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jueves, 12 de febrero de 2009

Narración absurda.




Enciende un cigarrillo y lo apaga enseguida. Nada más apagarlo lo vuelve a encender expulsando una gran cantidad de humo por la boca. Da otra calada, retiene el humo unos segundos en el interior de los pulmones y luego lo exhala lentamente, espeso, húmedo, enervante, tan enervante que decide apagarlo de nuevo, con mimo sobre el cenicero. Lo va a encender otra vez transcurridos unos minutos. Le asaltan dudas, tiene que fijar la atención en otra parte, sale afuera, sale afuera porque estaba dentro, no habíamos dicho que estuviera adentro, pero estaba adentro apagando y encendiendo el cigarrillo y ahora ya está afuera con el cigarrillo apagado entre los dedos con la intención de volver a encenderlo en breve. Nos da lo mismo. Hasta aquí nos conducen estas situaciones absurdas. Ahora el pensamiento, no menos absurdo. Piensa que dentro no había nada, que dentro estaba él y estaba solo y no había nada más, acaso sólo esa obscuridad impenetrable a la que no tiene miedo. Aquí fuera, se dice, tampoco hay nada, aparte del ruido y los zumbidos del ruido, aunque algunos mirlos lanzan sus silbidos y suenan agradablemente. Sospecha, no obstante, que el ruido no es algo material, por molesto que pueda llegar a ser, por compañía que nos pueda hacer. Así que decide que está igualmente solo, y nosotros decidimos que está igualmente solo una vez en la calle, en esa intemperie sobrecogedora. También nos aplasta la sensación de negrura una vez nos fijamos, pese a ser de día, aunque de eso no podemos estar completamente seguros. De todos modos, le vemos encender de nuevo el maltrecho cigarrillo, que no llega a ser colilla, lo enciende, lo trata con naturalidad, parece que ahora lo apurará como hace todo el mundo. Sabemos, y lo sabemos bien, que él está en contra de todo el mundo, le cuesta seguir los pasos de todo el mundo, si pudiese, dejaría de respirar porque tiene pruebas irrefutables de que todo el mundo respira, todo lo que se mueve respira, y eso lo desilusiona bastante. Da lo mismo. Tenemos que creer que seguirá respirando durante algunos años más, tenemos razones y hasta sinrazones para creer eso, y hasta pruebas, porque una vez lo oímos gemir mientras dormía, acción que detesta como la que más, acción que sabe por noticias fiables hacen los seres humanos con diaria frecuencia, decíamos que lo oímos gemir y nos acercamos con sigilo a escuchar, y escuchamos que decía que iba a completarse en unos años. No sabemos cómo irá a completarse, pero sí que esa tarea, ingente imaginamos, descomunal o ciclópea, le costará varios años de respirar, de dormir, de comer, incluso de fumar cigarros. Esto parece claro. O eso parece palmario, por usar una de sus palabras. También escuchamos que dijo, ella me quiere. Luego un graznido, algunos pensamos que como un estertor, y, me necesita. Tal vez deliraba. Pero prosigamos, no conviene perder el hilo conductor, como nos ocurre a menudo y sin motivo alguno, por dios sabe qué defecto de la cabeza, decíamos, que nos lleva hasta el atormentado fumador que enciende y apaga el pitillo una vez y otra y sale y entra una y otra vez desde una obscuridad a otra, porque no habíamos narrado aún al intrépido lector que el sujeto regresó adentro, sin saber el porqué, sin tino alguno, advertimos. Admitimos que nosotros mismos nos hallamos confundidos y sin saber a qué atenernos, es más, apenas podemos discernir entre lo que es narrable y aceptable de lo que vemos y oímos de lo que no, y eso nos pone a cavilar, con lo que cavilando perdemos a veces el norte, cuando no, al mismo protagonista de esta ridícula historia. Si se cansa el lector, es decir, si el lector deja de ser intrépido, puede dejarlo aquí, sin mayor problema, hasta sería aconsejable que lo dejara aquí, pues lo que deviene no es mucho más sustantivo, y consiste en lo mismo, un señor sin sombrero que maneja un cigarrillo y un mechero, que entra y sale de un sitio al parecer obscuro y que sale y entra a otro más grande, parece que pura intemperie, obscuro también, sin fiabilidad por otro lado de esta última obscuridad, pues hay quien sostiene que es de día, que luce el sol y que los ruidos son los propios de una actividad humana diurna. Todo parece confuso, hasta para nosotros, que pretendemos alzarnos a la más absoluta omnisciencia. A veces nos llevamos mal por no coincidir. Los distingos nos conducen por vericuetos espinosos. Ponemos reparos a todo, no crea el lector, si aún sigue ahí, y no con muchas sutilezas. Ha habido hasta bofetadas. Resulta extremadamente dificultoso coincidir, y eso nos apena algunas tardes. Otras no. En cierta ocasión, le oímos decir, el cielo es estrecho. Y giró la cabeza de forma que su mirada oblicua atravesara una abertura angosta y enmugrecida semejante a una ventana medianera. Nos echamos a reír como locos. ¡Cuánta razón tenía! Sabemos que vive en un vacío opaco y dice cosas monumentales que no encuentran eco más allá de nuestros oídos. Por eso nos damos a escribir esto, no sin esfuerzo, para que trascienda más allá y alguien se decida de una vez a actuar y nos aniquile. Pero no confiamos en tener demasiado éxito. Estamos en la firme creencia de la inutilidad de todo, y sabemos que se escribe demasiado en estos días ingratos, y que apenas se sabe discernir entre lo bueno y lo malo, y la gente tiene una educación basta. La exquisitez ha desaparecido. La prueba es este individuo que se desgarra la garganta a cada momento encendiendo pitillos recién apagados, lo cual es mucho más nocivo que encenderlos inmaculados. Creemos que lo hace con toda intención. Sale ahora mismo al exterior otra vez, meneando la consabida cabeza que antes giró para comunicarnos ese axioma sobre el cielo, enciende y apaga el cansado cigarro con una rapidez enfermiza y en menos de lo que hemos tardado en escribir esto ha dado un giro de trescientos sesenta grados y ha introducido su envenenado cuerpo en este aterrador interior. Nos hemos quedado pasmados. Y eso que es algo que repite con una frecuencia inusitada, lector. Bah, ya no estarás ahí. Nos cansa a los escritores, que somos excelentes narcisos y eficaces cretinos, que nos abandonen así, de esta forma tan insolente. Nadie siente curiosidad por saber el final trágico de una vida. De esta vida. Una vida empantanada en una calma occisa.

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