A veces, en días turbios como éste, miro los ángulos de mi celda con arrobo y hasta devoción, y en interludios inexplicables me da por creerme un hombre afortunado. No cualquiera saca provecho del tiempo que pasa mirando los vértices de las habitaciones, lo cual me acerca mucho a la excepcionalidad, por infantil que parezca, y me provoca, de paso, un sosiego de pantano, de culebra, de hoja, de interrupción; ni cualquiera acertaría como yo a mantener el fiel de la balanza espiritual tan en su sitio. En la encrucijada de lo inevitable, es decir, donde me encuentro ahora y ya desde hace un tiempo imposible de calcular, ceniciento, custodiado por guardias que han sido asesinos antes y volverán a matar cuando sean despedidos de aquí, porque habrán de ganarse la vida, digo yo, y no saben hacer otra cosa, es fácil dejarse arrastrar por pensamientos como los míos, colgar la vista en el rincón elegido del techo y creerme un hombre afortunado, como, por degradado que parezca, ningún otro ser. Es pura astucia. Ahora, por tanto, estoy en éxtasis, y he esquivado todas las interrogantes que me llovían como lanzas con la agilidad de quien no es capaz de resolverlas y les muestra toda su indiferencia, de brisa, de tallo, de pájaro, de comprensión. ¿Qué sabemos los encerrados del tiempo sin medida, de los sillares que nos encierran, de puertas que rara vez se abren, de los férreos barrotes de los vanos, del fétido aliento común a todos los guardianes, del silencio y la soledad? Nada. Qué vamos a saber. Sabemos de lo indestructible, de la naturaleza de inventados itinerarios y de otros asuntos prácticos que apenas sirven para sobrevivir en estas condiciones de sillares inexpugnables, puertas infranqueables, barrotes indomeñables y fetidez. Para qué voy a extenderme sobre la gravedad de estas acusaciones, ahora, recién afeitado, el cabello corto y limpio, el cuello perfumado y la lámpara vistiendo de luminosidad la parte de la estancia que es objeto de la paz de mis ojos, la que me convierte, en días turbios como éste, en un hombre afortunado. Quienes se han venido ocupando de mí todos estos años aciagos yerran si creen que sus esfuerzos han sido recompensados de alguna forma. Las conclusiones a las que han llegado son todas falsas, yo he sabido conducirlos a esas ciénagas del conocimiento con la astucia del superviviente más avezado. Y no pienso pagar por ello. Otro día reflexionaré sobre los lentos movimientos discontinuos. ¡Guardia!
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viernes, 23 de noviembre de 2012
sábado, 17 de noviembre de 2012
Día inicial.
Después de unos días en que me he dejado arrastrar por el desaliento, sin motivo aparente, acaso por el desencanto del desamparo y ese cierto bienestar con que te acoge la tristeza, cómodo, embriagador, etcétera, hoy he sentido una punzada extraña en el vientre al tiempo que un sonido agudo y vibrante en los parietales y eso me ha empujado hacia el espejo cuarteado que cuelga en la pared norte de mi celda. Horror, un rostro que no es el que recordaba de mí me mira, qué digo, me escruta con el cejo fruncido y una mueca de disgusto espantosa en los greñosos labios. Sin duda soy yo. He decidido afeitarme las barbas y recortarme los cabellos que cuelgan sin orden de la cabeza en un intento por encontrarme a mí mismo detrás de esa pelambrera anárquica, por entre las arrugas apretujadas de tantos días vuelto contra las mugrientas sábanas del jergón, la fina capa mezcla de grasa y polvillo que se ha ido untando en mi piel como mermelada y el velo muy turbio de la mirada legañosa que me contempla. Tengo que estar ahí detrás, oculto, y es mi deber hallarme y convencerme de otras necesidades, por abruptas que sean, antes que continuar así, antes de consentir esta permanencia de vegetal que a punto me tiene de enraizarme al suelo de esta lúgubre estancia. Una cucaracha asoma sus mezquinas antenas por un agujero de la pared. Llama al barbero, le espeto. Guardia, guardia, hay una cucaracha espiándome, grito, esto es intolerable, solicito a la mayor urgencia un barbero, un barbero que me encuentre entre las atrocidades que he contemplado en mi rostro, que las rasure, que arrastre todas las inmundicias de mi cutis y las arroje lejos de mi vista, guardia, ¿no me oyes? Nada, por toda contestación me entregan un silencio atronador, el premio a mi exquisito comportamiento durante todos estos lustros de clausura en que he sido estudiado, observado, manipulado, experimentado y sujeto a todas las veleidades de esos sabios que afirmaron en su día que iban a convertirme en un ser