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sábado, 30 de agosto de 2008

Trébol.





Parece que fue ayer cuando me decías que eludo la realidad desnuda, que me escurro por todos los resquicios para no afrontarla, que cambio de tercio en cuanto asoma los bigotes..., y no puedo negar que es cierto eso. De eso hace más de un mes, acaso dos, sí, más de dos, esto del tiempo me turba, y el espacio, con esa rotundidad de hastío o de espanto. El caso es que ahora es verano, y el verano es tiempo obligado de separación y disputas. Hace calor. Resulta inútil tratar de combatirlo con las puertas y las ventanas cerradas, toda la casa a obscuras siguiendo la costumbre romana. La abuela camina nerviosa, rezonga, como si tuviera que expulsar a un ejército de ratones, pobre Josefina, siempre dispuesto a adentrarse por cualquier hendidura, un ejército de figuritas de fuego. Y aún parece que por cada hueco de luz se va adentrando una masa pegajosa, candente, densa, que podría herir hasta el papel... me coloco en la cama para leer, y las pastillas me cantan una nana fulminante, borboteo también de este calor, desde la que incluso sueño esta carta. Son largos los veranos, se hacen largos a pesar de la justicia del calendario. En un principio, ávidos de apurarlos: parece que los días son más crispados, que sobran razones o cosas o visitas con que llenarlos. Luego, según avanzan los días, el regodeo del ocio empieza a resultarnos como arduo, nos agota el sol que no ceja ni siquiera a las noches, la piel morena se ha convertido ya en costra. En verano siento el lamento imparable de no ser pez. Tú, sirena, seguramente sirena. Parece que entre un año y otro perdemos la agilidad para darnos a estos días, pero nos basta un día, unas horas, para conocer que se trata una vez más del último verano, y garabateamos cuadernos con proyectos, corremos a llenar anaqueles con hojas que huelan a nuevo, miramos las listas de materias inconclusas. Como si fuera posible limpiar el año, inventar otra vez un principio diferente. Y no es más que un tiempo de destrucciones a un tiempo que de construcciones: terminé de leer el Quijote un verano, hice el amor por vez primera, viajé al extranjero, escribí mi mejor relato... y estos dos últimos veranos me haces sobrevivir en la posibilidad, mientras te esculpo desde una fortaleza que parece nada puede ofrecerte. Pero éste de ahora, este verano atroz y grisáceo, parece como si me hubiese vaciado de exigencias, como si me impidiera sacar la ilusión del ánimo sabiendo que uno ya está condenado desde el principio, porque acabo de descubrirlo y me he sentido horrorizado. Y no sé, mi querida Trébol, dónde colocar esta derrota ya asumida. Sólo quiero entrar a esta luz y garabatear estos cuadernos que sabes, trazar cuidadoso lo que al año siguiente he de transgredir. Y acaso ordenar papeles, poner orden a tanta cuenta pendiente ahora que el escudo de la ocupación se ha vuelto insuficiente. Poner bien separadas, en cajas opuestas, la realidad y la ficción, para que sólo se avizoren con desconfianza, una a la otra, también de soslayo. Que al salir, tanta luz ciegue un momento a la pupila dormida. Los dos sabemos que éste será nuestro último verano. Tú, porque sabes por qué fisura voy a escabullirme. Yo, porque sé quién dejó de repararla.

domingo, 11 de mayo de 2008

Pensamientos aledaños.


