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lunes, 1 de septiembre de 2008

Inutilidad de todo.




A esta hora, en que ya la tarde esparce sus salpicaduras de noche, sus flecos de obscuro, sentado él frente a mí y frente a él yo sentado, la luz me viene detrás de la espalda y eso me da alguna ventaja, y eso me arma de fuerzas para decirle, y le digo, entonces, no es bueno que el hombre se agote en fantasías, porque en un punto siempre descubre que eran invención o mentiras y nunca vividas, y callo sin remedio al verlo alzar la vista para mirarme sabiendo que no me ve o lo que ve no es más que un borrón que está dentro del orden y la locura de las cosas y las personas, y no me ve pero yo sí advierto en sus pupilas que solicita un detengo y desde él, un momento de verdad, como si eso fuera posible, que no lo es y ambos lo sabemos, de realidad, de reflexión cabal, como si eso fuera posible, que no lo es y ambos lo sabemos, que si hay verdad, sea o no con detengo, se elige la más dañosa, que es la que esperamos a fin de cuentas, tantos años de amistad y tantas como innumerables mañanas incrédulas reducido todo a ceniza, sí, ya irrecuperable siquiera el vago resplandor de las ascuas. Desde un tiempo nos hemos acostumbrado a ver a obscuras, dice de pronto él, dice de pronto mientras baja la mirada, dice, esa distancia olvidada la hemos llenado de aire espeso, calinoso, para seguir creyendo que creíamos en el desordenado orden de la amistad, de nuestra amistad y su locura, rastreando unas huellas que nunca hollaron nada, una distancia sin medidas precisas, y en la última frase se fue apagando su voz de modo que ni aliento de acritud pudiera atisbarse, y lo había. Desde las palabras que no dan jugo, hasta aquéllas que embriagan y ahogan, es justo reconocerle el tino de su juicio. Después de tantos años sin encontrarnos, iba pensando, nos estamos reconociendo con recelo, preguntando en silencio qué clase de razones distinguían la razón del otro de la propia, y, en resumidas cuentas, qué se pretendía, estando ya como estamos sumidos en la vejez, la decrepitud, la enfermedad, el abismo desplegado ante nosotros ofreciéndonos el cobijo que todos los vivos alrededor aplaudirán satisfechos. Así nos hemos quedado sin palabras o cada vez menos palabras, las necesarias, acaso éstas las más innecesarias, para sobrevivir a los días, digamos, coincidiríamos los dos, en las útiles, no ya las que tuvieran que narrarnos, porque éstas, las que hablasen de nosotros como si fuéramos nosotros, las que nos precipitasen en afirmaciones repentinas ya se han agotado definitivamente, es decir, ya se han desgastado tanto, y de una forma tan atroz, que no sirven, son pura pantomima, voy pensando mientras lo observo sin decir nada de todo esto porque, ¿para qué?, si ya aprendí a renunciar para sufrir menos, si ya ni siquiera recuerdo el motivo que nos arrastró, del tanto tiempo que hace, a la desamistad, a esta tristeza de ahora, a este intento absurdo y vacío de reconciliación, tampoco él la recuerda, yo no la recuerdo, sinceramente, y si no la recuerdo ni yo ni él, es que no existió motivo, sólo fue deterioro, erosión, el implacable hastío de los meses y los años o la gota constante de alguna verdad descarnada, una verdad ajena a ambos, derramándose hasta la exasperación. Así que basta ya de esta fantasía, de esta invención, no vamos a llamarle mentira, le digo, y trato de mirarlo, pero ya no hay luz ninguna que nos alumbre, y sólo parece esto un preludio de nuestro destino con la tierra y los gusanos y la obscuridad y la nada, y, al fin, la mentira.

sábado, 30 de agosto de 2008

Trébol.





Parece que fue ayer cuando me decías que eludo la realidad desnuda, que me escurro por todos los resquicios para no afrontarla, que cambio de tercio en cuanto asoma los bigotes..., y no puedo negar que es cierto eso. De eso hace más de un mes, acaso dos, sí, más de dos, esto del tiempo me turba, y el espacio, con esa rotundidad de hastío o de espanto. El caso es que ahora es verano, y el verano es tiempo obligado de separación y disputas. Hace calor. Resulta inútil tratar de combatirlo con las puertas y las ventanas cerradas, toda la casa a obscuras siguiendo la costumbre romana. La abuela camina nerviosa, rezonga, como si tuviera que expulsar a un ejército de ratones, pobre Josefina, siempre dispuesto a adentrarse por cualquier hendidura, un ejército de figuritas de fuego. Y aún parece que por cada hueco de luz se va adentrando una masa pegajosa, candente, densa, que podría herir hasta el papel... me coloco en la cama para leer, y las pastillas me cantan una nana fulminante, borboteo también de este calor, desde la que incluso sueño esta carta. Son largos los veranos, se hacen largos a pesar de la justicia del calendario. En un principio, ávidos de apurarlos: parece que los días son más crispados, que sobran razones o cosas o visitas con que llenarlos. Luego, según avanzan los días, el regodeo del ocio empieza a resultarnos como arduo, nos agota el sol que no ceja ni siquiera a las noches, la piel morena se ha convertido ya en costra. En verano siento el lamento imparable de no ser pez. Tú, sirena, seguramente sirena. Parece que entre un año y otro perdemos la agilidad para darnos a estos días, pero nos basta un día, unas horas, para conocer que se trata una vez más del último verano, y garabateamos cuadernos con proyectos, corremos a llenar anaqueles con hojas que huelan a nuevo, miramos las listas de materias inconclusas. Como si fuera posible limpiar el año, inventar otra vez un principio diferente. Y no es más que un tiempo de destrucciones a un tiempo que de construcciones: terminé de leer el Quijote un verano, hice el amor por vez primera, viajé al extranjero, escribí mi mejor relato... y estos dos últimos veranos me haces sobrevivir en la posibilidad, mientras te esculpo desde una fortaleza que parece nada puede ofrecerte. Pero éste de ahora, este verano atroz y grisáceo, parece como si me hubiese vaciado de exigencias, como si me impidiera sacar la ilusión del ánimo sabiendo que uno ya está condenado desde el principio, porque acabo de descubrirlo y me he sentido horrorizado. Y no sé, mi querida Trébol, dónde colocar esta derrota ya asumida. Sólo quiero entrar a esta luz y garabatear estos cuadernos que sabes, trazar cuidadoso lo que al año siguiente he de transgredir. Y acaso ordenar papeles, poner orden a tanta cuenta pendiente ahora que el escudo de la ocupación se ha vuelto insuficiente. Poner bien separadas, en cajas opuestas, la realidad y la ficción, para que sólo se avizoren con desconfianza, una a la otra, también de soslayo. Que al salir, tanta luz ciegue un momento a la pupila dormida. Los dos sabemos que éste será nuestro último verano. Tú, porque sabes por qué fisura voy a escabullirme. Yo, porque sé quién dejó de repararla.

domingo, 11 de mayo de 2008

Pensamientos aledaños.


Para comenzar mi historia no diré, Me levanté una mañana y, o, Permanecí en la cama desatendiendo la llamada del despertador, quizá, Ya al amanecer percibí cómo se estremecían mis pensamientos, no, no porque en realidad, desde mucho tiempo atrás venía reflexionando sobre ello, y hubiese sido inconcebiblemente tonto, siempre y sin duda inconcebiblemente tonto, parecido a los demás, sobre mi fracaso de vivir, este oficio que rara vez se aprende, y sobre la renuncia a todo, o lo más cercano posible a todo, que deseaba llevar a cabo, a todo absolutamente quisiera, porque en instantes así es mi deseo, y hago esfuerzos por cumplirlo, más tarde hablaré de los esfuerzos y su inutilidad, si tengo tiempo, o me acuerdo, tampoco es que sea demasiado importante, y como creo comprender, ni lo más importante es importante porque lo más importante, aunque sea muy, acaba fracasando de todas todas, a veces por un es no es, da igual, el fracaso cumple en todas las ocasiones su objetivo, vence, el éxito es inexistente, sólo es espejismo, y así, renunciando a todo, absolutamente a todo, gradualmente, me ayudarán la memoria y el desaliento, aprehenderé algunos manojos de estabilidad, al fin y al cabo vivir siempre va a resultar desastroso, un cúmulo de errores, precipitados algunos, mantenidos otros, tanta ineficiencia, va a resultar desastroso y un fracaso sin más consideraciones, y buena prueba de ello es que moriremos todos, sin excepción, agonizaremos, de nada habrán valido los esfuerzos ni los engañosos objetivos logrados, con fortuna, con el adiestramiento a que somos sometidos desde nada más nacer, tan brutal, ejercicios que nos van destruyendo con tanta paciencia, y pericia, así que, para qué más esfuerzos, para qué más intentos baldíos, para qué dejarse humillar y abatir un día y otro, sin término, por asuntos improbables y vicisitudes que no nos comprometen, si vamos así degradándonos imperceptiblemente acaso, salvajemente, o bárbaramente si nos paramos a analizar con precisión cada uno de los elementos que nos han aturdido sin necesidad, incluso los elementos que nos han favorecido, delusorios todos, que no hemos querido ver o no nos hemos atrevido, sin necesidad pero decididamente, como empujados por no acertamos nunca a saber qué sistema complejo de adaptaciones que exige el mundo para cumplir con su implacable avance hacia el insalvable vacío, un abismo insondable, al que nos precipitaremos todas las veces, todas, sin esperanzas ya. Es desolador. La inmensa mayoría de los humanos ignoran o han de ignorar tales o cualquier clase de análisis, ninguna reflexión que destruya la esperanza, o se verían impelidos a matarse inmediatamente, a estrellarse contra todo ese muro insalvable, sólido hasta el desánimo. No lo hacen, se refugian en los placeres, ese autoengaño, y en decenas de miles de autoengaños, por no mencionar ya las invisibles cadenas que van sujetando y controlando el avance hacia toda clase de imposibilidades y sucumbiendo a ellas, con mayor o menor resistencia, siempre sucumbiendo, en todos los casos, por más fuertes que podamos mostrarnos, sucumbiendo todas las veces que se exijan, las veces necesarias, para no matarnos de repente, que sería lo razonable. A mí se me ha esclarecido todo, mediante... A mí se me ha esclarecido todo, mediante las reflexiones a las que me he ido abandonando, tanta decisión, o indecisión, las impurezas, y a los otros, los que han querido interpretar mi actitud y se empecinan en advertirme de lo contrario, que toda la obscuridad me ha anulado la razón, los mando al infierno. Comprendo esa ignorancia, o esa cobardía, o esa insistente necesidad de proclamarse sano, porque yo mismo he sido antes así, en mi ceguera, pero no me doblegaré ya a sus ruegos estúpidos, ni tampoco les permitiré acercarse a mí, sufrir sus voces rúnicas y sus gestos alterados, desmenuzando lo que ellos creen justo y razonable, cuando no es más que mugre revestida de sangrientas esperanzas. De hecho, hace meses que no hablo con nadie, ni presto oídos a sus insoportables sandeces. He acabado por despreciarlos y odiarlos y me veré obligado, lo he llevado a cabo alguna vez ya, a castigarlos con violencia, a correazos o golpes de puños. Son muy tozudos, se cansan desafiándome, creyendo que es su deber recuperarme para su mundo, qué infelices. Sólo pido ser yo en mi descubrimiento, libre y convencido de la inutilidad de todo, cualquier cosa que el hombre levante, construya con materiales que creen sólidos, o con estructuras morales o ideológicas, use para sobrevivir y empeñarse, acabará en ruina en el menor plazo, por más que ese plazo sea de siglos, el menor plazo para cada uno individualmente. No quiero contribuir a más mugre. Desatender el pulcro calendario, la mentira del ocio que hace que nos detengamos y permanezcamos inmóviles para que la carcoma del hastío nos muerda los labios, eso haré, porque sucumben los plazos que uno se impone a su suceder, los días caen sin ruido, rebotan livianos contra el suelo, te digo, y los plazos, que una vez apurados nos prolongan, nos otorgan el rédito suficiente para imponernos los siguientes, para proseguir el avance, hay que atajarlos en su espiral venenosa. Abandonar ese inflamado lugar de la ficción en que ellos medran. Ni la belleza como señuelo podría regresarme al mundo de ellos, y si me he dado a pensar, a veces a escribir lo que me doy a pensar, es por hacer más llevadero este descenso sin final, inevitable, ansiado por cuanto me sobreviene de un descubrimiento esencial y único, y que es un descenso hacia lo que desde siempre nos ha tenido ganados, por más esfuerzos y triquiñuelas que hagamos o hayamos hecho para evitarlo. Yo, desde ya hace, renuncio, he renunciado, proclamo, proclamé eso, y nada ni nadie conseguirá variarme un milímetro en mi propia astucia de ser vivo. Muestro mi desprecio a los constructores y a los creadores, y a toda esa masa informe y desgraciada que los sostiene, y a los que se añaden sin oponerse a sus inventos, desprecio a los médicos por pretender alargarles las existencias con fines mezquinos e intolerables, cuando debieran, si acaso debieran hacer algo, ocuparse de convencerlos de la esterilidad de todo, mientras les sobreviene el caótico fin. No puedo confiar, pues... Es como lava que se vomita, que desciende y avanza calcinándolo todo en ese imparable avance, sin respetar ni parar en razones ni deseos, ni atender a estímulos exteriores que de nada sirven. Luego, sabes Laura, suelo recoger esa lava, que es hermosa, ya es hermosa nada más ser escupida, aunque puro tumulto y desorden comprensible, la recojo, cuando su hermosura se torna diferente, aplacada ya, y muestra el relajado resultado de su devastación, y le confío mi calma rastrera, la modifico, la extiendo, la acorto, completo algunas angosturas, o ensancho algunos túneles.
No me hagas mucho caso, no se le puede hacer caso a quien está tan atormentado. Sólo se puede acariciarlo, quererlo un poquito, y dejarlo en su propia obsesión, libre, alimentado en su dolor. Tal vez tú sepas algo de eso, también.

domingo, 27 de abril de 2008

La locura.


