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domingo, 20 de abril de 2008

Sinergia del amor.



Otoño de 1930.


Fernando:

Para mostrarme su desprecio, o por lo menos, su indiferencia, no era preciso el disfraz transparente de un discurso tan bien perfilado, ni la serie de “razones” tan poco sinceras como convincentes, que me ha escrito. Bastaba con decírmelo. Así, con la carta que me remite, lo puedo entender igualmente, pero me hace sufrir más.
Si prefiere a la señora que lo ronda antes que a mí, -ésa de quien se siente tan atraído-, ¿cómo podría yo tomarlo a mal? Fernando, puede preferir a quien quiera: no tiene obligación -creo yo- de amarme, ni realmente necesidad (a no ser que quiera divertirse) de fingir que me ama.
Quien verdaderamente ama no escribe cartas que parecen requerimientos de abogado. El amor no estudia tanto las cosas, ni trata a los otros como reos que es preciso juzgar. ¿Por qué no es usted franco conmigo? ¿Qué empeño tiene en hacer sufrir a quien no le ha hecho mal alguno -ni a sí mismo ni a nadie- a quien tiene por peso y dolor bastante la propia vida solitaria y triste, y no necesita que se la vengan a enriquecer creándole esperanzas falsas, mostrando afectos fingidos, sin saber con qué interés (o divertimento) ni con qué provecho?
Reconozco que todo esto es cómico, y la parte más cómica de todo esto soy yo. Yo misma lo encontraría gracioso si no le amase tanto, y si tuviese tiempo para pensar en otra cosa que no fuese el sufrimiento que tiene el placer de causarme sin que yo, a no ser por amarle, lo haya merecido, y creo que amarlo no es razón suficiente para merecer este castigo. En fin..., Aquí queda mi documento escrito: Reconozca mi firma y rúbrica:

Ofelia.


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Noviembre, 1979.


Querida Ofelia:

No imaginas hasta qué punto la memoria es capaz de sorprenderme cada día con exquisitos y renovados obsequios. Frutas breves que, presuroso, paladeo con el propósito de que nada se escape a esos instantes de regocijo y éxtasis pasajero. Hoy fue el aroma de tu pelo, que me entró al tiempo de la mañana, en un deleite de vainilla y caramelo. Y te recuerdo, sí, con tu sonrisa abierta y tu cabello revuelto, en esa magia absoluta que ponías en cada gesto, y esos pequeños secretos que guardaban los perfumes de tu cuerpo. Bello tiempo aquel que precedió al de las llagas que te causaron mi ignorancia y atrevimiento. Sí, ya sé que aquel asunto no te gusta tanto que te lo nombre... pero es que a menudo me pregunto con qué capacidad o, incluso, con qué arrogancia, me perdonaste aquello... La enfermedad de Pilar va despacito, ya sabes que a estas edades nuestras, cuanto mayor es el mal muchísimo más lento. Agradezco tus consejos y esos detalles que siempre tienes con mi esposa y este mal plantado viejo, que celebra siempre tus noticias con sumo gusto y recreo.

Fernando.

2 comentarios:

Lara dijo...

Estuve por aquí esta madrugada, pero no eran horas de dejar comentarios. Ahora vuelvo y encuentro un nuevo relato ofeliano epistolar. Anoche tuve la sensación de que en los últimos textos, ha pasado usted del sexo y la mirada distante al dolor y lo que se muere. Y me pareció un buen paso. Siempre que esto sea un péndulo, donde nunca nos quedemos en el mismo sitio.

Un saludo y gracias por todo!

Peristilo. dijo...

Gracias a ti, Lara. Yo siempre ando penduleando, aunque sin mucho tino. Se desprenden algunas motitas en el vaivén, pero apenas nada más.

Un abrazo.