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jueves, 7 de febrero de 2008

La infancia. Una historia.


LA INFANCIA. Una historia.




Ya se han ido todos, por fin, y quedo yo solo en la cama. Estar en la cama resume todos mis deseos, estando solo, casi muerto. Cada día espero esta hora con la mayor paciencia, temprano. Noto que el rostro se me ilumina y se relaja, casi alegre. No deseo a nadie a mi alrededor, revoloteando, gritando, haciendo ruido al arrastrar los pies, preguntando estupideces en todo momento, babeando. No necesito las estupideces de nadie, sólo las mías. Y las que son mías se quedan para mí, me obedecen y nunca asoman. Hace tiempo que he dejado de hablar, antes, de todos modos, no alzaba la voz. Apenas hacía ruido. El justo, el de respirar, algún bostezo, las tripas rugiendo, un crujido de huesos, tragar saliva, alguna tos o estornudo, no acierto a saber más. Si tuviese ganas de hacer un esfuerzo podría calcular el tiempo exacto que llevo ejerciendo la mudez. No merece la pena. Si digo que fue por Todos los Santos o Todos los Fieles Difuntos hará ya más de un año, por lo menos. Pero debe de hacer más tiempo, y no me permitiré otro esfuerzo para calcular el año en que comencé, por los Santos, a permanecer callado y obstinado. Ahora quiero estar alegre y disfrutar de esta soledad de seis horas que me conceden los que viven conmigo, y de mí. No, no es alegría. Si digo alegre, que quiero estar alegre, seré en todos los casos malinterpretado. Siempre me ha ocurrido lo mismo. Esta circunstancia me desgasta, siento que un abatimiento se apodera de mí y me consume. Tengo que recuperarme durmiendo. Baste decir, volviendo, que mi alegría es completamente diferente a cualquier otra clase de alegría que cualquiera de vosotros pudiera mínimamente imaginar o sentir. En todos los años de mi vida, y son muchos, por ejemplo, he reído. Ni de niño. No tengo registrada en la memoria ninguna clase de risa mía. Si hubo alguna, fue en pleno delirio. He delirado algunas veces. Ya os hablaré de eso. Sí ha habido sonrisas, pero quedan tan alejadas que apenas podría dibujar el significado o el motivo que las provocó. Acaso una sobresale entre las nieblas del pasado, sonrisa, y fue el día en que mi abuelo me trajo un jilguero dentro de una jaula, le sonreí al pájaro y éste se precipitó a una esquina de la jaula, contra los alambres, asustado o enloquecido. De nada sirvió mi sonrisa de niño, o fue un remedo de sonrisa que el pájaro adivinó que no era por él, sino por sus vivos colores. Nunca se sabe eso, y no pienso perder el tiempo analizando esa vaguedad. Ya me quedan pocas horas y he de vivirlas al máximo. Diré, para concluir, que el jilguero no se merecía esa reducida cárcel, ni esa soledad impuesta. Yo sí, sí si no tuviese que ver a nadie a mi lado cada día, jodiéndome de alguna forma. No sé qué fue de él, no lo recuerdo. Tampoco creo que os importe. Lo mismo esto que os he contado es una mentira infame, o un recuerdo espurio que en realidad me he apropiado de mi amigo de la infancia. Mi amigo de la infancia se llamaba Manuel, y nunca fue bueno. Todo lo contrario, desde chico se dedicó con el mayor ahínco a hacer el mal, claro que con una naturalidad y gracia que podría eximirlo de cualquier castigo. Mi padre sembró una vez melones en un huerto, nuestro huerto. A nosotros nos gustaban mucho los melones y las sandías. Pero mi padre, que era un trabajador incansable, permanecía invariablemente ocioso fuera de las horas de su trabajo. Argüía, contra la opinión de mi madre, que tenía que recuperarse para rendir luego al máximo. Así que el huerto permanecía la mayor parte del año completamente descuidado, o en barbecho, como él decía. Pero aquella vez, sembró melones. Fue emocionante ver a mi padre preparar las semillas, echarlas en agua el día antes, levantarse el domingo y remover la tierra para proceder a la siembra. Seguramente contemplé todo eso con aire de pesimismo