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martes, 25 de marzo de 2008

Allá lejos.

En dos días santos y uno de gloria, huido del bullicio cerril de las procesiones, me he leído un libro de un autor francés del siglo XIX, Joris-Karl Huysmans. A quien me lo recomendó le hago siempre y todas las ocasiones caso. Nunca ha fallado hasta ahora. Es astuta. La novela lleva el título de "Allá lejos". Es buena, es ilustrativa, tiene poco desperdicio. Quiero extraer unos párrafos aquí.
"Y en fin, ¿no era el dinero el más descorazonador de los enigmas?
Porque, al fin y al cabo, con él uno se hallaba ante una ley primordial, una atroz ley orgánica, promulgada y aplicada desde que el mundo es mundo.
Sus reglas son constantes y precisas. El dinero se atrae a sí mismo, intenta aglomerarse en el mismo sitio, prefiere a los criminales y a los mediocres; y cuando, por una excepción inescrutable, se amontona en un rico cuya alma no es ni asesina ni abyecta, es estéril, incapaz de resolverse en un bien inteligente, no puede, incluso entre manos caritativas, alcanzar un objetivo elevado. Se diría que se venga así de su falso empleo, que se paraliza voluntariamente cuando no pertenece al último timador o al grosero más repugnante.
Es más llamativo cuando, extraordinariamente, va a perderse a casa de un pobre; entonces, si es limpio, lo ensucia inmediatamente; convierte en lúbrico al indigente más casto, actúa a la vez en el cuerpo y en el alma, a continuación sugiere a su poseedor un egoísmo bajo, un orgullo innoble, le insinúa que gaste el dinero en sí mismo, convierte al más humilde en un lacayo insolente, al más generoso en un avaro. Cambia en un segundo todas las costumbres, trastoca todas las ideas, metamorfosea las pasiones más tozudas en un abrir y cerrar de ojos.
Es el mejor alimento de los pecados importantes, y, en cierto modo, también es su contable vigilante. Si permite olvidarse, dar limosna, ayudar a un pobre, en seguida suscita en el pobre el odio de la buena acción; sustituye la avaricia por la ingratitud, restablece el equilibrio, la cuenta cuadra, no se comete un solo pecado menos.
Pero cuando es auténticamente monstruoso es cuando, ocultando el brillo de su nombre tras el velo negro de una palabra, se da el título de capital. Entonces la estrategia ya no se limita a incitar individualmente, a aconsejar robos y muertes, sino que se extiende a toda la humanidad. Con una sola palabra, el capital decide monopolios, edifica bancos, acapara materias, dispone de la vida, puede, si quiere, dejar morir de hambre a millones de seres.
Mientras tanto, se alimenta, se engorda, se procrea solo en una caja; y los dos mundos lo adoran de rodillas, mueren de deseo ante él como ante un dios."
Ya no volveré a tentar los juegos de azar.

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