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lunes, 24 de octubre de 2011

El tablón.


No basta reunir razones para permanecer aquí y agarrarse a ellas como si fuesen el único todo sobre el que sustentar los días y sus amarguras, alegrías o desalientos. Arrojo todos estos pensamientos tan frágiles lejos de mi mente, salgo a la calle despoblada, camino hacia en final de las aceras y descubro el mar, voy ya pisando la arena, un periódico desarbolado rueda impelido por el viento ábrego de la tarde, apenas el vagabundeo de un perro se dibuja a lo lejos, rigurosa muestra de un ser vivo. Sobre el agua y a pocas brazas de la orilla flota el balanceo de un tablón impecable, diría que maravilloso. Es sorprendente para mí. Ese trozo de madera resulta a mis ojos de una belleza y un valor parecidos al que una joya pudiera representar para otros. Despliega en mi imaginación un sinfín de abanicos que atesoran ese valor en esos días aciagos que nos atormentan porque no sabemos cómo llenarlos. Y sobra un tablón humilde flotando sobre el agua ondulante de este mar hoy sosegado, vehículo de toda aventura necesaria. Es formidable. Lo arrastra todo y lo mezcla, bate con fuerza descomunal y hace brotar toda clase de monstruos para nuestro deleite. Sólo hay que mirar más allá, doblegar esa incuria mezquina que procura ininterrumpidamente  sumirnos en lo mortal. Doy mi retina a su caprichoso navegar, reescribo sin tregua los principios torpes y su irracional razón de ser para alcanzar sin precipitarme el hecho brutal y ansiado sin condiciones por todo ser humano que huya de la locura o al menos del tedio: la ocupación del tiempo. Esto como fórmula para salvarse de la existencia, de los días letales, de la estupidez de los hombres y de la búsqueda incesante del placer. No parece sencillo. Simular a veces sirve, como pudiera servir el placebo, la engañifa que nos sostiene mientras esperamos indefinidamente algo que, sabido de sobras es, nunca llegará. El vacío estalla por todas partes, la iniquidad es imperecedera, se renueva, depreda con tenacidad, derrota a la mayoría, no conoce la clemencia. Tanta complejidad devana los sesos. Se puede llegar a comprender la voracidad de los dictadores y las ansias de los genios, hasta la longevidad de los ignorantes, y, si apuramos, la maraña indescifrable de los procesos judiciales. Toda la inutilidad viene a proclamarse como insustituible, poco menos que necesaria para el desarrollo del devenir, con sus catástrofes naturales, guerras, devastaciones y enfermedades. Si el tablón es escupido pronto a tierra, lo recojo con mis manos ávidas y lo cargo jubiloso en los hombros hasta mi casa. Lo espero hasta el anochecer, sin fatigarme en esa espera. Es mi idea construir un banco con él, sentarme a leer o a meditar en los momentos en que me sea exigido ocupar el tiempo para salvarme de los naufragios sobre el delirio de su madera.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

La entrevista.

