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domingo, 11 de mayo de 2008

Pensamientos aledaños.


Para comenzar mi historia no diré, Me levanté una mañana y, o, Permanecí en la cama desatendiendo la llamada del despertador, quizá, Ya al amanecer percibí cómo se estremecían mis pensamientos, no, no porque en realidad, desde mucho tiempo atrás venía reflexionando sobre ello, y hubiese sido inconcebiblemente tonto, siempre y sin duda inconcebiblemente tonto, parecido a los demás, sobre mi fracaso de vivir, este oficio que rara vez se aprende, y sobre la renuncia a todo, o lo más cercano posible a todo, que deseaba llevar a cabo, a todo absolutamente quisiera, porque en instantes así es mi deseo, y hago esfuerzos por cumplirlo, más tarde hablaré de los esfuerzos y su inutilidad, si tengo tiempo, o me acuerdo, tampoco es que sea demasiado importante, y como creo comprender, ni lo más importante es importante porque lo más importante, aunque sea muy, acaba fracasando de todas todas, a veces por un es no es, da igual, el fracaso cumple en todas las ocasiones su objetivo, vence, el éxito es inexistente, sólo es espejismo, y así, renunciando a todo, absolutamente a todo, gradualmente, me ayudarán la memoria y el desaliento, aprehenderé algunos manojos de estabilidad, al fin y al cabo vivir siempre va a resultar desastroso, un cúmulo de errores, precipitados algunos, mantenidos otros, tanta ineficiencia, va a resultar desastroso y un fracaso sin más consideraciones, y buena prueba de ello es que moriremos todos, sin excepción, agonizaremos, de nada habrán valido los esfuerzos ni los engañosos objetivos logrados, con fortuna, con el adiestramiento a que somos sometidos desde nada más nacer, tan brutal, ejercicios que nos van destruyendo con tanta paciencia, y pericia, así que, para qué más esfuerzos, para qué más intentos baldíos, para qué dejarse humillar y abatir un día y otro, sin término, por asuntos improbables y vicisitudes que no nos comprometen, si vamos así degradándonos imperceptiblemente acaso, salvajemente, o bárbaramente si nos paramos a analizar con precisión cada uno de los elementos que nos han aturdido sin necesidad, incluso los elementos que nos han favorecido, delusorios todos, que no hemos querido ver o no nos hemos atrevido, sin necesidad pero decididamente, como empujados por no acertamos nunca a saber qué sistema complejo de adaptaciones que exige el mundo para cumplir con su implacable avance hacia el insalvable vacío, un abismo insondable, al que nos precipitaremos todas las veces, todas, sin esperanzas ya. Es desolador. La inmensa mayoría de los humanos ignoran o han de ignorar tales o cualquier clase de análisis, ninguna reflexión que destruya la esperanza, o se verían impelidos a matarse inmediatamente, a estrellarse contra todo ese muro insalvable, sólido hasta el desánimo. No lo hacen, se refugian en los placeres, ese autoengaño, y en decenas de miles de autoengaños, por no mencionar ya las invisibles cadenas que van sujetando y controlando el avance hacia toda clase de imposibilidades y sucumbiendo a ellas, con mayor o menor resistencia, siempre sucumbiendo, en todos los casos, por más fuertes que podamos mostrarnos, sucumbiendo todas las veces que se exijan, las veces necesarias, para no matarnos de repente, que sería lo razonable. A mí se me ha esclarecido todo, mediante... A mí se me ha esclarecido todo, mediante las reflexiones a las que me he ido abandonando, tanta decisión, o indecisión, las impurezas, y a los otros, los que han querido interpretar mi actitud y se empecinan en advertirme de lo contrario, que toda la obscuridad me ha anulado la razón, los mando al infierno. Comprendo esa ignorancia, o esa cobardía, o esa insistente necesidad de proclamarse sano, porque yo mismo he sido antes así, en mi ceguera, pero no me doblegaré ya a sus ruegos estúpidos, ni tampoco les permitiré acercarse a mí, sufrir sus voces rúnicas y sus gestos alterados, desmenuzando lo que ellos creen justo y razonable, cuando no es más que mugre revestida de sangrientas esperanzas. De hecho, hace meses que no hablo con nadie, ni