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domingo, 29 de mayo de 2011

Para Boira.

Boira siempre me pide cosas alegres, me pide algo alejado de mi pensamiento, insiste en que es necesario, que bastante tristeza es la propia y la que se desprende de los demás como para redundar en ella. Y le digo, Pero si mis post son post cómicos, son post como para mondarse de risa, post con el desternillamiento debajo de los sobacos... Y no le sirve. Como no le sirve hoy hago un esfuerzo, y voy y coloco a esta Pippi sonriente e inquebrantable en su honor.

domingo, 10 de abril de 2011

Un domingo.


Con la levedad de un pájaro o una flor, ni apresurado ni convencido, desprovistos sus ojos de esa pérfida mirada que acostumbra, se ha presentado ante mí el guardián, sorprendiéndome, pues es domingo según mis precarios cálculos. Los domingos aquí carecen de itinerario, sucumben aturdidos por un tiempo de hastío indefinido y el aplomo de lo invariable. No me dejan leer, no me dejan pintar, ni esculpir ni evaluar mi desdicha en versos endecasílabos. Y ya es maldad, hay que sufrirlo. A veces descubro que es domingo transcurridos tiempo y asfixia por esos detalles que acabo de enumerar, si me fallan los cálculos, que a veces sucede, como consecuencia del estado de alienación en que me sumo para esquivar tanta atrocidad, y respiro hondo este aire viciado, espeso, aditivo próximo a la ponzoña. El guardián me ha mostrado una sonrisa inesperada, décupla por tanto, al tiempo que me comunicaba que hoy dispondría de un rato de asueto fuera de la celda, en el jardín exterior, frente a un horizonte que ya tengo olvidado a fuerza de capas de ira superpuestas. De pronto la incredulidad, un zigzagueo fugaz en mi mente, la posibilidad de la certeza, la luz de ahí fuera, un buscar la verdad en los ojos del mensajero que de pronto se da la vuelta y me ofrece franco el vano de la puerta metálica. Quedo inmóvil, pétreo, atrapado por lo que no es costumbre, comprobando por momentos la irritación del guardián que, de repente, se abalanza hacia mí con la intención de empujarme hacia fuera con tan buena suerte que tropieza con un tomo de las obras completas de Schopenhauer que dejé anoche descuidadamente en el suelo y cae a lo largo dándose un golpe triunfal en la frente. Exaltado y enfurecido recupera la verticalidad, la mirada asesina y las ansias de golpearme sin miramientos, y lo hace, puños, pies, rodillas se clavan en mi desnutrido cuerpo que es desplazado así hacia afuera, primero al pasillo hediondo y tenebroso, luego hacia el patio desconocido y finalmente hacia esa luz prometida de la que recelaba con toda razón. Vámonos del hedor de la ruina, me vino a la mente. Y aquí estoy, impulsado por la barbarie, frente a este sol de hoy, esa brisa que cincela mi rostro con suave acometida, ese paisaje no muy excelso pero suficientemente terrible como para que luego me sirva de consuelo en la humedad de la celda o para espantar los mil pavores nocturnos. Si hago un esfuerzo inimaginable puedo imaginar que tras esas colinas deslumbrantes espumea el mar. No hay nadie más, y vivo estos momentos con la angustia de saber que en menos tiempo del que preciso volverán a tapiar la puerta.

lunes, 28 de marzo de 2011

Oración.

En la pared de su oficina Billy tenía una oración enmarcada y colgada, que le ayudaba a seguir viviendo a pesar de que no sentía ningún entusiasmo por ello. Muchos pacientes que la habían visto le confesaban que a ellos también les ayudaba a vivir. Decía así:


Concédeme, Señor

serenidad para aceptar

las cosas que no puedo cambiar,

valor para cambiar

las que sí puedo

y sabiduría para

distinguir las unas

de las otras.

Entre las cosas que Billy Pilgrim no podía cambiar se contaban el pasado, el presente y el futuro.

Kurt Vonnegut.

Matadero cinco.

viernes, 25 de marzo de 2011

La destrucción.