humano honesto, feliz y colmado de las necesidades y placeres que todo hombre merece a lo largo de su existencia. Mentira. Hace años que no veo un peine, y tengo hongos entre los dedos de los pies, que me torturan de forma inesperada, y yo siempre tuve obsesión por los peines y un temor absoluto a los bichos microscópicos, así que en estas dos contingencias no me están ayudando nada, esos cabrones. No me quejo. Pero podrían devolverme el peine y recetarme algún fungicida para hacerme mínimamente feliz alguna vez, aun por conjetura. Guardia, guardia, ¡un barbero! Oigo ruidos afuera, no sé qué hora es, pero no parece hora en que el guardia esté dando la cabezada rutinaria, así que insistiré: guardia, guardia, ¡un barbero! Que traiga piedra de alumbre, y perfume de azahar, y el transistor, para evitar las charlatanerías propias del oficio, detesto a los filosofantes. Lo advierto, mi degradación será imparable. Renunciaré a mi paz... Y en esto que se abre la puerta y asoma el esperpento del guardia, asesino de decenas de hombres inocentes, y una bata en apariencia blanca, dentro de la cual intuyo sumergido el escuálido cuerpecillo de un barbero cuya cabeza ridículamente inclinada en la que sobresale un bigotillo de puntas retorcidas me dice, voilà, monsieur, y yo me quedo expectante y boquiabierto esperando el portazo que dará el guardia al salir.
lunes, 17 de septiembre de 2012
Retazo ambulante.
martes, 12 de junio de 2012
El psicólogo.

Era un camino interminable el que se ofrecía a mis ojos, a mis pies, a mis deseos y finalmente a mi imaginación, un camino cuyas orillas estaban sembradas de tesoros y cada tesoro escondía una aventura y cada aventura un principio en la larga vida de lo efímero, y así. Era mi infancia, a la que me remonto cada vez que me arden los deseos de evocar la felicidad: todo lo que vino después es lo de ahora, este encierro, esta agonía de las horas y esta infinidad de etcéteras que parecen excavar tumbas o precipitarse a los vacíos más inexplicables de forma ininterrumpida, tenaz, infatigable, occisa. Es un buen principio, dije, pero beba usted otro trago de cerveza, no vaya a secársele la garganta, que la noto encogida. Si de repente, dije, es decir, de forma repentina yo le ofreciera nuevamente su infancia, imagine, tengo poderes sobrenaturales, no piense que soy estúpido, es un juego, y le ofrezca de nuevo a sus ojos, a sus pies, a sus deseos y finalmente a su imaginación ese camino interminable, cuyas orillas guardan tesoros ocultos dentro de los cuales esperan aventuras que contienen principios de una efímera vastedad, y así, dígame, dígame que soy un ser enfermo, pero dígame también si aceptaría mi propuesta, al menos de una forma natural, dígamelo. Si se lo digo, me dijo tras un rato de desvíos silenciosos y ruidos de tripas, si hablo de una vez, si muevo mis labios mojados de cerveza, ¿conseguiré naturalmente algo? Dije, me temo que no. Dijo, es usted un enfermo, un paralítico que ha sido arrancado de su silla de ruedas y se halla expuesto a la más rotunda vulnerabilidad de los espacios, con sus aristas, sus desniveles, tumultos y obscuros depredadores acechando, jódase. ¿Entonces? Verá, mis últimos recuerdos sobre la libertad de la que gocé un tiempo son de esa misma época de mi vida, es decir, mi infancia y luego el desencadenamiento de mi adolescencia, algo atroz sin duda, pero yo ignoré esa atrocidad para preservar mi salud mental, y, de alguna manera, fortalecer mi espíritu, espíritu que estaba siendo perturbado por todos, la familia, los maestros de escuela, los vecinos, todos los personajes que te miran y que estando ya aniquilados anteriormente por todo ese mismo sistema sólo y únicamente pretenden de forma invariable y con una tenacidad mortal, incansable, aniquilarte a ti también, o al menos contribuir a tu destrucción como forma necesaria y elaborada de permanencia en la más cómoda estulticia humana. Beba usted cerveza ahora, reflexione mientras yo acudo al reservado para aliviar mi vejiga, maniobre de alguna manera, celebre incesantemente su invalidez, cúlpese, remánguese, yo me estoy meando. Lo sucedido posteriormente, un balbuceo de alguno de los dos, ni merece la pena ser relatado, pensaba mientras tomaba decisiones baladíes. Los dos, seres desvalidos que han llegado al desvalimiento por distintos caminos, pero que han logrado la misma y letal meta, él, su oficio de psicólogo y su desnutrición mental corroborada día tras días, y yo, este encierro del que me enorgullezco porque tiene lo que podríamos denominar "una intención", somos dos resultados idénticos.
