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miércoles, 26 de agosto de 2009

La felicidad.


Mientras me envolvía en círculos concéntricos y cerrados, una noche, sin ninguna luz artificial, apenas la pálida de la luna menguante, escuché hablar de la felicidad a uno de mis guardianes. El otro, seguramente mudo, o dormido, minuciosamente quieto o estrangulado, cualquiera sabe, congelaba una expresión furibunda en el rostro, o eso imaginaba yo, porque aquí me sirvo incesantemente de la imaginación, no me queda otra viendo como veo que esta insistencia grave y brutal de la condición humana contra mí es inevitable, el caso es, decía, que el ocelote lucubraba en su lenguaje pobre y entrecortado sobre la felicidad. Éstos, que me tienen cercado y oprimido, sé que me procuran la mayor infelicidad posible, y sé que ellos mismos ignoran qué es la felicidad y qué caminos conducen a ella y que, en todo caso, nunca sabrían manejarla en el caso en que llegaran a esa fuente de la felicidad y bebieran de ella, si es que es fuente o líquida la felicidad, cosa que dudo. En todo caso, estancias amplias y agradablemente aireadas y soleadas en donde uno tiene absoluta impunidad para todo, traspasando incluso depravaciones que mejor es no nombrar. Y no, sigo aquí dando vueltas concéntricas y soy feliz, a pesar del insomnio. ¿Por qué? Sencillo, porque la felicidad está gobernada por la imaginación, no por los actos que uno quiere alcanzar. Así como el placer nace en la ilusión, y se apura hasta el recuerdo. Se esconde tras un rostro como de grisalla, se parece demasiado en su apariencia al conformarse. Permanece detrás de un biombo y anuncia siempre estar vistiéndose de sedas, pese a que lleva los mismos argamandeles de toda la vida, la misma ropa de todos los días, y hasta es posible que no se decida nunca a abandonar su escondite. Éste es, precisamente, mi caso. Pero pienso en Sísifo, incansable con su roca. Ya Camus, el filósofo existencialista, al que adoré un tiempo, señaló unos minutos en los que parecía escapar a su destino reprobado: caída ya la piedra, bajaba la colina para recogerla, por de nuevo iniciar el empuje sin término. Bajaba entonces solo, vacías las manos, libre, seguro que descalzo y cavilante, cobrando lúcido despertar de su situación, pero librado por unos minutos de su eterno castigo. ¿Sería feliz en esos momentos Sísifo? ¿Corroboraba a su alrededor la mudanza de las hojas, el canto de los pájaros, el correr de las nubes? ¿A lo mejor remoloneaba, multiplicaba cortos sus pasos, haciéndolos cada vez más pesados y lentos hasta apurarlos? Yo he reparado en esos momentos inciertos, atragantados o vacilantes entre el empuje y la caída, en los que la verdad sucede, tenue, porque aún no hay necesidad de mentir. Sentimos todavía la fuerza que nos liga al suelo antes de iniciar el movimiento, arañando grumos de felicidad, que sólo esto es, al cabo, y bien mirado, la felicidad: lo imaginado y nunca cumplido, aunque ávidos queremos y suplicamos la firmeza. Trazamos los horarios. El guardia inventa sus ojos y espera el relevo, el otro está sumido en la letargia, yo doy vueltas a la estancia, el mundo se afana en menesteres complicados y áridos u otras desesperadas esperas hasta que haya que atarse a más deseos a más mecedoras que arfan en las tardes para restituirse vagamente huyendo de la angustia de vivir, antes del escalofrío o el vómito de la vaciedad, y lo inútil nos complete los labios. Ah, qué infamia la felicidad, una trampa para el deseo, otra trampa de esa zorra de la esperanza. Sigo, pues, imaginando que doy concéntricas vueltas y escucho. No hay más.