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sábado, 30 de agosto de 2008

Trébol.





Parece que fue ayer cuando me decías que eludo la realidad desnuda, que me escurro por todos los resquicios para no afrontarla, que cambio de tercio en cuanto asoma los bigotes..., y no puedo negar que es cierto eso. De eso hace más de un mes, acaso dos, sí, más de dos, esto del tiempo me turba, y el espacio, con esa rotundidad de hastío o de espanto. El caso es que ahora es verano, y el verano es tiempo obligado de separación y disputas. Hace calor. Resulta inútil tratar de combatirlo con las puertas y las ventanas cerradas, toda la casa a obscuras siguiendo la costumbre romana. La abuela camina nerviosa, rezonga, como si tuviera que expulsar a un ejército de ratones, pobre Josefina, siempre dispuesto a adentrarse por cualquier hendidura, un ejército de figuritas de fuego. Y aún parece que por cada hueco de luz se va adentrando una masa pegajosa, candente, densa, que podría herir hasta el papel... me coloco en la cama para leer, y las pastillas me cantan una nana fulminante, borboteo también de este calor, desde la que incluso sueño esta carta. Son largos los veranos, se hacen largos a pesar de la justicia del calendario. En un principio, ávidos de apurarlos: parece que los días son más crispados, que sobran razones o cosas o visitas con que llenarlos. Luego, según avanzan los días, el regodeo del ocio empieza a resultarnos como arduo, nos agota el sol que no ceja ni siquiera a las noches, la piel morena se ha convertido ya en costra. En verano siento el lamento imparable de no ser pez. Tú, sirena, seguramente sirena. Parece que entre un año y otro perdemos la agilidad para darnos a estos días, pero nos basta un día, unas horas, para conocer que se trata una vez más del último verano, y garabateamos cuadernos con proyectos, corremos a llenar anaqueles con hojas que huelan a nuevo, miramos las listas de materias inconclusas. Como si fuera posible limpiar el año, inventar otra vez un principio diferente. Y no es más que un tiempo de destrucciones a un tiempo que de construcciones: terminé de leer el Quijote un verano, hice el amor por vez primera, viajé al extranjero, escribí mi mejor relato... y estos dos últimos veranos me haces sobrevivir en la posibilidad, mientras te esculpo desde una fortaleza que parece nada puede ofrecerte. Pero éste de ahora, este verano atroz y grisáceo, parece como si me hubiese vaciado de exigencias, como si me impidiera sacar la ilusión del ánimo sabiendo que uno ya está condenado desde el principio, porque acabo de descubrirlo y me he sentido horrorizado. Y no sé, mi querida Trébol, dónde colocar esta derrota ya asumida. Sólo quiero entrar a esta luz y garabatear estos cuadernos que sabes, trazar cuidadoso lo que al año siguiente he de transgredir. Y acaso ordenar papeles, poner orden a tanta cuenta pendiente ahora que el escudo de la ocupación se ha vuelto insuficiente. Poner bien separadas, en cajas opuestas, la realidad y la ficción, para que sólo se avizoren con desconfianza, una a la otra, también de soslayo. Que al salir, tanta luz ciegue un momento a la pupila dormida. Los dos sabemos que éste será nuestro último verano. Tú, porque sabes por qué fisura voy a escabullirme. Yo, porque sé quién dejó de repararla.