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viernes, 5 de abril de 2013

Parte segunda.

Cruzo el puente, sin duda romano, de un solo ojo, cansado, escéptico, periférico mirando las opulentas montañas que cobijan el pueblo y que llevan extinguiéndose decenas de miles de años como si nada, recubiertas de árboles, y entregado a la idea de ser un hombre olvidado. Veo un niño a lo lejos que camina hacia mí, como si no hubiera otro camino, y lleva una caja de zapatos en las manos. Yo era un niño al que le gustaba apoyar la espalda en las estufas calientes, dijo Simon Tanner Walser, y también que la madurez vuelve infame y egoísta a la gente, anda que no, dije yo. Al acercarse a mí le pregunté al niño qué llevaba dentro de la caja, se lo pensó antes de contestar y habló, Un pájaro, voy a soltarlo desde el puente, tuve un sueño, señor, y en el sueño vi que los pájaros tienen que procurarse su libertad por todos los medios, y yo seré el medio, porque éste no es mi pájaro. Qué hablantino el niño, pensé. Y acezoso continuó su camino y yo lo sigo con la mirada y contemplo cómo mientras atraviesa el puente lo envuelve una alegría alrededor de los pies y cómo se detiene en medio y abre la caja de la cual sale una sombra rauda y alocada que se desvanece en pocos segundos tragada por la distancia. Este niño ha abierto su alma a la virtud. Me atrevo a continuar adelante, desprovisto ya de toda resistencia, con la idea de ver semejantes en grupo, afanados en cualquier cosa, con el deseo de pasar desapercibido y tomar nota, me adentro por una callejuela obscura y fresca, deshabitada pero que da, sin embargo, a una plaza de concurrida sumamente animada, con una terraza de bar donde se halla reunido un festivo grupo de gente que grita con hilaridad y despreocupación. Llevar tanto tiempo recluido y confinado en la estrechez de mi celda me habrá provocado algunos daños sensoriales, supongo, porque allí dispongo de tiempo para muchas cosas pero para otras, las que algunas veces anhelo, no dispongo de ningún tiempo y eso ahora me impide participar y descubro que se me ha escatimado ese placer único que es el de las relaciones humanas, aunque éstas, en ocasiones, no sirvan para nada. O peor, sirvan para meterse en líos. Es imposible no sentir cierto desprecio por algunos seres humanos, todos acaban haciendo alguna mataperrada alguna vez. Y no lo respetan a uno como debiera ser, yo, por ejemplo, sólo soy respetado por una única persona, yo mismo. Me alejo hacia una esquina con la parsimonia del observador y observo cuerpos femeninos y trato de imaginarlos temblando de excitación. Desde luego, tengo daños atrasados, y entonces dudo de si mi condena me ha impedido realmente arrancarle sus encantos a la vida. Pero no puedo detenerme a pensar en eso ahora. Estiro mi brazo y lo recojo en un movimiento circular para mirar la hora en mi reloj japonés. Qué inconmensurable es el tiempo.