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lunes, 10 de marzo de 2008

Diez minutos.


Justo al entrar en la cafetería oí que alguien dijo, Todos vamos a perecer. No dijo, Todos vamos a morir. Proclamó con una voz fuerte que todos pereceríamos. Miré a la persona mientras agarraba la puerta de entrada, dudando ya si entrar o no en ese momento, dudando si abordar al profeta para solicitarle las razones de su aseveración o pasar de él, como parecía lo más lógico. Busqué sus ojos y luego a su acompañante, una mujer de aspecto agradable, joven, como él, y de tez blanca. Me decidí a entrar, cansado, dispuesto a abandonarme a ese pensamiento fatal tomándome un café y fumando un cigarrillo. Y entré. No hay nadie. Tomo conciencia de mi ruina espiritual. Miro hacia afuera buscando descubrir cómo era la cara de la mujer en el instante en que se perdía tras la esquina. Quise salir corriendo tras ellos, seguirlos discretamente, escuchar sus palabras, tal vez hacerme el encontradizo y abordarlos con cualquier nimiedad, invitarlos a un bar, darles mi correo electrónico, la dirección de mi blog, soy un hijo de perra. Le preguntaría, ¿La consecuencia de perecer? En vez de eso, me puse a contar baldosas, insistiendo en mi inabordable soledad, tratando de fortalecer, una vez más, el sentimiento de aversión que albergo desde hace decenios hacia mis congéneres, por mucho que griten en plena calle frases semejantes. Que esa vaga esperanza de hallarme en cualquier otro feneció en los tiempos en que comencé a ser consciente de mi brutal fracaso como persona. Que mi imaginación es amarga y viene hostigada por una carga de abandono que la hace retorcer los caminos. Que no es conveniente festejar las coincidencias hasta que no estemos a punto de eso, de fenecer. Porque, adivinaré, yo ya he fenecido, el camarero que se acerca displicente y mal afeitado a mi mesa lo sabe, lo ha advertido enseguida, y a pesar de todo se yergue delante de mí y pregunta Qué va a tomar, y yo que Un café con leche tibia, y lo sabe y no lo disimula, inflado por el prestigio de sus hazañas sexuales -cuando yo ni siquiera me masturbo ya por puro aburrimiento y desolación-, sabiendo que he fenecido hace años pero, a pesar de todo, no estoy muerto. Qué más quisiera yo esa generosidad de la Naturaleza, estar despojado de la vida, agrupado a otros cadáveres en los cementerios. Por primera vez desde mi infancia eficazmente de acuerdo con ellos. Un deseo ciego y obscuro me corroe. Ese deseo obstaculiza mi éxito social, y el éxito en todos los aspectos de la vida. Soy incapaz de doblegarme a ese sentido práctico y, a un tiempo, forzosamente hediondo que destila la Humanidad en su conjunto. Desprecio ese cariño baboso que compra bondades y que llega a encubrir a violadores de niñas. Desprecio a los camareros y a los notificadores de los ayuntamientos, a los médicos y a los que dedican su vida al deporte, a los funcionarios y a los religiosos, a profesores y alumnos, y así. Despreciar es una terapia que practico con frecuencia, sobre todo en los malos momentos, como ahora, y es una terapia que funciona y que no daña a nadie, bien mirado. Viene el camarero, que tiene las uñas algo sucias, y deposita la taza de café en la mesa y pregunta, Algo más, sabiendo ya que yo lo desprecio infinitamente, con una sonrisilla que tiene pegada una mota de saliva seca en el labio inferior. No, gracias, le digo para que comprenda que no es nada personal, que mi desprecio no deteriora, por muy repulsiva que me resulte su presencia, como así es. Se va. Ya está pensando, al darse la vuelta, en los manoseos que dedicará esta noche a su novieta. Concluyo que todo surrealismo no es sino pura retórica. Y que no deseo tener remedio. Siento ganas de llorar.

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