infantil. En marzo. Manuel miraba a mi padre con ojos de aviesa malicia, y si puedo ser omnisciente, hasta el desprecio corría por su mente a raudales, y ya urdía alguna fórmula para desbaratar el posible éxito de aquel melonar. Ahora que lo pienso, la escena del colorín le pertenece a él. Le retorció el pescuezo. Le daban rabia los pájaros porque eran hermosos y podían volar, pero, sobre todo porque no respondían a sus preguntas. Todos sus secretos a salvo por esa obstinada mudez. Como yo. Por tanto, la historia de mi sonrisa es, con toda seguridad, falsa. ¿Qué más da? Ahora nos preocupan los melones. Cuando mi padre acabó de sembrarlos, se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y se dirigió al tronco de un almendro para orinar allí. Yo admiraba a mi padre porque podía orinar en cualquier sitio, si tenía ganas, claro. Encendió un cigarro Ideales y se sentó sobre una piedra plana. Hacía un día espléndido, el aire era puro, las primeras florecillas silvestres coloreaban el borde de los caminos y el sol jugueteaba en mil destellos sobre la superficie del mar. No sé a qué vienen estas chorradas descriptivas, pero siendo yo niño, como era, las considero tolerables. Ahora no. Ya no, casi seguro. Tampoco me acuerdo de mucho más. Que mi madre estaría barriendo la portada de la casa. Lo peor de todo es que ese tiempo ya no volverá, no sé si decir afortunadamente, porque habría una contradicción extraña flotando por ahí, de significados. En realidad, lo que yo deseaba mostrar era la idea última que buscó refugio y anidó al cabo en la perversa mente de Manuel. Tuvo que esperar unas semanas, prolongando el goce. Los demás, ajenos, aguardando sencillamente y sin temor a que la creciente hiciera su labor de milenios. La luna siempre me ha fascinado. Podría asegurar que todas las cosas mudas me atraen y me fascinan. Las rocas, por poner un ejemplo, o las plantas. Los perros no me gustan, ladran, me desesperan, son sucios y serviles. Prefiero las tortugas. Qué tontería. Cuando los melones emergieron de la tierra y sobre ella se alzaron apenas unos centímetros, mi padre los escardó y los regó golpe a golpe con un cazo y un balde de agua. Nosotros observábamos sentados sobre un ribazo la primorosa tarea. Se recreó luego en el reluciente melonar. Por último sacrificó una o dos plantitas de cada golpe para favorecer y fortalecer el crecimiento de las elegidas. Nosotros nunca tuvimos perro de ninguna clase, mi padre también era enemigo de los perros. Él prefería los gatos. Los gatos nunca ofrecen su amistad. Pensaba en eso. Cuando mi padre acabó su labor en el huerto se secó el sudor con la manga de la camisa, se dirigió al almendro y orinó en su tronco despreocupadamente. Me pareció admirable esa naturalidad. Eligió una piedra y se sentó a fumar uno de sus cigarrillos. ¿Hay que describir la espléndida mañana de domingo? Si rebusco dentro de mí, en aquellos años infantiles, descubro ya mi deseo de mudez y soledad. Devorar con los ojos el enorme círculo que me rodeaba, inabarcable antes, angosto y asfixiante hoy, si lo pienso. No lo pienso en mi cama, no quiero, me obtura. Fijarse en el mar, en los rayos de sol, en los árboles, en el poste de la luz, un tronco de olor fuerte, en la pila de estiércol, las inquietas e inquietantes manos de Manuel dibujando todo cuanto decía en el aire... Mi abuelo era dueño de un burro. Me fijaba en él de chico, y deseaba pasar mi mano por su pelo suave y gris, oliéndolo. Desprendía un olor a hierba fresca y paja mezclados. Infinitas moscas se disputaban sus orificios. Era lo peor. Mi abuelo volcaba su mal humor en él. Tenía su gracia. El caso es que al domingo siguiente todas las plantas de melón aparecieron afligidas, si no ya muertas sobre la tierra. Qué desolación. Todos nos formulamos preguntas sobre qué podría haber sucedido, incluso yo. Por qué aquella mortandad. Al principio lanzamos hipótesis propias del realismo mágico. Palabras y