Mi nombre es Elpidia Menoos, comenzó a decir nada más estrecharme la mano, una mano suave y regordeta que aún no ha perdido la grasa infantil del todo, Soy vecina de esta localidad, y nos sentamos al mismo tiempo dispuestos a devorar el suculento desayuno, Aunque me autoproclamo ciudadana del mundo, no crea, mi objetivo es no permanecer nunca mucho tiempo en ningún sitio. La errancia es mi obsesión y mi forma de esquivar la idea única, no sé si me comprende, concluyó mirándome con unos ojos verdaderamente bonitos. Durante unos segundos hundimos la mirada sobre la pradera de la mesa, donde nuestros dedos se deslizaban con una precisión ubicua, avezados  sobre cucharillas, tazas, cafetera, mermeladas o aceiteras, y luego prosiguió, Acabé periodismo, una carrera fascinante, también competitiva y cruel, no hace ni seis meses. Me arrodillo en los bancos de las iglesias, pero no por los motivos que usted o cualquiera pudiera creer, no hay acto de contrición que valga en esa costumbre mía: tengo pensamientos impuros allí, y sonrió ahora, con una sonrisa verdaderamente bonita que dejaba ver unos dientes esculpidos por la ortodoncia, Y no creo, continuó, que eso vaya a ocasionarme mayores enredos con Dios. Hace dos inviernos perdí la virginidad, precisamente, con un acólito que no dejaba de observarme oculto tras el púlpito cada vez, ¿puede creérselo? (Dije que sí) Y luego me seguía por el peristilo, de columna en columna deleitándose en mi parte de atrás que, como tendrá ocasión de ver cuando me vaya, es, según me han advertido, muy sugerente. Fue una desfloración dulce, comparada con las de que tengo noticias, en la mismísima sacristía, señor. No volví a verlo, claro, supongo que huyó atormentado, víctima de alguna de esas crisis obscuras y profundas a que se ven abocados los que huyen de estas violentas y placenteras emociones... ¿Hablo demasiado? (Habla estupendamente; puede seguir, que yo ya engullo con satisfacción, le dije). Le imagino ahora cuajado de cicatrices en la espalda, producto del flagelo a que se habrá sometido con ese cilicio de que me habló luego tras correrse como un poseso... O habrá retomado su vida lejos de la opresión y austeridad imperdonables a que se deben estos hombres. Sin duda somos versiones imperfectas y mortales de una idea absurda sobre la perfección y la vida eterna, ¿no cree?, (Sí, contesté mientras atacaba el borde de la taza con delectación). Una pausa para  recapitular mientras masticamos y tragamos, menos mal, pensaba yo, yo, que tras estos gruesos barrotes apenas sé ya de qué van estas jóvenes desnortadas, y que nada más untar de mermelada la tostada fue a parar al suelo, la falta de costumbre, me consolé, pero, aun cayó con lo untado hacia abajo, la recogí y la devoré sin reparos, y luego, me espetó, ¿Por qué está usted aquí? Por fabricar una bomba, le dije. (Ya era hora, comenzaba la entrevista) ¿Y eso? Verá, señorita, nunca me motivó eso de amasar dinero, y la desesperanza se apoderó de mí, quedé embelesado de cierto romanticismo revolucionario, reviviscencias pueriles muy gratas, he de reconocer, seguí, y di un buche a la aceitera, groseramente, pero qué podía perder, y sé que la prensa divulga sólo con afán recaudatorio, infame si me apura, y despreciable, pero usted es bonita, sin haber contemplado su culo aún con atención, sé que es fenomenal, le dije, y tengo otras razones para sacrificar mi pensamiento, créame, es fácil dar razones que no son verdaderas, y luego nunca pasa nada. Guardé silencio, y esperé a sus preguntas mientras me fijaba en su pelo, verdaderamente bonito, joder, es que estas periodistas son bonitas o el fracaso lo tienen asegurado. Guardé silencio yo, como un nodo sobre la silla, el estómago ahíto ya, y unos deseos impropios de afeitarme la barba. Y ella, devorándome con esos ojos, la taza asida con ambas manos tan hermosas, proclamando su osadía, presta a deshacerse de esas mallas que la oprimían, las mejillas tomadas por el arrebol de quien se ve descubierto el pensamiento.

martes, 6 de septiembre de 2011

La visita.

