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domingo, 10 de abril de 2011
Un domingo.
lunes, 28 de marzo de 2011
Oración.
En la pared de su oficina Billy tenía una oración enmarcada y colgada, que le ayudaba a seguir viviendo a pesar de que no sentía ningún entusiasmo por ello. Muchos pacientes que la habían visto le confesaban que a ellos también les ayudaba a vivir. Decía así: viernes, 25 de marzo de 2011
La destrucción.

martes, 15 de marzo de 2011
La prudencia.

miércoles, 23 de febrero de 2011
Tomar una decisión.

miércoles, 9 de febrero de 2011
La amistad.

Mientras dormía enredado en mis barbas fluviales me ha sobresaltado un jaleo de advertencias, insultos, forcejeos y finalmente un portazo parecido a un rebumbio. Un silencio incierto luego, una porción de territorio salvado, podría imaginarse, usos de la vida, reflexiono. Alguien ha quedado detrás de la puerta de la celda contigua, y me temo que no ha pedido hospedaje voluntariamente: he reconocido a uno de los guardianes de este singular establecimiento, justo el que no ha hablado, por su sobrecogedora respiración, entre aérea y subterránea. Sin duda el otro es el del bigote nietzscheano, siempre van emparejados, y es el que suele agraciar a los reos con vituperios y manotazos. Juntos han arrojado a mi nuevo vecino a la obscuridad sucia y húmeda de la maloliente estancia por al menos dos decenas de días de olvido del mundo. Es la pena mínima. En cuanto tenga ocasión trabaré amistad con él para fortalecerle el ánimo, en las horas de recreo, sin ser indiscreto, antes de ser deslustrados por las sombras del ocio o la desesperación, antes de que una amalgama de cansancio y fastidio consecuencia de la inmovilidad a que nos someten aquí melle su carácter. He de ser astuto, evitar las profundidades abisales de estos parajes plagados de insidias. Lo convertiré en mi amigo, en mi confidente, un lujo, una esperanza en la sencillez, pienso empalidecido ya ante el repentino futuro que urdo. Espero que no sea feo, especialmente desagradable a la vista, ni su aliento expela rayos hediondos, tampoco que sea víctima de algún tic que me haga incómoda su presencia, ni sea un desertor ni un perdedor de los que anduvieron tentando las últimas migajas de su suerte... Si nada de eso se cumple, ansiaré que su plática sea fluida e inteligente y al mismo tiempo coincida o al menos sea afín a mis cuitas existenciales, y, finalmente, que no contenga su alma grumos de esos elementos perniciosos y contaminantes que dejan la traición, la deslealtad, la mezquindad, etcétera, propios de aquellos bucaneros insolidarios, perros de mar, cubiertos de desorden, restos de filibusteros que abandonaron útiles mercaderías, pólvoras mojadas y banderas negras entre la arena y las algas sin vida. Ah, y que la cuota de estupidez sea la indispensable, la justa para despojarla en el intercambio de amistad que preveo mientras me froto ya las manos.
domingo, 6 de febrero de 2011
jueves, 20 de enero de 2011
El sueño de la fuga.

sábado, 25 de diciembre de 2010
Un horrible vacío.

Bernhard dixit.

Cuando estamos a la búsqueda de la verdad sin saber cuál sea ésta, que no tiene de común con la realidad sino la verdad que no conocemos, estamos a la búsqueda del fracaso, de la muerte… de nuestro propio fracaso, de nuestra propia muerte, por lejos que se remonten nuestro pensamiento o nuestros sentimientos, o nuestra imaginación o por lejos que miremos hacia el porvenir, es la muerte, la ausencia de reposo o el reposo como fenómenos de debilidad, de fracaso… se trata de las ciencias, de las artes, de la naturaleza misma, marcas específicas de la muerte… Cuando hablamos de la vida y ponemos el dedo sobre ella, cuando nos ocupamos de la vida como de una decepción permanente de los conceptos de lo que es la naturaleza —nosotros, los elementos teatrales...— un análisis letal nos resulta imposible.
martes, 14 de diciembre de 2010
Y caí como un cuerpo muerto cae.