No temo reconocer que nunca me ha importado gastarme el cansancio, pero advierto que ha de ser siempre por alguna razón concreta, y en este lugar que me hacen habitar por fuerza, y en esta vida subterránea a que soy sometido, etcétera, no sé si eso ya de antes, el gastarme el cansancio, me sirve de algo, o no. Ni tengo con quién, ni con quién afligirme. Me han llegado noticias, a pesar de todo, sobre el mundo exterior, que, al parecer, anda envuelto en una vorágine destructiva -nada que no ocurriera ya antes, en tiempos pasados, es decir, desde siempre, desde la más obscura noche- que asombra y tiene en vilo a todos los habitantes. Se habla de escombros, de comunidades destrozadas, de entornos desolados, peligro nuclear inminente, cascotes que se desprenden, caos económico y las más comunes de las guerras. No sé si alegrarme por mi estado: me he librado de esa destrucción, de los derrumbamientos, de los obuses y, sobre todo, de la pesadez y fatiga de las charlas sobre ello en bares y librerías. La imagen de un mundo en ruinas se presenta ante mí, la desintegración, los rostros desfigurados, los cuerpos mutilados, los cadáveres calcinados, el estremecimiento general. Y yo ileso, incólume, aquí, en mi refugio del sótano, alejado de cualquier catástrofe. ¿No es sensacional? Ni una astilla me amenaza, mi tegumento a salvo de las llamas, mis narices protegidas del hedor de los tejidos en descomposición, mis manos de los desgarros, mis ojos de la visión de los cuerpos encogidos y los escorzos del dolor. Pero, ay, de qué me vale si mi devastación interior, moral y real, es tan brutal como ese mismo remolino destructivo que, para fastidiar a quien me tilda de administrador de tristezas, se levanta por todas partes. Estos abismos me atraen, verlos empalidecer colma mis aspiraciones, el desquiciamiento me provoca ansias de estudio, la contundencia del horror ardores literarios, señor. Y me digo, no tengo a quién, esta transrealidad, este imperio de los muertos y heridos y abandonados, esta vida sin vida que se describe, esta irrupción inevitable de aniquilación no es sino otra forma de destrucción, más lenta, más atosigante, cruel e inflexible. Abyecta, adornada por un sordo ruido triturador: son los efectos estéticos de la ruina, la transformación del vértigo real y exacerbado en una sencilla demostración del vértigo metafísico, para mitigar, qué digo, casi dulcificar el marasmo verdadero en que nos desenvolvemos los seres humanos. Los escombros somos nosotros.

martes, 15 de marzo de 2011

La prudencia.


Las rosas colocadas por mi madre se han abierto como corazones enfermos. Pero tanto, que apenas tardarán un día o unas horas en rendir sus pétalos a la superficie de la mesa, a los pies del florero chino. Sé que está amaneciendo porque el guardián hace sus ruidos guturales con estruendo, porque el sueño de las rosas de mi madre lo he recordado, porque blasfemo al salir el sol y despotrico contra lo efímero, contra todo lo que necesita angarillas y obituarios para existir. Y en esto que asoma sus belfos con rinconeras de saliva reseca en las esquinas y me advierte, el guardián, Prudencia, sé prudente, desgraciado. Que un ser tan zafio y repulsivo me espete de esa forma un consejo no dejará de inquietarme durante un buen espacio de tiempo, perro flaco, ojos amedrentados y uñas sucias. Sé que no debo apasionarme, de hecho, hace décadas que abandoné toda pasión, mi espíritu se elevó a cotas insospechadas, también mi infelicidad, valga decirlo. Eso es otra materia para analizar. Ahora, la prudencia, esa virtud perfilada por la razón, vestida de cautela, sosegada y lustrosa, y acaso mutiladora de aventuras y descubrimientos... Hoy no es más que precaución. Una mayúscula con rabos rizados, eso es la prudencia hoy. El verbo triste, rígido, con horma de lejanía y corsé, cenceño como la memoria de una hormiga. Me bastaría salir fuera y entregarme a la luz, unir los pétalos que en el sueño se desprendían mudamente de la corola. Pero, oh, la prudencia me invita a contenerme, una vida inútil como la mía sometida a la tiranía de la prudencia, los hombres repulsivos atentos al menor movimiento, y me pregunto, ¿de dónde se saca la ilusión del ánimo si uno está ya condenado desde el principio? Y lo sabe. Lo sé. ¿Dónde se coloca la derrota ya asumida? La vida nos desprecia desde siempre, pero nos acostumbramos sin esfuerzo a ser, a reunirnos, reírnos, comer, copular, sufrir catástrofes, etcétera. La prudencia nos priva de alegrías y nos libra del murmullo del dolor. Supuestamente.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Tomar una decisión.