Si estoy en lo cierto, hoy es viernes, y los viernes, para mí, no tienen nada de especial, ni de trágico, ni de simbología en los espacios de mi recuerdo, tan difuminados ya. Resulta que el lunes -uno de esos lunes desprovistos de todo, igualmente, calcado al domingo que le precedió y a este viernes que a duras penas subyace- pasado, digo, alguien deseaba verme, hablar conmigo, proponerme algo. Me lo comunicó el jefe de la guardia permanente e inquebrantable, y también tozuda, que me custodia día, noche y madrugada. Me dijo algo así como, Una persona del exterior quiere entrevistarse contigo. Tiene los permisos, y se me quedó mirando la cara de estupefacto. A estas horas, ni siquiera la leche y el pan agrio reposaban en el rincón. Dijo más, Si accedes, habrá desayuno especial, café con leche, tostadas, mermelada y aceite virgen extra. Sonaba impecable. Y comoquiera que el centurión éste no me veía salir de mi asombro, concluyó, Es periodista, dice, y por cortesía no hay que hacer esperar demasiado, decide en un minuto. Tengo entendido que esa especie actual, muy evolucionada, y para mal, dondequiera que aparece, hace aflorar la mugre, lo deja luego todo empercudido y si no quedan satisfechos, algunos cadáveres. Pero, qué puedo perder yo si ya gano un desayuno en condiciones... Así que di al cancerbero la aquiescencia y me fui a mear y a lavarme la cara. Tras lo cual, me aquieté sobre la silla aguardando la visita. Toma ya. Será un lunes memorable. Pensaba. No puedo decir que me entusiasmara la idea, pero al menos me sacaba de esta implacable monotonía sinsísifa. A ver la contextura de este sujeto. Enseguida entró un tropel de dos empleados imberbes y, por supuesto, de una estulticia inimaginable, portando uno una mesa playera muy mona, blanca, y otro, con gran cuidado, una enorme bandeja repleta de  todo lo necesario para satisfacer el desayuno prometido para dos. Nada más salir volvieron a entrar con dos sillas de plástico parejas y a juego con la mesa playera. Estaba todo estudiado, carajo, qué coordinación y ejecución tan limpias. Por fin, el jefe de la guardia inquebrantable y tozuda, más tieso que el palo de una escoba, extendió una mano hacia la celda y en dirección a mi humilde y aparentemente entera persona diciendo, Nuestro famoso reo, señorita. Todo suyo por no más de dos horas. Y se fue, como de costumbre, tras el portazo.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Inmanencia.


En sueños, veo murallas derruidas a lo lejos, mis pies sobre la hierba alta que inclina el viento en la cima dócil de una colina. Un animal reposa a mi lado, un felino tal vez. En esos sueños, que he soñado ya incontables veces, en ocasiones aparece un río caudaloso y bravo sobre el que unos hombres sin rostro se afanan en la construcción de un puente, unas veces rudimentario y de madera, otras con todos los adelantos técnicos de la ingeniería moderna. En todos esos sueños, muy parecidos, me siento libre, una tenaz alegría recorre mis venas, las ganas se salir corriendo hacia allá son irreprimibles, gozosas. Es una clara mañana y el cielo muestra un azul tan sosegado que nada más alzar la vista comienzan todas mis sospechas. El guardia renqueante de sucia barba y voz áspera acude en mi auxilio con sus golpes retumbando sobre la metálica puerta: me despierta de la pesadilla. Descorre el cerrojo, entra, me mira el temblor de las manos, el sudor de la frente, el pavor en el rostro, sonríe con esa sonrisa grosera y estulta de que son capaces esos seres que habitan las regiones más ínfimas del intelecto, y me deja el pan y la leche agria en el rincón antes de desaparecer tras el portazo. Ignoro qué ritmos ocultos del corazón me conducen hacia tan dolorosos estertores matutinos, e ignoro igualmente por qué la visión real, cotidiana, puntual y horrenda del guardia logra calmar esa ansiedad atroz. Porque tendrían que ver al secuaz, sólo le falta la cornamusa. Pero me alivia ver esa cara de imbécil que es la cara que imagino en casi la totalidad de la humanidad. Acaso por eso.

martes, 26 de julio de 2011

Malas ideas.

Cuanto más tiempo paso aquí más inquietante me resulta la idea, idea que en noches farragosas se apodera de mi cabeza, de algún día escapar, salir fuera, toparme con la libertad como destino. Me joroba. Sé por otros y algunos ecos ensombrecidos, rumores y desconciertos, pero también por mí mismo cuando viví mi época de inconsciencia, desprovisto de todo aquello que ahora me aprisiona, ufano, repeinado, con zapatos y reloj de pulsera analógico, digo, por esa experiencia propia que aún anida en mi recuerdo, que no es fácil ni a veces soportable decidir qué va uno a comer al mediodía ni qué ropa o modelo de gafas elegir si en verdad uno las necesitara. Eso es así de palmario, y joroba. Sé que otros, precisamente, disfrutan con esos minúsculos obstáculos, es más, los ansían, forman parte de su irreflexiva existencia cotidiana. Allá ellos. Eso por no hablar de la repulsión que me ocasionaría contemplar ovejas muertas en los expositores de los supermercados, imagen que es superior a mis fuerzas; o carnes troceadas de otros animales de granja, como cerdos, gallinas o vacas. Si ya el ser humano provoca mis mayores desconfianzas, he de imaginar esos seres humanos nefandos que provistos de los utensilios más sofisticados dan muerte y luego descuartizan a esos otros seres vivos para después engullirlos en las más variadas y denigrantes formas. Y se parecen bastante a la idea que tengo de los exterminadores y aniquiladores sin escrúpulos. No sé si no será una idea desmedida la idea de algún día salir de aquí. Al cabo, y bien pensado, no deja de ser confortable estar a salvo de determinados ultrajes y visiones ofensivas. Y hay cosas peores a las que uno podría exponerse, como el ser arrastrado por un torrente pasional en el que una dama voraz e insaciable te devore hasta la saciedad y te deje los huesos alabeados y el seso laminado. O te acusen de algo, una sencilla multa, tropezarse con un concejal de fiestas o un vehemente conductor de autobuses. Las tragedias se ocultan tras los más inocentes setos de realidad. Ésta está rebosante siempre de elementos acechantes y no tardan en artillar sus inicuas maldades para hacerte desdichada la existencia hasta el punto de desear no haber nacido siquiera. Eso joroba. No estoy dispuesto a dejar que nadie me convenza de nada. Uf, es una idea  devastadora la idea de salir de aquí. Me refugiaré en los simulacros y en otras imperfecciones, mientras sean fascinantes.

