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lunes, 30 de marzo de 2015

Mis palabras.





     He caminado esta mañana sobre las aceras desbordadas de la ciudad. Estaban sucias de una mugre parpadeante. De pronto me sacudió un cansancio que provenía de dentro, como una dentellada atacando al costado. Me detuve entonces en una cafetería y escribí esto en los márgenes mordidos de un libro, apuntalado sobre la mesa, empentado contra la arista, letras sobre los espacios angostos como pisadas sobre las aceras del amanecer. El ensueño, el mundo, caben oblicuos en el trazado de esta habitación. Tengo que aclarar que he sido reclamada por la adversidad, que he adelgazado más de lo conveniente y que he sido confinada a la quietud de esta estancia. Esta inmovilidad me hace prisionera y me suspende en el tiempo, y me hace asistir o protagonizar el ensueño de que ando en las mañanas por las aceras, esta inmovilidad, digo, que me traspasa, que todo lo niega y por ello me hace capaz y osada, esta inmovilidad, repito, es el comienzo de mi vida en otros territorios circulares e infinitos que alimentarán y extraviarán mi imaginación sin salir siquiera ni dar un paso más allá de esta sala. Sólo podré robar cada vez más ángulos a lo que se adivina tras la ventana. Ahora estoy en otra parte ya. Los minutos han goteado lo suficiente, los días tardan en llegar desde hace dos semanas y más tardan en irse. El tiempo tiene la relatividad de los colores, mis ojos se balancean por los estantes abarrotados de libros: estoy en mi improvisada sala del destierro, reconcentrada, perpendicular, exacta, irremediable ante un espejo hondo que no deja de conjugarme. Me queda el placer de la lectura, una lectura continua que refuerza de forma permanente mi fascinación por todo, por la resonancia de las palabras, por la textura de ese tejido infinito, el mundo que desprecia los límites con desafíos, todo lo que impulsa el alma con esa contumacia zoológica  de lo ineludible. La alquimia. La ilusión tenaz que hará mía la capacidad para equivocarme y rodar desde este rincón en el que tejeré y destejeré la literatura y sus recodos, puerta que se derriba a las luces más intensas que puedan anegarme de presente, de pasado, de futuro, de laberinto. Concluyo así, desde este pedestal extático, que es lo que nunca se intenta lo único que no tiene ni un atisbo de ser. Voy a encontrarme fuera, voy a encontrarme, una vez y otra, con la ilusión que supone el no saber ni temer, por más que las sombras se concreten y se aparezcan temibles. Y observarás las similitudes con tu actual condición  de encerrado. Voy ahora, por fin, a conquistar un buzón de correos para que te hagan llegar mis palabras. Laura. 

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