A mi habitual hora tomo asiento en el escabel junto a la esquina sur -por suponer que es sur- y me dispongo a engullir un bocadillo de chorizo. Sin duda es un momento sórdido pero placentero, despojado de toda retórica, concentrado en la monotonía del morder y el masticar, del morder y el masticar, interludio para tragar, y así. Hay gente que no sabe exactamente qué muerde, pienso, y esbozo un gesto estupefacto: supongo que no hay modo de restituir nada en absoluto. Así, mientras estaba en esto me nacen de pronto puntos suspensivos, y unos golpes que al principio sonaban suaves y acompasados, casi ondisonantes, y luego atronadores e insistentes como un comercial de seguros de vida, rompen mi paz y mis pensamientos. Provienen de la pared exterior nornoroeste -por suponer que es nornoroeste- y la hacen temblar. Siempre pasa todo en las paredes exteriores, eso lo tengo más que comprobado, puro empirismo o experiencia, a mis años, en este encierro sin socaires, digo, y pronto ya compruebo que se ha abierto un hueco polvoriento en la mitad de la susodicha pared y una luz sucia penetra con su velocidad inverosímil hiriendo mis ojos y unos ojos torvos, tal vez aviesos, me miran desde el otro lado con curiosidad insana bajo unas cejas de operario obtuso y maleducado. No estoy seguro, pero creo que esto último es un pleonasmo. ¿Qué puedo hacer yo para esculpir tu fortaleza? Le pregunto. Me responde, Vengo a liquidar definitivamente el olvido del mes y de sus cuentas. Pero no, el interfecto en realidad me pregunta, Venimos de parte del alcaide para, por fin, concederle el deseo de su ventana al exterior, y queremos saber en qué pared la desea, señor. Mecagoenlaputa. Tantos años de lucha burocrática y al fin un triunfo. Una ventana al exterior para asomarme en las tristes tardes urentes. Y otra vez el operario que me escupe, No tenemos todo el día, tome ya una decisión. Le digo, Me hubiese gustado vivir de mentira y no tener que morir así nunca. Tome ya una decisión. Pienso, la gama interminable de grises que se distiende como un acordeón sobre los muslos de un músico porteño. Se ríe el operario hacia el otro operario. Tome ya una decisión, pero la ventana irá aquí, en este hueco, del que podrá contemplar otra hermosa pared mal enjalbegada. No hay más respuesta que la contemplación o el olvido, eso lo sabemos los encerrados. Tomar hoy una decisión es como caer en la infamia, pues ya todas las decisiones están tomadas. Dios creó la rutina, y si aciertas en una decisión es porque aciertas en una decisión ya tomada, es fortuna. Obremos con astucia: quiero la ventana ahí, donde ustedes ya han abierto el hueco; quiero que dé a esa pared que dibuja manchas de humedad; quiero, al fin, que tenga rejas. Quiero ser protegido frente a los monstruos del insomnio. Morder, masticar, tragar, lomas, alcores, la brisa parpadeando en el paisaje.

miércoles, 9 de febrero de 2011

La amistad.


