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lunes, 17 de septiembre de 2012

Retazo ambulante.

 
Observé un grupo de gente que se demoraba en la terraza de un bar, tres hombres, dos mujeres, una muy joven y atractiva, de pie, la otra sentada junto a otro de los hombres, el que le alzaba la voz a los otros dos que permanecían junto a la muy joven y atractiva que estaba lejos de hacerles caso y se distraía llevando miradas a los rostros y figuras difusos que deambulaban por toda la plaza, quién sabe en qué afanados, y a algunos que, como yo, en tiempos de libertad entonces, se hallaban sentados en otras mesas de ésta u otras terrazas adyacentes delante de unas cervezas o bebidas refrescantes en  general, pues, aunque caía ya la tarde y flecos de obscuridad hacían que los camareros encendieran faroles y apliques, el calor de agosto no daba tregua, y, de hecho, consideraba yo, observar siluetas femeninas era una de las formas de atenuar esa calima insidiosa y de paso, combatir el tedio que provoca la soledad y la falta de expectativas. La sordidez es, en ocasiones, la gran excusa. El vestido, de una tela extremadamente fina, cubría un cuerpo frágil pero capaz de todas las industrias placenteras, pensaba yo, y esa cierta languidez de movimientos, los brazos dorados y adornados con pulseras de incierto valor, las pantorrillas poseedoras de la curva más lasciva imaginable, las puntas de sus zapatitos de tacón, el rizo del cabello oscilando en el precipicio de una frente amplia y despierta como un amanecer, todo, unido y forjando un ardiente deseo de subjetividad inconsistente, alteraba mi sensatez en esos momentos. Y nuestras miradas se cruzaron como un rayo centellea, y luego, de nuevo, volvieron a cruzarse hasta conseguir la inmovilidad, como un premio sin remuneración que sólo satisface un instante impreciso y sólo adviertes su importancia cuando ha anidado en tu recuerdo, y para eso se necesitan tiempo y avance. Y adelanto que eso no ocurrió. Ahora estoy aquí, retenido contra mi voluntad: pero mi voluntad es feble y apenas le concede a la adversidad de mi estado crédito alguno, cualquiera podría pensar y no sin estar lejos de equivocarse que estoy muy de acuerdo con mi situación, no saben ustedes bien de qué peligros alejado.

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