viernes, 15 de julio de 2011

Análisis imperfecto de la situación.


A veces, como ahora mismo, me da por pensar que no he sido arrojado aquí de esta forma en que infinidad de veces he dicho que he sido arrojado aquí, es decir, de forma brutal, despiadada, irracional, víctima de un castigo que no merezco, etcétera y etcétera. Como un excremento, para consumarme como tal y ya por los tiempos, podrida cualquier avidez, ilusión, deseo o peripecia. No. A veces, como ahora mismo, estoy pensando que soy yo quien ha decidido recluirse aquí de esta forma brutal, despiadada, irracional, víctima de un castigo que acaso merezco, etcétera y etcétera. Como un excremento, para consumarme como tal y ya por los tiempos, podrida cualquier avidez, ilusión, deseo o peripecia. Algo me separa de los demás individuos y no he conseguido averiguar qué cosa es esa que me separa de los demás individuos y el sitio que me corresponde, por tanto, es éste, sin duda, esta angosta y a un tiempo vasta extensión de encierro ininterrumpido en donde puedo anunciar y renunciar a todos y a todo todo dentro de mi cabeza sin estar sometido a las iniquidades -tampoco a las supuestas y feroces bondades- del resto común de seres humanos que se afanan afuera. Si no fuese por el contacto mínimo y en ocasiones violento que he de mantener forzosamente con mis guardianes; por el contacto no visual pero sí evidente con el cocinero que me prepara esta bazofia inmunda que me mantiene desnutrido; por el contacto imaginario con los sujetos propios que deambulan por este tipo de establecimiento, digo, mi felicidad estallaría de gozo. Una extensión  pacífica y mal remunerada, sin embargo, gorgojea en mi interior y concluye en una  revuelta inagotable y silenciosa. Bien mirado, siento como una quemazón herética, inadvertida, sufriente, pero en mi regazo sentimental, acogedora. Sé que no es fácil comprender, ni yo mismo, ahora mismo lo pienso, alcanzo a comprenderlo, y es muy probable que todo lo pensado y escrito desde el principio forme parte de esta confusión aniquilante a que soy sometido por mis custodiadores, empeñados en hacerme turbio lo claro desde el inicio con a saber qué protervas intenciones o fines.  Y claro lo turbio para despeñarme o demolerme mientras se tronchan de risa en sus butacas. Cualquier día me precipito sobre la verdad y la desbrozo, pero ya andaré cansado, como en este momento.

lunes, 6 de junio de 2011

Sobre la comida.


