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viernes, 18 de enero de 2013

El perro.



Entre las brumas de un mal sueño y el coyuntural dolor de todo mi cuerpo retumbaron los golpes metálicos y los chirridos, por ausencia de engrase, de los goznes de la simbólica, pero muy próxima ya a lo real, puerta herrumbrosa que me impide cada día, las veces en que a lo largo del día me acuden las ganas, con sus gruesos cerrojos, salir, no ya a la libertad peligrosa, sino ni tan siquiera al patio en donde alguna vez alguien pudiera contribuir al desarrollo de mis escasas habilidades sociales, haciendo un gran esfuerzo, sin duda, llegando al desaliento, digo, o ver un pájaro o ver hasta el vuelo de un pájaro, aunque la mayoría de los días ni me vienen esas ganas, y eso que me ahorro, de tan melancólico que ando, etcétera, y entonces, junto con los golpes y los chirridos y los cerrojos se abrió y yo miré displicente, legañoso, sumido en mis coyunturas doloridas, y vi la sucia bota del guardia junto al hocico de un perro que se adentraban  en mi húmeda celda dejando un susurro descuidado de jadeos en mis pabellones auriculares. Me incorporé atónito en un crujido de articulaciones y huesos desencajados sobre el jergón habitado por una infinita cantidad de toda clase de bichos y los encaré, al guardia fétido y al perro, pequeño, afanoso, rojizo y de vivos ojos negros que se lanzó a lamerme con la desvergüenza propia de estos cuadrúpedos, con una expresión indefinible. La  del guardia, como siempre, era una expresión impaciente y poco cultivada, claves, desde luego, para el afianzamiento de su inmaculada estupidez carcelaria y su nunca saciable crueldad: un lerdo, vamos, por antonomasia. El can, colmado ya de sus lamidas, rastreó entonces la estancia, de esquina a esquina, con una celeridad graciosa, como apoderado de un sentimiento de añoranza indescifrable. Al cabo de unos minutos ocurrió algo extraordinario...