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sábado, 17 de noviembre de 2012

Día inicial.




   Después de unos días en que me he dejado arrastrar por el desaliento, sin motivo aparente, acaso por el desencanto del desamparo y ese cierto bienestar con que te acoge la tristeza, cómodo, embriagador, etcétera, hoy he sentido una punzada extraña en el vientre al tiempo que un sonido agudo y vibrante en los parietales y eso me ha empujado hacia el espejo cuarteado que cuelga en la pared norte de mi celda. Horror, un rostro que no es el que recordaba de mí me mira, qué digo, me escruta con el cejo fruncido y una mueca de disgusto espantosa en los greñosos labios. Sin duda soy yo. He decidido afeitarme las barbas y recortarme los cabellos que cuelgan sin orden de la cabeza en un intento por encontrarme a mí mismo detrás de esa pelambrera anárquica, por entre las arrugas apretujadas de tantos días vuelto contra las mugrientas sábanas del jergón, la fina capa mezcla de grasa y polvillo que se ha ido untando en mi piel como mermelada y el velo muy turbio de la mirada legañosa que me contempla. Tengo que estar ahí detrás, oculto, y es mi deber hallarme y convencerme de otras necesidades, por abruptas que sean, antes que continuar así, antes de consentir esta permanencia de vegetal que a punto me tiene de enraizarme al suelo de esta lúgubre estancia. Una cucaracha asoma sus mezquinas antenas por un agujero de la pared. Llama al barbero, le espeto. Guardia, guardia, hay una cucaracha espiándome, grito, esto es intolerable, solicito a la mayor urgencia un barbero, un barbero que me encuentre entre las atrocidades que he contemplado en mi rostro, que las rasure, que arrastre todas las inmundicias de mi cutis y las arroje lejos de mi vista, guardia, ¿no me oyes? Nada, por toda contestación me entregan un silencio atronador, el premio a mi exquisito comportamiento durante todos estos lustros de  clausura en que he sido estudiado, observado, manipulado, experimentado y sujeto a todas las veleidades de esos sabios que afirmaron en su día que iban a convertirme en un ser humano honesto, feliz y colmado de las necesidades y placeres que todo hombre merece a lo largo de su existencia. Mentira. Hace años que no veo un peine, y tengo hongos entre los dedos de los pies, que me torturan de forma inesperada, y yo siempre tuve obsesión por los peines y un temor absoluto a los bichos microscópicos, así que en estas dos contingencias no me están ayudando nada, esos cabrones. No me quejo. Pero podrían devolverme el peine y recetarme algún fungicida para hacerme mínimamente feliz alguna vez, aun por conjetura. Guardia, guardia, ¡un barbero! Oigo ruidos afuera, no sé qué hora es, pero no parece hora en que el guardia esté dando la cabezada rutinaria, así que insistiré: guardia, guardia, ¡un barbero! Que traiga piedra de alumbre, y perfume de azahar, y  el transistor, para evitar las charlatanerías propias del oficio, detesto a los filosofantes. Lo advierto, mi degradación será imparable. Renunciaré a mi paz... Y en esto que se abre la puerta y asoma el esperpento del guardia, asesino de decenas de hombres inocentes, y una bata en apariencia blanca, dentro de la cual intuyo sumergido el escuálido cuerpecillo de un barbero cuya cabeza ridículamente inclinada en la que sobresale un bigotillo de puntas  retorcidas me dice, voilà, monsieur, y yo me quedo expectante y boquiabierto esperando el portazo que dará el guardia al salir.

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