Llevo unos días muy ingratos, dominados por el cansancio y la desgana mi cuerpo y mi mente vagan por la angostura de este espacio, los ojos a media asta apenas invaden las esquinas y los zócalos mugrientos, las manos enlentecidas, la boca semiabierta, los hombros vencidos, mis pensamientos extrañamente parejos a esta actitud corporal tan asténica circunvalan ideas esmirriadas o degradantes, muy alejadas del principio hedonista que suele regirlos. Creo que estoy mal alimentado, no tengo dudas sobre eso, mi dieta es pobre en nutrientes necesarios para mantener una actividad viva, delirante y acorde a mis capacidades, lo sé, y ellos también lo saben y me malnutren con calculada sevicia, me cago en todos los dioses del Olimpo menos en uno. Y el agua que me dan a beber es ligeramente amarga, el vino es tan peleón que lo uso para limpiarme la roña  de los tobillos. Hace un tiempo incalculable que no disfruto de postre, ni lácteo ni frutal ni granizado. Hasta hace unos días he llevado todo ese sufrimiento culinario con un digno estoicismo monacal, como es propio de mí, sin quejarme ni mostrar signos de debilidad, manteniendo tersa mi piel y ágiles mis articulaciones frotándome escarcha que tomo del alféizar de la ventana y realizando ligeros y frecuentes ejercicios físicos a lo largo de las horas interminables.

domingo, 29 de mayo de 2011

Para Boira.

Boira siempre me pide cosas alegres, me pide algo alejado de mi pensamiento, insiste en que es necesario, que bastante tristeza es la propia y la que se desprende de los demás como para redundar en ella. Y le digo, Pero si mis post son post cómicos, son post como para mondarse de risa, post con el desternillamiento debajo de los sobacos... Y no le sirve. Como no le sirve hoy hago un esfuerzo, y voy y coloco a esta Pippi sonriente e inquebrantable en su honor.

domingo, 10 de abril de 2011

Un domingo.


Con la levedad de un pájaro o una flor, ni apresurado ni convencido, desprovistos sus ojos de esa pérfida mirada que acostumbra, se ha presentado ante mí el guardián, sorprendiéndome, pues es domingo según mis precarios cálculos. Los domingos aquí carecen de itinerario, sucumben aturdidos por un tiempo de hastío indefinido y el aplomo de lo invariable. No me dejan leer, no me dejan pintar, ni esculpir ni evaluar mi desdicha en versos endecasílabos. Y ya es maldad, hay que sufrirlo. A veces descubro que es domingo transcurridos tiempo y asfixia por esos detalles que acabo de enumerar, si me fallan los cálculos, que a veces sucede, como consecuencia del estado de alienación en que me sumo para esquivar tanta atrocidad, y respiro hondo este aire viciado, espeso, aditivo próximo a la ponzoña. El guardián me ha mostrado una sonrisa inesperada, décupla por tanto, al tiempo que me comunicaba que hoy dispondría de un rato de asueto fuera de la celda, en el jardín exterior, frente a un horizonte que ya tengo olvidado a fuerza de capas de ira superpuestas. De pronto la incredulidad, un zigzagueo fugaz en mi mente, la posibilidad de la certeza, la luz de ahí fuera, un buscar la verdad en los ojos del mensajero que de pronto se da la vuelta y me ofrece franco el vano de la puerta metálica. Quedo inmóvil, pétreo, atrapado por lo que no es costumbre, comprobando por momentos la irritación del guardián que, de repente, se abalanza hacia mí con la intención de empujarme hacia fuera con tan buena suerte que tropieza con un tomo de las obras completas de Schopenhauer que dejé anoche descuidadamente en el suelo y cae a lo largo dándose un golpe triunfal en la frente. Exaltado y enfurecido recupera la verticalidad, la mirada asesina y las ansias de golpearme sin miramientos, y lo hace, puños, pies, rodillas se clavan en mi desnutrido cuerpo que es desplazado así hacia afuera, primero al pasillo hediondo y tenebroso, luego hacia el patio desconocido y finalmente hacia esa luz prometida de la que recelaba con toda razón. Vámonos del hedor de la ruina, me vino a la mente. Y aquí estoy, impulsado por la barbarie, frente a este sol de hoy, esa brisa que cincela mi rostro con suave acometida, ese paisaje no muy excelso pero suficientemente terrible como para que luego me sirva de consuelo en la humedad de la celda o para espantar los mil pavores nocturnos. Si hago un esfuerzo inimaginable puedo imaginar que tras esas colinas deslumbrantes espumea el mar. No hay nadie más, y vivo estos momentos con la angustia de saber que en menos tiempo del que preciso volverán a tapiar la puerta.

lunes, 28 de marzo de 2011

Oración.

