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viernes, 17 de octubre de 2014

El mensajero y su noticia.














           Me comunican que falleció un familiar, de repente, me dice el mensajero adoptando un aire solemne, tan de repente que no pudo prepararse espiritualmente para tan largo viaje, ni avisar, ni despedirse, ni decir adiós, y avanzó unos pasos hacia mí para, inopinadamente, desviarse a un lado, de tal forma que el guardia, inmóvil y patiabierto junto a la puerta, sujetando la lanza con la mano derecha mientras la izquierda colgaba ociosa del pulgar insertado en el cinturón -observé-, balanceó los ojos de manera burlona dentro de sus sucias cuencas. Prosigue su fúnebre alocución exclamando ¡con la cantidad de verano aprovechable que aún queda! Y luego ronronea una serie de palabras que forman frases apenas audibles y como si los vocablos se le parasen en los labios tratando de mantener una tensión que a mí me estuvo provocando serias repugnancias un buen rato. Actúa y habla como si se tratase de un minero del conocimiento, extrayendo esos lugares comunes  tan afines a estos penosos momentos de forma trabajosa y tenaz, acaso pensando en mi consuelo. Al fin me da la espalda y clava sus ojos en el suelo, sucio y en un estado lamentable, como es habitual aquí, cayendo en un embarazoso silencio que, sin embargo, me permite reflexionar a mí. Ignoro quién es el portador de esta lúgubre noticia, pero calificarlo de cretino no resulta descabellado, y no me agrada su perorata tipo no somos nadie ni su lenguaje corporal ni ese hedor rancio que desprende al desplazarse por la estancia, y sospecho que al guardia tampoco, es más, estoy convencido de que el guardia, ahora penosamente ensimismado en algún pueril pensamiento, en esta ocasión admitiría conmigo la necesidad de apalear a este sujeto, y coincidiríamos en sumar nuestros esfuerzos para macharcarlo a palos, para enmudecerlo partiéndole la boca y luego las piernas para impedirle danzar más de esa forma ridícula y, finalmente, subirlo a la alta torre norte y desde allí arrojarlo al foso y servir así de alimento a los carroñeros. Está bien provisto de lorzas, y el brillo sonrosado de sus mofletes indica sin duda que sus carnes y osamenta deleitarán bien a los comensales. Tengo que declarar que mi universo de interpretaciones es infinito, como finita es esta celda y es este establecimiento en que me tienen retenido y sin expectativas de futuro, por lo tanto, pretender aniquilar a este imbécil no se me puede reprochar por los hombres, ya sean jueces o religiosos, y que, el cualquier caso, mayor pena y condena que la mía ya es imposible. Es mi inabarcable y misteriosa grandeza, me digo. Así que, en cuanto haga un guiño de connivencia al guardia emprendemos la tarea, sin más dilación.

domingo, 9 de febrero de 2014

El botón y otras cosas.



Advierto, como si fuera la primera vez, que todo está  relacionado con lo que alguien llamó la mordedura fatal del tiempo, y tal vez, de igual modo, con  el a veces indeterminado espesor de las cosas, y lo advierto en el preciso momento en que, agachado, palmeo el suelo sucio y pegajoso de la estancia tratando de palpar el botón de la camisa que acaba de desprenderse de un puño. No sé qué camino habrá tomado, en esta poca luz cuesta descubrir los objetos, cuanto más éste, pequeño, fastidioso, y aunque sé con certeza que el guardia posee una vista prodigiosa, y sé además con la misma certeza infalible que a él la mordedura fatal del tiempo se la trae al pairo e incluso estoy convencido de que el espesor de las cosas le importa un pimiento, no le voy a pedir ayuda, porque sé, y he llegado a esta seguridad alucinante y ulterior, que estaría dispuesto a concedérmela, y hasta derrochando una benevolencia extremadamente arcana, y sin duda hallaría  el botón y me lo mostraría jovial, dibujando una sonrisa en su aparatoso rostro de mercenario, una sonrisa que ha dejado de ser pueril para convertirse en estulta, sobre la palma de su mano, mano que tantos niños ha estrangulado, manchada de sangre, que ha experimentado el terror mientras se les escapaba el alma a sus víctimas, mano que ha simulado engaños, con la que ha comido y bebido y con la que cada día retira los restos de heces de su ano y luego se restriega los ojos, y más tarde, cuando la vejiga le aprieta, agarra su pene pringoso para dirigir el chorro de orín hacia cualquier muro de este establecimiento carcelario adoptando un gesto emaciado, asaz repulsivo, tanto que, en ocasiones que ha meado aquí mismo, he sentido la necesidad de que me devuelvan a la nada, o más allá de lo posible y sea honestamente concebible, así que no le voy a conceder ese pequeño placer altruista. Por lo que, en los próximos minutos, me dejaré morder por el tiempo mientras me afano solo en la búsqueda del útil botón puñetero, escaso de espesor, y de esa manera, burlaré eso que, en ocasiones, e indebidamente, se llama tedio.
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sábado, 8 de febrero de 2014

Renovación.