Para comenzar mi historia no diré, Me levanté una mañana y, o, Permanecí en la cama desatendiendo la llamada del despertador, quizá, Ya al amanecer percibí cómo se estremecían mis pensamientos, no, no porque en realidad, desde mucho tiempo atrás venía reflexionando sobre ello, y hubiese sido inconcebiblemente tonto, siempre y sin duda inconcebiblemente tonto, parecido a los demás, sobre mi fracaso de vivir, este oficio que rara vez se aprende, y sobre la renuncia a todo, o lo más cercano posible a todo, que deseaba llevar a cabo, a todo absolutamente quisiera, porque en instantes así es mi deseo, y hago esfuerzos por cumplirlo, más tarde hablaré de los esfuerzos y su inutilidad, si tengo tiempo, o me acuerdo, tampoco es que sea demasiado importante, y como creo comprender, ni lo más importante es importante porque lo más importante, aunque sea muy, acaba fracasando de todas todas, a veces por un es no es, da igual, el fracaso cumple en todas las ocasiones su objetivo, vence, el éxito es inexistente, sólo es espejismo, y así, renunciando a todo, absolutamente a todo, gradualmente, me ayudarán la memoria y el desaliento, aprehenderé algunos manojos de estabilidad, al fin y al cabo vivir siempre va a resultar desastroso, un cúmulo de errores, precipitados algunos, mantenidos otros, tanta ineficiencia, va a resultar desastroso y un fracaso sin más consideraciones, y buena prueba de ello es que moriremos todos, sin excepción, agonizaremos, de nada habrán valido los esfuerzos ni los engañosos objetivos logrados, con fortuna, con el adiestramiento a que somos sometidos desde nada más nacer, tan brutal, ejercicios que nos van destruyendo con tanta paciencia, y pericia, así que, para qué más esfuerzos, para qué más intentos baldíos, para qué dejarse humillar y abatir un día y otro, sin término, por asuntos improbables y vicisitudes que no nos comprometen, si vamos así degradándonos imperceptiblemente acaso, salvajemente, o bárbaramente si nos paramos a analizar con precisión cada uno de los elementos que nos han aturdido sin necesidad, incluso los elementos que nos han favorecido, delusorios todos, que no hemos querido ver o no nos hemos atrevido, sin necesidad pero decididamente, como empujados por no acertamos nunca a saber qué sistema complejo de adaptaciones que exige el mundo para cumplir con su implacable avance hacia el insalvable vacío, un abismo insondable, al que nos precipitaremos todas las veces, todas, sin esperanzas ya. Es desolador. La inmensa mayoría de los humanos ignoran o han de ignorar tales o cualquier clase de análisis, ninguna reflexión que destruya la esperanza, o se verían impelidos a matarse inmediatamente, a estrellarse contra todo ese muro insalvable, sólido hasta el desánimo. No lo hacen, se refugian en los placeres, ese autoengaño, y en decenas de miles de autoengaños, por no mencionar ya las invisibles cadenas que van sujetando y controlando el avance hacia toda clase de imposibilidades y sucumbiendo a ellas, con mayor o menor resistencia, siempre sucumbiendo, en todos los casos, por más fuertes que podamos mostrarnos, sucumbiendo todas las veces que se exijan, las veces necesarias, para no matarnos de repente, que sería lo razonable. A mí se me ha esclarecido todo, mediante... A mí se me ha esclarecido todo, mediante las reflexiones a las que me he ido abandonando, tanta decisión, o indecisión, las impurezas, y a los otros, los que han querido interpretar mi actitud y se empecinan en advertirme de lo contrario, que toda la obscuridad me ha anulado la razón, los mando al infierno. Comprendo esa ignorancia, o esa cobardía, o esa insistente necesidad de proclamarse sano, porque yo mismo he sido antes así, en mi ceguera, pero no me doblegaré ya a sus ruegos estúpidos, ni tampoco les permitiré acercarse a mí, sufrir sus voces rúnicas y sus gestos alterados, desmenuzando lo que ellos creen justo y razonable, cuando no es más que mugre revestida de sangrientas esperanzas. De hecho, hace meses que no hablo con nadie, ni presto oídos a sus insoportables sandeces. He acabado por despreciarlos y odiarlos y me veré obligado, lo he llevado a cabo alguna vez ya, a castigarlos con violencia, a correazos o golpes de puños. Son muy tozudos, se cansan desafiándome, creyendo que es su deber recuperarme para su mundo, qué infelices. Sólo pido ser yo en mi descubrimiento, libre y convencido de la inutilidad de todo, cualquier cosa que el hombre levante, construya con materiales que creen sólidos, o con estructuras morales o ideológicas, use para sobrevivir y empeñarse, acabará en ruina en el menor plazo, por más que ese plazo sea de siglos, el menor plazo para cada uno individualmente. No quiero contribuir a más mugre. Desatender el pulcro calendario, la mentira del ocio que hace que nos detengamos y permanezcamos inmóviles para que la carcoma del hastío nos muerda los labios, eso haré, porque sucumben los plazos que uno se impone a su suceder, los días caen sin ruido, rebotan livianos contra el suelo, te digo, y los plazos, que una vez apurados nos prolongan, nos otorgan el rédito suficiente para imponernos los siguientes, para proseguir el avance, hay que atajarlos en su espiral venenosa. Abandonar ese inflamado lugar de la ficción en que ellos medran. Ni la belleza como señuelo podría regresarme al mundo de ellos, y si me he dado a pensar, a veces a escribir lo que me doy a pensar, es por hacer más llevadero este descenso sin final, inevitable, ansiado por cuanto me sobreviene de un descubrimiento esencial y único, y que es un descenso hacia lo que desde siempre nos ha tenido ganados, por más esfuerzos y triquiñuelas que hagamos o hayamos hecho para evitarlo. Yo, desde ya hace, renuncio, he renunciado, proclamo, proclamé eso, y nada ni nadie conseguirá variarme un milímetro en mi propia astucia de ser vivo. Muestro mi desprecio a los constructores y a los creadores, y a toda esa masa informe y desgraciada que los sostiene, y a los que se añaden sin oponerse a sus inventos, desprecio a los médicos por pretender alargarles las existencias con fines mezquinos e intolerables, cuando debieran, si acaso debieran hacer algo, ocuparse de convencerlos de la esterilidad de todo, mientras les sobreviene el caótico fin. No puedo confiar, pues... Es como lava que se vomita, que desciende y avanza calcinándolo todo en ese imparable avance, sin respetar ni parar en razones ni deseos, ni atender a estímulos exteriores que de nada sirven. Luego, sabes Laura, suelo recoger esa lava, que es hermosa, ya es hermosa nada más ser escupida, aunque puro tumulto y desorden comprensible, la recojo, cuando su hermosura se torna diferente, aplacada ya, y muestra el relajado resultado de su devastación, y le confío mi calma rastrera, la modifico, la extiendo, la acorto, completo algunas angosturas, o ensancho algunos túneles.
No me hagas mucho caso, no se le puede hacer caso a quien está tan atormentado. Sólo se puede acariciarlo, quererlo un poquito, y dejarlo en su propia obsesión, libre, alimentado en su dolor. Tal vez tú sepas algo de eso, también.