martes, 23 de noviembre de 2010
Sueño húmedo.

sábado, 9 de octubre de 2010
El paseante ocasional.
lunes, 23 de agosto de 2010
Sin título.
sábado, 3 de octubre de 2009
El silencio.
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Estimada señora, y sin embargo trato de afligirla siempre que puedo mostrándole toda mi decepción del mundo y en especial de mis congéneres una vez y otra hasta, seguramente ya, desanimarla por completo y por completo se acerque ya usted a la inverosimilitud de mis discursos descarnados. Tendrá que avisarme cuándo el hastío de mí se le haga poco menos que insoportable para que yo, en ese momento, tome la decisión correcta o acaso no correcta pero decisión al cabo. Como le digo y quiero contarle hoy, ayer acudí a la consulta de uno de esos llamados especialistas médicos para que, de acuerdo con otro especialista médico al que no he visto aún y que será, al parecer, quien tome las riendas de mi mal, aclaren qué debe hacerse con una leucoplasia que me crece en la lengua desde hace ya más de un lustro, por lo menos, y ante la que, desde luego, he mostrado la mayor tranquilidad desde el primer momento. Ponerse en manos de un médico, y peor aún, de uno de esos especialistas médicos, es comparable a ponerse en manos de un asesino en serie y por eso mismo, firme en esta creencia inamovible, he procurado retrasar en todo lo posible cualquier contacto o entrevista con un médico o con un especialista médico hasta el día de ayer, en que un agarrarme al mundo imprevisto me arrastró hasta el hospital y allí a una consulta en la que únicamente esperaban dos personas, un anciano decrépito y una señora de aspecto saludable y excesivo que hojeaba de forma compulsiva una revista de las llamadas revistas del corazón, que dejó de inmediato sobre la mesilla para desearme los buenos días e interesarse enseguida y sin apenas respirar, por mi presencia allí y por mi mal. Y yo todavía, a pesar de la hora y de mi debilidad, no había tenido ánimos ni para llevarme un bocado a la boca, tal era mi desorden incomprensible. Me senté como se sientan las personas en estos casos, supongo, me sequé el sudor de la frente y traté de estudiar a aquella mujer irrefrenable antes de soltar palabra. Que su marido era camionero y que la abandonaba durante semanas enteras y que durante estas semanas enteras ella permanecía siéndole fiel, al menos al principio de su matrimonio, me quedó claro, y también, decía, de él no podría decir lo mismo, ni siquiera al principio de su matrimonio y eso la fue sumiendo ya y poco a poco en un estado de intranquilidad y contrariedad notables. Que eso le provocaba sarpullidos espantosos por la piel, especialmente en el cuello, lo que, era evidente, la afeaba ya de forma que acude al especialista médico con frecuencia y sin, al parecer, resultados positivos. Que su marido era una persona complicada y al mismo tiempo era una persona cariñosa y que de ese cariño ella apenas podía disfrutar una mínima parte que era la mínima parte que permanecía él en el hogar tras sus regresos, porque siempre regresaba, no obstante, y por espacio de apenas unos días tras los cuales partía de nuevo a esos viajes transnacionales y así mismo lejanos, transportando mercancías perecederas unas veces e imperecederas otras y que ahí radicaba toda la complicación posible de la que sí disfrutaba con generosidad aplastante y embrutecedora, decía. Que existía en una intranquilidad sin interrupciones y que la perseguían las peores pesadillas y que su soledad la iba aniquilando lenta e inexorablemente sin remedio, explicaba y repetía esa misma explicación constantemente, y ésa era su forma de calmar esos nervios y esa ansiedad, un mecanismo para defenderse de los nervios y de la ansiedad, pensaba yo, que de igual forma usaba yo un mecanismo de silencio cerrado y pétreo para defenderme de los nervios y la ansiedad que me asolaban a diario, y que en este momento exacto me asuelan, ella no parando de hablar y no parando de repetir lo mismo obsesivamente y yo usando todas las razones concebibles para permanecer en silencio.
miércoles, 26 de agosto de 2009
La felicidad.

