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jueves, 22 de enero de 2009

Granada y yo.




Ayer me desplacé a Granada. Solo, empujado por alguna necesidad inexplicable. Me gusta conducir, me gusta andar por las calles sabiéndome desconocido, procurando establecer un punto de conexión casi indisoluble con el resto de la humanidad, aunque la aborrezca. Inevitablemente, y quizá sea éste el motivo último, visité algunas librerías. Al menos, ésa fue la excusa que di para ausentarme.
Llego a Granada. Granada es una ciudad desierta, quiero pensar que es una ciudad desierta. Poco a poco se ha hecho mediodía, no sé bien de qué día: el sol se desliza espeso pero impenitente por los blancos de las paredes. Jadean las sombras con el sonido de los perros que han corrido. Las lenguas fuera. Les falta el resuello y se arriman a la frescura de los arrayanes de las plazas, bajo los árboles. Yo miro las cuestas, el asfalto: no queda nadie en la ciudad. Están la Alhambra y el Generalife con las puertas abiertas, rezumando las teselas su fresco sosiego, dejando penetrar el aire que mordisquea los arcos. Imagino que no hay turistas ni claveleras (ahora ofrecen, esas gitanas gordas y obscuras, envueltas en ropajes excesivos y misceláneos, ramitos de romero, a cambio de unas monedas, y entonces, te toman la mano y pretenden descubrirte el futuro, y lo que es más espantoso, el pasado). Todo está vacío, sujeto al silencio de mi imaginación: ni coches ni autobuses. En las ventanas abiertas de las casas, también vacías, se agitan sin ruido las telas blancas y transparentes de las cortinas. Por no quedar, no han quedado ni pájaros y hasta se huele cerca la ilusión del mar. ¿Lo estás viendo, Laura? Se oyen ecos de agua, amansados el Darro y el Genil. Los arcos turgentes tan desusados, la piedra: si alguien lamiese las yeserías sentiría en la lengua un gusto a sexo apretado. Te invito a mirar, y miras cómo está a punto, faltan dos instantes para ello, de hacerse líquido el Sacromonte. ¿Y el olor? Huele a frutos maduros a punto de estallar, encentados, a higos que están reventando su dulzor bajo la luz. Se ha vaciado Granada entera para mí. Tengo todos los jardines, todo el agua, todo el aire, todos aquellos sonidos que se desprenden de esta soledad imaginada. La Alcaicería y el Albaicín. Cada milímetro que describe cada curva ha sido trazado para mí, hoy, mientras yo me deslizaba por la carretera, se iba obrando ese milagro indescriptible. Puedo elegir ahora cualquier lugar. Puedo elegir todos y cada uno de los lugares para amar a alguien. Acaso a mí mismo. Es insoportable y espeso el aire de esa Granada abandonada que ha sido dispuesta para mí, hoy, está casi encendido, está a punto de prenderse en llama voraz. Podría prenderse en cuanto un grano indistinguible de un desconocido amor, igual a mí, se pose y caiga sobre mí. Podrías vaciar un día la ciudad, como yo hice ayer.
¿No has recolectado nada para mí? Penetré en mi librería, la única a la que acudo en momentos así, también desierta y sin contaminar por lectores víctimas del consumismo, y encontré por fin a mis autores, a Knut Hamsun, a Alice Munro, Vaslav Nijinski, Schreber, Sloterdijk, Huysmans, Augieras... todos allí sonriendo desde un burladero compuesto de neblinas y azogue, todos, acaso, expuestos a mis deseos, todos, acaso, testimoniando la inconmensurable estupidez del ser humano.
Naturalmente, cuando pisé de nuevo la calle la acera estaba sucia, mojada, hacía un frío de cojones y, lo que es peor, alguien la había repoblado de viandantes crispados, celerosos autos, vertidos de ruidos ininterrumpidos y obstáculos. Siempre cumplo los plazos. Regresé a mi abismo.

sábado, 10 de enero de 2009

¿El olvido?



Qué difícil resulta arrastrarse por el olvido en la memoria de otro, qué desolación le embarga a uno, qué sentimiento de fracaso devastador. Un estado inexplicable de disolución y desencanto que se resuelve al cabo en un vacío estremecedor. ¿Qué atestigua todo ese olvido destructor? Como si el otro, el olvidador, indiferente en su egoísmo, hubiese dejado una serie de impresiones de las que luego no haya querido nunca responsabilizarse. Y el uno, yo, revolcado en ese tarquín de olvido, permanece atrapado y al borde de una extinción segura, agonizando por la inminente asfixia. Mientras, piensa, en cada minuto de que dispone, en el fracaso que ha supuesto todo ese tiempo en que fue presente y no supo nunca aprovechar. El fracaso queda fijado por ese mismo olvido que lo ha convertido a uno en víctima. No es que sea yo partidario de los éxitos, ni haya querido comulgar nunca jamás con el alardeo de los triunfos que son, en definitiva, siempre efímeros, de corriente alterna y jamás estados permanentes de satisfacción. Si uno cae en el olvido en la memoria de otro es que ese otro ha constatado el rotundo fracaso de ese tiempo que se resume al remate inútil y en el mejor de los casos, doloroso. Estos sentires me vienen acechando hace tiempo con respecto a mí y a algunos momentos vividos con los demás. Desde luego, no soy inocente, soy un ser en ininterrumpido estado de envenenamiento, consciente de lo repugnante que significa haber sido siempre tan irreprochable. Es la vida. Como aprender a tocar el flautín agreste, la vida, de forma que hay que ir aprendiendo cada día, con el mayor esfuerzo, sin dejarse abatir por el desaliento, pues un solo día de abatimiento supone desaprender lo poco que se ha ido aprendiendo con tanto esfuerzo. Y yo que tuve como constante, en tiempos de juventud y tesoro, creerme lleno de fe en mí mismo. Como una energía, y ahora recaigo o acaso caigo en que mi destino quiere que mi propia escritura, mis escrituras sobre todo mentales, nocturnas, preámbulo de mis sueños que son, como los de un desintegrado, inciertos y aleves, se burle de mí. Cuando leí "La cociencia de Zeno" comprendí que, si hubiese sido un enfermo físico -cualquier tara o pejiguera, incluso una discapacidad- me hubiese convertido en un hombre aceptablemente feliz. Ahora he descubierto que soy un hombre que adora su infelicidad, y que sin ella sería terriblemente desgraciado, y que mi melancolía adquirida no es más que la dicha de ser desdichado, tan desdichado que sólo puedo conservar de mí todo aquello que escribo, ya sea en sueños o en papel. Y que todo entusiasmo es peligroso. Ateridos por los altos ministerios de la apatía. Fin.