Dijo que se le había pasado el arroz. Reconocía a ráfagas que se arrastraba penosamente por la existencia desde décadas atrás y que el perro que lo acompañó los últimos cuatro años se le escapó ayer, tras mirarlo con insistencia. Se le agotaban las posibilidades a cada minuto, decía, y se miraba la muñeca con el reloj de manecillas y esfera blanca enroscado entre los vellos. Observé, al rato, que no andaba. Gritó quiero niebla y obscuridad, mirándome con unos ojos desintegrados, circundados por una tintura lívida de aspecto pulposo. Dijo que cada noche acudía a esta misma plaza, cada noche, escrupulosamente, a esta misma plaza y a este mismo banco, porque a estas horas a las que yo salgo para poblar esta plaza siempre poblada de individuos y animales y objetos nunca hay nadie y nunca nadie podría estar ocupando este preciso banco que es el banco que prefiero para contemplar mejor la calle con sus edificios sin ser visto ni perturbado, supuestamente, y en noches de ajetreo, por personas, personas que, como yo, alguna vez, y de forma incomprensible se me han acercado, ignoro por qué motivo y con qué intenciones, cuando yo, siempre, los rehúyo, al menos, siempre, rechazo su conversación y mucho más su compañía, hasta hoy. Y volvió a decir la frase del arroz. El mundo es una broma pesada, o no es una broma pesada pero sí una broma, un circo, el circo es divertido y luego es triste, tiene su tragedia en medio de ese divertimento específico. No hay sistema que sirva para comprender al hombre, dijo, y dijo también, a mí se me ha cortado la mayonesa. Me quedé sin fuerzas nada más abandonar la infancia, nunca debí abandonar la infancia, pero sin duda me empujaron a ello con una brutalidad desmedida, qué le puedo decir al respecto, si usted, que tiene barba, seguramente ya lo sabe, y si lo ignora es que forma parte de todos esos imbéciles que, como sí sabemos todos, sostienen el sistema perfectamente organizado para destruirnos de forma implacable y aterradora. Mi problema es que no he sabido escapar a tiempo, siguió, y ahora he encontrado el medio, a través de la locura, una locura concienzuda que he adoptado como adopté al perro, y por la misma época, que ahora ya no me sirve tampoco, porque estar emparentados con los locos sirve durante un tiempo, más o menos largo, que luego se agota, y toma forma de pesadilla, uno deja de asearse, come mal, duerme poco o no duerme, no encuentra amparo ya en nada, y si salgo a estas horas es para disolverme en la niebla y en la obscuridad, para respirar sin apetencia. Se echó atrás sobre el respaldo del banco y cruzó las piernas con esfuerzo. Miró la luz de la farola, los insectos se agolpaban alrededor, y dijo, no puede uno liberarse de las mentiras porque no puede uno liberarse de sí mismo, como no puede uno liberarse de los amigos porque nunca tuvo amigos, pero sí gente que lo asediaban con preguntas estúpidas, con recomendaciones absurdas, con buenos deseos y todo eso lo hace a uno vomitar en cuanto tiene la menor ocasión. Hubo una pausa larga, un silencio cómodo, refrescante. Había venido aquí esta noche con la intención de matarme, dijo, y me enseñó un tarro que extrajo del bolsillo de la chaqueta. Matarse era como el gran vómito que tendría que limpiar la sociedad, imagínese, señor, usted sabe, la cantidad de elementos que se ponen en marcha cuando encuentran un cadáver, un mecanismo bien engrasado para lavar las conciencias, sanear el espacio, mostrar toda la asepsia posible, etcétera. Le ofrecí un cigarrillo entonces, y dijo, no, voy a regresar a mi habitación, voy a postergarme un día más, voy a esperar la vuelta del perro. Y mañana estaré aquí, señor, y entonces le aceptaré ese cigarrillo. Entonces se levantó con todo el esfuerzo, me miró a contraluz durante unos segundos y comenzó a caminar vacilante, mascullando cabizbajo.

domingo, 20 de abril de 2008

Sinergia del amor.



Otoño de 1930.


Fernando:

Para mostrarme su desprecio, o por lo menos, su indiferencia, no era preciso el disfraz transparente de un discurso tan bien perfilado, ni la serie de “razones” tan poco sinceras como convincentes, que me ha escrito. Bastaba con decírmelo. Así, con la carta que me remite, lo puedo entender igualmente, pero me hace sufrir más.
Si prefiere a la señora que lo ronda antes que a mí, -ésa de quien se siente tan atraído-, ¿cómo podría yo tomarlo a mal? Fernando, puede preferir a quien quiera: no tiene obligación -creo yo- de amarme, ni realmente necesidad (a no ser que quiera divertirse) de fingir que me ama.
Quien verdaderamente ama no escribe cartas que parecen requerimientos de abogado. El amor no estudia tanto las cosas, ni trata a los otros como reos que es preciso juzgar. ¿Por qué no es usted franco conmigo? ¿Qué empeño tiene en hacer sufrir a quien no le ha hecho mal alguno -ni a sí mismo ni a nadie- a quien tiene por peso y dolor bastante la propia vida solitaria y triste, y no necesita que se la vengan a enriquecer creándole esperanzas falsas, mostrando afectos fingidos, sin saber con qué interés (o divertimento) ni con qué provecho?
Reconozco que todo esto es cómico, y la parte más cómica de todo esto soy yo. Yo misma lo encontraría gracioso si no le amase tanto, y si tuviese tiempo para pensar en otra cosa que no fuese el sufrimiento que tiene el placer de causarme sin que yo, a no ser por amarle, lo haya merecido, y creo que amarlo no es razón suficiente para merecer este castigo. En fin..., Aquí queda mi documento escrito: Reconozca mi firma y rúbrica:

Ofelia.


.......................................................................... . *** . ................................................................................


Noviembre, 1979.


Querida Ofelia:

No imaginas hasta qué punto la memoria es capaz de sorprenderme cada día con exquisitos y renovados obsequios. Frutas breves que, presuroso, paladeo con el propósito de que nada se escape a esos instantes de regocijo y éxtasis pasajero. Hoy fue el aroma de tu pelo, que me entró al tiempo de la mañana, en un deleite de vainilla y caramelo. Y te recuerdo, sí, con tu sonrisa abierta y tu cabello revuelto, en esa magia absoluta que ponías en cada gesto, y esos pequeños secretos que guardaban los perfumes de tu cuerpo. Bello tiempo aquel que precedió al de las llagas que te causaron mi ignorancia y atrevimiento. Sí, ya sé que aquel asunto no te gusta tanto que te lo nombre... pero es que a menudo me pregunto con qué capacidad o, incluso, con qué arrogancia, me perdonaste aquello... La enfermedad de Pilar va despacito, ya sabes que a estas edades nuestras, cuanto mayor es el mal muchísimo más lento. Agradezco tus consejos y esos detalles que siempre tienes con mi esposa y este mal plantado viejo, que celebra siempre tus noticias con sumo gusto y recreo.

Fernando.

domingo, 13 de abril de 2008

Ruptura.


Termina por aburrir el onanismo.
Termina por desquiciar lo glabro del silencio.
También es peligrosa la cercanía de unos con otros.
Te he despedido y me alejo.
Tal vez hacia las escombreras de la ciudad.
Tal vez te guardas una canastilla de razones.
También que te vas anegada de dolor.
Te has llevado todos los tequieros.
Trato de escarbar el rastro de tus pasos.
Tiembla el suelo bajo mis pies.


***


Precipitada contemplación de la agonía, me digo
y a la lágrima, vámonos ya de este sueño,
pero juntos y sin plazo.
No me atiende y desciendo
para alzar más tarde la vista, y clamo:
contémplame solo y desterrado,
otórgame de la palabra el mecanismo.
Se diluye el espacio impreciso,
lo que otros urdieron queda memorizado
y los voceros permanecen al acecho.

martes, 8 de abril de 2008

El dolor.


Todos conocemos el dolor, el dolor propio alcanza las más altas cotas, el dolor del otro nunca es como nuestro dolor. Así que todo dolor es imperfecto, toda subjetividad es imperfecta y cada cual se otorga el retorno cansado, después de haber hollado la roca del dolor, como la mayor de las proezas. Hay quien se consuela contemplando el dolor de los demás: es cuando ese dolor ya no tiene retorno, cuando va a residir ininterrumpido, permanente, incisivo hasta el final. Se lucha contra la naturaleza de ese dolor de maneras inverosímiles. Leyendo a Alexis Zarythinos, en "El postrado", descubro una. Dice esta gota brillante de poesía:


Un poco, un poco más alto

colocadme, para ver en alta mar

los que se ahogan.


Vemos nítida la imagen: un hombre trozado de enfermedad, hecho migajas su cuerpo en una cama de hospital con ventanas al mar. Nadie lo visita. Ruega al movimiento infatigable de las enfermeras un ángulo para su vista, el ángulo preciso para que su sufrimiento salga fuera acompañado, o engrandecido, o silenciado frente a los que en el horizonte marino mueren. A modo de adehala pide la comprobación de que hay otros que más que él sufren, tanto dolor hasta su muerte. Su vida, aunque postrada, en un hilo aún avanza: es éste su contento.

Pero el dolor no es una unidad de medida. Resulta mezquino tomar la escrupulosa romana y depositar en un platillo una porción de dolor y en el otro otra. No se puede, ni se debe, ni se quiere escandir con los dedos el sufrimiento ajeno, tan sólo el propio, el que sentimos ha buceado con su acero por dentro de nuestra propia carne, que es el peor, el más indigno, el inmerecido. Y cómo respetar todo el dolor que no sentimos sino en ecos o despojos, cómo hacer para acercarlo, mitigarlo, acompañarlo y que eso sea verdad... Creemos a veces, y de forma estúpida, que cualquier tormento desconsolado es algo que engrandece, y que hay que despreciar todo el secreto de la felicidad. Y no, es una creencia falsa. Hay que acoger el dolor como si de un perro manso se tratara, acunarlo en sus segundos tibios.

Hay un dolor igual a esas ruidosas tormentas de verano: cuando termina, queda la tierra ebria y tranquila, y el sol no tarda en aparecer con sus alfanjes dorados. Este dolor se parece a la rabia. Luego están los otros dolores, secos desde siempre de lágrimas, o no, pero con cristales cortantes dentro, tan filudos que, si se hace un movimiento brusco, indebido, muerden la carne.

Y no hay tránsito, ni huida. Siempre pertenecemos al dolor.


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miércoles, 2 de abril de 2008

Ángel el Listo, pordiosero.