conceptos que aprendí luego, años más tarde, y baldíos, supongo. Pero la cosa resultó más sencilla. Tampoco las orugas de tierra tuvieron que ver. Suelen alimentarse del fuste tierno y jugoso que brota de las semillas. Serían, en todo caso, inocentes. Pero en este caso, no fueron, no había mordeduras. Sólo desarraigo. Eso fue. Algunos vecinos se acercaron para aportar opiniones, ociosos. Los vecinos siempre se alegran secretamente de los males de los vecinos. Cuanto más colindantes, más se alegran, y más secretamente. Mi padre estaba tan abatido que se fue mear al tronco del almendro, en presencia de todos. No le importaba en absoluto sacarse el miembro y dirigir allí, contra el rugoso tronco del almendro, el abundante y humeante chorro. Luego regresó a sentarse sobre una piedra, encendió un cigarrillo y miró hacia donde mi madre, que manejaba el escobón distraídamente, ajena a todo. Cuando lo supo no mostró ninguna tristeza, ni lanzó hipótesis, ni sabía lo que podrían ser hipótesis ni nadie usó esa palabra, claro está. Probabilidades, acaso. Sólo dijo, Yo ya lo sabía. Y con absoluta indiferencia continuó sus faenas domésticas, en ese momento, desgranando habas para freírlas con tocino. Era el almuerzo. Creo que me he alejado demasiado. Tanto que parece una interrupción. Me muevo inquieto en mi cama, como cuando se acerca la hora de que vuelvan y contaminen el aire con sus ruidos y sus alientos. Es espantoso. Se me altera todo, y es tal el trastorno que a veces creo confundirme hasta la enajenación. Se me pasa con mucho sacrificio, y dolor. No sé cómo ponerle remedio. Como un jilguero dentro de su jaula que observa aterrorizado cómo se le acercan unos ojos. ¿Qué puede hacer el pájaro? ¿Qué puedo hacer yo? Esperar a que alguien se compadezca y me retuerza el pescuezo. Un Manuel eutanásico. Aún me he alejado más, tras la interrupción. Me ocurre a menudo, y es que todo tiene tan poca importancia. Si digo que el sol brillaba suspendido en un cielo azul inmaculado, y que una brisa suave trasladaba todos los aromas de la primavera hacia nuestras narices, no serviría de nada. Un gato se desgastaba la lengua sobre su costado. Un gato sin dueño, común. A veces el silencio establecía unos límites, como la noche. De pronto se hizo el silencio, como de pronto nos percatamos de que ha caído la noche. Hay quienes no recaen en ello, acostumbrados al hábito, o dominados por una pereza encomiable. Un coche turbó el silencio y espantó a una bandada de gorriones. Era raro ver pasar un coche por la carretera. Hoy es raro ver una bandada de gorriones. Son incompatibles. El silencio planeó y Manuel, ávido de protagonismo, lanzó una carcajada que estalló en el aire como fuego de artificio. Todos supimos que él había arrancado todas y cada una de las plantas de melón y luego diestramente las había trasplantado unos centímetros más allá, sistemáticamente. Se marchitaron y fenecieron. Todas, sin excepción. El melonar desbaratado. La gente comentando la insoportable maldad del chiquillo, secretamente alegre, marcando los instintos del futuro delincuente. También su ingenio destructor. No hay más análisis. Todo el emocionante proceso se fue desvaneciendo a lo largo de la mañana, y la historia aquella se fue deformando con el paso de los años. Tanto que cada uno la recuerda y la cuenta de una forma diferente, enfrentada. Tengo sed. La mayor parte de lo que yo recuerdo es, a lo mejor, mentira. Cuando tengo sed puedo inventar cosas absurdas, desvariar. Es mi mentira, cada cosa tiene tan poca importancia, y juntas menos aún. Es mi mentira, mi invento en todo caso, la que he disfrutado mientras he permanecido solo y felizmente abandonado. Llegarán ellos y todo saltará por los aires, no habrá piedad. Yo, obliterado, asumiré mi papel, dejaré que transcurran las horas malas, que son todas, hasta alcanzar de nuevo nuevas mentiras, mi insobornable soledad.

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