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martes, 23 de noviembre de 2010

Sueño húmedo.


Se acerca la hora y apagarán la bombilla que pende sobre mi cabeza, ocurre cada tramo de horas, calculo que veinticuatro, y no parece posible que eso vaya a cambiar nunca, lo que me dice de este momento inexorable es que constituye una plaga más. He de deponer mi cuerpo, arrojado sobre el jergón, al dios griego, Hipnos. Pero hoy no; lo arrojo, sí, preso de un cansancio humillado, tenso; lo arrojo, sí, y lo detengo para descubrirme con un relumbrar de noche de reyes, un retorno. Doy lustre y alineo mis zapatos. De entre materiales pasados, entresacan mis dedos un paseo de mar y palmeras, losetas de piedras ovaladas y pequeñas. Se oye el tránsito de las espumas. Huele con ese olor que es viento preñado de espacios inabarcables. Ya, y a pesar de esta obscuridad apocalíptica en que me sumen estos feroces guardianes, ratifico la emocionada cordura que ese olor me devuelve. Descubro dos sombras, dos sombras acaso extrañadas de estar ya juntas, que de avanzadilla se han sentado en un banco de piedra del paseo a esperar. Intercambian razones, susurran secretos que quizás no debieran. Se miran, se observan, tal vez se palpan. En su espera aún, la tibieza liviana del no saber. La sorda hilera de las posibilidades todas sin cumplir. Es un material del recuerdo, quiero obligar al sueño un sueño, que se cumpla para escapar, que muestre la mata de la luz florecida y abra los ojos con el regazo húmedo. Habré conseguido burlar de nuevo tanta hostilidad, sobrevivido a otra plaga. El amanecer no será otra cosa que una costa largamente escarpada.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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