domingo, 27 de abril de 2008

La locura.


Dijo que se le había pasado el arroz. Reconocía a ráfagas que se arrastraba penosamente por la existencia desde décadas atrás y que el perro que lo acompañó los últimos cuatro años se le escapó ayer, tras mirarlo con insistencia. Se le agotaban las posibilidades a cada minuto, decía, y se miraba la muñeca con el reloj de manecillas y esfera blanca enroscado entre los vellos. Observé, al rato, que no andaba. Gritó quiero niebla y obscuridad, mirándome con unos ojos desintegrados, circundados por una tintura lívida de aspecto pulposo. Dijo que cada noche acudía a esta misma plaza, cada noche, escrupulosamente, a esta misma plaza y a este mismo banco, porque a estas horas a las que yo salgo para poblar esta plaza siempre poblada de individuos y animales y objetos nunca hay nadie y nunca nadie podría estar ocupando este preciso banco que es el banco que prefiero para contemplar mejor la calle con sus edificios sin ser visto ni perturbado, supuestamente, y en noches de ajetreo, por personas, personas que, como yo, alguna vez, y de forma incomprensible se me han acercado, ignoro por qué motivo y con qué intenciones, cuando yo, siempre, los rehúyo, al menos, siempre, rechazo su conversación y mucho más su compañía, hasta hoy. Y volvió a decir la frase del arroz. El mundo es una broma pesada, o no es una broma pesada pero sí una broma, un circo, el circo es divertido y luego es triste, tiene su tragedia en medio de ese divertimento específico. No hay sistema que sirva para comprender al hombre, dijo, y dijo también, a mí se me ha cortado la mayonesa. Me quedé sin fuerzas nada más abandonar la infancia, nunca debí abandonar la infancia, pero sin duda me empujaron a ello con una brutalidad desmedida, qué le puedo decir al respecto, si usted, que tiene barba, seguramente ya lo sabe, y si lo ignora es que forma parte de todos esos imbéciles que, como sí sabemos todos, sostienen el sistema perfectamente organizado para destruirnos de forma implacable y aterradora. Mi problema es que no he sabido escapar a tiempo, siguió, y ahora he encontrado el medio, a través de la locura, una locura concienzuda que he adoptado como adopté al perro, y por la misma época, que ahora ya no me sirve tampoco, porque estar emparentados con los locos sirve durante un tiempo, más o menos largo, que luego se agota, y toma forma de pesadilla, uno deja de asearse, come mal, duerme poco o no duerme, no encuentra amparo ya en nada, y si salgo a estas horas es para disolverme en la niebla y en la obscuridad, para respirar sin apetencia. Se echó atrás sobre el respaldo del banco y cruzó las piernas con esfuerzo. Miró la luz de la farola, los insectos se agolpaban alrededor, y dijo, no puede uno liberarse de las mentiras porque no puede uno liberarse de sí mismo, como no puede uno liberarse de los amigos porque nunca tuvo amigos, pero sí gente que lo asediaban con preguntas estúpidas, con recomendaciones absurdas, con buenos deseos y todo eso lo hace a uno vomitar en cuanto tiene la menor ocasión. Hubo una pausa larga, un silencio cómodo, refrescante. Había venido aquí esta noche con la intención de matarme, dijo, y me enseñó un tarro que extrajo del bolsillo de la chaqueta. Matarse era como el gran vómito que tendría que limpiar la sociedad, imagínese, señor, usted sabe, la cantidad de elementos que se ponen en marcha cuando encuentran un cadáver, un mecanismo bien engrasado para lavar las conciencias, sanear el espacio, mostrar toda la asepsia posible, etcétera. Le ofrecí un cigarrillo entonces, y dijo, no, voy a regresar a mi habitación, voy a postergarme un día más, voy a esperar la vuelta del perro. Y mañana estaré aquí, señor, y entonces le aceptaré ese cigarrillo. Entonces se levantó con todo el esfuerzo, me miró a contraluz durante unos segundos y comenzó a caminar vacilante, mascullando cabizbajo.