Golpes, golpes, sonidos de golpes, contundentes, cercanos, lejanos, sucesivamente, incansables ¿cómo representarlos? Latían en su cabeza, atronaban, paraban con una sospechosa quietud, como recogiéndose para precipitarse de nuevo con total brutalidad sobre los temporales, uno nuevo, el golpe, peor, terrible, desolador, atávico. Glu, glu, estoy entrenado para los golpes, hecho un hacha ya, de los golpes, ciertos, inciertos, sobre mí, ininterrumpidamente, estos años, entre la maraña de palabras estériles que pretenden anunciarlos, y luego aliviarlos. Pero no, algunos echan raíces, permanecen, crecen, extendiéndose por todo mi ser, bifurcando ávidos y perniciosos en sus interminables ramificaciones, atroces, convencidos de su poder, si pudieran, si quisieran, lo que harían, lo que destruirían, lo irremediable de su dolor, sus mezclas diversas, furentes, sobre mí, cuerpo sin alma, destronado e incapaz de soportar ofertas de salud que lo renueven, porque el espíritu está podrido por la corrupción y los venenos. Golpes y gritos desgarradores, y a lo lejos, murmullos inarticulados que hieren como amenazas si no cumples. Hoy siento frío, y es por lo largo de los días, porque tendré que inventar, sé que tendré que improvisar, para sostenerme, gemiré, reiré, cacarearé, me postraré, suplicaré, conservaré aquellos inservibles elementos que sostienen a los demás engañados pero sanos, en el seno de la sociedad, danzando sobre el –no hay ni que decirlo- peligroso filo de la cuchilla. Golpes, suenan acezantes ¿cómo representarlos? Sobre mi cabeza aplastada, vencida, voy a moverme, no puedo, todo gira, a gran velocidad, a poca velocidad, a una velocidad uniformemente acelerada, voy a estallar, a desintegrarme en medio de uno de estos golpes infernales, a esparcirme en porciones dispares, y nadie me sobrevivirá luego, porque nadie debe, ni habrá que dar explicaciones engorrosas a los viandantes, porque estarán muertos y no las pedirán, porque nadie puede, estarán muertos y no las pedirán, no las pedirán, no las pedirán, ni murmurarán. Ahora murmuran porque están vivos y contemplan el espectáculo deplorable de hombre destruido por la venganza comunitaria, yo. Objeto, golpes penetrantes para los que estoy capacitado, más que nadie, por un entrenamiento largo de años, sin tregua, un monstruo para encajarlos, yo, hasta la extenuación. No hay estremecimiento al que no pueda o deba sobreponerme, porque mi esclavitud es inmaterial y me permite sofocar los golpes, glu, glu, para lo que, como digo, y digo, fui entrenado durante años, decenas de años, hasta convertirme en un portento digno del mayor asombro. Golpes en los sueños, los sueños que nos aseguran toda la impunidad, como, por ejemplo, tentar un hermoso seno de una hermosa señora, mientras ella sonríe complacida ante la aquiescencia de su señor marido, burgués arruinado, sin recibir el castigo propio, físico o moral, o de la misma conciencia; o, como, por ejemplo, hervir unas singulares ideas y servirlas ante una corte de puritanos. Salvaje crece la flor de mi cólera, en mis sueños, sueños que me aseguran toda la impunidad. Golpes que ni restan ni dividen, ante mi desesperación, Ángel, qué listo, y cómo se arrastra por las aceras, aunque pontificando, trazando inauditos planes sobre devoluciones de astrosos libros hallados en la sepsia repugnante de los contenedores a quién sabe qué dueño, golpes, y con qué extrañísimo motivo pretender acercarse de esa forma estúpida a la vida de alguien, seguramente sano en su putridez, y que sin duda le echará los perros sañudos que duermen plácidamente sobre la alfombra frente a la chimenea de noviembre, sin ganas de trabajar. La epidemia de las ideas, listo eres, cabrón, que usas la abundancia etílica para alumbrar las más peregrinas, audaces y absurdas. Otro golpe más, sobre las paredes del cráneo, que te ha derribado sobre el erial, y ya hace horas que el sol flota sobre la curva azul y estás desamparado, a pique de un abismo de fin de todo, y eres lo que antesdeayer antes de los billetes, antes del aseo, antes del desayuno, antes del antes que nunca existió, porque ya tu memoria lo fue borrando con la tenacidad y eficacia de la que se ha alimentado estos años de fracaso, de devastación, de anulación, Ángel, listo. Listillo. Toma golpes, más golpes, los golpes son la sal del desposeído, y los necesita para sobrevivir, para sentirlos sobre su cuerpo enteco, coleccionista de moratones, los más variados, en su policromía, en su tamaño y en su disposición. Otro golpe, ¿cómo representarlo? otro golpe. No sobreviene la calma, porque la calma te mata, es un horror la calma, insoportable es la calma. La calma es la muerte en ti. No tienes crédito en la calma ya. Murmullos, voces.
-Éste es Ángel, el Listo –escucha.
-Sí, lo es –alguien confirma. ¿Seré yo? -Está destruido de tanto beber anoche.
-Parece enfermo, tiene un aspecto espantoso, tío.
-Vamos a recogerlo y acercarlo a un hospital, o al albergue.
No, no, no, gritas mudamente, pordiós, estoy bien, sinceramente, estoy bien, dejadme, dejadme, dejadme aquí, con mis golpes, con mi plan, con mis desdichas. Pero no tienes fuerza para enfrentarte a ellos, que te recogen, te aúpan y te trasladan sin apenas esfuerzo, para procurarte el alivio samaritano que te devolverá a tu otra noche, la más áspera. Y te llevan acompañado de tus golpes, en volandas, hacia dónde, dices, hacia qué, preguntas, hacia qué nueva tormenta…


** ** ** **

Estoy despierto y huele a medicinas, y un susurreo pacificador me rodea. Siento mis ojos depositados sobre un horizonte de vaga esperanza, y siento otros ojos clavados en mí que me advierten que no queda rastro ya de esperanza en mi ser, y me lo claman en cada pestañeo. Maldigo la hora de mi nacimiento, la hora de mi crecimiento y la hora de mi vida, cualquiera que ésta sea. Amén.
-Vamos, señor, tómese esta sopa.
-No me apetece.
-Tiene que comer, para reponerse. Ha sufrido un desmayo.
-Me gusta desmayarme. Soy aficionado a ello.
-Déjese de tonterías, que si no, me despiden a mí.
-Es usted muy guapa. No la despedirán.
-Lo harán si no se toma la sopa.
-Ya verá cómo no.
-No sea terco. ¿Quiere que le dé un beso?
-Nadie me ha besado desde 1980.
Y la señora sonrió. Y el Listo se acercó a la bandeja y tomó una cucharada de sopa, tibia ya.

lunes, 31 de marzo de 2008

Otra vez se va marzo.


Guardo de ayer verde en los ojos,

de hoy un cielo de azul mullido.

De ahora las mariposas descolgándose como hiedra

y el olor a geranio por entre los libros.

Te paseé las manos por el pensamiento,

acaso te cansaras.

Cuando la primavera quiere nacer, oblación callada,

se mece el calendario de la vida tras sus altas verjas.

Una urdimbre, un abrazo de sutilezas:

cada espacio de sombra un olor diferente.

Cada hora de luz un contorno distinto en los brillos,

los colores de tan puros jugosos que llegan a rezumar en la pupila.

Y a ratos ráfagas de lenguas que levantan,

barren, esparcen esferas de olor y humedades.

Es el sonido eterno del agua.

Salvado por el cerco blanco de unos muros

relampaguea el verde en las cancelas.

Detrás, parpadean las hojas con un ritmo de secular calma,

las cortezas hendidas por la caricia de una tarde de tormenta.

A poco está el mar

y se adivinan pájaros

por entre las ramas de los olmos, los cipreses, los almeces.

Hay insectos junto a las flores.

De ese aire necesito llenar mis estancias,

de esa media luz filtrada por las hojas

y de tu presencia caprichosa, amenazante adelfa

escuchando a qué suenan las alas de mariposas.

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viernes, 28 de marzo de 2008

El Renco.


El cojo volvía a casa en taxi, la pierna vestida de atalajes metálicos, cuando, nada más apearse, le asaltó una visión arrolladora, hasta el punto de que todo se borró en derredor de ella: sus ojos ávidos atendieron únicamente esa estampa deslumbrante que caminaba hacia él con un andar armoniosamente desasido. El corazón desbocado, relinchando en los prados mismos de la garganta; el tino desatinado; la pierna ajustándose con atávica inverecundia a los más certeros parámetros de la cruda realidad: la cojera inocultable. Era Ella, su ser, preciosísima, derramando un suave perfume de hierbas y azuzón de romero, y con un halo de golondrinas escoltando la belleza de los cirros que formaban los cabellos sobre su cara, la que se iba acercando a donde él estaba, diríamos que petrificado en su obnubilación oblonga. La miró -es que la tenía que mirar- a los ojos, como miraría un esclavo a su dueña. Pero también como ofreciéndole los confines inconquistados del reverso del mundo y todas sus riquezas inimaginadas, que él extraería del subsuelo más obscuro, de las cumbres de las montañas más altas, de los lechos de los ríos más bravos, y de las profundidades más abisales del mar. Ella, Soledad, su ser, percibió el calor ofrecido, oferente, que manaba centelleante de las pupilas de Renco, se sintió tocada por ese rayito, y le sonrió de forma imperceptible. Ese leve sentimiento pungido de sus labios tuvo el efecto de un ancla cuando, de golpe, se deja caer al fondo para sujetar la nave en el cuerpo todo y en toda el alma del cojo. Ella, esa mujer, que no es lo que todos piensan, o malpiensan, sino que es Ella, omniabarcante en su ser, la que trajina en sus días y se expone en la ventana para dársele en los días más tristes de sus días, que son todos, le había mostrado su mirada y sus labios rojos y afilados mientras él, presa de la confusión, seguramente escorzado y ridículo, trataba de rendirse a sus pies, vestidos con la desnuda prenda que la separaba del suelo mortal. Y bajó la mirada a ese suelo recorriéndole las piernas de lamible perfil al tiempo que el culo de Ella, su ser, le sobrepasaba hasta perderse tragado por el portal que la conduciría a su apartamento.

jueves, 27 de marzo de 2008

La otra versión sobre la puta.


Cuando el cojo subió a su casa, arrojó el bastón con que fingía su falsa cojera, se descamisó de los románticos sentimientos que, a veces, son tan necesarios en el juego de la simulación y la seducción, y recordó. Él bajó del taxi y la vio acercarse. Apreció las curvas de su jugoso culo y le buscó los ojos con la mirada, en espera de algún mínimo gesto, una sonrisa oferente, una miaja de coquetería. Ella, sin embargo, sorbeteaba un helado y pasó por su lado sin apenas darle una mirada. Él se encogió de hombros y como era tarde y hacía frío y el apetito extemporáneo arreciaba, dejó para otra ocasión su plan de seducirla y se fue a casa, en la que bastantes trajines y preocupaciones tenía como para dedicarle a aquella desconocida un primer y muchísimo menos, un segundo pensamiento. Y se sentó a contemplar este cuadro de Klimt en una revista.

La misma puta en tercera persona.


Ella cruzaba la calle cuando lo vio salir del taxi. Sorbeteaba un helado pero, a tiempo, salió de su distracción para fijarse en aquel hombre que le miraba el cuerpo con golosina. Alzó los ojos hacia él y le fingió esa vieja sonrisa que, es fácil hacer, consiste en parpadear y arrojar chispitas por las pupilas. Se fijó, sin embargo, en su feo aspecto y decidió que aquel hombre no merecía tan largo esfuerzo, tan denodado juego de seducciones, simulaciones y trampantojos, y regresó a su helado mientras se adentraba en el portal.

La puta.


Esperé apoyada contra un muro para hacerme la encontradiza. Lo vi bajar de un taxi. En la distancia, el sol de la tarde me tupía los ojos y observé su silueta, tal como la que percibía en la ventana. Me acerqué hasta él y alcé los ojos para buscar los suyos, por ese viejo prejuicio de que las personas somos máscaras excepto en nuestras miradas. No eran grandes, sus ojos; no eran fieros ni espectaculares. Pero estaban tomados por la ternura, y la ternura, en mi soledad y mis sombras, suele ser un matiz que me sobrecoge, como sobrecoge más una ermita que una catedral de ésas imperiosas. Por esa ternura emanada de sus ojos, le sonreí con los míos y sentí el impulso de darle un abrazo muy fuerte o, mejor aún, de pedirle que me abrazara. Pero no pude hacerlo, porque le sentí de pronto incómodo e inquieto y, por el viejo prejuicio de las soledades y de las sombras y de las heridas que quizá dejó otro hombre, pensé “Ah, vaya. Para él sólo soy la puta.” O peor aún “Ah, vaya. Otro que tampoco querrá quererme”. De modo que me giré y, presurosa, me adentré en el portal, con las puertas decoradas con plantas y espavaranes. Me senté en el sillón, encendí un cigarro y lloré de tristeza.

martes, 25 de marzo de 2008

Allá lejos.

En dos días santos y uno de gloria, huido del bullicio cerril de las procesiones, me he leído un libro de un autor francés del siglo XIX, Joris-Karl Huysmans. A quien me lo recomendó le hago siempre y todas las ocasiones caso. Nunca ha fallado hasta ahora. Es astuta. La novela lleva el título de "Allá lejos". Es buena, es ilustrativa, tiene poco desperdicio. Quiero extraer unos párrafos aquí.
"Y en fin, ¿no era el dinero el más descorazonador de los enigmas?
Porque, al fin y al cabo, con él uno se hallaba ante una ley primordial, una atroz ley orgánica, promulgada y aplicada desde que el mundo es mundo.
Sus reglas son constantes y precisas. El dinero se atrae a sí mismo, intenta aglomerarse en el mismo sitio, prefiere a los criminales y a los mediocres; y cuando, por una excepción inescrutable, se amontona en un rico cuya alma no es ni asesina ni abyecta, es estéril, incapaz de resolverse en un bien inteligente, no puede, incluso entre manos caritativas, alcanzar un objetivo elevado. Se diría que se venga así de su falso empleo, que se paraliza voluntariamente cuando no pertenece al último timador o al grosero más repugnante.
Es más llamativo cuando, extraordinariamente, va a perderse a casa de un pobre; entonces, si es limpio, lo ensucia inmediatamente; convierte en lúbrico al indigente más casto, actúa a la vez en el cuerpo y en el alma, a continuación sugiere a su poseedor un egoísmo bajo, un orgullo innoble, le insinúa que gaste el dinero en sí mismo, convierte al más humilde en un lacayo insolente, al más generoso en un avaro. Cambia en un segundo todas las costumbres, trastoca todas las ideas, metamorfosea las pasiones más tozudas en un abrir y cerrar de ojos.
Es el mejor alimento de los pecados importantes, y, en cierto modo, también es su contable vigilante. Si permite olvidarse, dar limosna, ayudar a un pobre, en seguida suscita en el pobre el odio de la buena acción; sustituye la avaricia por la ingratitud, restablece el equilibrio, la cuenta cuadra, no se comete un solo pecado menos.
Pero cuando es auténticamente monstruoso es cuando, ocultando el brillo de su nombre tras el velo negro de una palabra, se da el título de capital. Entonces la estrategia ya no se limita a incitar individualmente, a aconsejar robos y muertes, sino que se extiende a toda la humanidad. Con una sola palabra, el capital decide monopolios, edifica bancos, acapara materias, dispone de la vida, puede, si quiere, dejar morir de hambre a millones de seres.
Mientras tanto, se alimenta, se engorda, se procrea solo en una caja; y los dos mundos lo adoran de rodillas, mueren de deseo ante él como ante un dios."
Ya no volveré a tentar los juegos de azar.

martes, 18 de marzo de 2008

Variaciones para Laura.


