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jueves, 21 de febrero de 2008

La memoria hostil.


LA MEMORIA HOSTIL




Abajo discurre un barranco casi siempre atosigado de soledad. Me atrae por su aspecto hosco y adverso, como queriendo suprimir la presencia humana, obstaculizarla al menos en su afán de conservar una última actitud de fortaleza. Me decido a bajar por un camino más propio de cabras hasta el lecho sinuoso, orillado de maleza y espinos. Golpes de juncos se ofrecen envarados aquí y allá. De pronto se abre una gigantesca rambla, desgarrada por las avenidas, pero transitable. No exige demasiado esfuerzo a quien se siente empujado a descender, quién sabe por qué misteriosos motivos. Ahora, mientras paseo por esta rambla obscurecida por hileras de álamos negros y blancos, de incierta policromía, me atraviesa el único y voraz pensamiento del olvido. El olvido como refugio. Creo saber que el olvido es destructor e incesante, una herramienta eficaz contra la locura y a la vez, me digo, el mejor de los caminos para llegar a ella, para conquistarla y esparcirla. Uno almacena sus recuerdos de forma que aparezcan prudentemente ordenados y apacibles, y de pronto irruye el olvido y se transforma en ese espacio, casi irritante, de permanencia que nos obliga a desreconocernos y recomenzar. Y el recuerdo, me pregunté, aún entre los álamos merodeadores y sus osamentas, ¿no es tan destructor o más que el mismo olvido, que el írrito olvido? El recuerdo es agotador, calzado de felonía, una enfermedad infecciosa que insiste en un pasado sin alternancia, exprimido, que actúa con malevolencia sin límite, a partir del cual amenazamos, -o nos vemos obligados- con rehacernos una y otra vez, hasta la extenuación, para volver quizá, seguramente, de nuevo hacia el fracaso que fue, ansiado fracaso, insidioso fracaso, reconfortante fracaso, espantoso fracaso. Nos precipitamos una y otra vez hacia el recuerdo para una y otra vez rescatar el fracaso de lo que somos, me dije entre estos álamos, bajo los cuales sucumbía mi único y aniquilador pensamiento. Ya al despertar esta mañana, angustiado por la idea de remontar un nuevo día, hice los mayores esfuerzos por enfrentarme a la idea de remontar un nuevo día. Una idea vacía, absolutamente desnutrida, abocada al fracaso; sin cabida para otra cosa que no fueran olvidos inválidos o recuerdos punzantes. Así que, me dije –me propuse-, desconfiando de los recuerdos voy a desentrañar hoy mis olvidos; los voy a enfrentar a esa maraña de recuerdos que bullen hostiles, entre sí, contra esa otra maraña insalvable de olvidos que se desvanecieron actuando contra mí, acaso para salvarme -¿de qué?-, para hacerme invulnerable ante la enormidad de peligros que acechan a cada paso, a cada implacable segundo de la existencia. Me pregunto si esa incalculable y severa cantidad de olvidos, -¿qué olvidos?-, han actuado de forma caritativa o con falaz probidad cristiana a mi favor, y cuáles son los mecanismos elegidos, y los criterios, para arrojarlos al vacío, a la nada más nada, para amputarlos de una forma que supongo juiciosa y violentamente silenciosa de mi memoria. Y por qué, sigo, otros y numerosos sin fin recuerdos, algunos mezquinamente archivados en mi memoria, acezantes y prestos para mostrar toda su capacidad destructora, su feroz dentellada depredadora, provecta, asimétrica, me asolan y me martirizan cuando menos lo espero, cuando mi fementido ya espíritu se vence a la menor brisa, al igual que estos álamos flexibles y envilecidos en su propia naturaleza inane sufren la hostilidad del viento. Somos ya sólo retazos de recuerdos, sólo ya retazos de olvidos. Esta mezcla atroz, inmisericorde, nos zalea a cada momento y nos resulta repugnante. Si no es así es que verdaderamente nunca, desde siempre, nos hemos parado a analizar esta circunstancia, acaso por mera cobardía, por rechazo del dolor que