domingo, 20 de abril de 2008

Sinergia del amor.



Otoño de 1930.


Fernando:

Para mostrarme su desprecio, o por lo menos, su indiferencia, no era preciso el disfraz transparente de un discurso tan bien perfilado, ni la serie de “razones” tan poco sinceras como convincentes, que me ha escrito. Bastaba con decírmelo. Así, con la carta que me remite, lo puedo entender igualmente, pero me hace sufrir más.
Si prefiere a la señora que lo ronda antes que a mí, -ésa de quien se siente tan atraído-, ¿cómo podría yo tomarlo a mal? Fernando, puede preferir a quien quiera: no tiene obligación -creo yo- de amarme, ni realmente necesidad (a no ser que quiera divertirse) de fingir que me ama.
Quien verdaderamente ama no escribe cartas que parecen requerimientos de abogado. El amor no estudia tanto las cosas, ni trata a los otros como reos que es preciso juzgar. ¿Por qué no es usted franco conmigo? ¿Qué empeño tiene en hacer sufrir a quien no le ha hecho mal alguno -ni a sí mismo ni a nadie- a quien tiene por peso y dolor bastante la propia vida solitaria y triste, y no necesita que se la vengan a enriquecer creándole esperanzas falsas, mostrando afectos fingidos, sin saber con qué interés (o divertimento) ni con qué provecho?
Reconozco que todo esto es cómico, y la parte más cómica de todo esto soy yo. Yo misma lo encontraría gracioso si no le amase tanto, y si tuviese tiempo para pensar en otra cosa que no fuese el sufrimiento que tiene el placer de causarme sin que yo, a no ser por amarle, lo haya merecido, y creo que amarlo no es razón suficiente para merecer este castigo. En fin..., Aquí queda mi documento escrito: Reconozca mi firma y rúbrica:

Ofelia.


.......................................................................... . *** . ................................................................................


Noviembre, 1979.


Querida Ofelia:

No imaginas hasta qué punto la memoria es capaz de sorprenderme cada día con exquisitos y renovados obsequios. Frutas breves que, presuroso, paladeo con el propósito de que nada se escape a esos instantes de regocijo y éxtasis pasajero. Hoy fue el aroma de tu pelo, que me entró al tiempo de la mañana, en un deleite de vainilla y caramelo. Y te recuerdo, sí, con tu sonrisa abierta y tu cabello revuelto, en esa magia absoluta que ponías en cada gesto, y esos pequeños secretos que guardaban los perfumes de tu cuerpo. Bello tiempo aquel que precedió al de las llagas que te causaron mi ignorancia y atrevimiento. Sí, ya sé que aquel asunto no te gusta tanto que te lo nombre... pero es que a menudo me pregunto con qué capacidad o, incluso, con qué arrogancia, me perdonaste aquello... La enfermedad de Pilar va despacito, ya sabes que a estas edades nuestras, cuanto mayor es el mal muchísimo más lento. Agradezco tus consejos y esos detalles que siempre tienes con mi esposa y este mal plantado viejo, que celebra siempre tus noticias con sumo gusto y recreo.

Fernando.

domingo, 13 de abril de 2008

Ruptura.


Termina por aburrir el onanismo.
Termina por desquiciar lo glabro del silencio.
También es peligrosa la cercanía de unos con otros.
Te he despedido y me alejo.
Tal vez hacia las escombreras de la ciudad.
Tal vez te guardas una canastilla de razones.
También que te vas anegada de dolor.
Te has llevado todos los tequieros.
Trato de escarbar el rastro de tus pasos.
Tiembla el suelo bajo mis pies.


