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viernes, 28 de marzo de 2008

El Renco.


El cojo volvía a casa en taxi, la pierna vestida de atalajes metálicos, cuando, nada más apearse, le asaltó una visión arrolladora, hasta el punto de que todo se borró en derredor de ella: sus ojos ávidos atendieron únicamente esa estampa deslumbrante que caminaba hacia él con un andar armoniosamente desasido. El corazón desbocado, relinchando en los prados mismos de la garganta; el tino desatinado; la pierna ajustándose con atávica inverecundia a los más certeros parámetros de la cruda realidad: la cojera inocultable. Era Ella, su ser, preciosísima, derramando un suave perfume de hierbas y azuzón de romero, y con un halo de golondrinas escoltando la belleza de los cirros que formaban los cabellos sobre su cara, la que se iba acercando a donde él estaba, diríamos que petrificado en su obnubilación oblonga. La miró -es que la tenía que mirar- a los ojos, como miraría un esclavo a su dueña. Pero también como ofreciéndole los confines inconquistados del reverso del mundo y todas sus riquezas inimaginadas, que él extraería del subsuelo más obscuro, de las cumbres de las montañas más altas, de los lechos de los ríos más bravos, y de las profundidades más abisales del mar. Ella, Soledad, su ser, percibió el calor ofrecido, oferente, que manaba centelleante de las pupilas de Renco, se sintió tocada por ese rayito, y le sonrió de forma imperceptible. Ese leve sentimiento pungido de sus labios tuvo el efecto de un ancla cuando, de golpe, se deja caer al fondo para sujetar la nave en el cuerpo todo y en toda el alma del cojo. Ella, esa mujer, que no es lo que todos piensan, o malpiensan, sino que es Ella, omniabarcante en su ser, la que trajina en sus días y se expone en la ventana para dársele en los días más tristes de sus días, que son todos, le había mostrado su mirada y sus labios rojos y afilados mientras él, presa de la confusión, seguramente escorzado y ridículo, trataba de rendirse a sus pies, vestidos con la desnuda prenda que la separaba del suelo mortal. Y bajó la mirada a ese suelo recorriéndole las piernas de lamible perfil al tiempo que el culo de Ella, su ser, le sobrepasaba hasta perderse tragado por el portal que la conduciría a su apartamento.

2 comentarios:

Isabel Romana dijo...

Un texto muy elaborado y con la dosis suficiente de ambiguedad. Me gusta. Saludos cordiales.

Peristilo. dijo...

Gracias, no sabe usted la ilusión que me hace. Sepa que la ambigüedad es mi sino.
Cordiales saludos.