presto oídos a sus insoportables sandeces. He acabado por despreciarlos y odiarlos y me veré obligado, lo he llevado a cabo alguna vez ya, a castigarlos con violencia, a correazos o golpes de puños. Son muy tozudos, se cansan desafiándome, creyendo que es su deber recuperarme para su mundo, qué infelices. Sólo pido ser yo en mi descubrimiento, libre y convencido de la inutilidad de todo, cualquier cosa que el hombre levante, construya con materiales que creen sólidos, o con estructuras morales o ideológicas, use para sobrevivir y empeñarse, acabará en ruina en el menor plazo, por más que ese plazo sea de siglos, el menor plazo para cada uno individualmente. No quiero contribuir a más mugre. Desatender el pulcro calendario, la mentira del ocio que hace que nos detengamos y permanezcamos inmóviles para que la carcoma del hastío nos muerda los labios, eso haré, porque sucumben los plazos que uno se impone a su suceder, los días caen sin ruido, rebotan livianos contra el suelo, te digo, y los plazos, que una vez apurados nos prolongan, nos otorgan el rédito suficiente para imponernos los siguientes, para proseguir el avance, hay que atajarlos en su espiral venenosa. Abandonar ese inflamado lugar de la ficción en que ellos medran. Ni la belleza como señuelo podría regresarme al mundo de ellos, y si me he dado a pensar, a veces a escribir lo que me doy a pensar, es por hacer más llevadero este descenso sin final, inevitable, ansiado por cuanto me sobreviene de un descubrimiento esencial y único, y que es un descenso hacia lo que desde siempre nos ha tenido ganados, por más esfuerzos y triquiñuelas que hagamos o hayamos hecho para evitarlo. Yo, desde ya hace, renuncio, he renunciado, proclamo, proclamé eso, y nada ni nadie conseguirá variarme un milímetro en mi propia astucia de ser vivo. Muestro mi desprecio a los constructores y a los creadores, y a toda esa masa informe y desgraciada que los sostiene, y a los que se añaden sin oponerse a sus inventos, desprecio a los médicos por pretender alargarles las existencias con fines mezquinos e intolerables, cuando debieran, si acaso debieran hacer algo, ocuparse de convencerlos de la esterilidad de todo, mientras les sobreviene el caótico fin. No puedo confiar, pues... Es como lava que se vomita, que desciende y avanza calcinándolo todo en ese imparable avance, sin respetar ni parar en razones ni deseos, ni atender a estímulos exteriores que de nada sirven. Luego, sabes Laura, suelo recoger esa lava, que es hermosa, ya es hermosa nada más ser escupida, aunque puro tumulto y desorden comprensible, la recojo, cuando su hermosura se torna diferente, aplacada ya, y muestra el relajado resultado de su devastación, y le confío mi calma rastrera, la modifico, la extiendo, la acorto, completo algunas angosturas, o ensancho algunos túneles.
No me hagas mucho caso, no se le puede hacer caso a quien está tan atormentado. Sólo se puede acariciarlo, quererlo un poquito, y dejarlo en su propia obsesión, libre, alimentado en su dolor. Tal vez tú sepas algo de eso, también.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

llego a su espacio por caminos que imagino que sospecha, me complace ver de nuevo su buen pulso y su gusto por la escritura. Un placer encontrarle y leer sus cosas. Le dejo un saludo cordial.
R.

Peristilo. dijo...

Lo sospecho, lo sospecho... Y me alegra saber de usted (al menos está vivo). Seguimos colándonos por las fisuras... Ya ya uno es una propia fisura. Gracias por entrar y por el saludo. Usted sí que vale.

Óscar dijo...

Hola, ¿por qué todo a párrafo corrido, sin puntos y aparte? Resulta muy complicado leer el texto así, peor que el inicio de 'Señas de identidad' de Juan Goytisolo.

¿Se debe a algún tipo de superstición?

Saludos

Peristilo. dijo...

No hay superstición que valga, ¡es la asfixia! La asfixia del narrador, protagonista -y antagonista- que precisa de esa angostura para mostrarse.
Saludos.

Pd: buen blog el suyo de usted.

Óscar dijo...

Gracias por la aclaración y por el piropo. Espero seguir en contacto y me quedo a la espera de una nueva actualización en su blog.

Saludos