezcla, bate con fuerza descomunal y hace brotar toda clase de monstruos para nuestro deleite. Sólo hay que mirar más allá, doblegar esa incuria mezquina que procura ininterrumpidamente  sumirnos en lo mortal. Doy mi retina a su caprichoso navegar, reescribo sin tregua los principios torpes y su irracional razón de ser para alcanzar sin precipitarme el hecho brutal y ansiado sin condiciones por todo ser humano que huya de la locura o al menos del tedio: la ocupación del tiempo. Esto como fórmula para salvarse de la existencia, de los días letales, de la estupidez de los hombres y de la búsqueda incesante del placer. No parece sencillo. Simular a veces sirve, como pudiera servir el placebo, la engañifa que nos sostiene mientras esperamos indefinidamente algo que, sabido de sobras es, nunca llegará. El vacío estalla por todas partes, la iniquidad es imperecedera, se renueva, depreda con tenacidad, derrota a la mayoría, no conoce la clemencia. Tanta complejidad devana los sesos. Se puede llegar a comprender la voracidad de los dictadores y las ansias de los genios, hasta la longevidad de los ignorantes, y, si apuramos, la maraña indescifrable de los procesos judiciales. Toda la inutilidad viene a proclamarse como insustituible, poco menos que necesaria para el desarrollo del devenir, con sus catástrofes naturales, guerras, devastaciones y enfermedades. Si el tablón es escupido pronto a tierra, lo recojo con mis manos ávidas y lo cargo jubiloso en los hombros hasta mi casa. Lo espero hasta el anochecer, sin fatigarme en esa espera. Es mi idea construir un banco con él, sentarme a leer o a meditar en los momentos en que me sea exigido ocupar el tiempo para salvarme de los naufragios sobre el delirio de su madera.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

La entrevista.

Mi nombre es Elpidia Menoos, comenzó a decir nada más estrecharme la mano, una mano suave y regordeta que aún no ha perdido la grasa infantil del todo, Soy vecina de esta localidad, y nos sentamos al mismo tiempo dispuestos a devorar el suculento desayuno, Aunque me autoproclamo ciudadana del mundo, no crea, mi objetivo es no permanecer nunca mucho tiempo en ningún sitio. La errancia es mi obsesión y mi forma de esquivar la idea única, no sé si me comprende, concluyó mirándome con unos ojos verdaderamente bonitos. Durante unos segundos hundimos la mirada sobre la pradera de la mesa, donde nuestros dedos se deslizaban con una precisión ubicua, avezados  sobre cucharillas, tazas, cafetera, mermeladas o aceiteras, y luego prosiguió, Acabé periodismo, una carrera fascinante, también competitiva y cruel, no hace ni seis meses. Me arrodillo en los bancos de las iglesias, pero no por los motivos que usted o cualquiera pudiera creer, no hay acto de contrición que valga en esa costumbre mía: tengo pensamientos impuros allí, y sonrió ahora, con una sonrisa verdaderamente bonita que dejaba ver unos dientes esculpidos por la ortodoncia, Y no creo, continuó, que eso vaya a ocasionarme mayores enredos con Dios. Hace dos inviernos perdí la virginidad, precisamente, con un acólito que no dejaba de observarme oculto tras el púlpito cada vez, ¿puede creérselo? (Dije que sí) Y luego me seguía por el peristilo, de columna en columna deleitándose en mi parte de atrás que, como tendrá ocasión de ver cuando me vaya, es, según me han advertido, muy sugerente. Fue una desfloración dulce, comparada con las de que tengo noticias, en la mismísima sacristía, señor. No volví a verlo, claro, supongo que huyó atormentado, víctima de alguna de esas crisis obscuras y profundas a que se ven abocados los que huyen de estas violentas y placenteras emociones... ¿Hablo demasiado? (Habla estupendamente; puede seguir, que yo ya engullo con satisfacción, le dije). Le imagino ahora cuajado de cicatrices en la espalda, producto del flagelo a que se habrá sometido con ese cilicio de que me habló luego tras correrse como un poseso... O habrá retomado su vida lejos de la opresión y austeridad imperdonables a que se deben estos hombres. Sin duda somos versiones imperfectas y mortales de una idea absurda sobre la perfección y la vida eterna, ¿no cree?, (Sí, contesté mientras atacaba el borde de la taza con delectación). Una pausa para  recapitular mientras masticamos y tragamos, menos mal, pensaba yo, yo, que tras estos gruesos barrotes apenas sé ya de qué van estas jóvenes desnortadas, y que nada más untar de mermelada la tostada fue a parar al suelo, la falta de costumbre, me consolé, pero, aun cayó con lo untado hacia abajo, la recogí y la devoré sin reparos, y luego, me espetó, ¿Por qué está usted aquí? Por fabricar una bomba, le dije. (Ya era hora, comenzaba la entrevista) ¿Y eso? Verá, señorita, nunca me motivó eso de amasar dinero, y la desesperanza se apoderó de mí, quedé embelesado de cierto romanticismo revolucionario, reviviscencias pueriles muy gratas, he de reconocer, seguí, y di un buche a la aceitera, groseramente, pero qué podía perder, y sé que la prensa divulga sólo con afán recaudatorio, infame si me apura, y despreciable, pero usted es bonita, sin haber contemplado su culo aún con atención, sé que es fenomenal, le dije, y tengo otras razones para sacrificar mi pensamiento, créame, es fácil dar razones que no son verdaderas, y luego nunca pasa nada. Guardé silencio, y esperé a sus preguntas mientras me fijaba en su pelo, verdaderamente bonito, joder, es que estas periodistas son bonitas o el fracaso lo tienen asegurado. Guardé silencio yo, como un nodo sobre la silla, el estómago ahíto ya, y unos deseos impropios de afeitarme la barba. Y ella, devorándome con esos ojos, la taza asida con ambas manos tan hermosas, proclamando su osadía, presta a deshacerse de esas mallas que la oprimían, las mejillas tomadas por el arrebol de quien se ve descubierto el pensamiento.