Mientras dormía enredado en mis barbas fluviales me ha sobresaltado un jaleo de advertencias, insultos, forcejeos y finalmente un portazo parecido a un rebumbio. Un silencio incierto luego, una porción de territorio salvado, podría imaginarse, usos de la vida, reflexiono. Alguien ha quedado detrás de la puerta de la celda contigua, y me temo que no ha pedido hospedaje voluntariamente: he reconocido a uno de los guardianes de este singular establecimiento, justo el que no ha hablado, por su sobrecogedora respiración, entre aérea y subterránea. Sin duda el otro es el del bigote nietzscheano, siempre van emparejados, y es el que suele agraciar a los reos con vituperios y manotazos. Juntos han arrojado a mi nuevo vecino a la obscuridad sucia y húmeda de la maloliente estancia por al menos dos decenas de días de olvido del mundo. Es la pena mínima. En cuanto tenga ocasión trabaré amistad con él para fortalecerle el ánimo, en las horas de recreo, sin ser indiscreto, antes de ser deslustrados por las sombras del ocio o la desesperación, antes de que una amalgama de cansancio y fastidio consecuencia de la inmovilidad a que nos someten aquí melle su carácter. He de ser astuto, evitar las profundidades abisales de estos parajes plagados de insidias. Lo convertiré en mi amigo, en mi confidente, un lujo, una esperanza en la sencillez, pienso empalidecido ya ante el repentino futuro que urdo. Espero que no sea feo, especialmente desagradable a la vista, ni su aliento expela rayos hediondos, tampoco que sea víctima de algún tic que me haga incómoda su presencia, ni sea un desertor ni un perdedor de los que anduvieron tentando las últimas migajas de su suerte... Si nada de eso se cumple, ansiaré que su plática sea fluida e inteligente y al mismo tiempo coincida o al menos sea afín a mis cuitas existenciales, y, finalmente, que no contenga su alma grumos de esos elementos perniciosos y contaminantes que dejan la traición, la deslealtad, la mezquindad, etcétera, propios de aquellos bucaneros insolidarios, perros de mar, cubiertos de desorden, restos de filibusteros que abandonaron útiles mercaderías, pólvoras mojadas y banderas negras entre la arena y las algas sin vida. Ah, y que la cuota de estupidez sea la indispensable, la justa para despojarla en el intercambio de amistad que preveo mientras me froto ya las manos.

jueves, 20 de enero de 2011

El sueño de la fuga.


El lugar en donde estoy recluido es obscuro y sucio, inaccesible incluso a los bichos que suelen habitar sitios así. Qué potencias impiden sus presencias, lo ignoro, acaso la falta de alimento o cualquier otra singularidad que se me escapa, insecticidas, aplastamientos, llamas. El caso es que no son visibles a mis ojos, ni mis oídos se deleitan con sonidos perceptibles de vida alguna. Es en estos momentos, como ahora mismo, cuando caigo en la cuenta de cuan desventurada es mi existencia aquí, a pesar de la paz que me imponen estos guardianes obtusos, acaso contumaces, esta tranquilidad forzada que ni permite que asome mi cabeza a través de la ficticia ventana para contemplar el trasiego probable calle abajo. En noches -supongo que la noche es cuando duermo, como cuando disfrutaba de una vida normal, allá afuera, y el día cuando permanezco despierto y no hago otra cosa que darme a pensamientos a veces torturantes- que sueño, sueño con la fuga. La evasión es frenética, derribo a los carceleros sorprendiéndolos con mi fuerza y con la velocidad del rayo subo y bajo escaleras, penetro por tragaluces, deslizo mi cuerpo por pasadizos, salto, escalo, fluyo por la niebla y me pierdo entre árboles hacia una ciudad. Anhelo una ciudad de impíos, con mujeres hermosas y entregadas, propensas a las caricias más atrevidas, a mostrar méritos extraordinariamente sensuales en las sombras de locales de turbia atmósfera. Qué digo, esto último es consecuencia del extenso periodo de abstinencia sexual que soporto, vamos, que en este sueño consiento fantasías propias de un adolescente a la par que las del adulto que ansía procurarse libertad, libertad. No es el caso, y en cualquier caso, siempre despierto aquí, y la fuga ha sido abortada, y ya las paredes se mofan del intento, me reflejan cementerios, animales torturados en sus jaulas, hombres desmoralizados, cielos grises como el plomo.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Un horrible vacío.


Eso me recuerda dónde estuve ayer, en casa de un campesino, que me contó que un tabernero, al que yo también conocía, había muerto de pronto, aunque podía preverse desde hacía un año, pero sin embargo, de pronto, tenía un pie totalmente podrido, y desde luego hubo mucha gente en su entierro, y uno de ellos, excarnicero y posadero, que había sido anteriormente oficial de carnicero pero tenía ya más de sesenta años, tuvo que llevar una cruz, de dos metros, enormemente pesada... siempre tienen, cuando llevan algo así, una especie de soporte de cuero, donde va metida la cruz. Y sólo hace falta sujetarla, pero no cargarla. Sin embargo, no encontraron el soporte y el hombre tuvo que llevar la cruz durante dos horas, y le pusieron encima además una corona, y entonces él se derrumbó y ahora estaba en cama, también listo. Ahora me acuerdo.

Bernhard dixit.


