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lunes, 23 de agosto de 2010

Sin título.


A esta hora busco un recuadro, lo hurtaré al espacio, conforme que formará parte del paisaje, que estará expuesto a múltiples incidencias, asaltos, degradaciones, será un sitio frágil. No vamos a pensar ahora que existen recuadros inexpugnables, libres de vicisitudes o siniestros. Lo requeriré alejado, un poco a la izquierda, en penumbra, sin ningún adorno exterior, apenas el imprescindible que exige un cierto decoro y la higiene elemental. Alguna planta que veamos trepar mientras se suceden los días, que ansío dóciles, y que atraiga la vida de los insectos, lo cual acaba produciendo en la mente la creencia ininterrumpida y muy útil de la vida girando, que regaré en los atardeceres, junto a una esquina del recuadro. Nunca me molestaron las moscas, ni mucho menos las abejas, ni siquiera las avispas. Si encuentro el recuadro que imagina mi cabeza, a estas alturas, y de la forma en que lo diseño, tampoco serán muchos los insectos que se atrevan a instalarse en él. Porque lo voy a buscar en la umbría, será algo cenagoso en invierno, aunque fresco en verano, y por la leve obscuridad que un monte espeso y robusto le otorgará durante el día, tendrá un poco el aspecto tenebroso de los castillos encantados. Pero nada de eso engendrará en la imaginación de los caminantes que lo bordeen, sino más bien la sensación de un hosco refugio al que es mejor no acercarse. Ése es mi deseo. Y a esta hora, que ya transcurre plácida, eludiendo los múltiples y penosos avatares que al tiempo se suceden en todo el mundo, es mi empeño, tal vez vano, por ilusorio.

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