pudiera provocar esa voluntad osada de acometer tal tarea, por el temor o su sospecha de quedar, al cabo, exangües, devastados, una vez reconocido nuestro propio y unívoco fracaso. O por simple necedad humana. Y cuando pienso, me digo, que seguiré acumulando olvidos y recuerdos, de forma catastrófica e invariable, sin solución ni remedios posibles, me deviene una angustia opresiva y mareante, una sospecha de naufragio desolador y un tenaz deseo de acabar con todo en el menor plazo posible. Porque hasta los recuerdos más placenteros dejaron ya de serlo en el mismo momento en que ese placer quedó recluido al espacio irrescatable ya del propio recuerdo y no es ya sino dolor ese recuerdo del momento perdido del placer, y ya pasto de una melancolía que podría calificar de ruin y pavorosa. Y nunca sabré ahora si este momento preciso, mientras paseo solo por esta tarde ya casi extinguida, inexpugnable, entre estos álamos decorados de algo peor, incluso, que los mismos olvidos y que los mismos recuerdos, sabré ahora, me digo, si este momento será cosecha de recuerdo o será cosecha de olvido, ni siento apenas un interés que no sea científico por averiguarlo. Pues aún no es dolor, ni siquiera permanencia ni ausencia, sino desasosiego y abismo; algo similar a la insustancia más sombría e intolerable; algo que habrá que sacrificar, extraviar o guardar. La antesala de otro día fracasado, de otro día de fracaso impermeable a los que acostumbro de forma asfixiante. Botón de muestra para decenas de miles, sino millones de criaturas que han sido y serán. Aún así seguimos afanándonos intencionadamente, sin reparo alguno, en provocar ingentes cantidades de recuerdos malignos, con sus olvidos paralelos. Sin reposo alguno, a veces con saña, con desmesurada alevosía humana. Provocamos el horror y lo olvidamos; provocamos el placer y luego es dolor. Vertemos al tenebroso cajón del olvido las herrumbrosas carencias de lo inextinguible, acaso con prevista indolencia, y consagramos al presente las migajas emaciadas de lo puramente fútil, en un desvarío frívolo que pudiera ser domesticación del ánimo y/o recurso imprescindible para no matarnos al contemplar nuestro propio y repulsivo existir. Algunos vienen y se nos presentan ufanos como desenterradores de nuestros olvidados recuerdos, pensé. Nos rescatan nuestros mismos olvidados recuerdos ya filtrados por el tamiz envenenado de subjetividad, premeditación, subversión, y nos lo presentan como el trozo que encaja en lo obscuro de nuestra vivencia, el que acabará solucionando el puzzle de nuestra vida. Aunque no entienden que en ese momento mismo nos roban el aire y nos ahogan con su brutalidad, con su estruendo innecesario, con su parloteo infame, con sus gañidos. ¡No quiero exhumar mis olvidos! ¡Los quiero así, tapados! ¡Son mis cadáveres! Les grito en vano. Me miran perplejos, pues su omniabarcante necedad es un muro demasiado alto y sólido. No comprenden que destapar esos olvidados recuerdos provoca el hedor, la putrefacción; que apenas anunciarlos es anunciar la podredumbre nuestra y provocarnos un estremecimiento, una sensación de renuncia mezclada con pizcas de culpabilidad; que al desenvolverlos desenvuelven un hastío de la memoria en la memoria de otro, y por tanto es un recuerdo adulterado; que esclarecer esos recuerdos yacientes es actuar con todas las trazas de la maldad más sofocante. La memoria no es más que un hediento estercolero que acumula estratos y más estratos de residuos inservibles pero embrutecedores, me dije. La memoria obstaculiza el espíritu con sus asechanzas terribles y lo va desmoronando cada vez y con cada embestida, hasta pulverizarlo. Y ni el olvido puede acudir en nuestra ayuda con sus evanescentes armas, pues en nuestra obcecación vesánica ni siquiera podemos dirigirlo, sino que actúa de forma caprichosa. Y a veces vuelve deletéreo y amenazador, y nos arrastra como