Historia. Día de fiesta, el ocio es asaltado sin consideracíón alguna, y yo asomo los pies por la ventana, desnudos esperando a que los cálidos y cobrizos primeros rayos del sol los iluminen. Naturalmente no veo nada más que el cielo, no se me puede negar ese mérito, si es un mérito eso, sin quedar paralizado u horrorizado de inmediato. El cielo parece transparente y se funde con el mar que también parece transparente, tal vez sean la misma cosa, quién puede decirlo. No creas que esta postura me incomoda, pues tengo la suerte infinita de poseer unas ventanas de perfil bajo y muy adecuadas, por tanto, para sacar los pies a través de ellas sin que ello suponga un esfuerzo insoportable. La sangre acude a mi cabeza y se puede leer a Ovidio sin fatigarse tanto como cuando lees a Ovidio en cualquier otra postura, y sin ofender a nadie. Los feligreses acuden a su ritos religiosos, a sus actividades deportivas, a sus comentarios sociales, el periódico, el tiempo, el aseo del perro, pero mis pies ignoran todo eso y son afortunados por ese motivo, y se rascan convencidos de que todo lo que acontece es al fin pura inutilidad, o fingimientos innecesarios, maleza sin desbrozar y un sinfín de etcéteras apretujados y desalentados que pretenden alcanzar el grado de felicidad mínimo para no arrojarse a los precipicios sin dudarlo. No hay lamento si uno procura no perder el punto y establecer que todo lenguaje es un error precisamente del lenguaje, que es un acto primero y unívoco para programar el desafío. En ese momento puede sobrevenirme el hambre, no puede sustraerse uno a la llamada del hambre, puede estar uno planeando su suicidio con un convencimiento absoluto y sin embargo atender la llamada del hambre y entonces hacer un paréntesis y disponer de él para comerse un bocadillo de queso con pepinillos, no sin ira, he de reconocerlo, la ira frecuenta con intervalos cada vez más pequeños mi afición por la ira, como una atracción fatal y uniforme que, reflexiono yo, ya irá pasando de mi moda con el tiempo. No podemos descuidar ciertas cosas por muy afligidos que estemos, aun estando vencidos, una pulsión de algo nos impide completarnos, sospecho que de eso habló Jung, no puedo estar seguro, tampoco importa demasiado en este caso, ni en ninguno. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí, por la ambigüedad... Es fabulosa esa tarea ambigua y celeste que nos hace reflotar y creernos que la maravilla nos va a asistir de un momento a otro y que todos nuestros reclamos, sin recelos, serán atendidos. Por ejemplo, veo mis pies desnudos cuando alzo la vista del libro de Ovidio y quiero creer que tengo tus pies del otro lado de la ventana pegados a los míos, en sentido antípoda, y noto esa tibieza agradable que va gestando un irreprimible deseo sexual, pero tú estarías flotando en el aire en ese caso, como materia etérea, evanescente podría ser, imposible de asir, lejos lejísimos. Te he encontrado, te he encontrado, gritaría, y el asunto no iría más allá de otro error del lenguaje que confirmaría que todo es error una vez más, y necesariamente. Tal vez ya va siendo hora de parar, encuentro dificultades para convencerte, me va pareciendo. De natural, la opresión de los días festivos tiene la singularidad de dejar un rastro grisáceo en las mentes empeñadas en llegar a algo. He de darme lástima ahora.

sábado, 15 de marzo de 2008

El fracaso del noumeno.


Me acaba de llamar una amiga y me comunica que no le quedan bragas limpias que ponerse, que qué puede hacer para solucionar el problema, que tiene que salir esta noche de pindongueo y que tiene apuros para salir sin esa prenda íntima a la calle, que qué iban a pensar si... Yo me quedo oyéndola estupefacto, preguntándome cuál es el motivo que la ha llevado a esa desgracia, si ha sido un descuido, si se le ha estropeado la lavadora, si se ha quedado sin agua corriente, si es que no tiene más que media docena de ellas en su cajón, etcétera, todo eso sin abrir la boca. De pronto se calla, y pienso que, a lo mejor, se ha cortado la señal del móvil, y yo puedo regresar a mi lectura de Magris olvidándome de inmediato de la interfecta, ella. Pero no, desafortunamente vuelve a implorarme. Entonces le digo que si ha pensado en el noumeno, y ella dice que sí, que es lo que más le importa, llevarlo ahí al fresco toda la noche, que hace una brisa gélida inconveniente, que está marceando más de lo debido. Y se calla de nuevo, como queriendo reunir fuerzas en ese silencio. Yo le advierto que no ha de confundir el noumeno con lo que ella lo confunde, y que se calme. Que, a unas malas, le puede pedir prestadas unas braguitas a la vecina de enfrente, o lavarse unas a mano lo antes posible, que si no tiene agua del grifo que use agua mineral, que, oye, todos mis descubrimientos pertenecen al campo de lo frágil y que esta situación me supera, que existen en el mundo adversidades mucho más crueles y que llevan años sin solución, y que ella debería arreglárselas sola en vez de llamarme, jodidos móviles, para transmitirme una preocupación tan beocia. Pero mi amiga insiste, y no sé cómo deshacerme de ella. Pienso en el siglo diecinueve, cuando la ropa interior era un reino de hadas, y me esfuerzo por no exponerle mi malestar, le digo que me siento avergonzado, le deseo suerte y corto. Se me han desvanecido las ganas de seguir leyendo, y me pongo a escribir esto en el blog, ante mi propio asombro, pese a la estultez tan evidente. Desde que empecé no ha dejado de sonar el teléfono. Es ella. Yo la imagino sin bragas, paseándose por el salón. Voy a enviarle un mensaje recomendándole que use cualquier braga sucia.

miércoles, 12 de marzo de 2008

La narración que nadie escucha.


Hay un montón de gente a mi alrededor, un número indeterminado de personas que hablan entre sí y otras que van y vienen. Una reunión cualquiera en la que yo también hablo, tratando de narrarme para los demás, de algunas cosas que considero importantes en ese momento. Todo es un enredo. Hace rato que descubrí que nadie escucha, que todos hacen lo que hago yo, narrarse, y que la narración no le llega al otro, porque este otro acude rápidamente a su propia narración. Todas las narraciones, por tanto, sucumben de inmediato. Se precipitan a un vacío del que ya nadie podrá rescatarlas. Trato de enmudecer antes de que esto se convierta en el despropósito que ya resulta. Antes les hablo de las fuerzas de las olas, del potente vendaval, de las riadas imparables y destructoras. Consigno que todo es aniquilamiento. Y entonces callo, sin que nadie se atormente por eso, y decido convertirme en una de las personas que van y vienen. No hago otra cosa que narrarme visualmente. Tampoco nadie me contempla.

lunes, 10 de marzo de 2008

Diez minutos.


Justo al entrar en la cafetería oí que alguien dijo, Todos vamos a perecer. No dijo, Todos vamos a morir. Proclamó con una voz fuerte que todos pereceríamos. Miré a la persona mientras agarraba la puerta de entrada, dudando ya si entrar o no en ese momento, dudando si abordar al profeta para solicitarle las razones de su aseveración o pasar de él, como parecía lo más lógico. Busqué sus ojos y luego a su acompañante, una mujer de aspecto agradable, joven, como él, y de tez blanca. Me decidí a entrar, cansado, dispuesto a abandonarme a ese pensamiento fatal tomándome un café y fumando un cigarrillo. Y entré. No hay nadie. Tomo conciencia de mi ruina espiritual. Miro hacia afuera buscando descubrir cómo era la cara de la mujer en el instante en que se perdía tras la esquina. Quise salir corriendo tras ellos, seguirlos discretamente, escuchar sus palabras, tal vez hacerme el encontradizo y abordarlos con cualquier nimiedad, invitarlos a un bar, darles mi correo electrónico, la dirección de mi blog, soy un hijo de perra. Le preguntaría, ¿La consecuencia de perecer? En vez de eso, me puse a contar baldosas, insistiendo en mi inabordable soledad, tratando de fortalecer, una vez más, el sentimiento de aversión que albergo desde hace decenios hacia mis congéneres, por mucho que griten en plena calle frases semejantes. Que esa vaga esperanza de hallarme en cualquier otro feneció en los tiempos en que comencé a ser consciente de mi brutal fracaso como persona. Que mi imaginación es amarga y viene hostigada por una carga de abandono que la hace retorcer los caminos. Que no es conveniente festejar las coincidencias hasta que no estemos a punto de eso, de fenecer. Porque, adivinaré, yo ya he fenecido, el camarero que se acerca displicente y mal afeitado a mi mesa lo sabe, lo ha advertido enseguida, y a pesar de todo se yergue delante de mí y pregunta Qué va a tomar, y yo que Un café con leche tibia, y lo sabe y no lo disimula, inflado por el prestigio de sus hazañas sexuales -cuando yo ni siquiera me masturbo ya por puro aburrimiento y desolación-, sabiendo que he fenecido hace años pero, a pesar de todo, no estoy muerto. Qué más quisiera yo esa generosidad de la Naturaleza, estar despojado de la vida, agrupado a otros cadáveres en los cementerios. Por primera vez desde mi infancia eficazmente de acuerdo con ellos. Un deseo ciego y obscuro me corroe. Ese deseo obstaculiza mi éxito social, y el éxito en todos los aspectos de la vida. Soy incapaz de doblegarme a ese sentido práctico y, a un tiempo, forzosamente hediondo que destila la Humanidad en su conjunto. Desprecio ese cariño baboso que compra bondades y que llega a encubrir a violadores de niñas. Desprecio a los camareros y a los notificadores de los ayuntamientos, a los médicos y a los que dedican su vida al deporte, a los funcionarios y a los religiosos, a profesores y alumnos, y así. Despreciar es una terapia que practico con frecuencia, sobre todo en los malos momentos, como ahora, y es una terapia que funciona y que no daña a nadie, bien mirado. Viene el camarero, que tiene las uñas algo sucias, y deposita la taza de café en la mesa y pregunta, Algo más, sabiendo ya que yo lo desprecio infinitamente, con una sonrisilla que tiene pegada una mota de saliva seca en el labio inferior. No, gracias, le digo para que comprenda que no es nada personal, que mi desprecio no deteriora, por muy repulsiva que me resulte su presencia, como así es. Se va. Ya está pensando, al darse la vuelta, en los manoseos que dedicará esta noche a su novieta. Concluyo que todo surrealismo no es sino pura retórica. Y que no deseo tener remedio. Siento ganas de llorar.

miércoles, 5 de marzo de 2008

El devenir anclado.


El balcón, los cristales.
Unos libros, la mesa.
¿Nada más esto? Sí,
Maravillas concretas.
Jorge Guillén.