Cuando estamos a la búsqueda de la verdad sin saber cuál sea ésta, que no tiene de común con la realidad sino la verdad que no conocemos, estamos a la búsqueda del fracaso, de la muerte… de nuestro propio fracaso, de nuestra propia muerte, por lejos que se remonten nuestro pensamiento o nuestros sentimientos, o nuestra imaginación o por lejos que miremos hacia el porvenir, es la muerte, la ausencia de reposo o el reposo como fenómenos de debilidad, de fracaso… se trata de las ciencias, de las artes, de la naturaleza misma, marcas específicas de la muerte… Cuando hablamos de la vida y ponemos el dedo sobre ella, cuando nos ocupamos de la vida como de una decepción permanente de los conceptos de lo que es la naturaleza —nosotros, los elementos teatrales...— un análisis letal nos resulta imposible.

martes, 14 de diciembre de 2010

Y caí como un cuerpo muerto cae.


En este aislamiento, si me paro a pensar, puedo ser atrapado por una red de felicidad desconocida. Mantenerse puro a la fuerza, la fuerza es cada vez menos fuerte y me acabo uniendo a su esfuerzo, de tal manera, que ya no existe presión. En eso quiero entretener mis pensamientos. Intuyo que acaba de amanecer: ha muerto mucha gente esta noche, mientras dormía. Descubro que me han dejado sobre la mesilla un Dante, parte de la mitad del canto V infernal, y un escalofrío me ha recorrido la médula: han violado mis sueños estos envilecidos guardianes. Siento la punzada de un vómito. La Divina Comedia, el conocido, comentado canto V. Punto, infernal. Borges nos engañó, nos engaña cada vez con sus trazas de desvalimiento, de verbo endulzado desde lo obscuro. Éstos no saben que yo leí a Borges, como ignoran muchas más cosas sobre mí. Ignoran que sé que en el infierno dantesco cada pena es un meticuloso arancel de su pecado, que los castigos son tortuosos unos y otros sucios como el légamo. Dentro, hay una continua barahúnda de gemidos, de almas incorpóreas que se quejan por los tormentos que sufren sin término y sabedoras de que no hay esperanzas de ser oídas. No hay esperanza ninguna en ese lugar, ni siquiera la de contemplar a dios un día. Ésta tampoco la hay fuera, pero sin duda se mantiene una esperanza sobre la esperanza, quién sabe cómo se alimenta... Yo sé del infierno, donde grotescas figuras animales repugnantes te acechan hasta el horror. Miro el libro sobre la mesilla y veo un vendaval que gira violento arrastrando a los lujuriosos, así como en vida fueron arrastrados por la pasión. Oh, Dante, de entre este movimiento turbio reclama dos figuras, Paolo y Francesca, desterrados a esa eternidad sin dios ni otro anhelo inalcanzable a pesar del deseo, que sólo existen ya juntos, que penan sin separarse ya jamás. Y yo estoy solo, que estoy solo y no puedo quejarme, me pregunto. Tengo mi intrincada comedia propia, como un inmenso campo magnético donde lidian infinito número de fuerzas, indescifrable número. Cualquiera vida humana que quiera en ella zambullirse, será sin duda aniquilada, desgastada, engullida por su ciénaga. Todo conjetura, no hay forma de palpar la carne, disquisición ininterrumpida para desmenuzar los trasuntos, para anclar los cimientos, para llevarme a la mullida cama a la improbable seducida... Inventar, qué necesidad.

martes, 23 de noviembre de 2010

Sueño húmedo.