lunes, 7 de mayo de 2012
Sorpresa.
lunes, 9 de abril de 2012
La puerta abierta.
Hace ya unos días, al despertarme, vi la puerta de mi celda abierta, entornada que se diría, en conclusión, no cerrada, entonces pensé, de inmediato, el guardián está dentro, husmeando en alguna esquina tras mi nuca, esculcando en mis papeles dispuestos de forma anárquica sobre el burdo escritorio, o tal vez debajo de la cama, a saber qué perversión llevando a cabo, o flotando mágicamente en el ángulo muerto de la estancia, pensé todo eso en un tris y un tris después comprobé que nada de eso era, joder, qué cosa es esa de estar la puerta metálica y horrenda sin cerrar, la puerta por donde entran las cosas del mundo que entran aquí, como el pan y la leche agria que me sirven de alimento, y por la que salen algunos de mis desperdicios más comunes, el vano único por el que podría intentar una evasión más que improbable porque me faltan energías y ganas, ciertamente, el mundo no me gusta y sospecho que yo, a estas alturas, tampoco le gusto al mundo, y encima eso ha sido así siempre, desde que hubo un principio en que empecé a razonar estas cosas de la existencia y la cosa de las relaciones humanas, ineludibles por otro lado. Eso. Ignoro qué estrategia fue. Porque eso fue hace unos días, como dije, y lo cuento ahora, días después, por lo que, es evidente, han pasado cosas que no sé si expresarlas o callármelas como un cuco.
domingo, 8 de enero de 2012
lunes, 24 de octubre de 2011
El tablón.
No basta reunir razones para permanecer aquí y agarrarse a ellas como si fuesen el único todo sobre el que sustentar los días y sus amarguras, alegrías o desalientos. Arrojo todos estos pensamientos tan frágiles lejos de mi mente, salgo a la calle despoblada, camino hacia en final de las aceras y descubro el mar, voy ya pisando la arena, un periódico desarbolado rueda impelido por el viento ábrego de la tarde, apenas el vagabundeo de un perro se dibuja a lo lejos, rigurosa muestra de un ser vivo. Sobre el agua y a pocas brazas de la orilla flota el balanceo de un tablón impecable, diría que maravilloso. Es sorprendente para mí. Ese trozo de madera resulta a mis ojos de una belleza y un valor parecidos al que una joya pudiera representar para otros. Despliega en mi imaginación un sinfín de abanicos que atesoran ese valor en esos días aciagos que nos atormentan porque no sabemos cómo llenarlos. Y sobra un tablón humilde flotando sobre el agua ondulante de este mar hoy sosegado, vehículo de toda aventura necesaria. Es formidable. Lo arrastra todo y lo mezcla, bate con fuerza descomunal y hace brotar toda clase de monstruos para nuestro deleite. Sólo hay que mirar más allá, doblegar esa incuria mezquina que procura ininterrumpidamente sumirnos en lo mortal. Doy mi retina a su caprichoso navegar, reescribo sin tregua los principios torpes y su irracional razón de ser para alcanzar sin precipitarme el hecho brutal y ansiado sin condiciones por todo ser humano que huya de la locura o al menos del tedio: la ocupación del tiempo. Esto como fórmula para salvarse de la existencia, de los días letales, de la estupidez de los hombres y de la búsqueda incesante del placer. No parece sencillo. Simular a veces sirve, como pudiera servir el placebo, la engañifa que nos sostiene mientras esperamos indefinidamente algo que, sabido de sobras es, nunca llegará. El vacío estalla por todas partes, la iniquidad es imperecedera, se renueva, depreda con tenacidad, derrota a la mayoría, no conoce la clemencia. Tanta complejidad devana los sesos. Se puede llegar a comprender la voracidad de los dictadores y las ansias de los genios, hasta la longevidad de los ignorantes, y, si apuramos, la maraña indescifrable de los procesos judiciales. Toda la inutilidad viene a proclamarse como insustituible, poco menos que necesaria para el desarrollo del devenir, con sus catástrofes naturales, guerras, devastaciones y enfermedades. Si el tablón es escupido pronto a tierra, lo recojo con mis manos ávidas y lo cargo jubiloso en los hombros hasta mi casa. Lo espero hasta el anochecer, sin fatigarme en esa espera. Es mi idea construir un banco con él, sentarme a leer o a meditar en los momentos en que me sea exigido ocupar el tiempo para salvarme de los naufragios sobre el delirio de su madera.