EL DEVENIR ANCLADO

00:00 horas, en este cuarto, cuya bombilla, la que pende miserable del apulgarado techo, se niega a la orden del interruptor, así que le digo, es igual, la luz me asfixia, nos apañamos con la que se asoma, débil y amarilla, desde la calle, atravesando el sucio cristal de la ventana, los polutos y tristes visillos, hasta la cama, en un instante apropiado de su horizontalidad, tumbado, y esta mujer –ignoro quién es y de qué clase: parece una vulgar puta- que muestra sus muslos blancos y elásticos, que besa mis labios con fulgente habilidad, que los deja precipitadamente con una sonrisa de sardinas en lata, tras mi verbal y alopécico rechazo, una pesadilla de silencio, le digo, tengo sueño de morirme, y el taxista, con sus dientes de cebolla, con su mirada sin brillo, con sus manos artrósicas, apuró los últimos billetes que se humedecían en mi cartera, hiedo, además, al menos, casi le ruego, llevo tres días sin ducharme, la miro vencido, me mira, la mujer levanta una ceja bien depilada, entre interrogante y acusadora, se sube las bragas, se ajusta la corta falda y sale, anulada.
Antes del cuarto de bombilla estéril, de luz muda, y del taxi, hubo un bar, un bar menguado de clientes, y éstos tiritados por la excesiva crueldad de la vivencia, culpables tal vez, no sabemos de qué, posaban hundidos, solitarios y desparramados de forma desigual, vacíos, algunos, sí, algunos culebreaban hasta la salida para hendirse en la obscuridad siniestra de la calle, y yo fui uno de ellos, y de mi brazo, desnudo, colgaba una mujer, esa mujer, a la que había estado desgranando con lentitud exasperante y etílica el último año de mi vida, aciago, descubriéndole la intención de procurarme una muerte asquerosa, eso sí, sin prisas ni jadeos.
Deambulaba hacía dos horas cuando la encontré, me encontró, por los arrabales agostados de la ciudad, enraizada en el pecho una sensación de inciertas oquedades, todo el devenir impreciso, incoherente, que va desatando de forma constante el hecho real, desbocado, desafiando a cada paso una inextricable adversidad, mostrando sus obscuras fauces predadoras, yo buscando unos oídos serenos en donde depositar el cansancio y la mirada, una parte, apagándose, las primeras luces artificiales sobrevenidas, adornadas de insectos, una plaza sin algarabía, un banco desierto que ofreció su paz a mi desasosiego, el recurso fugaz del cigarrillo y la aparición de esa mujer de labios rojos y afilados pidiéndome un fuego prometeico, prestándome sus oídos, recogiéndome la mirada en sus cuencos de diseño, unos momentos, antes de invitarla a cenar, en una linde de la plaza, en un kiosco apurado ella pidió una cerveza y le enderezaron un bocadillo de sardinas enlatadas, sonriente, yo pedí dos cervezas con pausa, la miraba, mientras engullía, le contaba mis asperezas y desencuentros, que había matado la tarde bebiendo brandy en un tugurio infesto, sentado en una mesa junto a la ventana letreada, cafébarlapiedra, desde donde contemplé, abstraído, sin pena, cómo me robaban el coche dos jóvenes, es posible que delincuentes o aprendices, sometido por la circunstancia, sin pasión, pedí otra copa al enjuto camarero y creo recordar que esbocé una sonrisa.
Un vistazo al urinario, para qué describir, sí, una meada larga, espesa, de azufre, hedienta, y un amago de vómito, qué recuerdos.
Y acudí a la cita con el brandy tras almorzar con una mujer, la mujer a la que seguramente amo, aunque eso es algo que el mismo y constante devenir pudiera hurtarme de las mismísimas garras de lo puramente real, quizá, pues, en adelante, no la amo, pero yo suelo caminar hacia atrás, para permanecer, así que diré que la amo, que la amé: pero me escupió mi actitud desatesorada de la vida, desincrustadora de fulgores, y no me gustó que lo hiciera, ¿ves?, es posible que no, que no la ame, igual ni sé qué es amar, un fenómeno que precisa atención, afirman algunos que es una necesidad enfermiza que nos cura con pespuntes y nos somete , otros que si una debilidad que lo único que garantiza es el desengaño que nos acecha certero o la abulia, presta, digo, yo, si la amo deseo bebérmela cuando con ella estoy, sí, me la bebería, pero, al parecer, no es líquida, dime, dime si no es eso un signo de amor, tú que me oyes mientras masticas esas malolientes sardinas, las valederas piernas cruzadas, la paciencia sujeta por el hambre.
Me preguntó que por qué, que por qué la había llamado por teléfono a la oficina, lamibles sus pantorrillas bajo la mesa, para invitarla a comer, si ya estaba medio borracho, o todo, de no sabía qué, dentro de aquella cabina en donde sudaba como un pollo mojado o como un obrero en un andamio antes de los postres, a los postres, que no comí, le contesté sediento que porque deseaba bebérmela, que temblaban mis manos y sentía escalofríos desequilibrantes cuando su ausencia se prolongaba en el tiempo, tanto espacio, traté de sonreír para camuflarme tras la clara mirada de ella, azul, especificando su tristeza de mí, su valor, su orgullo y su remate de feria –si es que hubo feria.
Toda la mañana, con su claridad de asfalto, sus humos de escape y sus ruidos angostados, estuve rumiando si hacer o no esa llamada, qué tiranía, se me olvidó afeitarme, quizá porque ni siquiera hube de levantarme ese día de ninguna cama, ni me miré al espejo, claro está, ni creo haber pasado por la pensión esa noche, qué noche, ¿para qué?, tanta desnudez me deprime a la vez que eriza, el pensamiento híspido, al amanecer, desayuné con mis amigos de bendita, virgen, cristalina, perfumada alegría, ellos, insistieron en desconectarme de la adversidad que traía adherida a la ropa desde el pueblo, como si fuese una gallina de cine, pensé, pero olvidaron, se olvidaron de que había piel y huesos, y un devenir obtuso, mórbido, que impedía cicatrizar las constantes heridas, vitalistas bien miradas, y ellos, la amistad, o su metáfora, pretendían negarme la vida, ellos, los muertos atados al convencional sistema, sí, de moral y sometimiento acatado, a ellos, les vomité iracundo, ausente la pasión, sí, pero me pagaron el desayuno, dos cafés, y los cigarrillos, y me dejaron aquella soledad fría de agosto para acudir a sus confortables guaridas burguesas, y yo, acaso rehaciendo mi vida, la vida, a cada instante, sin raíces, sin la mansedumbre del rebaño, incierto, descosido, pero ufano, mis brazos levantados al sol, libre.
Toda la noche, aún antes del ágape de neblinas, anduve apurando el desprecavido instante devenido, aliviado por toda suerte de filosofías adúlteras y la trágala del alcohol gratuito, despotricando contra la igualdad del ser humano y abanderando una conveniente jerarquía que disponga cualidades y gradientes, en el amor, en el juego, en el trabajo, en la aventura, en el dolor, en el placer, etcétera, qué palabra, cavilo, menuda quillotranza, que no somos ovejas, que si asumimos el papel de gregario es sólo por despreciable debilidad, la debilidad del cristiano, la debilidad del socialista, la debilidad de Occidente frente a la vida, que se aferra al pasado ya desde el proyecto futuro, lo material casado con la moral que justifique y anquilose, el objetivo, morir vivo, vivir muriendo, alcanzar la muerte vivo, vivir muerto, permanecer cadáver, qué digo, si estoy completamente curda, aquí, en esta habitación sin luz propia, en esta pensión que no sé si podré pagar mañana, ni me importa, pues algún sortilegio articulará el devenir para hacerme fuerte de nuevo frente a esos seres inferiores de miradas torvas, provisionales también, pero más, y yo, sin ningún sentimiento trágico, holgado, difamado, ahora, casi la medianoche sobrevenida, y esa mujer que veo desde la cama en la que estoy hirviendo y que en un momento va a brindarme un portazo de ensueño, y esa luz amarillenta que se cuela asténica por la ventana, están para recordarme cómo se rehace la vida a cada instante, pese a todo, y que hay que vivir, o seguir viviendo, sin miserias, en desinencia permanente.


lunes, 3 de marzo de 2008

El aeropuerto.



El aeropuerto.

¿Usted sabe lo que es estar atrapado? Atrapado como un ratón en una ratonera, como un león en la jaula de un circo, como un esclavo en la ergástula, una aproximación al estrangulamiento. No hace falta que me conteste, las palabras son otra forma atávica de atraparnos, sólo sirven para engañar al otro, al que está dispuesto a escuchar, al que se deja engatusar por ellas. ¿Ve usted esos perros? Son perro y perra, y se están observando, se miran, se acercan, se olisquean, los morros, el sexo, es una cuestión de piel. Si esas percepciones que reciben de forma recíproca confluyen, coinciden, es decir, si se acaban gustando, se aparearán. Los humanos no somos así, nosotros preferimos usar la falaz palabra para hacer caer en la trampa al otro, para alcanzar nuestro propósito, generalmente éste aparearnos, copular, triunfar con esa mentira, con ese despropósito inicuo y destructor. No me diga nada, usted siga ahí, ensimismada, dando sorbitos al café, mirando extasiada a través de esas ciclópeas cristaleras, contemplando cómo despegan y aterrizan los aviones, cargados de gente que miente, que confunde, que aparenta cada día ser quien no es para supervivir, para determinarse, para sobrevivir a la crudeza de la existencia. Su perfil es hermoso, su pelo desprende un aroma de frutas, sus brazos desnudos y bien torneados incitan al exceso. Si usted volviera ahora sus almendrados ojos marrones hacia mí y expresaran aunque sólo fuera mínimamente la crepitación de una sonrisa, el aleteo alacre y breve de las pestañas, acercaría mi nariz a su brazo izquierdo para embriagarme de ese olor frutáceo y humectante. Y si esta nariz mía, grande y alabeada, no fuese torcida por un bofetón reflejo de su delicada mano, eferente y tibia, elevaría mis labios ansiosos hasta la redondeada pureza de su hombro para dejar allí la huella húmeda de mi beso. Veo que ha sonreído usted, que ha completado su hermosura con una sonrisa, pero ésta ha sido una sonrisa críptica, que encierra un enigma entre cáustico y coqueto, una sonrisa que ha preferido cercenar con otro sorbo al café, y yo he sentido una punzada de desdicha en el estómago. Sé que las palabras son un estorbo y yo ya estoy estorbando más que una espina en un ojo, más que un ciempiés en una almohada, y usted me gana, me gana porque me vence con su mudez, con su gesto extraviado, embellecido por esos rizos suaves y adormecidos que se abisman sobre su sien unos, sobre sus mejillas otros, sobre los acantilados besables de su tibio cuello de porcelana al fin. Usted, es probable, ignore qué es sentirse tan atrapado, tan confundido, tan desolado, tan sin esperanzas, tan. Sorpresa, ha injertado usted una frase, Esa ignorancia me mantiene feliz. Y me ha mirado con la levedad del ala de un colibrí. Inmediatamente se ha desligado, porque aterrizaba un descomunal Jumbo, un espectáculo soberbio, sin duda. Y yo emprendo de nuevo mi camino al esfuerzo, tratando de difundirme para usted, empecinada en su mudez sabia, llena de certezas. Siento ganas de desvincularme de usted de forma súbita, me da rabia. Pero miro esas piernas de gimnasta y sucumbo inexorable, tratando de adivinar el grado de elasticidad de sus muslos bajo ese vestido evanescente, floreado. ¿No ha pensado usted nunca en huir? No, seguro que no. ¿Sabe? Sólo podría cesar mi voz si usted oliscara mi pecho. Pero usted sabe que la estoy engañando, que toda esta palabrería sólo obedece a la intención de seducirla, de menoscabar la ingravidez celestial de su cuerpo, que yo, este pobre ser humano devastado y sin opciones pretende, sin ninguna garantía, follar con usted, y luego, qué... No me haga caso. No consentiré que usted se deje embaucar por mí, porque tengo la insoportable sensación de que me estoy enamorando de usted, de sus manos, de sus uñas, de la corrección de sus labios, del lustre que trascienden sus pezones. Por favor, aniquíleme usted a la mayor celeridad. Dígame que me calle. Levántese y camine hacia otros asientos, pida ayuda a un guardia jurado, considere que toda esta afabilidad mía no es sino un testimonio de lo poco serio de mis intenciones. Pero no desaparezca sin darme un beso antes.

domingo, 2 de marzo de 2008

La enfermera inflamada.


LA ENFERMERA INFLAMADA


Hace dos semanas fui sometido a una operación quirúrgica con el objetivo ruin, deplorable, antinatural de esterilizarme. Fue una sencilla vasectomía. Me colocaron por todo atuendo una bata verde abierta por delante, una especie de cofia y unos mocasines, tras lo cual me hicieron pasar al quirófano y me indicaron con mucha amabilidad que me subiera a una camilla, que no llegaba a mesa de operaciones. Me encaramé allí no sin esfuerzo mental y expuse mis atributos a aquella intemperie. Ni que decir tiene que me sentía cohibido, casi humillado en el interludio, viendo ir y venir a las dos enfermeras, una de ellas muy, aparentemente, joven y guapa. El cirujano permanecía en un rincón de la sala rellenando unos papeles. Ni me miró. Las enfermeras sí me miraron, incluso creí percibir, en mi turbación, cierto grado de morbo y mofa, una mezcla de obligación y desencanto, con sus ojos me miraron, únicamente podía yo verles los ojos a los tres, impedido por las mascarillas y los gorros. La enfermera aparentemente joven y guapa, además, llevaba los brazos desnudos y eran unos brazos armónicos, de piel suavemente sonrosada y una fina pelusa dorada en los dorsos que los embellecían aún más. Ni me fijé en los brazos de la otra enfermera (no parecía ni joven ni guapa). La operación transcurrió con absoluta normalidad, e incluso charlamos, el cirujano y yo, sobre filosofía barata y sobre literatura, concretamente Ovidio. Prometí regalarle, si sobrevivía, un ejemplar de “Las metamorfosis”, pues él sólo había leído, y decía que hasta releído, “Ars amandi”. Durante la charla se reveló que la enfermera aparentemente joven y guapa era, cómo decirlo, tonta. No exactamente tonta, claro. Ya me entienden. También descubrí su edad, y fue a petición del cirujano que me propuso adivinarla. Veintidós, dije yo. Fallaste, dijo ella mientras me sostenía el pene entre el pulgar y el índice, por cierto, parecía un pingajo en todo su estrepitoso desfallecimiento. Le pregunté, cuando lo soltó, si tenía novio, o algo. Farfulló no sé qué, total, que no lo supe. Tenía ya treinta y dos años, confesó, y no pude, como es natural, ver su sonrisa, porque sonrió, sólo en sus ojos. Eran muy bonitos bajo sus estilizadas cejas. Deduje que era morena y de cabello cortito y sedoso. La otra enfermera, mientras tanto, merodeaba fuera del alcance de mi vista. Creo que estaba emocionada contemplando mis testículos rasurados. Un asco, de verdad.

Ahora está ella aquí, Irene se llama. Me está recordando que Agustín, el cirujano, me indicó que eran quince los días, a partir de la fecha de la intervención, que debía permanecer, es decir, abstenerme de mantener relaciones sexuales. Y yo había cumplido, desde luego, con grandes esfuerzos, pero permanecido puro estas dos semanas a pesar de las erecciones constantes y sobre todo nocturnas. Y que mañana era el día quince lo recordaba bien, la fecha prescrita, y proscrita como prudente límite y límite ansiado por mí. Y ella, la enfermera aparentemente joven y guapa, está aquí ahora conmigo en la penumbra de este pub, al que he acudido esta noche solo, con la idea de relajarme un poco después de una semana de atroz trabajo en la oficina, y ha sido ella, la enfermera, la que se me ha acercado como mujer desconocida para mí, para preguntarme, sonriente e irónica, por el estado de mis testículos, lo cual me ha sorprendido muchísimo. Entonces yo le he mirado los brazos, suaves y de dorados reflejos, y a intervalos los ojos, antes de contestarle a ella que bien, pero que aún no los he puesto a prueba, y enseguida he sabido que era ella, la enfermera aparentemente joven y guapa en la sala de operaciones, y aquí, en este sitio llamado pub, indudablemente joven y guapa, que me había reconocido sin duda nada más verme entrar, alegrándose tanto por tan curiosa coincidencia que no ha podido reprimir su deseo de acercarse desde su rincón, donde se divertía con unos amigos y amigas, entre los que no vi a la otra enfermera, a saludarme y, sobre todo, a contemplarme de forma distinta, en mi estado normal, digamos, en un ambiente cuya atmósfera no está sujeta a tanta rigidez, ninguna, y se ha atrevido, ufana ella. De lo cual yo me he alegrado, a pesar de la estupefacción y el careto circunspecto, acercando luego mi rostro al rostro de ella, absolutamente jovial, de tersa y perfumada piel, para plantarle dos besos muy por debajo de las carnosas mejillas, casi en cada una de la pareja de comisuras que segmentan sus labios sin carmín pero sonrosados y gruesos. La he invitado a sentarse a mi lado, a charlar un poco, si le apetecía, y le he cogido la mano para mostrarle mi simpatía y alejar, del mismo modo, cualquier recelo. Ha aceptado. Ahora estamos charlando con fluidez sobre todo, pero especialmente sobre el día en que nos conocimos, de las sensaciones que me invadieron, los temores también, e igualmente ella, con sus sencillas palabras me transmite su percepción de mí en aquel momento. Me resulta, mientras la observo, extremadamente simpática y agradable, viva e irresolutamente laxa. Estoy pensando que es encantadora y no me atrevo a decírselo, tonta pero encantadora, ya me entienden. En este momento suena un bolero, ignoro el título, y entre los dos flota un silencio que aprovecho para examinarla. Conserva una dulce expresión infantil en el rostro y su figura es flexible y ligera. Desprende un perfume tenue que parece provenir del arrebol de sus mejillas. Un breve atuendo le cubre el menudo torso en el que resaltan suaves y primaverales los senos. Ella, en su silencio correspondiente, quiero creer que me está examinando a mí, los firmes rasgos de mi cara, las manos pausadas, la forma de llevarme el cigarrillo a la boca, el pelo que asoma viril desde el pecho por la abertura de la camisa. De pronto me acaricia el cabello, para acomodarme un mechón rebelde, dice, y sonríe con sus labios de fruta. Y yo la miro ya con ojos de fuego. Ella, la que fue para mí antes mi enfermera aparentemente joven y guapa y ahora está aquí confirmando ambas cualidades, lo ha notado, y ahora se acercará un momento al rincón donde permanecen sus amigos, expectantes, y les comunicará algo. Vuelve a mí radiante y me toma de la mano invitándome a salir fuera, al fresco de la noche de verano. Yo he aceptado, acepto con docilidad de esclavo sometido ya por sus encantos persuasivos, embriagado por la fragancia de canela y azahar que la envuelve. Seducido.