Se acerca la hora y apagarán la bombilla que pende sobre mi cabeza, ocurre cada tramo de horas, calculo que veinticuatro, y no parece posible que eso vaya a cambiar nunca, lo que me dice de este momento inexorable es que constituye una plaga más. He de deponer mi cuerpo, arrojado sobre el jergón, al dios griego, Hipnos. Pero hoy no; lo arrojo, sí, preso de un cansancio humillado, tenso; lo arrojo, sí, y lo detengo para descubrirme con un relumbrar de noche de reyes, un retorno. Doy lustre y alineo mis zapatos. De entre materiales pasados, entresacan mis dedos un paseo de mar y palmeras, losetas de piedras ovaladas y pequeñas. Se oye el tránsito de las espumas. Huele con ese olor que es viento preñado de espacios inabarcables. Ya, y a pesar de esta obscuridad apocalíptica en que me sumen estos feroces guardianes, ratifico la emocionada cordura que ese olor me devuelve. Descubro dos sombras, dos sombras acaso extrañadas de estar ya juntas, que de avanzadilla se han sentado en un banco de piedra del paseo a esperar. Intercambian razones, susurran secretos que quizás no debieran. Se miran, se observan, tal vez se palpan. En su espera aún, la tibieza liviana del no saber. La sorda hilera de las posibilidades todas sin cumplir. Es un material del recuerdo, quiero obligar al sueño un sueño, que se cumpla para escapar, que muestre la mata de la luz florecida y abra los ojos con el regazo húmedo. Habré conseguido burlar de nuevo tanta hostilidad, sobrevivido a otra plaga. El amanecer no será otra cosa que una costa largamente escarpada.

sábado, 9 de octubre de 2010

El paseante ocasional.


He salido a pasear súbitamente, como escupido del sofá, en donde yacía como atornillado, hacia la puerta, la escalera, el portal, la calle mojada, un perro que me ladraba en la acera. Hice la vista gorda. No son mis amigos los perros, y menos si me los topo y me ladran y encima cuando, por fin, me decido a salir. De esa forma me descubro debilitado, me azota la duda sobre la oportunidad del paseo, doy a ese viandante que se acerca la impresión de ser vulnerable. Me precipito hacia una esquina cualquiera alejándome del perro y del sujeto que me viene observando con creciente empeño. Dos de las cosas que más detesto en el mundo, los perros y los seres humanos. El paseo no tiene buen comienzo, no puede tenerlo desde el momento en que mi pensamiento a cerca del hecho concreto de pasear no es del todo positivo. Todo paseo conduce a ningún sitio determinado del que, después, y al cabo, es irremediable volver. Y más le vale a uno volver, y si es posible, motu proprio, y sin haber pugnado con los mayores obstáculos con que puede uno tropezar, a saber, más de un perro o más de dos personas. El caso es que ha comenzado a llover, de forma contumaz, y eso me alegra la cara, y se ha levantado un vientecillo incordiante que descuida mi pelo, y eso me hace abrigar esperanzas. No suelen aventurarse demasiados seres a esta clase de intemperie, y menos en este sitio en donde suele reinar el buen clima como si fuese una penitencia horrorosa. Además, echo por los peores senderos una vez salgo del casco urbano, divergiendo con ignominia el trayecto. Y me acompaña, en cuanto puedo, un garrote que agarro del suelo leñoso por el que discurro, para disuadir, como ya se sabrá, a perros y humanos demasiado osados o incautos.

lunes, 23 de agosto de 2010

Sin título.


A esta hora busco un recuadro, lo hurtaré al espacio, conforme que formará parte del paisaje, que estará expuesto a múltiples incidencias, asaltos, degradaciones, será un sitio frágil. No vamos a pensar ahora que existen recuadros inexpugnables, libres de vicisitudes o siniestros. Lo requeriré alejado, un poco a la izquierda, en penumbra, sin ningún adorno exterior, apenas el imprescindible que exige un cierto decoro y la higiene elemental. Alguna planta que veamos trepar mientras se suceden los días, que ansío dóciles, y que atraiga la vida de los insectos, lo cual acaba produciendo en la mente la creencia ininterrumpida y muy útil de la vida girando, que regaré en los atardeceres, junto a una esquina del recuadro. Nunca me molestaron las moscas, ni mucho menos las abejas, ni siquiera las avispas. Si encuentro el recuadro que imagina mi cabeza, a estas alturas, y de la forma en que lo diseño, tampoco serán muchos los insectos que se atrevan a instalarse en él. Porque lo voy a buscar en la umbría, será algo cenagoso en invierno, aunque fresco en verano, y por la leve obscuridad que un monte espeso y robusto le otorgará durante el día, tendrá un poco el aspecto tenebroso de los castillos encantados. Pero nada de eso engendrará en la imaginación de los caminantes que lo bordeen, sino más bien la sensación de un hosco refugio al que es mejor no acercarse. Ése es mi deseo. Y a esta hora, que ya transcurre plácida, eludiendo los múltiples y penosos avatares que al tiempo se suceden en todo el mundo, es mi empeño, tal vez vano, por ilusorio.