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lunes, 1 de septiembre de 2008

Inutilidad de todo.




A esta hora, en que ya la tarde esparce sus salpicaduras de noche, sus flecos de obscuro, sentado él frente a mí y frente a él yo sentado, la luz me viene detrás de la espalda y eso me da alguna ventaja, y eso me arma de fuerzas para decirle, y le digo, entonces, no es bueno que el hombre se agote en fantasías, porque en un punto siempre descubre que eran invención o mentiras y nunca vividas, y callo sin remedio al verlo alzar la vista para mirarme sabiendo que no me ve o lo que ve no es más que un borrón que está dentro del orden y la locura de las cosas y las personas, y no me ve pero yo sí advierto en sus pupilas que solicita un detengo y desde él, un momento de verdad, como si eso fuera posible, que no lo es y ambos lo sabemos, de realidad, de reflexión cabal, como si eso fuera posible, que no lo es y ambos lo sabemos, que si hay verdad, sea o no con detengo, se elige la más dañosa, que es la que esperamos a fin de cuentas, tantos años de amistad y tantas como innumerables mañanas incrédulas reducido todo a ceniza, sí, ya irrecuperable siquiera el vago resplandor de las ascuas. Desde un tiempo nos hemos acostumbrado a ver a obscuras, dice de pronto él, dice de pronto mientras baja la mirada, dice, esa distancia olvidada la hemos llenado de aire espeso, calinoso, para seguir creyendo que creíamos en el desordenado orden de la amistad, de nuestra amistad y su locura, rastreando unas huellas que nunca hollaron nada, una distancia sin medidas precisas, y en la última frase se fue apagando su voz de modo que ni aliento de acritud pudiera atisbarse, y lo había. Desde las palabras que no dan jugo, hasta aquéllas que embriagan y ahogan, es justo reconocerle el tino de su juicio. Después de tantos años sin encontrarnos, iba pensando, nos estamos reconociendo con recelo, preguntando en silencio qué clase de razones distinguían la razón del otro de la propia, y, en resumidas cuentas, qué se pretendía, estando ya como estamos sumidos en la vejez, la decrepitud, la enfermedad, el abismo desplegado ante nosotros ofreciéndonos el cobijo que todos los vivos alrededor aplaudirán satisfechos. Así nos hemos quedado sin palabras o cada vez menos palabras, las necesarias, acaso éstas las más innecesarias, para sobrevivir a los días, digamos, coincidiríamos los dos, en las útiles, no ya las que tuvieran que narrarnos, porque éstas, las que hablasen de nosotros como si fuéramos nosotros, las que nos precipitasen en afirmaciones repentinas ya se han agotado definitivamente, es decir, ya se han desgastado tanto, y de una forma tan atroz, que no sirven, son pura pantomima, voy pensando mientras lo observo sin decir nada de todo esto porque, ¿para qué?, si ya aprendí a renunciar para sufrir menos, si ya ni siquiera recuerdo el motivo que nos arrastró, del tanto tiempo que hace, a la desamistad, a esta tristeza de ahora, a este intento absurdo y vacío de reconciliación, tampoco él la recuerda, yo no la recuerdo, sinceramente, y si no la recuerdo ni yo ni él, es que no existió motivo, sólo fue deterioro, erosión, el implacable hastío de los meses y los años o la gota constante de alguna verdad descarnada, una verdad ajena a ambos, derramándose hasta la exasperación. Así que basta ya de esta fantasía, de esta invención, no vamos a llamarle mentira, le digo, y trato de mirarlo, pero ya no hay luz ninguna que nos alumbre, y sólo parece esto un preludio de nuestro destino con la tierra y los gusanos y la obscuridad y la nada, y, al fin, la mentira.

1 comentario:

Vanessa dijo...

Hola, ¿como te llasmas? Es que me suena tu cara. Yo también soy de Almuñecar.