***


Precipitada contemplación de la agonía, me digo
y a la lágrima, vámonos ya de este sueño,
pero juntos y sin plazo.
No me atiende y desciendo
para alzar más tarde la vista, y clamo:
contémplame solo y desterrado,
otórgame de la palabra el mecanismo.
Se diluye el espacio impreciso,
lo que otros urdieron queda memorizado
y los voceros permanecen al acecho.

martes, 8 de abril de 2008

El dolor.


Todos conocemos el dolor, el dolor propio alcanza las más altas cotas, el dolor del otro nunca es como nuestro dolor. Así que todo dolor es imperfecto, toda subjetividad es imperfecta y cada cual se otorga el retorno cansado, después de haber hollado la roca del dolor, como la mayor de las proezas. Hay quien se consuela contemplando el dolor de los demás: es cuando ese dolor ya no tiene retorno, cuando va a residir ininterrumpido, permanente, incisivo hasta el final. Se lucha contra la naturaleza de ese dolor de maneras inverosímiles. Leyendo a Alexis Zarythinos, en "El postrado", descubro una. Dice esta gota brillante de poesía:


Un poco, un poco más alto

colocadme, para ver en alta mar

los que se ahogan.


Vemos nítida la imagen: un hombre trozado de enfermedad, hecho migajas su cuerpo en una cama de hospital con ventanas al mar. Nadie lo visita. Ruega al movimiento infatigable de las enfermeras un ángulo para su vista, el ángulo preciso para que su sufrimiento salga fuera acompañado, o engrandecido, o silenciado frente a los que en el horizonte marino mueren. A modo de adehala pide la comprobación de que hay otros que más que él sufren, tanto dolor hasta su muerte. Su vida, aunque postrada, en un hilo aún avanza: es éste su contento.

Pero el dolor no es una unidad de medida. Resulta mezquino tomar la escrupulosa romana y depositar en un platillo una porción de dolor y en el otro otra. No se puede, ni se debe, ni se quiere escandir con los dedos el sufrimiento ajeno, tan sólo el propio, el que sentimos ha buceado con su acero por dentro de nuestra propia carne, que es el peor, el más indigno, el inmerecido. Y cómo respetar todo el dolor que no sentimos sino en ecos o despojos, cómo hacer para acercarlo, mitigarlo, acompañarlo y que eso sea verdad... Creemos a veces, y de forma estúpida, que cualquier tormento desconsolado es algo que engrandece, y que hay que despreciar todo el secreto de la felicidad. Y no, es una creencia falsa. Hay que acoger el dolor como si de un perro manso se tratara, acunarlo en sus segundos tibios.

Hay un dolor igual a esas ruidosas tormentas de verano: cuando termina, queda la tierra ebria y tranquila, y el sol no tarda en aparecer con sus alfanjes dorados. Este dolor se parece a la rabia. Luego están los otros dolores, secos desde siempre de lágrimas, o no, pero con cristales cortantes dentro, tan filudos que, si se hace un movimiento brusco, indebido, muerden la carne.

Y no hay tránsito, ni huida. Siempre pertenecemos al dolor.


.



miércoles, 2 de abril de 2008

Ángel el Listo, pordiosero.



