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sábado, 8 de febrero de 2014

Renovación.




Vencido por el sueño, como cada no sé cuántas horas, porque aquí las horas, como ya advertí una vez a los que me escuchan, que son menos y menos según pasan los días, no se miden igual que se miden fuera de estos altos muros, impracticables, de albayalde teñidos, digo, y por tanto, no están sujetas a un ritmo comercial ni ofrecen ese descanso que  tanto halaga a cambio de la fatiga -yo, he de reconocer, ni siquiera me fatigo-, cerré mis ojos y soñé con un paisaje de bosque quemado por dentro, con una pérdida constante de no sé bien qué, y es por eso que ahora, nada más salir de las brumas, antes de que el hediento guardia acuda hastiado de sol y calor a mi celda con el pan y la leche agria de ayer, me apresuro a anotarlo todo en mi memoria, colores, olores, sonidos, reflejos, huellas, pausas del tiempo y puntos del horizonte, entre otros etcéteras que ahora no podría enumerar por no detenerme en mis urgencias y fijarlo todo bien en la intensa longitud de tus piernas para contártelo así, ufano y extendido luego desde la punta  de tus dedos hasta el final obscurecido de las ingles. Porque para pensarte, y más aquí, en esta estancia lúgubre, húmeda, angosta y por tanto insalubre, se necesitan superficies largas, cálidas, y a veces ciclos circulares que se alimentan y se pierden y que a veces se quedan flotando entre los parpadeos y que otras -veces- nos van robando cada vez más el ángulo de la espalda. Urde las imaginaciones, conjuga la invención de dos perfiles juntos hasta que, oh, llega el guardia  cabrón e inunda con su presencia y ahoga, cuenco de leche agria en mano, chusco de pan roído de ratas bubónicas y, entonces, lo que te narro desde aquí se zanja con la censura de su mirada oblicua. Que se vaya, que  cierre la espantosa puerta oxidada ya, que se larguen los eunucos, que dejen las luces apagadas para evitar el mareo y el vómito, que arrastren la podredumbre bajo sus pies costrosos, infectados de hongos, que viertan el tiempo desacompasado por los corredores de la fortaleza, que, a ser posible, tras el portazo, el guardián, sucumba a un síncope o tropiece con el vértice de una piedra y se abra la cabeza de tal modo que sus sesos se desparramen por el piso y entonces huyan las sombras verticales y un rayo de luz limpio y poderoso entre irremediable y devaste tanta inmundicia depositada en los reinos. Pero me temo que el invierno, como este deseo mío, me está mintiendo, porque está hecho de fragmentos.
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1 comentario:

Anónimo dijo...

En realidad todo es mentira.

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