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martes, 14 de diciembre de 2010

Y caí como un cuerpo muerto cae.


En este aislamiento, si me paro a pensar, puedo ser atrapado por una red de felicidad desconocida. Mantenerse puro a la fuerza, la fuerza es cada vez menos fuerte y me acabo uniendo a su esfuerzo, de tal manera, que ya no existe presión. En eso quiero entretener mis pensamientos. Intuyo que acaba de amanecer: ha muerto mucha gente esta noche, mientras dormía. Descubro que me han dejado sobre la mesilla un Dante, parte de la mitad del canto V infernal, y un escalofrío me ha recorrido la médula: han violado mis sueños estos envilecidos guardianes. Siento la punzada de un vómito. La Divina Comedia, el conocido, comentado canto V. Punto, infernal. Borges nos engañó, nos engaña cada vez con sus trazas de desvalimiento, de verbo endulzado desde lo obscuro. Éstos no saben que yo leí a Borges, como ignoran muchas más cosas sobre mí. Ignoran que sé que en el infierno dantesco cada pena es un meticuloso arancel de su pecado, que los castigos son tortuosos unos y otros sucios como el légamo. Dentro, hay una continua barahúnda de gemidos, de almas incorpóreas que se quejan por los tormentos que sufren sin término y sabedoras de que no hay esperanzas de ser oídas. No hay esperanza ninguna en ese lugar, ni siquiera la de contemplar a dios un día. Ésta tampoco la hay fuera, pero sin duda se mantiene una esperanza sobre la esperanza, quién sabe cómo se alimenta... Yo sé del infierno, donde grotescas figuras animales repugnantes te acechan hasta el horror. Miro el libro sobre la mesilla y veo un vendaval que gira violento arrastrando a los lujuriosos, así como en vida fueron arrastrados por la pasión. Oh, Dante, de entre este movimiento turbio reclama dos figuras, Paolo y Francesca, desterrados a esa eternidad sin dios ni otro anhelo inalcanzable a pesar del deseo, que sólo existen ya juntos, que penan sin separarse ya jamás. Y yo estoy solo, que estoy solo y no puedo quejarme, me pregunto. Tengo mi intrincada comedia propia, como un inmenso campo magnético donde lidian infinito número de fuerzas, indescifrable número. Cualquiera vida humana que quiera en ella zambullirse, será sin duda aniquilada, desgastada, engullida por su ciénaga. Todo conjetura, no hay forma de palpar la carne, disquisición ininterrumpida para desmenuzar los trasuntos, para anclar los cimientos, para llevarme a la mullida cama a la improbable seducida... Inventar, qué necesidad.

1 comentario:

S.M. dijo...

Insoluble y mágico. Como vos.
SMH