Pasearemos por el parque. Yo captaré en ella una inquietud urgente, le apretaré con suavidad la mano. Ella, bonita y fulgiendo debajo de las estrellas, me dirá, Vamos a mi apartamento. Entonces ya no será como ahora, pensaré, ese sencillo bienestar sexual que apenas clama sus deseos, prudente y juicioso. Me subirá al piso en silencio y como sombras penetraremos dentro, y sin otra luz que la que es robada a las farolas de la calle, me conducirá a su lecho sobre el cual me tumbará con tierna violencia arrojándose sobre mi cuerpo y deshaciendo mis labios con audaces besos y mordiscos. Oh, me pedirá que la vaya desnudando conforme sus enloquecidos y ardientes movimientos lo permitan. Lo intento, pero la inflamada enfermera parecerá tener azogue, lucho por desnudarla, y en la briega primera rozaré uno de sus pezones y estará endurecido y erecto como un pitón. Introduciré, en mi esfuerzo por descubrirla de las engorrosas ropas, aun breves, engorrosas, una de mis manos entre la cintura y su pantalón y buscaré ya instintivamente su coño, su coñito, santo cielo, estará húmedo como manantial e hinchado como mejillón al vapor por los jugos sabrosísimos. Ella lo nota y se afana en mí con mayor diligencia. Aplicando toda su destreza me desnudará en un periquete, de pronto me veré desnudo, menos humillado o cohibido que aquella primera vez, desde luego, el pene no estrepitosamente desfallecido, sino vibrando entusiasmado, Cuidado con los puntos, le digo, me besa ya los testículos que hace catorce día conoció visualmente, aún glabros, Calla, cielo, sabré yo de puntos más que tú, y sonreiré feliz y dichoso por tener a esta fierecilla de dientes dulces mordiéndome a la luz tibia de las farolas que se asoman a contemplar por la ventana de la habitación. Conseguiré desnudarla al fin, oh, será la perfección y la precisión en todas y cada una de sus redondeces y esquinas. En ese instante me erguiré como un coloso encelado para apoderarme de toda ella, enfermera joven y guapa, revelada tonta pero capaz de las mayores hazañas para sobrevivir y engañar adversidades y sortear trampas propias de la existencia. Comenzaré a besarla sin abreviar, tras sosegarla con promesas de éxtasis y placer, Realmente eres divina, le diré, y volcaré en sus ojos todo el poder curativo de mis ojos. Luego la abrazaré e iré resbalando por su cuerpecito de seda y oro hasta recalar en el manantial de ambrosías que se abrirá para mí, en donde abrevaré sus jugos intensos con sed de dos semanas, e iré lamiendo el brocal de sus labios henchidos hasta arquearla de placer y extraerle los más excitantes gemidos. Haré incursiones por toda la suculenta hendidura origen del mayor de los deseos. Enfermito mío, me dirá, bien se nota que en este tiempo no has probado bocado. Nada, mi enfermerita, sólo leer a Ovidio y soñar con este momento. Como un felino se revolverá de nuevo sobre mí, plantándose sobre mi polla y lamiéndola con sus labios carnosos, glandeándola y perdiéndola dentro de la dulzura de su boca, a la vez que en un movimiento giratorio vertiginoso abrirá sus piernas a horcajadas sobre mi torso ofreciéndole su coño, coñito chorreante a mi boca ansiosa que lo besará con frenesí. Lo lambiscaré con avidez lingual, e iré introduciendo la lengua dentro con suaves y rítmicos movimientos para que quede bien lambido él. Recorreré toda la hendidura lambisqueando más y con mayor empuje cada vez en cada lambida, sin olvidar el agujerito del culo, ella me lo pedirá inflamada, Unas lameduras, anda. Y yo meteré la puntita de la lengua en él. A ella le gustará tanto que me suplicará, Más, más. La satisfaré en todo. Me pide que le acaricie el culo todo, lo haré. En esto que me pedirá que hunda ya de una vez mi polla, a pique de estallar, en su coño, todo brutalmente lubricado, con un beso me lo pedirá. Y lo haré con todo el cariño, ella sobre mí a todo lo largo, sus tetas duras sobre mi pecho, de cuando en cuando las aprieto con las manos y las saboreo a besos. Me pedirá que le acaricie el culo al mismo tiempo y meta uno de mis dedos en su suculento ano, Un poquito, para acompasar con el vaivén, me dirá. Por todos los querubines, qué excitado me tendrá esta mujer, tendré que redoblarme para complacerla, me pedirá que la folle a gritos, ¿No es eso lo que hago?, le pregunto, qué más quieres, perversa, y sonreirá enloquecida de gusto, ceñida a mí. Estará verdaderamente hermosa, Irene, endosiada por el resplandor de las farolas, pensaré y le comunicaré al mismo tiempo que voy a correrme ya, que estoy al límite, que me ha dado toda la satisfacción, le diré, que tras la abstinencia me es imposible prolongar más este estado enfebrecido, y de pronto noto cómo ella se corre en su propia satisfacción y yo me corro a la vez que ella mordiéndole un brazo terso y aterciopelado, oh, por todos los dioses, qué gusto insuperable será, qué chorro incontenible y desbordante después de quince días de contención, esta avenida tumultuosa dentro de su coñito, inundado, suculento y jugoso, voy a ir, iré enloqueciendo, ella me morderá las tetillas hasta dejar sus adorables marcas dentales en ellas, rabiosamente complacida, me dirá en su tontez inmediata que me quiere, que me amó desde el momento justo en que me vio sobre la camilla asustado y animalizado, en mis ojos lo notó, que pensó, me dirá, que ya en ese momento supo que aquel hermosísimo pene entraría en su ansiosa vagina para consumirla de placer. Todo eso me dirá ya exhausta y tendida a mi lado, sudorosa y embellecida por los jadeos, acariciando con ternura mi polla aún endurecida y chorreante y no poco agradecida, pues no dejará de verter semen que ella irá lamiendo con deleite. Yo no diré ya nada, es seguro que no la amo, y me entra un sueño pacífico, así que la atraeré hacia mí y la acurrucaré en mis huecos, como protegiéndola. Es natural y sencillamente boba en su encanto. Querré conservarla, pensaré. Le susurraré palabras de miel en la oreja, convencido y extenuado, para no agravar ninguna consideración futura, acaso algún que otro encuentro similar. Al cabo de tres meses recibiré un mensaje suyo, de Irene, la enfermera joven y guapa, inflamada ella, en el que me comunicará que va a ser madre y que tendremos un precioso bebé, fruto de la voracidad sexual que nos devoró esa noche. Será posible, exclamaré.

Fin.

viernes, 29 de febrero de 2008

Carta de una sirena de veinte años a un desconocido.



Un fondo marino te rodeaba.
Una concha de nácar intacta bajo tu pie, te ofrece
a ti como la última gota de una espuma marina.
Casi..., casi me amabas.

V. Aleixandre.




Querido mío:


Frente a mí, en el metro, una mujer. Desde las manos, un punto regordetas, si bien cuidadas, de sonrosado casi como esculpido, sin esas motas pardas que son lluvia de arcilla con la edad y el tiempo, no parece mayor en exceso. Pero es el rostro, que se yergue desde un conjunto de falda corta -durante todo el trayecto compartido demasiado corta- y chaqueta -una flor de metal plateado en la solapa- una piel de pergamino, un gesto de contornos desdibujados. También el aplicado pudor de un pañuelo al cuello que escabulle la flacidez de la garganta. Pero frente a esa extraña indefinición de calendarios, llama más mi atención la máscara patética del maquillaje, como si quisiera negarse envejecida, como si a nosotros, espectadores de su paso, quisiera negarnos la edad de ese rostro bajo carmines, coloretes, manchas de color excesivas... Cae como una hiedra sobre mí una sombra, se me encapota el pensamiento; me busco en el cristal -a obscuras espejo- y me llamo, me exijo con ávido desasosiego la imagen de mi careta deslucida por la vejez. Me invento la tristeza de, tras ese rostro, saber que he sido así, como ahora, tal vez recordar en este instante. También me da miedo saberme envejecer.
El tiempo devasta, torna áspero todo lo que lame, erosiona con rabia. Cumple con la implacable devastación de los sueños trenzados de noche, y al final huye, dejando a obscuras la habitación, el suelo sembrado todo de cadáveres. Es la norma que se va alcanzando con cada suceder de traiciones y fracasos. ¡Qué poco debo saber aún de esto! Y tú, ¿de dónde sales, escuchando aún a las sirenas hipnóticas del sueño, espiando interiores de una pequeña despensa de veinte años? ¿No deberías estar demolido, no deberías torcer el gesto y escapar con las manos sujetando la cabeza a colocar el emplasto de maquillaje un poco más digno que el de ese otro rostro?
Te tengo, puntual ahora, y en un día hemos de cumplir con el áncora, bogar, tentar la pesca, a riesgo de quedar enredados en el garlito. En este instante, ahora, somos todas las posibilidades. Luego empezarán a desvestirse unas a otras, a derrumabrse. Trato de ejecutarme en ejercicios de realidad. Es difícil, sobre todo en este ahora. Aún puedes escaparte embozado en la cobardía o el miedo. No reprenderé tu mirar huidizo. Acaso después haya que pedir razones. Pero aún... Otorgarte el abrazo, tan largamente modulado. Visitar la estancia silenciosa de tus ojos. Esta esquifa debe pertenecerte ya para siempre.
Aún no sabes que he empleado varias noches en cambiar todas las historias que he de contarte. Una es la de Odiseo. Tienes que saber que a partir del canto XII Homero envenenó su Odisea de mentiras. Sin duda se trata de bellas mentiras, pero las mentiras no son sino pecios, restos de alguna verdad hundida. Porque has de saber, querido mío, que el sagaz, aunque poco prudente, Ulises oyó a las sirenas. Y no sólo las oyó, sino que se dejó complacer y sucumbir por la sinuosidad de aquel canto que además de conocimientos sin límite prometía quién sabe qué otros e ilimitados placeres. Bueno, no he de decir sirenas. Sirena. Era un marino osado aunque enamoradizo, así que se dejó cruzar por las hábiles maromas amorosas de aquel ser, mitad pez mitad hembra. Y no, no hubo milagro de la cera: también entera la tripulación enloqueció con aquellos cantos de inabarcable lascivia. Debieron arrojarse uno a uno para beber del piélago algún beso... Quedó finalmente solo el viejo Ulises, el mando de la nave abandonado. Moreno y curtido el pecho desnudo, las manos agrietadas, fija la mirada en aquellas aguas. Hasta cesar el canto y un golpe de mar. Ningún poeta antiguo supo a ciencia cierta de su suerte: el cuerpo ahogado no arribó jamás a ninguna isla. Y Penélope quedó para siempre sola, calceteando loca la inmensa mortaja de Laertes, sin recordar ya tampoco el motivo de tan larga espera.
Es lunes, lunae dies, el día de acero de la luna. Un día poco propicio para pedir. Pediré, en todo caso, basándome en lo que se me pida, como contrapeso del otro, de lo otro. Y en un principio, ahora, decidiré por mí, que me gusta hacerlo, que me gusta equivocarme yo sola, sin compartir remordimientos o consecuencias, que trataron de enseñarme eso. Y pretendo que tú, vida mía, hagas lo mismo. Mi amor, te lo repito como si quisiera desgastarme la boca, lo tendrás ya a plazo fijo. De repente, te beso a traición.

Tu sirena.





jueves, 28 de febrero de 2008

Pensión Eleusis.