En la pared de su oficina Billy tenía una oración enmarcada y colgada, que le ayudaba a seguir viviendo a pesar de que no sentía ningún entusiasmo por ello. Muchos pacientes que la habían visto le confesaban que a ellos también les ayudaba a vivir. Decía así:


Concédeme, Señor

serenidad para aceptar

las cosas que no puedo cambiar,

valor para cambiar

las que sí puedo

y sabiduría para

distinguir las unas

de las otras.

Entre las cosas que Billy Pilgrim no podía cambiar se contaban el pasado, el presente y el futuro.

Kurt Vonnegut.

Matadero cinco.

viernes, 25 de marzo de 2011

La destrucción.


No temo reconocer que nunca me ha importado gastarme el cansancio, pero advierto que ha de ser siempre por alguna razón concreta, y en este lugar que me hacen habitar por fuerza, y en esta vida subterránea a que soy sometido, etcétera, no sé si eso ya de antes, el gastarme el cansancio, me sirve de algo, o no. Ni tengo con quién, ni con quién afligirme. Me han llegado noticias, a pesar de todo, sobre el mundo exterior, que, al parecer, anda envuelto en una vorágine destructiva -nada que no ocurriera ya antes, en tiempos pasados, es decir, desde siempre, desde la más obscura noche- que asombra y tiene en vilo a todos los habitantes. Se habla de escombros, de comunidades destrozadas, de entornos desolados, peligro nuclear inminente, cascotes que se desprenden, caos económico y las más comunes de las guerras. No sé si alegrarme por mi estado: me he librado de esa destrucción, de los derrumbamientos, de los obuses y, sobre todo, de la pesadez y fatiga de las charlas sobre ello en bares y librerías. La imagen de un mundo en ruinas se presenta ante mí, la desintegración, los rostros desfigurados, los cuerpos mutilados, los cadáveres calcinados, el estremecimiento general. Y yo ileso, incólume, aquí, en mi refugio del sótano, alejado de cualquier catástrofe. ¿No es sensacional? Ni una astilla me amenaza, mi tegumento a salvo de las llamas, mis narices protegidas del hedor de los tejidos en descomposición, mis manos de los desgarros, mis ojos de la visión de los cuerpos encogidos y los escorzos del dolor. Pero, ay, de qué me vale si mi devastación interior, moral y real, es tan brutal como ese mismo remolino destructivo que, para fastidiar a quien me tilda de administrador de tristezas, se levanta por todas partes. Estos abismos me atraen, verlos empalidecer colma mis aspiraciones, el desquiciamiento me provoca ansias de estudio, la contundencia del horror ardores literarios, señor. Y me digo, no tengo a quién, esta transrealidad, este imperio de los muertos y heridos y abandonados, esta vida sin vida que se describe, esta irrupción inevitable de aniquilación no es sino otra forma de destrucción, más lenta, más atosigante, cruel e inflexible. Abyecta, adornada por un sordo ruido triturador: son los efectos estéticos de la ruina, la transformación del vértigo real y exacerbado en una sencilla demostración del vértigo metafísico, para mitigar, qué digo, casi dulcificar el marasmo verdadero en que nos desenvolvemos los seres humanos. Los escombros somos nosotros.

martes, 15 de marzo de 2011

La prudencia.