Golpes, golpes, sonidos de golpes, contundentes, cercanos, lejanos, sucesivamente, incansables ¿cómo representarlos? Latían en su cabeza, atronaban, paraban con una sospechosa quietud, como recogiéndose para precipitarse de nuevo con total brutalidad sobre los temporales, uno nuevo, el golpe, peor, terrible, desolador, atávico. Glu, glu, estoy entrenado para los golpes, hecho un hacha ya, de los golpes, ciertos, inciertos, sobre mí, ininterrumpidamente, estos años, entre la maraña de palabras estériles que pretenden anunciarlos, y luego aliviarlos. Pero no, algunos echan raíces, permanecen, crecen, extendiéndose por todo mi ser, bifurcando ávidos y perniciosos en sus interminables ramificaciones, atroces, convencidos de su poder, si pudieran, si quisieran, lo que harían, lo que destruirían, lo irremediable de su dolor, sus mezclas diversas, furentes, sobre mí, cuerpo sin alma, destronado e incapaz de soportar ofertas de salud que lo renueven, porque el espíritu está podrido por la corrupción y los venenos. Golpes y gritos desgarradores, y a lo lejos, murmullos inarticulados que hieren como amenazas si no cumples. Hoy siento frío, y es por lo largo de los días, porque tendré que inventar, sé que tendré que improvisar, para sostenerme, gemiré, reiré, cacarearé, me postraré, suplicaré, conservaré aquellos inservibles elementos que sostienen a los demás engañados pero sanos, en el seno de la sociedad, danzando sobre el –no hay ni que decirlo- peligroso filo de la cuchilla. Golpes, suenan acezantes ¿cómo representarlos? Sobre mi cabeza aplastada, vencida, voy a moverme, no puedo, todo gira, a gran velocidad, a poca velocidad, a una velocidad uniformemente acelerada, voy a estallar, a desintegrarme en medio de uno de estos golpes infernales, a esparcirme en porciones dispares, y nadie me sobrevivirá luego, porque nadie debe, ni habrá que dar explicaciones engorrosas a los viandantes, porque estarán muertos y no las pedirán, porque nadie puede, estarán muertos y no las pedirán, no las pedirán, no las pedirán, ni murmurarán. Ahora murmuran porque están vivos y contemplan el espectáculo deplorable de hombre destruido por la venganza comunitaria, yo. Objeto, golpes penetrantes para los que estoy capacitado, más que nadie, por un entrenamiento largo de años, sin tregua, un monstruo para encajarlos, yo, hasta la extenuación. No hay estremecimiento al que no pueda o deba sobreponerme, porque mi esclavitud es inmaterial y me permite sofocar los golpes, glu, glu, para lo que, como digo, y digo, fui entrenado durante años, decenas de años, hasta convertirme en un portento digno del mayor asombro. Golpes en los sueños, los sueños que nos aseguran toda la impunidad, como, por ejemplo, tentar un hermoso seno de una hermosa señora, mientras ella sonríe complacida ante la aquiescencia de su señor marido, burgués arruinado, sin recibir el castigo propio, físico o moral, o de la misma conciencia; o, como, por ejemplo, hervir unas singulares ideas y servirlas ante una corte de puritanos. Salvaje crece la flor de mi cólera, en mis sueños, sueños que me aseguran toda la impunidad. Golpes que ni restan ni dividen, ante mi desesperación, Ángel, qué listo, y cómo se arrastra por las aceras, aunque pontificando, trazando inauditos planes sobre devoluciones de astrosos libros hallados en la sepsia repugnante de los contenedores a quién sabe qué dueño, golpes, y con qué extrañísimo motivo pretender acercarse de esa forma estúpida a la vida de alguien, seguramente sano en su putridez, y que sin duda le echará los perros sañudos que duermen plácidamente sobre la alfombra frente a la chimenea de noviembre, sin ganas de trabajar. La epidemia de las ideas, listo eres, cabrón, que usas la abundancia etílica para alumbrar las más peregrinas, audaces y absurdas. Otro golpe más, sobre las paredes del cráneo, que te ha derribado sobre el erial, y ya hace horas que el sol flota sobre la curva azul y estás desamparado, a pique de un abismo de fin de todo, y eres lo que antesdeayer antes de los billetes, antes del aseo, antes del desayuno, antes del antes que nunca existió, porque ya tu memoria lo fue borrando con la tenacidad y eficacia de la que se ha alimentado estos años de fracaso, de devastación, de anulación, Ángel, listo. Listillo. Toma golpes, más golpes, los golpes son la sal del desposeído, y los necesita para sobrevivir, para sentirlos sobre su cuerpo enteco, coleccionista de moratones, los más variados, en su policromía, en su tamaño y en su disposición. Otro golpe, ¿cómo representarlo? otro golpe. No sobreviene la calma, porque la calma te mata, es un horror la calma, insoportable es la calma. La calma es la muerte en ti. No tienes crédito en la calma ya. Murmullos, voces.
-Éste es Ángel, el Listo –escucha.
-Sí, lo es –alguien confirma. ¿Seré yo? -Está destruido de tanto beber anoche.
-Parece enfermo, tiene un aspecto espantoso, tío.
-Vamos a recogerlo y acercarlo a un hospital, o al albergue.
No, no, no, gritas mudamente, pordiós, estoy bien, sinceramente, estoy bien, dejadme, dejadme, dejadme aquí, con mis golpes, con mi plan, con mis desdichas. Pero no tienes fuerza para enfrentarte a ellos, que te recogen, te aúpan y te trasladan sin apenas esfuerzo, para procurarte el alivio samaritano que te devolverá a tu otra noche, la más áspera. Y te llevan acompañado de tus golpes, en volandas, hacia dónde, dices, hacia qué, preguntas, hacia qué nueva tormenta…