miércoles, 7 de septiembre de 2011
La entrevista.
Mi nombre es Elpidia Menoos, comenzó a decir nada más estrecharme la mano, una mano suave y regordeta que aún no ha perdido la grasa infantil del todo, Soy vecina de esta localidad, y nos sentamos al mismo tiempo dispuestos a devorar el suculento desayuno, Aunque me autoproclamo ciudadana del mundo, no crea, mi objetivo es no permanecer nunca mucho tiempo en ningún sitio. La errancia es mi obsesión y mi forma de esquivar la idea única, no sé si me comprende, concluyó mirándome con unos ojos verdaderamente bonitos. Durante unos segundos hundimos la mirada sobre la pradera de la mesa, donde nuestros dedos se deslizaban con una precisión ubicua, avezados sobre cucharillas, tazas, cafetera, mermeladas o aceiteras, y luego prosiguió, Acabé periodismo, una carrera fascinante, también competitiva y cruel, no hace ni seis meses. Me arrodillo en los bancos de las iglesias, pero no por los motivos que usted o cualquiera pudiera creer, no hay acto de contrición que valga en esa costumbre mía: tengo pensamientos impuros allí, y sonrió ahora, con una sonrisa verdaderamente bonita que dejaba ver unos dientes esculpidos por la ortodoncia, Y no creo, continuó, que eso vaya a ocasionarme mayores enredos con Dios. Hace dos inviernos perdí la virginidad, precisamente, con un acólito que no dejaba de observarme oculto tras el púlpito cada vez, ¿puede creérselo? (Dije que sí) Y luego me seguía por el peristilo, de columna en columna deleitándose en mi parte de atrás que, como tendrá ocasión de ver cuando me vaya, es, según me han advertido, muy sugerente. Fue una desfloración dulce, comparada con las de que tengo noticias, en la mismísima sacristía, señor. No volví a verlo, claro, supongo que huyó atormentado, víctima de alguna de esas crisis obscuras y profundas a que se ven abocados los que huyen de estas violentas y placenteras emociones... ¿Hablo demasiado? (Habla estupendamente; puede seguir, que yo ya engullo con satisfacción, le dije). Le imagino ahora cuajado de cicatrices en la espalda, producto del flagelo a que se habrá sometido con ese cilicio de que me habló luego tras correrse como un poseso... O habrá retomado su vida lejos de la opresión y austeridad imperdonables a que se deben estos hombres. Sin duda somos versiones imperfectas y mortales de una idea absurda sobre la perfección y la vida eterna, ¿no cree?, (Sí, contesté mientras atacaba el borde de la taza con delectación). Una pausa para recapitular mientras masticamos y tragamos, menos mal, pensaba yo, yo, que tras estos gruesos barrotes apenas sé ya de qué van estas jóvenes desnortadas, y que nada más untar de mermelada la tostada fue a parar al suelo, la falta de costumbre, me consolé, pero, aun cayó con lo untado hacia abajo, la recogí y la devoré sin reparos, y luego, me espetó, ¿Por qué está usted aquí? Por fabricar una bomba, le dije. (Ya era hora, comenzaba la entrevista) ¿Y eso? Verá, señorita, nunca me motivó eso de amasar dinero, y la desesperanza se apoderó de mí, quedé embelesado de cierto romanticismo revolucionario, reviviscencias pueriles muy gratas, he de reconocer, seguí, y di un buche a la aceitera, groseramente, pero qué podía perder, y sé que la prensa divulga sólo con afán