PENSIÓN ELEUSIS




El aislamiento confirma el trágico fracaso de una vida, como prueba fundamental para algunos, como un desorden característico del peor orden, el orden al que somos sometidos por las múltiples influencias, la rara consecuencia -uno mismo abomina de su propio estado y uno mismo se refugia en ese argumento interior, aislado. Esto, o cosa parecida, pensaba camino de la pensión. El camino guardaba escaso parecido, realmente ninguno, con ese otro camino que imaginó los días anteriores a su resolución, sin tierra ni polvo, sin guijarros que golpear con el pie. Deserté sin pena, tampoco experimenté temores ni alegrías, acaso, como única emoción, la ausencia, la sensación de estar vivo probada por el movimiento y la determinación de cumplir el objetivo previsto. El hombre, visto por los numerosos viandantes, carecía de cualquier rasgo perturbador, contaba como uno más, tan normal e insignificante, lo cual podría, si es que tuviera decisión de ello, facilitarle alguna tarea destructora o el deseo de matar. Un cierto destello de nobleza fluía de sus ojos cuando alguna vez los enfrentaba al contrario, la rara consecuencia, y yo procuraba evitarlos más que por vergüenza, por desprecio. También la fatiga, que ensombrecía ya las cuencas. Esto, o cosa parecida, pensaba el hombre camino, que no era camino imaginado, de la pensión de la que le habían hablado, nunca recuerda quién, y sospecho que nadie lo hizo. Fue un tiempo intenso, no planeó la llegada de la noche. Dentro, como no podía ser de otra forma, flotaba una atmósfera domada de quietud, la frescura de una planta, una hiedra. Fuera, el aire sacudido por un demoledor aspecto asfáltico. No había respuestas en ninguno, ni su hallazgo me alertaba ya. Descerrajar interrogantes me provocó toda la fatiga y apenas una satisfacción, pero decidió entrar, entrar, como tuve acordado. Se abrió la puerta de la calle, yo estaba oculto tras una cortina, y al mismo tiempo que el hombre noble e insignificante, penetró una porción de ese aire espeso y ruidoso de fuera: ambos con una celeridad asombrosa, el individuo, sin embargo, permaneció tras cerrarse la puerta de nuevo, mientras que el escándalo del aire callejero se esfumó, no sin dejar el rastro áspero de una leve rozadura. La campanilla, cándida pendía del techo, sobre el vuelo de la puerta, no sirvió para nada, como tantas otras cosas. Entró y encontró despoblada la angostura de la recepción, la radio encendida y monocorde, un gato sobre el mostrador, el olor preñado de dulzuras desinfectantes que emanaba del suelo, recién fregado, la impresión sobrecogedora de la inutilidad de la precipitación y la conciencia de haber descubierto el carácter grotesco de su existencia justo en ese momento. Y no era así, sencillamente se manifestaba una vez más, y todas las necesarias de forma irremediable. Anoche tuve un sueño, un sueño inmoral, condicionado, qué segundos más miserables están goteando, mientras estoy plantado aquí, un sueño en el que ella, abatida, hundía sus dedos en una tierra agusanada, yo le decía, llévate un pedazo de comida a la boca, que ya ha pasado el sobresalto, y se le notan las manos temblar mientras se intenta el mordisqueo, anda, le dije yo, y le noté ese temblor, porque aún la sostenía el miedo, o estaba sentada sobre él, cuando le acercaba el vino, si hace dos años y medio que ha muerto, deja ya de ver a la gente que estaba allí ese día, de rodillas, con las manos en la frente, no, con la frente en las manos, veo algunos tirados en el suelo con las manos lejos de las frentes, pero da lo mismo, lo mismo es un recuerdo engañoso, como la mayoría de los recuerdos, que se van deformando sin cesar y no tienen ya nada que ver con lo que fue, y seguía la mirada ausente, los brazos de esas gentes extendidos, ensayando una imploración ridícula, sollozando, hunden su pecho hasta el paroxismo y tengo la sospecha de que lo hacen con la intención destructora de partírselo, pues, creedme, lo hacen de tal manera que parece que fueran a romperse todos, los de los miles de desgraciados que se acumularon allí, dos años y medio ya desde aquella muerte, y aún tiemblas, jodido recuerdo y mentiroso que te miente y te procura este mal insustituible, ¿sabes si alguno de esos pechos realmente se quebró? Tanto martirio para nada, y anda, llévate ya un pedazo de comida a la boca, que las ratas acechan y dentro de un momento querrán disputártelo, en cuanto las luciérnagas brillen sobre esta hierba sucia, y salgan todos los gusanos de aquel cadáver que se niega a podrecer con tanta obstinación, casi tanta como tu pertinacia enfermiza, que llevamos ya dos años y medio sin cobrarnos ni una sola presa del deseo, ni me ha servido la voraz sucesión de recuerdos que me convirtieron en un depravado, y me llevaron a asesinarlo, que el cielo comienza a blanquearse y pronto se llenará esto de vacas, y ya sabes cómo aborrezco las vacas… Supe que estaba desnuda, cuando desperté, mis sueños son tan cortos y ligeros que me trastornan todos, y quiero renunciar a ellos una vez y otra, pero en ese esfuerzo sobreviene una fatiga mortal que me derrumba, me vence. Que alguien acuda y me rescate. Y yo miraba a través de la cortina, de una arpillera tan gastada que dejaba ver sobre la estancia iluminada, y no al contrario. El gato, que había permanecido todo el tiempo asentado sólidamente sobre sus patas, me miró con una mezcla de desprecio y desinterés batidos. Supongo que lo adivinó. Siempre alimentándote de ti mismo, respirando una y otra vez el mismo aire ¡así es imposible una renovación! Lo sé, lo sé, sé que pensó tras la cortina, donde acechaba quién sabe hasta cuándo, sé que estoy pereciendo a cada instante. Me falta ya el aliento, qué sueño tan fatal… Dígame qué desea, señor, salí de improviso de entre aquellas sombras protectoras. El gato ya no estaba, suelen desaparecer con sigilo. No recuerdo, es curioso, el primer color de su primera presencia, y sí que ésta me remordió la poca conciencia que me queda. A qué grados de degradación llegué. El calendario diminuto bajo la generosa estampa de una mujer desnuda y abundante, una de tantas. Era de mil novecientos noventa, y ya no será la misma esa mujer. Estará gorda, o habrá muerto. Sí, eso mismo he pensado yo muchas veces, señor, que habrá engordado, o habrá muerto. Esas carnes, y esas formas, ya a los veinte años, dejan adivinar un futuro desorganizado, la angustia y la desesperación, el vacío, y hasta, si me apura, la bulimia. El pavor inextinguible. Eso fue, pues, la idea del calendario, lo que me permitió enfrentarme a él. ¿Nos importa eso en algo?, le pregunté. No, claro que no. Usted sabe lo que he venido a hacer, lo que deseo. Regresó el gato, y me pareció el mismo que antes se había desvanecido, pero no podría tener la certeza, de igual forma sigilosa, y con pasmosa facilidad se encaramó hasta la tarima, junto a su supuesto amo. No, no soy su dueño. Yo sólo lo alimento. Me relaja. Un reguero de estupor me recorrió la médula. Alzó el rabo, tieso como un mástil, mientras se restregaba por el brazo de Procusto. Porque usted es Procusto, ¿verdad? Mi nombre es Dámaso. Un instante después, frenado yo por no sabría definir qué instinto, no era vergüenza, bajé lo ojos, y al siguiente, se sucedían los instantes, vi al inquietante gato, no podría asegurar si el mismo, entregado al acostumbrado lingual aseo gatuno. Damastes, que en el ínterin había sacado y encendido un cigarro puro, poseía unos brazos enormes, fuertes y peludos, cuyas manos, igual de poderosas, semejaban sartenes. Los dedos, en consonancia, feroces como hurones. Me miró sin detestarme, de una forma indefinida, comprobando en cada pestañeo la calidad de mi fracaso, la andadura hasta aquí, casi saboreando el óxido ferruginoso que desprendía mi ser. He notado cómo me he ido empobreciendo de un tiempo a éste, intenté justificarme ya, precipitadamente, acaso me equivoco, y creí ilusionado que alguna vez tuve riquezas. En cualquier caso, poco va usted a robarme, un reloj, algunas monedas, las gafas pasadas de moda, lo que llevo puesto. Lo más probable es que su mayor beneficio sea espiritual, desarrollando sobre mí sus peculiares y uniformes sistemas para ajustarnos a todos a la misma diferencia, que es, al cabo, lo que sospecho yo que coincide con sus fines, lo que lo deja decididamente satisfecho. Usted es un hombre fundamental e imprescindible en este mundo de hoy, y yo lo reclamo para mí, por los motivos que sean, y que usted, seguramente, no reclama y hasta es posible que le aburran. ¿Hacen muchos intentos por abrumarlo a usted con sus penas anteriores? No, seguro que no, porque usted los frenará en seco. Es usted admirable. Yo, la verdad, mientras daba chupadas titánicas al puro, no cabía en mí, de asombro. Lo más probable, dije, descartando centímetro y medio de ceniza sobre un cenicero gigantesco sobre el mostrador, que contenía, además, parte del rabo del gato en esa ocasión. Los gatos nunca dejan el rabo inmóvil durante mucho tiempo. Entonces, artillando los ojos a causa del humo, fijó su vista en la foto con tema paisajístico que cubría la media pared de la derecha, en la cual, hasta ese momento, yo no había recaído. Casi todo el papel lo ocupaba un abeto gigantesco, tras el que se adivinaban unas montañas nevadas de insospechada belleza alpina. ¿Usted va de paso, no es cierto? Irremediablemente, siempre. Tengo la rabia de no haberme extraviado nunca, pareja, señor, con otra rabia, la de haberme extraviado cada vez. Se juntan y ofrecen un espectáculo lamentable. Pero eso me salva. Esta vez, será definitivamente. Es un consuelo. ¿Puedo fumar? No está permitido en esta casa, pero hágalo ahora, por favor, es temporada baja, no temo las iras administrativas de nadie. Estoy seguro de que, en ese momento, la muchacha del calendario me guiñó un ojo. Se lo hice saber al posadero, estupefacto. No me extraña, dijo, ya a otros les ha sucedido. Pero créame, nunca trasciende ese milagro. Una sonrisilla abortada quedó en sus labios gruesos y horribles. Yo no noté nada entre los dos, y anoté que el huésped extrajo un cigarrillo con dos dedos de un paquete mediado y se puso a fumar inmediatamente. Cualquiera diría que lo sacó ya encendido. Se desplazó a la izquierda, es decir, hacia el abeto. ¿Acuden más altos que bajos?, preguntó de perfil. Ese abeto es tremendo, es casi el reto de un leñador de los de antes, ¿no cree? Y derrotar esa hermosura, un trofeo del que presumir. ¿Qué sucede? (No sé cuál de los tres lanzó esa inquisitiva pregunta, el gato no, desde luego). El gato continuaba, incansable, su higiénico aseo. Avisan de las visitas. Pensamos los tres, y el recién llegado dijo, ¿El gato es su confidente?, y el posadero, en este caso Procusto, dijo, No diga usted sandeces, el gato decora y ahuyenta posibles roedores, y yo no dije nada, porque se ha de saber que yo tengo que permanecer en la más omnisciente de las sombras, acechando y retorciendo, pero sin abusar ni alardear, aplicando una compostura de sentido común, sin excesos, y siguiendo la escena con la mayor avidez. Este tipo sabe qué circunstancia gravita sobre él, incluso creo ya oír esos alaridos de dolor proferidos desde lo más hondo de su garganta, y creo contemplar sus estertores y los rictus más espantosos de su cara, y la última mirada que me dirigirá, proyectando ya a su alrededor, en esas postrimerías, ese silencio de avezado sacrificio cumplido, satisfecho, finiquitando la impresión de haber llegado al final del contrato pactado con la muerte, como hombre que fue, desde siempre, abocado a la desgracia, a las mayores desgracias. Es un virtuoso. Ni un suspiro. Damastes está lucubrándome, como si lo viera. A ver qué habitación me asigna. ¿Y si existiera la remota posibilidad de que encajara en el lecho? Él ya lo sabe, que no, que no es una posibilidad que deba cumplirse, dada la rara consecuencia, y sin duda sería tanto o más terrible que si no, como naturalmente ha de suceder. No cavila en eso cuando una risotada estruendosa disipó estos últimos pensamientos: la bocina de la radio, un transistor con todas las huellas de los tiempos, extrañamente muda hasta ese momento. El minino se detuvo en medio de su minucioso aseo, quedando petrificado por un espacio de tiempo inconmensurable. Alguna inhumana resistencia aleteó en esos instantes irrescatables ya, decididamente sin alterar nada. El posadero, no obstante, notó la inviolable fatiga en el rostro del transeúnte, la profundidad horizontal de las arrugas de la frente, el sudor ya sólido bajo las axilas, la redundante sincronía de la erosión. Cualquier desconocido propósito lo habría traído hasta aquí, acarreando sus desdichas, Pensión Eleusis, en temporada baja, el intervalo prolongado cada vez más, hasta la exasperación más exasperada. Sin ánimo de combatir nada, el humo del puro extendió su olor por toda la recepción, anulando el olor dulzón de los detergentes. Por mi cabeza pasa la ilusión última de que se habría detenido el tiempo, me dije: la ilusión última ya, tomado por el agotamiento de una vida que sólo siempre se había ido alimentando de fracasos incesantes, en cada empresa acometida, espiritual o material, el fracaso siempre, y no cualquier clase de fracasos, sino los mayores fracasos, los más devastadores e imposibles fracasos, porque imposibles fueron mis empresas. Le mostré toda mi sinceridad a Damastes, el posadero. Éste comenzó realmente a manipular un grueso libro y un bolígrafo con sus manazas, el puro adormecido en una comisura, humeando cansinamente, sus fieros ojillos lanzaban destellos furtivos de hito en hito, mientras se afanaba sobre el