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viernes, 25 de marzo de 2011

La destrucción.


No temo reconocer que nunca me ha importado gastarme el cansancio, pero advierto que ha de ser siempre por alguna razón concreta, y en este lugar que me hacen habitar por fuerza, y en esta vida subterránea a que soy sometido, etcétera, no sé si eso ya de antes, el gastarme el cansancio, me sirve de algo, o no. Ni tengo con quién, ni con quién afligirme. Me han llegado noticias, a pesar de todo, sobre el mundo exterior, que, al parecer, anda envuelto en una vorágine destructiva -nada que no ocurriera ya antes, en tiempos pasados, es decir, desde siempre, desde la más obscura noche- que asombra y tiene en vilo a todos los habitantes. Se habla de escombros, de comunidades destrozadas, de entornos desolados, peligro nuclear inminente, cascotes que se desprenden, caos económico y las más comunes de las guerras. No sé si alegrarme por mi estado: me he librado de esa destrucción, de los derrumbamientos, de los obuses y, sobre todo, de la pesadez y fatiga de las charlas sobre ello en bares y librerías. La imagen de un mundo en ruinas se presenta ante mí, la desintegración, los rostros desfigurados, los cuerpos mutilados, los cadáveres calcinados, el estremecimiento general. Y yo ileso, incólume, aquí, en mi refugio del sótano, alejado de cualquier catástrofe. ¿No es sensacional? Ni una astilla me amenaza, mi tegumento a salvo de las llamas, mis narices protegidas del hedor de los tejidos en descomposición, mis manos de los desgarros, mis ojos de la visión de los cuerpos encogidos y los escorzos del dolor. Pero, ay, de qué me vale si mi devastación interior, moral y real, es tan brutal como ese mismo remolino destructivo que, para fastidiar a quien me tilda de administrador de tristezas, se levanta por todas partes. Estos abismos me atraen, verlos empalidecer colma mis aspiraciones, el desquiciamiento me provoca ansias de estudio, la contundencia del horror ardores literarios, señor. Y me digo, no tengo a quién, esta transrealidad, este imperio de los muertos y heridos y abandonados, esta vida sin vida que se describe, esta irrupción inevitable de aniquilación no es sino otra forma de destrucción, más lenta, más atosigante, cruel e inflexible. Abyecta, adornada por un sordo ruido triturador: son los efectos estéticos de la ruina, la transformación del vértigo real y exacerbado en una sencilla demostración del vértigo metafísico, para mitigar, qué digo, casi dulcificar el marasmo verdadero en que nos desenvolvemos los seres humanos. Los escombros somos nosotros.

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