** ** ** **

Estoy despierto y huele a medicinas, y un susurreo pacificador me rodea. Siento mis ojos depositados sobre un horizonte de vaga esperanza, y siento otros ojos clavados en mí que me advierten que no queda rastro ya de esperanza en mi ser, y me lo claman en cada pestañeo. Maldigo la hora de mi nacimiento, la hora de mi crecimiento y la hora de mi vida, cualquiera que ésta sea. Amén.
-Vamos, señor, tómese esta sopa.
-No me apetece.
-Tiene que comer, para reponerse. Ha sufrido un desmayo.
-Me gusta desmayarme. Soy aficionado a ello.
-Déjese de tonterías, que si no, me despiden a mí.
-Es usted muy guapa. No la despedirán.
-Lo harán si no se toma la sopa.
-Ya verá cómo no.
-No sea terco. ¿Quiere que le dé un beso?
-Nadie me ha besado desde 1980.
Y la señora sonrió. Y el Listo se acercó a la bandeja y tomó una cucharada de sopa, tibia ya.

lunes, 31 de marzo de 2008

Otra vez se va marzo.


Guardo de ayer verde en los ojos,

de hoy un cielo de azul mullido.

De ahora las mariposas descolgándose como hiedra

y el olor a geranio por entre los libros.

Te paseé las manos por el pensamiento,

acaso te cansaras.

Cuando la primavera quiere nacer, oblación callada,

se mece el calendario de la vida tras sus altas verjas.

Una urdimbre, un abrazo de sutilezas:

cada espacio de sombra un olor diferente.

Cada hora de luz un contorno distinto en los brillos,

los colores de tan puros jugosos que llegan a rezumar en la pupila.

Y a ratos ráfagas de lenguas que levantan,

barren, esparcen esferas de olor y humedades.

Es el sonido eterno del agua.

Salvado por el cerco blanco de unos muros

relampaguea el verde en las cancelas.

Detrás, parpadean las hojas con un ritmo de secular calma,

las cortezas hendidas por la caricia de una tarde de tormenta.

A poco está el mar

y se adivinan pájaros

por entre las ramas de los olmos, los cipreses, los almeces.

Hay insectos junto a las flores.

De ese aire necesito llenar mis estancias,

de esa media luz filtrada por las hojas

y de tu presencia caprichosa, amenazante adelfa

escuchando a qué suenan las alas de mariposas.

.

viernes, 28 de marzo de 2008

El Renco.


El cojo volvía a casa en taxi, la pierna vestida de atalajes metálicos, cuando, nada más apearse, le asaltó una visión arrolladora, hasta el punto de que todo se borró en derredor de ella: sus ojos ávidos atendieron únicamente esa estampa deslumbrante que caminaba hacia él con un andar armoniosamente desasido. El corazón desbocado, relinchando en los prados mismos de la garganta; el tino desatinado; la pierna ajustándose con atávica inverecundia a los más certeros parámetros de la cruda realidad: la cojera inocultable. Era Ella, su ser, preciosísima, derramando un suave perfume de hierbas y azuzón de romero, y con un halo de golondrinas escoltando la belleza de los cirros que formaban los cabellos sobre su cara, la que se iba acercando a donde él estaba, diríamos que petrificado en su obnubilación oblonga. La miró -es que la tenía que mirar- a los ojos, como miraría un esclavo a su dueña. Pero también como ofreciéndole los confines inconquistados del reverso del mundo y todas sus riquezas inimaginadas, que él extraería del subsuelo más obscuro, de las cumbres de las montañas más altas, de los lechos de los ríos más bravos, y de las profundidades más abisales del mar. Ella, Soledad, su ser, percibió el calor ofrecido, oferente, que manaba centelleante de las pupilas de Renco, se sintió tocada por ese rayito, y le sonrió de forma imperceptible. Ese leve sentimiento pungido de sus labios tuvo el efecto de un ancla cuando, de golpe, se deja caer al fondo para sujetar la nave en el cuerpo todo y en toda el alma del cojo. Ella, esa mujer, que no es lo que todos piensan, o malpiensan, sino que es Ella, omniabarcante en su ser, la que trajina en sus días y se expone en la ventana para dársele en los días más tristes de sus días, que son todos, le había mostrado su mirada y sus labios rojos y afilados mientras él, presa de la confusión, seguramente escorzado y ridículo, trataba de rendirse a sus pies, vestidos con la desnuda prenda que la separaba del suelo mortal. Y bajó la mirada a ese suelo recorriéndole las piernas de lamible perfil al tiempo que el culo de Ella, su ser, le sobrepasaba hasta perderse tragado por el portal que la conduciría a su apartamento.

jueves, 27 de marzo de 2008

La otra versión sobre la puta.