recaudatorio, infame si me apura, y despreciable, pero usted es bonita, sin haber contemplado su culo aún con atención, sé que es fenomenal, le dije, y tengo otras razones para sacrificar mi pensamiento, créame, es fácil dar razones que no son verdaderas, y luego nunca pasa nada. Guardé silencio, y esperé a sus preguntas mientras me fijaba en su pelo, verdaderamente bonito, joder, es que estas periodistas son bonitas o el fracaso lo tienen asegurado. Guardé silencio yo, como un nodo sobre la silla, el estómago ahíto ya, y unos deseos impropios de afeitarme la barba. Y ella, devorándome con esos ojos, la taza asida con ambas manos tan hermosas, proclamando su osadía, presta a deshacerse de esas mallas que la oprimían, las mejillas tomadas por el arrebol de quien se ve descubierto el pensamiento.
martes, 6 de septiembre de 2011
La visita.
Si estoy en lo cierto, hoy es viernes, y los viernes, para mí, no tienen nada de especial, ni de trágico, ni de simbología en los espacios de mi recuerdo, tan difuminados ya. Resulta que el lunes -uno de esos lunes desprovistos de todo, igualmente, calcado al domingo que le precedió y a este viernes que a duras penas subyace- pasado, digo, alguien deseaba verme, hablar conmigo, proponerme algo. Me lo comunicó el jefe de la guardia permanente e inquebrantable, y también tozuda, que me custodia día, noche y madrugada. Me dijo algo así como, Una persona del exterior quiere entrevistarse contigo. Tiene los permisos, y se me quedó mirando la cara de estupefacto. A estas horas, ni siquiera la leche y el pan agrio reposaban en el rincón. Dijo más, Si accedes, habrá desayuno especial, café con leche, tostadas, mermelada y aceite virgen extra. Sonaba impecable. Y comoquiera que el centurión éste no me veía salir de mi asombro, concluyó, Es periodista, dice, y por cortesía no hay que hacer esperar demasiado, decide en un minuto. Tengo entendido que esa especie actual, muy evolucionada, y para mal, dondequiera que aparece, hace aflorar la mugre, lo deja luego todo empercudido y si no quedan satisfechos, algunos cadáveres. Pero, qué puedo perder yo si ya gano un desayuno en condiciones... Así que di al cancerbero la aquiescencia y me fui a mear y a lavarme la cara. Tras lo cual, me aquieté sobre la silla aguardando la visita. Toma ya. Será un lunes memorable. Pensaba. No puedo decir que me entusiasmara la idea, pero al menos me sacaba de esta implacable monotonía sinsísifa. A ver la contextura de este sujeto. Enseguida entró un tropel de dos empleados imberbes y, por supuesto, de una estulticia inimaginable, portando uno una mesa playera muy mona, blanca, y otro, con gran cuidado, una enorme bandeja repleta de todo lo necesario para satisfacer el desayuno prometido para dos. Nada más salir volvieron a entrar con dos sillas de plástico parejas y a juego con la mesa playera. Estaba todo estudiado, carajo, qué coordinación y ejecución tan limpias. Por fin, el jefe de la guardia inquebrantable y tozuda, más tieso que el palo de una escoba, extendió una mano hacia la celda y en dirección a mi humilde y aparentemente entera persona diciendo, Nuestro famoso reo, señorita. Todo suyo por no más de dos horas. Y se fue, como de costumbre, tras el portazo.
miércoles, 31 de agosto de 2011
Inmanencia.