Las rosas colocadas por mi madre se han abierto como corazones enfermos. Pero tanto, que apenas tardarán un día o unas horas en rendir sus pétalos a la superficie de la mesa, a los pies del florero chino. Sé que está amaneciendo porque el guardián hace sus ruidos guturales con estruendo, porque el sueño de las rosas de mi madre lo he recordado, porque blasfemo al salir el sol y despotrico contra lo efímero, contra todo lo que necesita angarillas y obituarios para existir. Y en esto que asoma sus belfos con rinconeras de saliva reseca en las esquinas y me advierte, el guardián, Prudencia, sé prudente, desgraciado. Que un ser tan zafio y repulsivo me espete de esa forma un consejo no dejará de inquietarme durante un buen espacio de tiempo, perro flaco, ojos amedrentados y uñas sucias. Sé que no debo apasionarme, de hecho, hace décadas que abandoné toda pasión, mi espíritu se elevó a cotas insospechadas, también mi infelicidad, valga decirlo. Eso es otra materia para analizar. Ahora, la prudencia, esa virtud perfilada por la razón, vestida de cautela, sosegada y lustrosa, y acaso mutiladora de aventuras y descubrimientos... Hoy no es más que precaución. Una mayúscula con rabos rizados, eso es la prudencia hoy. El verbo triste, rígido, con horma de lejanía y corsé, cenceño como la memoria de una hormiga. Me bastaría salir fuera y entregarme a la luz, unir los pétalos que en el sueño se desprendían mudamente de la corola. Pero, oh, la prudencia me invita a contenerme, una vida inútil como la mía sometida a la tiranía de la prudencia, los hombres repulsivos atentos al menor movimiento, y me pregunto, ¿de dónde se saca la ilusión del ánimo si uno está ya condenado desde el principio? Y lo sabe. Lo sé. ¿Dónde se coloca la derrota ya asumida? La vida nos desprecia desde siempre, pero nos acostumbramos sin esfuerzo a ser, a reunirnos, reírnos, comer, copular, sufrir catástrofes, etcétera. La prudencia nos priva de alegrías y nos libra del murmullo del dolor. Supuestamente.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Tomar una decisión.


A mi habitual hora tomo asiento en el escabel junto a la esquina sur -por suponer que es sur- y me dispongo a engullir un bocadillo de chorizo. Sin duda es un momento sórdido pero placentero, despojado de toda retórica, concentrado en la monotonía del morder y el masticar, del morder y el masticar, interludio para tragar, y así. Hay gente que no sabe exactamente qué muerde, pienso, y esbozo un gesto estupefacto: supongo que no hay modo de restituir nada en absoluto. Así, mientras estaba en esto me nacen de pronto puntos suspensivos, y unos golpes que al principio sonaban suaves y acompasados, casi ondisonantes, y luego atronadores e insistentes como un comercial de seguros de vida, rompen mi paz y mis pensamientos. Provienen de la pared exterior nornoroeste -por suponer que es nornoroeste- y la hacen temblar. Siempre pasa todo en las paredes exteriores, eso lo tengo más que comprobado, puro empirismo o experiencia, a mis años, en este encierro sin socaires, digo, y pronto ya compruebo que se ha abierto un hueco polvoriento en la mitad de la susodicha pared y una luz sucia penetra con su velocidad inverosímil hiriendo mis ojos y unos ojos torvos, tal vez aviesos, me miran desde el otro lado con curiosidad insana bajo unas cejas de operario obtuso y maleducado. No estoy seguro, pero creo que esto último es un pleonasmo. ¿Qué puedo hacer yo para esculpir tu fortaleza? Le pregunto. Me responde, Vengo a liquidar definitivamente el olvido del mes y de sus cuentas. Pero no, el interfecto en realidad me pregunta, Venimos de parte del alcaide para, por fin, concederle el deseo de su ventana al exterior, y queremos saber en qué pared la desea, señor. Mecagoenlaputa. Tantos años de lucha burocrática y al fin un triunfo. Una ventana al exterior para asomarme en las tristes tardes urentes. Y otra vez el operario que me escupe, No tenemos todo el día, tome ya una decisión. Le digo, Me hubiese gustado vivir de mentira y no tener que morir así nunca. Tome ya una decisión. Pienso, la gama interminable de grises que se distiende como un acordeón sobre los muslos de un músico porteño. Se ríe el operario hacia el otro operario. Tome ya una decisión, pero la ventana irá aquí, en este hueco, del que podrá contemplar otra hermosa pared mal enjalbegada. No hay más respuesta que la contemplación o el olvido, eso lo sabemos los encerrados. Tomar hoy una decisión es como caer en la infamia, pues ya todas las decisiones están tomadas. Dios creó la rutina, y si aciertas en una decisión es porque aciertas en una decisión ya tomada, es fortuna. Obremos con astucia: quiero la ventana ahí, donde ustedes ya han abierto el hueco; quiero que dé a esa pared que dibuja manchas de humedad; quiero, al fin, que tenga rejas. Quiero ser protegido frente a los monstruos del insomnio. Morder, masticar, tragar, lomas, alcores, la brisa parpadeando en el paisaje.

miércoles, 9 de febrero de 2011

La amistad.