Vencido por el sueño, como cada no sé cuántas horas, porque aquí las horas, como ya advertí una vez a los que me escuchan, que son menos y menos según pasan los días, no se miden igual que se miden fuera de estos altos muros, impracticables, de albayalde teñidos, digo, y por tanto, no están sujetas a un ritmo comercial ni ofrecen ese descanso que  tanto halaga a cambio de la fatiga -yo, he de reconocer, ni siquiera me fatigo-, cerré mis ojos y soñé con un paisaje de bosque quemado por dentro, con una pérdida constante de no sé bien qué, y es por eso que ahora, nada más salir de las brumas, antes de que el hediento guardia acuda hastiado de sol y calor a mi celda con el pan y la leche agria de ayer, me apresuro a anotarlo todo en mi memoria, colores, olores, sonidos, reflejos, huellas, pausas del tiempo y puntos del horizonte, entre otros etcéteras que ahora no podría enumerar por no detenerme en mis urgencias y fijarlo todo bien en la intensa longitud de tus piernas para contártelo así, ufano y extendido luego desde la punta  de tus dedos hasta el final obscurecido de las ingles. Porque para pensarte, y más aquí, en esta estancia lúgubre, húmeda, angosta y por tanto insalubre, se necesitan superficies largas, cálidas, y a veces ciclos circulares que se alimentan y se pierden y que a veces se quedan flotando entre los parpadeos y que otras -veces- nos van robando cada vez más el ángulo de la espalda. Urde las imaginaciones, conjuga la invención de dos perfiles juntos hasta que, oh, llega el guardia  cabrón e inunda con su presencia y ahoga, cuenco de leche agria en mano, chusco de pan roído de ratas bubónicas y, entonces, lo que te narro desde aquí se zanja con la censura de su mirada oblicua. Que se vaya, que  cierre la espantosa puerta oxidada ya, que se larguen los eunucos, que dejen las luces apagadas para evitar el mareo y el vómito, que arrastren la podredumbre bajo sus pies costrosos, infectados de hongos, que viertan el tiempo desacompasado por los corredores de la fortaleza, que, a ser posible, tras el portazo, el guardián, sucumba a un síncope o tropiece con el vértice de una piedra y se abra la cabeza de tal modo que sus sesos se desparramen por el piso y entonces huyan las sombras verticales y un rayo de luz limpio y poderoso entre irremediable y devaste tanta inmundicia depositada en los reinos. Pero me temo que el invierno, como este deseo mío, me está mintiendo, porque está hecho de fragmentos.
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viernes, 7 de febrero de 2014

Te escribo.


El guardia, de espaldas a la puerta metálica, cerrada, que hace de barrera, ronca balanceando en el aire su fétido aliento de estrangulador de niños, entretenido el sueño en sórdidas volutas de herrumbre, y es cuando yo, infeliz preso de circunstancias inenarrables, me agarro a esa paz inestable y que se incorpora cada noche para no permitir mi  extravío definitivo. Comienzo a escribirte, nocturna la hora en que seguro ya duermes, revestido por los hálitos amargos de las malagueñas que Diego Clavel desgrana indecoroso desde las fauces de mi memoria. Se me estremece la garganta. Vienen esos cantes con una brutalidad sencilla que me desarma; me toma de las solapas algún sentimiento ciego imposible de controlar, que habita dentro del hueso, y me golpea contra unos muros impracticables, los muros de esta celda primero, los del recinto luego, los del mundo finalmente. Una sencillez que de tan simple escapa, como aquel beso primero con rumor de lengua que nos dieron, tanto conjeturado, de una sencillez después tan desarmada. Dan ganas, en los finales inabarcables de un quejido que parece que nunca podrá agostarse, dan ganas de pedir clemencia o piedad, una caridad de urgencia, no para el mundo, no, pedirla para nosotros dos solos que tenemos las manos  tan expuestas a la luz, fuera de todo el  refugio del cuerpo, y en esta hora tan terriblemente aprestada para una caricia que se agrupa sobre el aire. Nosotros, que no tenemos a dios, que no podemos desprendernos del veneno de mirar y de la rabia... Y el dolor emocionado que no es nuestro, que es memoria que no debería pertenecernos, viene a lamernos los pies, a tenderse -escaldando- como un perro viejo y  cansado. Puto ronquido del hastial del guardia que ofende estos sensibles, para mí, acostumbrado a la briega embrutecida, pensamientos. Continúo escribiendo, como si hubiera papel y tinta manuscrita en esta carta, en esta noche de  transparencia voluptuosa, después de pasearte sin desconfianza en la mañana, por la media luz despierta de las sábanas tratando de encontrar un orden imposible para las fichas de un puzzle que tanto tiene, al que tanto falta... Yo no tengo quien por mí llore/ ni quien por mí pase pena./ Será un toque de  campana muy triste/ que doble cuando yo muera. Yo, que acostumbro a vestir de almidón las palabras, para que sepan humanas: qué hago con estas voces, pero qué hago también, en momentos de ayer y hoy, contigo. Porque está ese pozo abisal de belleza sin pulir, básicamente sublime, primariamente indecoroso. Puto ronquido del guardia desdeñoso, terco en recordarme su presencia y la náusea del exterior y que me empuja a vivir en el disfraz para esquivar el rasgar continuo que ya supura. Y sin poner un pie en la iglesia.
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