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lunes, 28 de marzo de 2011

Oración.

En la pared de su oficina Billy tenía una oración enmarcada y colgada, que le ayudaba a seguir viviendo a pesar de que no sentía ningún entusiasmo por ello. Muchos pacientes que la habían visto le confesaban que a ellos también les ayudaba a vivir. Decía así:


Concédeme, Señor

serenidad para aceptar

las cosas que no puedo cambiar,

valor para cambiar

las que sí puedo

y sabiduría para

distinguir las unas

de las otras.

Entre las cosas que Billy Pilgrim no podía cambiar se contaban el pasado, el presente y el futuro.

Kurt Vonnegut.

Matadero cinco.

viernes, 25 de marzo de 2011

La destrucción.


No temo reconocer que nunca me ha importado gastarme el cansancio, pero advierto que ha de ser siempre por alguna razón concreta, y en este lugar que me hacen habitar por fuerza, y en esta vida subterránea a que soy sometido, etcétera, no sé si eso ya de antes, el gastarme el cansancio, me sirve de algo, o no. Ni tengo con quién, ni con quién afligirme. Me han llegado noticias, a pesar de todo, sobre el mundo exterior, que, al parecer, anda envuelto en una vorágine destructiva -nada que no ocurriera ya antes, en tiempos pasados, es decir, desde siempre, desde la más obscura noche- que asombra y tiene en vilo a todos los habitantes. Se habla de escombros, de comunidades destrozadas, de entornos desolados, peligro nuclear inminente, cascotes que se desprenden, caos económico y las más comunes de las guerras. No sé si alegrarme por mi estado: me he librado de esa destrucción, de los derrumbamientos, de los obuses y, sobre todo, de la pesadez y fatiga de las charlas sobre ello en bares y librerías. La imagen de un mundo en ruinas se presenta ante mí, la desintegración, los rostros desfigurados, los cuerpos mutilados, los cadáveres calcinados, el estremecimiento general. Y yo ileso, incólume, aquí, en mi refugio del sótano, alejado de cualquier catástrofe. ¿No es sensacional? Ni una astilla me amenaza, mi tegumento a salvo de las llamas, mis narices protegidas del hedor de los tejidos en descomposición, mis manos de los desgarros, mis ojos de la visión de los cuerpos encogidos y los escorzos del dolor. Pero, ay, de qué me vale si mi devastación interior, moral y real, es tan brutal como ese mismo remolino destructivo que, para fastidiar a quien me tilda de administrador de tristezas, se levanta por todas partes. Estos abismos me atraen, verlos empalidecer colma mis aspiraciones, el desquiciamiento me provoca ansias de estudio, la contundencia del horror ardores literarios, señor. Y me digo, no tengo a quién, esta transrealidad, este imperio de los muertos y heridos y abandonados, esta vida sin vida que se describe, esta irrupción inevitable de aniquilación no es sino otra forma de destrucción, más lenta, más atosigante, cruel e inflexible. Abyecta, adornada por un sordo ruido triturador: son los efectos estéticos de la ruina, la transformación del vértigo real y exacerbado en una sencilla demostración del vértigo metafísico, para mitigar, qué digo, casi dulcificar el marasmo verdadero en que nos desenvolvemos los seres humanos. Los escombros somos nosotros.

martes, 15 de marzo de 2011

La prudencia.


Las rosas colocadas por mi madre se han abierto como corazones enfermos. Pero tanto, que apenas tardarán un día o unas horas en rendir sus pétalos a la superficie de la mesa, a los pies del florero chino. Sé que está amaneciendo porque el guardián hace sus ruidos guturales con estruendo, porque el sueño de las rosas de mi madre lo he recordado, porque blasfemo al salir el sol y despotrico contra lo efímero, contra todo lo que necesita angarillas y obituarios para existir. Y en esto que asoma sus belfos con rinconeras de saliva reseca en las esquinas y me advierte, el guardián, Prudencia, sé prudente, desgraciado. Que un ser tan zafio y repulsivo me espete de esa forma un consejo no dejará de inquietarme durante un buen espacio de tiempo, perro flaco, ojos amedrentados y uñas sucias. Sé que no debo apasionarme, de hecho, hace décadas que abandoné toda pasión, mi espíritu se elevó a cotas insospechadas, también mi infelicidad, valga decirlo. Eso es otra materia para analizar. Ahora, la prudencia, esa virtud perfilada por la razón, vestida de cautela, sosegada y lustrosa, y acaso mutiladora de aventuras y descubrimientos... Hoy no es más que precaución. Una mayúscula con rabos rizados, eso es la prudencia hoy. El verbo triste, rígido, con horma de lejanía y corsé, cenceño como la memoria de una hormiga. Me bastaría salir fuera y entregarme a la luz, unir los pétalos que en el sueño se desprendían mudamente de la corola. Pero, oh, la prudencia me invita a contenerme, una vida inútil como la mía sometida a la tiranía de la prudencia, los hombres repulsivos atentos al menor movimiento, y me pregunto, ¿de dónde se saca la ilusión del ánimo si uno está ya condenado desde el principio? Y lo sabe. Lo sé. ¿Dónde se coloca la derrota ya asumida? La vida nos desprecia desde siempre, pero nos acostumbramos sin esfuerzo a ser, a reunirnos, reírnos, comer, copular, sufrir catástrofes, etcétera. La prudencia nos priva de alegrías y nos libra del murmullo del dolor. Supuestamente.