Mientras dormía enredado en mis barbas fluviales me ha sobresaltado un jaleo de advertencias, insultos, forcejeos y finalmente un portazo parecido a un rebumbio. Un silencio incierto luego, una porción de territorio salvado, podría imaginarse, usos de la vida, reflexiono. Alguien ha quedado detrás de la puerta de la celda contigua, y me temo que no ha pedido hospedaje voluntariamente: he reconocido a uno de los guardianes de este singular establecimiento, justo el que no ha hablado, por su sobrecogedora respiración, entre aérea y subterránea. Sin duda el otro es el del bigote nietzscheano, siempre van emparejados, y es el que suele agraciar a los reos con vituperios y manotazos. Juntos han arrojado a mi nuevo vecino a la obscuridad sucia y húmeda de la maloliente estancia por al menos dos decenas de días de olvido del mundo. Es la pena mínima. En cuanto tenga ocasión trabaré amistad con él para fortalecerle el ánimo, en las horas de recreo, sin ser indiscreto, antes de ser deslustrados por las sombras del ocio o la desesperación, antes de que una amalgama de cansancio y fastidio consecuencia de la inmovilidad a que nos someten aquí melle su carácter. He de ser astuto, evitar las profundidades abisales de estos parajes plagados de insidias. Lo convertiré en mi amigo, en mi confidente, un lujo, una esperanza en la sencillez, pienso empalidecido ya ante el repentino futuro que urdo. Espero que no sea feo, especialmente desagradable a la vista, ni su aliento expela rayos hediondos, tampoco que sea víctima de algún tic que me haga incómoda su presencia, ni sea un desertor ni un perdedor de los que anduvieron tentando las últimas migajas de su suerte... Si nada de eso se cumple, ansiaré que su plática sea fluida e inteligente y al mismo tiempo coincida o al menos sea afín a mis cuitas existenciales, y, finalmente, que no contenga su alma grumos de esos elementos perniciosos y contaminantes que dejan la traición, la deslealtad, la mezquindad, etcétera, propios de aquellos bucaneros insolidarios, perros de mar, cubiertos de desorden, restos de filibusteros que abandonaron útiles mercaderías, pólvoras mojadas y banderas negras entre la arena y las algas sin vida. Ah, y que la cuota de estupidez sea la indispensable, la justa para despojarla en el intercambio de amistad que preveo mientras me froto ya las manos.

jueves, 20 de enero de 2011

El sueño de la fuga.


El lugar en donde estoy recluido es obscuro y sucio, inaccesible incluso a los bichos que suelen habitar sitios así. Qué potencias impiden sus presencias, lo ignoro, acaso la falta de alimento o cualquier otra singularidad que se me escapa, insecticidas, aplastamientos, llamas. El caso es que no son visibles a mis ojos, ni mis oídos se deleitan con sonidos perceptibles de vida alguna. Es en estos momentos, como ahora mismo, cuando caigo en la cuenta de cuan desventurada es mi existencia aquí, a pesar de la paz que me imponen estos guardianes obtusos, acaso contumaces, esta tranquilidad forzada que ni permite que asome mi cabeza a través de la ficticia ventana para contemplar el trasiego probable calle abajo. En noches -supongo que la noche es cuando duermo, como cuando disfrutaba de una vida normal, allá afuera, y el día cuando permanezco despierto y no hago otra cosa que darme a pensamientos a veces torturantes- que sueño, sueño con la fuga. La evasión es frenética, derribo a los carceleros sorprendiéndolos con mi fuerza y con la velocidad del rayo subo y bajo escaleras, penetro por tragaluces, deslizo mi cuerpo por pasadizos, salto, escalo, fluyo por la niebla y me pierdo entre árboles hacia una ciudad. Anhelo una ciudad de impíos, con mujeres hermosas y entregadas, propensas a las caricias más atrevidas, a mostrar méritos extraordinariamente sensuales en las sombras de locales de turbia atmósfera. Qué digo, esto último es consecuencia del extenso periodo de abstinencia sexual que soporto, vamos, que en este sueño consiento fantasías propias de un adolescente a la par que las del adulto que ansía procurarse libertad, libertad. No es el caso, y en cualquier caso, siempre despierto aquí, y la fuga ha sido abortada, y ya las paredes se mofan del intento, me reflejan cementerios, animales torturados en sus jaulas, hombres desmoralizados, cielos grises como el plomo.