En sueños, veo murallas derruidas a lo lejos, mis pies sobre la hierba alta que inclina el viento en la cima dócil de una colina. Un animal reposa a mi lado, un felino tal vez. En esos sueños, que he soñado ya incontables veces, en ocasiones aparece un río caudaloso y bravo sobre el que unos hombres sin rostro se afanan en la construcción de un puente, unas veces rudimentario y de madera, otras con todos los adelantos técnicos de la ingeniería moderna. En todos esos sueños, muy parecidos, me siento libre, una tenaz alegría recorre mis venas, las ganas se salir corriendo hacia allá son irreprimibles, gozosas. Es una clara mañana y el cielo muestra un azul tan sosegado que nada más alzar la vista comienzan todas mis sospechas. El guardia renqueante de sucia barba y voz áspera acude en mi auxilio con sus golpes retumbando sobre la metálica puerta: me despierta de la pesadilla. Descorre el cerrojo, entra, me mira el temblor de las manos, el sudor de la frente, el pavor en el rostro, sonríe con esa sonrisa grosera y estulta de que son capaces esos seres que habitan las regiones más ínfimas del intelecto, y me deja el pan y la leche agria en el rincón antes de desaparecer tras el portazo. Ignoro qué ritmos ocultos del corazón me conducen hacia tan dolorosos estertores matutinos, e ignoro igualmente por qué la visión real, cotidiana, puntual y horrenda del guardia logra calmar esa ansiedad atroz. Porque tendrían que ver al secuaz, sólo le falta la cornamusa. Pero me alivia ver esa cara de imbécil que es la cara que imagino en casi la totalidad de la humanidad. Acaso por eso.
martes, 26 de julio de 2011
Malas ideas.
Cuanto más tiempo paso aquí más inquietante me resulta la idea, idea que en noches farragosas se apodera de mi cabeza, de algún día escapar, salir fuera, toparme con la libertad como destino. Me joroba. Sé por otros y algunos ecos ensombrecidos, rumores y desconciertos, pero también por mí mismo cuando viví mi época de inconsciencia, desprovisto de todo aquello que ahora me aprisiona, ufano, repeinado, con zapatos y reloj de pulsera analógico, digo, por esa experiencia propia que aún anida en mi recuerdo, que no es fácil ni a veces soportable decidir qué va uno a comer al mediodía ni qué ropa o modelo de gafas elegir si en verdad uno las necesitara. Eso es así de palmario, y joroba. Sé que otros, precisamente, disfrutan con esos minúsculos obstáculos, es más, los ansían, forman parte de su irreflexiva existencia cotidiana. Allá ellos. Eso por no hablar de la repulsión que me ocasionaría contemplar ovejas muertas en los expositores de los supermercados, imagen que es superior a mis fuerzas; o carnes troceadas de otros animales de granja, como cerdos, gallinas o vacas. Si ya el ser humano provoca mis mayores desconfianzas, he de imaginar esos seres humanos nefandos que provistos de los utensilios más sofisticados dan muerte y luego descuartizan a esos otros seres vivos para después engullirlos en las más variadas y denigrantes formas. Y se parecen bastante a la idea que tengo de los exterminadores y aniquiladores sin escrúpulos. No sé si no será una idea desmedida la idea de algún día salir de aquí. Al cabo, y bien pensado, no deja de ser confortable estar a salvo de determinados ultrajes y visiones ofensivas. Y hay cosas peores a las que uno podría exponerse, como el ser arrastrado por un torrente pasional en el que una dama voraz e insaciable te devore hasta la saciedad y te deje los huesos alabeados y el seso laminado. O te acusen de algo, una sencilla multa, tropezarse con un concejal de fiestas o un vehemente conductor de autobuses. Las tragedias se ocultan tras los más inocentes setos de realidad. Ésta está rebosante siempre de elementos acechantes y no tardan en artillar sus inicuas maldades para hacerte desdichada la existencia hasta el punto de desear no haber nacido siquiera. Eso joroba. No estoy dispuesto a dejar que nadie me convenza de nada. Uf, es una idea devastadora la idea de salir de aquí. Me refugiaré en los simulacros y en otras imperfecciones, mientras sean fascinantes.
viernes, 15 de julio de 2011
Análisis imperfecto de la situación.