a guiñapos y nos deprava aún más. Y hemos de consentir esa indefensión desamparados o precipitarnos al más abrumador de los abismos, y sucumbir. De todos y cualquier y único modo nos contemplamos en un estado lastimoso, debilitado el ánimo hasta lo exánime, y aún así no nos atreveremos nunca a admitir ese estado de desvaloración catastrófico, execrable, pues ello sería reconocer que estamos a un ápice de la muerte, sino ya muertos, fenecidos, sin posibilidad moral para seguir existiendo. Pero decimos y decimos para procurar alejarnos de ese callejón sin salida, ora locura, ora muerte, que tenemos enfrente de nuestro propio y diario existir, aún entre las tinieblas más espesas; y decimos y decimos en un sinsentido más trágico que cómico -a veces en un esfuerzo sobrehumano- para sobrevivir, para incluso tratar de extraer esas pruebas necesarias que justifiquen y ejecuten esa existencia, esa supervivencia lastimosa y despreciable. Tengo que desaprobar esas vidas ínfimas, me digo, aún escarbando en mi único y desconsolador pensamiento sobre el olvido y el recuerdo, enemigos de la memoria, desintegradores de la memoria. Porque ambos son hostiles a la memoria y la tratan de destruir al menor descuido de la razón, con el máximo interés, cuando flaquea, cuando se da al desvarío, cuando es oprimida por la molicie pequeñoburguesa. Pondré yo también el máximo interés, me digo, -me propongo-, en apartar de mí esas veleidades horribles que asedian a la memoria, a la mía, pero también a la de todos los hombres, para no hundirme, para no desintegrarme. Del mismo modo, pienso, me digo que acudiré a ellas cuando precise una dosis destructora. Veo destellos de sol vencidos y cobrizos filtrados caprichosamente entre el follaje espeso, promovidos por una brisa tenue y alta que a su vez mueve el sueño dócil de estos álamos, flancos de esta rambla reseca y polvorienta. Un frío repentino se adhiere a la cara del paseante, yo, y piensa, me digo, cuando haya eliminado todas las imágenes, se hayan agotado todos los recuerdos y desaparecido todos los olvidos, queden suspendidos y sin posibilidad alguna ya de representación, habré perdido todas las culpas y habré penetrado ya la memoria para ser realmente yo. Entonces, desprovisto ya de todo el barullo atronador, podré hacerme comprender. Arrebataré al mundo la desdicha del recuerdo, la perfidia del olvido y aliviaré el papel brutal y devastador que ejerce la memoria, al menos mi única memoria, sobre mí. Me digo, ya derrotado por el cansancio, sentado y apoyada la espalda sobre el rugoso y retorcido tronco de un estriado álamo, tengo que impedir los estragos que produce la irrupción de los olvidos en mi cerebro, los estropicios que provocan los recuerdos en mi cerebro. Necesito sanear mi memoria, aunque sea de forma despiadada, limpiarla de esos malditos recuerdos, de esos atroces olvidos, aunque sea de forma despiadada y eficiente, limpiarla. No sólo ya mitigar esta insania del olvido y del recuerdo, sino erradicarla con el mayor de los corajes, demoler las ominosas complicaciones que enturbian los vericuetos de la memoria. Arrasar recuerdos y olvidos inútiles como arrasa esta rambla en septiembre el atierre bochornoso vertido por la onerosa desconsideración humana: con la violenta e iracunda sacudida de las aguas, con la indecible fuerza de la naturaleza. Así no olvidar ni recordar en absoluto. No consentir desvío alguno de la rutina y consentirlos todos. Extirpar en tumor infecto de los recuerdos, extirpar el quiste maligno de los olvidos, lanzarlos a la corriente feroz. No, se emponzoñará el agua. Quemarlos, que los destruya el fuego. En la anochada emprendo el regreso, purgado ya mi ánimo, tratando de ver terriblemente lejos el serpenteo de la alameda profusa, no sé si engullido por un aniquilador recuerdo o por un catastrófico olvido.



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