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martes, 18 de marzo de 2008

Variaciones para Laura.


Historia. Día de fiesta, el ocio es asaltado sin consideracíón alguna, y yo asomo los pies por la ventana, desnudos esperando a que los cálidos y cobrizos primeros rayos del sol los iluminen. Naturalmente no veo nada más que el cielo, no se me puede negar ese mérito, si es un mérito eso, sin quedar paralizado u horrorizado de inmediato. El cielo parece transparente y se funde con el mar que también parece transparente, tal vez sean la misma cosa, quién puede decirlo. No creas que esta postura me incomoda, pues tengo la suerte infinita de poseer unas ventanas de perfil bajo y muy adecuadas, por tanto, para sacar los pies a través de ellas sin que ello suponga un esfuerzo insoportable. La sangre acude a mi cabeza y se puede leer a Ovidio sin fatigarse tanto como cuando lees a Ovidio en cualquier otra postura, y sin ofender a nadie. Los feligreses acuden a su ritos religiosos, a sus actividades deportivas, a sus comentarios sociales, el periódico, el tiempo, el aseo del perro, pero mis pies ignoran todo eso y son afortunados por ese motivo, y se rascan convencidos de que todo lo que acontece es al fin pura inutilidad, o fingimientos innecesarios, maleza sin desbrozar y un sinfín de etcéteras apretujados y desalentados que pretenden alcanzar el grado de felicidad mínimo para no arrojarse a los precipicios sin dudarlo. No hay lamento si uno procura no perder el punto y establecer que todo lenguaje es un error precisamente del lenguaje, que es un acto primero y unívoco para programar el desafío. En ese momento puede sobrevenirme el hambre, no puede sustraerse uno a la llamada del hambre, puede estar uno planeando su suicidio con un convencimiento absoluto y sin embargo atender la llamada del hambre y entonces hacer un paréntesis y disponer de él para comerse un bocadillo de queso con pepinillos, no sin ira, he de reconocerlo, la ira frecuenta con intervalos cada vez más pequeños mi afición por la ira, como una atracción fatal y uniforme que, reflexiono yo, ya irá pasando de mi moda con el tiempo. No podemos descuidar ciertas cosas por muy afligidos que estemos, aun estando vencidos, una pulsión de algo nos impide completarnos, sospecho que de eso habló Jung, no puedo estar seguro, tampoco importa demasiado en este caso, ni en ninguno. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí, por la ambigüedad... Es fabulosa esa tarea ambigua y celeste que nos hace reflotar y creernos que la maravilla nos va a asistir de un momento a otro y que todos nuestros reclamos, sin recelos, serán atendidos. Por ejemplo, veo mis pies desnudos cuando alzo la vista del libro de Ovidio y quiero creer que tengo tus pies del otro lado de la ventana pegados a los míos, en sentido antípoda, y noto esa tibieza agradable que va gestando un irreprimible deseo sexual, pero tú estarías flotando en el aire en ese caso, como materia etérea, evanescente podría ser, imposible de asir, lejos lejísimos. Te he encontrado, te he encontrado, gritaría, y el asunto no iría más allá de otro error del lenguaje que confirmaría que todo es error una vez más, y necesariamente. Tal vez ya va siendo hora de parar, encuentro dificultades para convencerte, me va pareciendo. De natural, la opresión de los días festivos tiene la singularidad de dejar un rastro grisáceo en las mentes empeñadas en llegar a algo. He de darme lástima ahora.

2 comentarios:

Lena dijo...

lástima?

no...

Me gusta la imagen...

reflexionar desde los pies con cielo mar de fondo.

El Werther también pensó con detalle qué comer y qué vestir antes de acabar consigo.

Es que al final, morir, también es hedonismo...

Un abrazo, Fara.

Faramalla dijo...

Vaya, me ha encantado esa lucidez tuya de la última frase. Ciertamente, morir es también un acto hedonista. Y yo lo sé bien, que he visto morir gente agonizando en su propio narcisismo, preocupadísimos por su imagen una vez son arrojados del mundo. Muchas gracias por tu comentario, y un abrazo, Lenísima.