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sábado, 3 de octubre de 2009

El silencio.


Estimada señora, y sin embargo trato de afligirla siempre que puedo mostrándole toda mi decepción del mundo y en especial de mis congéneres una vez y otra hasta, seguramente ya, desanimarla por completo y por completo se acerque ya usted a la inverosimilitud de mis discursos descarnados. Tendrá que avisarme cuándo el hastío de mí se le haga poco menos que insoportable para que yo, en ese momento, tome la decisión correcta o acaso no correcta pero decisión al cabo. Como le digo y quiero contarle hoy, ayer acudí a la consulta de uno de esos llamados especialistas médicos para que, de acuerdo con otro especialista médico al que no he visto aún y que será, al parecer, quien tome las riendas de mi mal, aclaren qué debe hacerse con una leucoplasia que me crece en la lengua desde hace ya más de un lustro, por lo menos, y ante la que, desde luego, he mostrado la mayor tranquilidad desde el primer momento. Ponerse en manos de un médico, y peor aún, de uno de esos especialistas médicos, es comparable a ponerse en manos de un asesino en serie y por eso mismo, firme en esta creencia inamovible, he procurado retrasar en todo lo posible cualquier contacto o entrevista con un médico o con un especialista médico hasta el día de ayer, en que un agarrarme al mundo imprevisto me arrastró hasta el hospital y allí a una consulta en la que únicamente esperaban dos personas, un anciano decrépito y una señora de aspecto saludable y excesivo que hojeaba de forma compulsiva una revista de las llamadas revistas del corazón, que dejó de inmediato sobre la mesilla para desearme los buenos días e interesarse enseguida y sin apenas respirar, por mi presencia allí y por mi mal. Y yo todavía, a pesar de la hora y de mi debilidad, no había tenido ánimos ni para llevarme un bocado a la boca, tal era mi desorden incomprensible. Me senté como se sientan las personas en estos casos, supongo, me sequé el sudor de la frente y traté de estudiar a aquella mujer irrefrenable antes de soltar palabra. Que su marido era camionero y que la abandonaba durante semanas enteras y que durante estas semanas enteras ella permanecía siéndole fiel, al menos al principio de su matrimonio, me quedó claro, y también, decía, de él no podría decir lo mismo, ni siquiera al principio de su matrimonio y eso la fue sumiendo ya y poco a poco en un estado de intranquilidad y contrariedad notables. Que eso le provocaba sarpullidos espantosos por la piel, especialmente en el cuello, lo que, era evidente, la afeaba ya de forma que acude al especialista médico con frecuencia y sin, al parecer, resultados positivos. Que su marido era una persona complicada y al mismo tiempo era una persona cariñosa y que de ese cariño ella apenas podía disfrutar una mínima parte que era la mínima parte que permanecía él en el hogar tras sus regresos, porque siempre regresaba, no obstante, y por espacio de apenas unos días tras los cuales partía de nuevo a esos viajes transnacionales y así mismo lejanos, transportando mercancías perecederas unas veces e imperecederas otras y que ahí radicaba toda la complicación posible de la que sí disfrutaba con generosidad aplastante y embrutecedora, decía. Que existía en una intranquilidad sin interrupciones y que la perseguían las peores pesadillas y que su soledad la iba aniquilando lenta e inexorablemente sin remedio, explicaba y repetía esa misma explicación constantemente, y ésa era su forma de calmar esos nervios y esa ansiedad, un mecanismo para defenderse de los nervios y de la ansiedad, pensaba yo, que de igual forma usaba yo un mecanismo de silencio cerrado y pétreo para defenderme de los nervios y la ansiedad que me asolaban a diario, y que en este momento exacto me asuelan, ella no parando de hablar y no parando de repetir lo mismo obsesivamente y yo usando todas las razones concebibles para permanecer en silencio.