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jueves, 20 de enero de 2011

El sueño de la fuga.


El lugar en donde estoy recluido es obscuro y sucio, inaccesible incluso a los bichos que suelen habitar sitios así. Qué potencias impiden sus presencias, lo ignoro, acaso la falta de alimento o cualquier otra singularidad que se me escapa, insecticidas, aplastamientos, llamas. El caso es que no son visibles a mis ojos, ni mis oídos se deleitan con sonidos perceptibles de vida alguna. Es en estos momentos, como ahora mismo, cuando caigo en la cuenta de cuan desventurada es mi existencia aquí, a pesar de la paz que me imponen estos guardianes obtusos, acaso contumaces, esta tranquilidad forzada que ni permite que asome mi cabeza a través de la ficticia ventana para contemplar el trasiego probable calle abajo. En noches -supongo que la noche es cuando duermo, como cuando disfrutaba de una vida normal, allá afuera, y el día cuando permanezco despierto y no hago otra cosa que darme a pensamientos a veces torturantes- que sueño, sueño con la fuga. La evasión es frenética, derribo a los carceleros sorprendiéndolos con mi fuerza y con la velocidad del rayo subo y bajo escaleras, penetro por tragaluces, deslizo mi cuerpo por pasadizos, salto, escalo, fluyo por la niebla y me pierdo entre árboles hacia una ciudad. Anhelo una ciudad de impíos, con mujeres hermosas y entregadas, propensas a las caricias más atrevidas, a mostrar méritos extraordinariamente sensuales en las sombras de locales de turbia atmósfera. Qué digo, esto último es consecuencia del extenso periodo de abstinencia sexual que soporto, vamos, que en este sueño consiento fantasías propias de un adolescente a la par que las del adulto que ansía procurarse libertad, libertad. No es el caso, y en cualquier caso, siempre despierto aquí, y la fuga ha sido abortada, y ya las paredes se mofan del intento, me reflejan cementerios, animales torturados en sus jaulas, hombres desmoralizados, cielos grises como el plomo.