A veces, como ahora mismo, me da por pensar que no he sido arrojado aquí de esta forma en que infinidad de veces he dicho que he sido arrojado aquí, es decir, de forma brutal, despiadada, irracional, víctima de un castigo que no merezco, etcétera y etcétera. Como un excremento, para consumarme como tal y ya por los tiempos, podrida cualquier avidez, ilusión, deseo o peripecia. No. A veces, como ahora mismo, estoy pensando que soy yo quien ha decidido recluirse aquí de esta forma brutal, despiadada, irracional, víctima de un castigo que acaso merezco, etcétera y etcétera. Como un excremento, para consumarme como tal y ya por los tiempos, podrida cualquier avidez, ilusión, deseo o peripecia. Algo me separa de los demás individuos y no he conseguido averiguar qué cosa es esa que me separa de los demás individuos y el sitio que me corresponde, por tanto, es éste, sin duda, esta angosta y a un tiempo vasta extensión de encierro ininterrumpido en donde puedo anunciar y renunciar a todos y a todo todo dentro de mi cabeza sin estar sometido a las iniquidades -tampoco a las supuestas y feroces bondades- del resto común de seres humanos que se afanan afuera. Si no fuese por el contacto mínimo y en ocasiones violento que he de mantener forzosamente con mis guardianes; por el contacto no visual pero sí evidente con el cocinero que me prepara esta bazofia inmunda que me mantiene desnutrido; por el contacto imaginario con los sujetos propios que deambulan por este tipo de establecimiento, digo, mi felicidad estallaría de gozo. Una extensión pacífica y mal remunerada, sin embargo, gorgojea en mi interior y concluye en una revuelta inagotable y silenciosa. Bien mirado, siento como una quemazón herética, inadvertida, sufriente, pero en mi regazo sentimental, acogedora. Sé que no es fácil comprender, ni yo mismo, ahora mismo lo pienso, alcanzo a comprenderlo, y es muy probable que todo lo pensado y escrito desde el principio forme parte de esta confusión aniquilante a que soy sometido por mis custodiadores, empeñados en hacerme turbio lo claro desde el inicio con a saber qué protervas intenciones o fines. Y claro lo turbio para despeñarme o demolerme mientras se tronchan de risa en sus butacas. Cualquier día me precipito sobre la verdad y la desbrozo, pero ya andaré cansado, como en este momento.
lunes, 6 de junio de 2011
Sobre la comida.
Llevo unos días muy ingratos, dominados por el cansancio y la desgana mi cuerpo y mi mente vagan por la angostura de este espacio, los ojos a media asta apenas invaden las esquinas y los zócalos mugrientos, las manos enlentecidas, la boca semiabierta, los hombros vencidos, mis pensamientos extrañamente parejos a esta actitud corporal tan asténica circunvalan ideas esmirriadas o degradantes, muy alejadas del principio hedonista que suele regirlos. Creo que estoy mal alimentado, no tengo dudas sobre eso, mi dieta es pobre en nutrientes necesarios para mantener una actividad viva, delirante y acorde a mis capacidades, lo sé, y ellos también lo saben y me malnutren con calculada sevicia, me cago en todos los dioses del Olimpo menos en uno. Y el agua que me dan a beber es ligeramente amarga, el vino es tan peleón que lo uso para limpiarme la roña de los tobillos. Hace un tiempo incalculable que no disfruto de postre, ni lácteo ni frutal ni granizado. Hasta hace unos días he llevado todo ese sufrimiento culinario con un digno estoicismo monacal, como es propio de mí, sin quejarme ni mostrar signos de debilidad, manteniendo tersa mi piel y ágiles mis articulaciones frotándome escarcha que tomo del alféizar de la ventana y realizando ligeros y frecuentes ejercicios físicos a lo largo de las horas interminables.
domingo, 29 de mayo de 2011
Para Boira.
Boira siempre me pide cosas alegres, me pide algo alejado de mi pensamiento, insiste en que es necesario, que bastante tristeza es la propia y la que se desprende de los demás como para redundar en ella. Y le digo, Pero si mis post son post cómicos, son post como para mondarse de risa, post con el desternillamiento debajo de los sobacos... Y no le sirve. Como no le sirve hoy hago un esfuerzo, y voy y coloco a esta Pippi sonriente e inquebrantable en su honor.
jueves, 26 de mayo de 2011
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