mostrador, y fui y le dije, Señor, yo no soy un incauto caminante, sé a lo que vengo, a lo que he venido aquí, lo he sabido todo el tiempo, ininterrumpidamente sabido todo el tiempo y durante todo el camino, así que no soy un incauto viajero que desconoce sus mañas, que ignora sus capacidades para solventar diferencias, que no ha estudiado sus habilidades para ajustarnos a todos a la única e insalvable diferencia, yo, señor… Le interrumpió de repente y bruscamente: Me alegra saber a qué circunstancia se va a enfrentar usted, firme aquí. Firmé. Firmó. He firmado. Ha firmado. Muy bien, he dicho, he descargado de ceniza el puro, y he guardado el librote, y lo he mirado al transeúnte. Alguien me habló, dice, de esta pensión, hace unos meses, o igual nadie me habló nunca de esta pensión hace unos meses, ni unos años, ni jamás, pero en definitiva tengo perfectas noticias de usted y de esta pensión, y son las mejores noticias de usted y de su establecimiento. Conozco su historia suficientemente, puede confiar en mí y en mi absoluto conocimiento de la suerte que he venido a buscar, convencido e incapaz ya de proseguir con el asunto de mi existencia, convertida, sin lugar a la menor sombra de duda, en un estrepitoso fracaso, cuyo remate espero que sea el éxito de usted, un éxito más, tengo el convencimiento, dijo, y apagó, es decir, aplastó el cigarrillo ya muy apurado en el cenicero, esta vez sin rabo, de que usted consigue cada vez, con cada caminante, el mayor de los éxitos, sin que por ello nada se le suba a la cabeza, experimentando cada vez la aventura como si fuera la primera y excitante vez, cada vez, cada vez, ¡un éxito!... Damastes, contrariado y oblicuo, le retiró el bolígrafo de la mano al caminante, donde seguía aferrado en su delirio verbal, y aseguró, Pasará usted aquí una noche estupenda. Ese es mi deseo. Lo sé, y tiene usted las sábanas limpias y sutilmente perfumadas, ni tiene que darse un baño… El cliente parecía no escuchar ya, sin embargo, observaba con mucho interés el rostro del posadero. Curiosamente, dije, no veo que mengüe el puro. Nadie ha de extrañarse de eso, dije yo, fue un regalo de los dioses esta singularidad en mis puros. Entonces me confirma que no es usted Dámaso, sino el auténtico Damastes, ¿es así? Si me disculpa, dije, si me disculpa, dijo, el posadero, Procusto, tenía que hacer los preparativos, engrasar las poleas, y se ausentó no sin antes ofrecer y tranquilizar, Puede esperar estos minutos sentado cómodamente ahí, junto a la hiedra, y no tema por el camaleón, es inofensivo, pese a su apariencia, regalo de uno de mis huéspedes extraordinarios. Mientras tomaba asiento, el posadero desapareció tragado por unas angostas escaleras, al final una mano sobre la barandilla, uno de cuyos ángulos me quedé observando largo rato, e instalando allí mis pensamientos, como eclipsado. El cliente se sentó en el sofá verdeoliva, con una extraña sensación en el cogote, lo que le hacía mirar incómodamente hacia un ángulo de la barandilla de la escalera por la que acababa de desaparecer Procusto, el cual pensó, Ese pobre hombre está perdido. La gente que me ha rodeado siempre desde niño ha estado condenada sólo a ser devorada por los rigores de la existencia, sin paliativos condenada, devorada luego, la gente que me ha rodeado siempre desde niño, ya sean familiares o vecinos o conocidos, condenada a ser devorada, desamparada siempre ante esas fauces implacables de la existencia que precisan nutrirse sin descanso de las mayores e innumerables desgracias que provocan, en definitiva es seguro que todas las gentes, me hayan rodeado a no, son sus víctimas de forma irremediable. Parece imposible librarse, prosiguió con sus pensamientos, en igual ridícula postura, acuciado por la lengua del camaleón, hierático de todos modos, él en escorzo con una hoja de hiedra sobre la cabeza, burlar zarpazos y dentelladas que tratan de reducirlo a uno a la nada, cualquier cosa, lo más mínimo, puede reducirlo a uno a la nada, mantenerlo forzadamente así, destruyéndolo en silencio, pensó al fin, en esa situación sofá-hiedra-camaleón constriñéndolo en esa espera. ¿Qué deseáis? ¡Hablad! No quiero saber nada. Ya está todo dispuesto, al detalle, para que todo el proceso se cumpla con la perfección acostumbrada, para que el sufrimiento y el dolor sean los adecuados, es decir, los máximos, el máximo sufrimiento y el máximo dolor gradual y exhaustivo, un intento de obra de arte, ha de saber, que no hay que menospreciar mi arte, que lo transcribo e interpreto por entero, que lo vivo y lo canto y, como usted irá observando, lo derrocho, en abundancia, y no hago como otros artistas, los escultores, ese Fidias por ejemplo o el tal Praxíteles, con sus áticas creaciones que no hacen más que fijar y embalsamar sus obras, yo, señor, créame, rindo tributo a la belleza, y créame también que quien la contempla exclama ante la hermosura, y la disfruta, siente ese poderoso influjo de lo bello en sus carnes, en sus huesos, en sus tendones, en cada fibra, señor, mi obra nace y crece hasta cumplir con el estallido de sensibilidad de los hombres que la viven, voluptuosamente, como un fluido de fulgurante luz que todo lo baña, y lo penetra, hasta el éxtasis. Conforme, balbucí. Balbuceé. Acerté a balbucear, conforme. Como usted no desconocerá, prosiguió Damastes, mi humilde pensión dispone únicamente de dos habitaciones, muy limpias, eso sí, contiguas, una de cuyas paredes las intercomunica a través de una puerta discretamente camuflada, ello me facilita en mucho el trabajo, ha de comprender, cuando está completa, a veces ocurre, y he de correr de un sitio a otro para atender a mis clientes y satisfacerlos, cuando está completa, generalmente por un hombre alto que ha elegido el lecho corto, y por otro más bajo que ha elegido el lecho largo, como será, supongo, el caso de usted, que no es precisamente un coloso. No, señor, ignoro qué me impidió crecer más. La mala o escasa alimentación, podría ser, qué importancia tiene eso ahora. Hubo un silencio de interior de caracola. El huésped aprovechó para pensar en la forma en que iba a ser despachado, y dijo, Comprenderá que no llevo dinero. ¡Jamás se cobró nada a nadie en esta casa, señor! ¿Dormiré antes lo suficiente? En medio de la incipiente indignación, aminorada ya, Eso dependerá de su capacidad para conciliar, señor, desde luego, ya más suave y adulador, dispondrá de al menos dos horas y media tras la entrega de la llave de la habitación, y en ese tiempo usted podrá realizar aquellas tareas mentales o no, intelectuales o no que crea oportunas o convenientes para prepararse o concentrarse en su sesión, sepa ya de antemano que será larga, que no comerá y sólo si lo suplica con la debida atención y respeto al proceso creativo, señor, podrá beber algo, agua, o aguardiente, no hay más, los zumos están contraindicados, velo por el bienestar del paciente y por su deleite sensorial, créame, lo mejor es no tomar ni beber nada, por su bien, y por su bien le vendrá bien pensar y reflexionar sobre la mentira y el fingimiento, únicas, creo yo, formas de relacionarse entre los seres humanos, siempre y sólo la mentira y el fingimiento, lo demás, si se analiza bien, un desperdicio, fingido e insincero al cabo, como acabo de demostrar, piense en ello y reflexione en la inutilidad de todo, en lo baldío de los millones de esfuerzos realizados a lo largo de su vida, de cualquier vida, esfuerzos siempre del todo fracasados e inútiles, esfuerzos que no le condujeron a nada salvo la decepción, o en todo caso en esta dirección, hasta aquí, donde solvento las mayores diferencias, donde usted encontró la rara consecuencia, cómo diablos habrá sabido eso, hasta este cuarto en donde tendrá la máxima conciencia de esa inutilidad, la máxima conciencia de lo baldío de esos esfuerzos, como demostraré, y en realidad sin convicción demostraré, pero usted percibirá, señor, y sepa, terminantemente prohibido escribir nada, ni una coma, sepa que los escritores, creyéndose artistas o dios sabe qué cosas creyéndose, no son más que la mayor plaga que puebla la faz de la tierra, y que todos habrían de sufrir la ceguera de Tiresias, la amputación de las manos y hasta la ablación de la lengua. Entendido, ni una coma sobre el papel. Aquí tiene usted la llave, suba, y descanse en sus reflexiones. El gato volvió a licuarse, y por el mismo ángulo de las escaleras, lo vio perderse el posadero, cuya vista quedó fija en el ángulo contrario, qué curiosidad, e instaló allí, al igual que el cliente, sus pensamientos, al igual que el cliente, casi idénticos pensamientos. Yo, ajeno a ello, me adentré en un pasillo desnudo y atravesado por una fresca corriente de aire que provenía de una ventana en su extremo, poco antes del cual una puerta con un dos arábigo me esperaba entreabierta. El dos de la llave, la entrega de la llave sólo fue simbólica, desaparecí dentro, no fue austeridad lo que encontró, sino espléndido destartalamiento, derrota de los ímpetus, un tragaluz cenital, con su vidrio, la cama, larga y estrecha, un sillón desvencijado, el baúl a los pies, enorme, no para transportar de puerto en puerto, en esos viajes inimaginables, no, más propio para contener, inmóvil, anquilosado por su aspecto ciclópeo, terrorífico el baúl, como un féretro triple, un telón las cortinas, como una cascada sucia en tres de las cuatro paredes, una silla coja, la alfombra tiñosa ¡cualquiera diría que soy un menesteroso! Lo diría y acertaría, y en cualquier caso se equivocaría, estaría cualquiera equivocándose, al menos equivocándose en cuanto a la naturaleza de mi verdadera menesterosidad. Todo parecía ya descoyuntado. Cerré la puerta, me arrojé sobre la cama, duro el lecho. Al principio fue un placer febril el que me acogió, provocándome una extraña erección infantil, bocarriba, miraba ya fijamente la luz del techo, natural, que se derramaba sobre mí tristemente, poblada de partículas, alguna nube la hacía perder intensidad, o era ya la tarde, creyendo, de pronto, percibir intervalos de estremecedora obscuridad, cerré los ojos, cerró los ojos el huésped, y trató de pensar en las mentiras y los fingimientos, enumerarlos, los más tumultuosos a lo largo de su vida, necesarios algunos, y puedo decir que se durmió. Despertó ya sucumbiendo a la rara consecuencia, toda una serie de arreos dominando su cuerpo desnudo, el gato inmovilizado sobre el sillón ronroneaba satisfecho, Procusto giraba imperceptiblemente una manivela con uno o dos de sus gruesos y poderosos dedos, concentrando su mirada aterradora en mis desorbitados, por momentos, ojos, Procusto, de pie sobre los pies de la cama, ordenando correajes, trabando hilos, concertando su alegato en contra de la diferencia, contrario al elogio de la diferencia, una vuelta más, y ya oí el primer crujir de mis coyunturas descoyuntándose, pensé en el baúl, pensado más bien para contener, almacenar, una vuelta más, comienza el desmembramiento, esconder quizá mi fláccido cuerpo mientras llega la hora de la amanecida, la hora de desaparecer del mundo, desnudo, desbaratado, mi fláccido cuerpo sin oponer resistencia realmente ninguna resistencia por fin resistencia ninguna, aproximarlo al filo de un precipicio y desde allí despeñarlo hasta los fondos insondables en donde una buena cantidad de diversas alimañas y carroñeros se disputarán mi carne aún caliente, aprovecharán vísceras y tendones, huesos y piel, y antes de que los rayos cobrizos del primer sol despunten ni el menor rastro quedará de mí, acaso una nube de insectos atraídos por el hedor, como indicaban los folletos publicitarios que, en mi agónico desvarío, soñaba, siempre encontramos de esos folletos publicitarios hoy, nos inundan, pero mientras, mi salvador se afanaba con destreza soberbia sobre mí, hacía toda clase de maniobras y manipulaciones orientadas a conseguir los mayores dolores y los mayores sufrimientos para mí, para mi satisfacción, y por consiguiente los mayores placeres y los mayores goces para él, su único tributo. Me espetaba, Conseguir ofrecer la rara consecuencia tiene significados no del todo coherentes, más bien significados disparatados, y sin embargo, señor, sufra usted bien, se aproxima uno a una serie de verdades frágiles que lo desatan a uno emocionalmente. Qué estridencias, esas poleas mal engrasadas, desgarraban mis oídos, él arreciaba apenas sin esfuerzo, el puro a la misma medida aún, una perenne expresión sañuda en sus labios, yo acudía a los primeros espasmos para contenerme de gritar, la luz, ahora me pareció incandescente, en medio de conatos de mareos lo que parecían estertores, aflojaba, podría medir medio metro más, los tendones al límite, los tobillos, las rodillas, las ingles, el cuello iban cediendo ante esa atrocidad física, recrudecía, me sentí desfallecer, incrementaba el dolor con el dedo índice, lo reducía con el pulgar, una pantalla de cosas ciertas e inciertas en la pared, contemplaba a Damastes incansable, cauto e incauto me observaba con precisión, brotaron algunos bultos en mis piernas, se acercó a mi cabeza y me concedió su mano enorme sobre la frente, sudaba yo como un condenado, Permanecerá así un buen rato, señor, quiero que sobreviva en este preciso dolor hasta que comprenda, y no tardará en comprender, que este dolor no más que ínfimo dolor para el mundo, un sufrimiento desechable, usted no es merecedor más que de su propio dolor y sufrimiento, que nadie vendrá a aliviar, que nadie se arriesgaría a aliviar. Dicho esto, el posadero salió por la puerta que comunicaba con la habitación uno. La tapa del baúl, ya estaba abierta, y yo adivinaba su horrenda obscuridad vacía.