Cuando el cojo subió a su casa, arrojó el bastón con que fingía su falsa cojera, se descamisó de los románticos sentimientos que, a veces, son tan necesarios en el juego de la simulación y la seducción, y recordó. Él bajó del taxi y la vio acercarse. Apreció las curvas de su jugoso culo y le buscó los ojos con la mirada, en espera de algún mínimo gesto, una sonrisa oferente, una miaja de coquetería. Ella, sin embargo, sorbeteaba un helado y pasó por su lado sin apenas darle una mirada. Él se encogió de hombros y como era tarde y hacía frío y el apetito extemporáneo arreciaba, dejó para otra ocasión su plan de seducirla y se fue a casa, en la que bastantes trajines y preocupaciones tenía como para dedicarle a aquella desconocida un primer y muchísimo menos, un segundo pensamiento. Y se sentó a contemplar este cuadro de Klimt en una revista.

La misma puta en tercera persona.


Ella cruzaba la calle cuando lo vio salir del taxi. Sorbeteaba un helado pero, a tiempo, salió de su distracción para fijarse en aquel hombre que le miraba el cuerpo con golosina. Alzó los ojos hacia él y le fingió esa vieja sonrisa que, es fácil hacer, consiste en parpadear y arrojar chispitas por las pupilas. Se fijó, sin embargo, en su feo aspecto y decidió que aquel hombre no merecía tan largo esfuerzo, tan denodado juego de seducciones, simulaciones y trampantojos, y regresó a su helado mientras se adentraba en el portal.

La puta.


Esperé apoyada contra un muro para hacerme la encontradiza. Lo vi bajar de un taxi. En la distancia, el sol de la tarde me tupía los ojos y observé su silueta, tal como la que percibía en la ventana. Me acerqué hasta él y alcé los ojos para buscar los suyos, por ese viejo prejuicio de que las personas somos máscaras excepto en nuestras miradas. No eran grandes, sus ojos; no eran fieros ni espectaculares. Pero estaban tomados por la ternura, y la ternura, en mi soledad y mis sombras, suele ser un matiz que me sobrecoge, como sobrecoge más una ermita que una catedral de ésas imperiosas. Por esa ternura emanada de sus ojos, le sonreí con los míos y sentí el impulso de darle un abrazo muy fuerte o, mejor aún, de pedirle que me abrazara. Pero no pude hacerlo, porque le sentí de pronto incómodo e inquieto y, por el viejo prejuicio de las soledades y de las sombras y de las heridas que quizá dejó otro hombre, pensé “Ah, vaya. Para él sólo soy la puta.” O peor aún “Ah, vaya. Otro que tampoco querrá quererme”. De modo que me giré y, presurosa, me adentré en el portal, con las puertas decoradas con plantas y espavaranes. Me senté en el sillón, encendí un cigarro y lloré de tristeza.

martes, 25 de marzo de 2008

Allá lejos.

En dos días santos y uno de gloria, huido del bullicio cerril de las procesiones, me he leído un libro de un autor francés del siglo XIX, Joris-Karl Huysmans. A quien me lo recomendó le hago siempre y todas las ocasiones caso. Nunca ha fallado hasta ahora. Es astuta. La novela lleva el título de "Allá lejos". Es buena, es ilustrativa, tiene poco desperdicio. Quiero extraer unos párrafos aquí.
"Y en fin, ¿no era el dinero el más descorazonador de los enigmas?
Porque, al fin y al cabo, con él uno se hallaba ante una ley primordial, una atroz ley orgánica, promulgada y aplicada desde que el mundo es mundo.
Sus reglas son constantes y precisas. El dinero se atrae a sí mismo, intenta aglomerarse en el mismo sitio, prefiere a los criminales y a los mediocres; y cuando, por una excepción inescrutable, se amontona en un rico cuya alma no es ni asesina ni abyecta, es estéril, incapaz de resolverse en un bien inteligente, no puede, incluso entre manos caritativas, alcanzar un objetivo elevado. Se diría que se venga así de su falso empleo, que se paraliza voluntariamente cuando no pertenece al último timador o al grosero más repugnante.
Es más llamativo cuando, extraordinariamente, va a perderse a casa de un pobre; entonces, si es limpio, lo ensucia inmediatamente; convierte en lúbrico al indigente más casto, actúa a la vez en el cuerpo y en el alma, a continuación sugiere a su poseedor un egoísmo bajo, un orgullo innoble, le insinúa que gaste el dinero en sí mismo, convierte al más humilde en un lacayo insolente, al más generoso en un avaro. Cambia en un segundo todas las costumbres, trastoca todas las ideas, metamorfosea las pasiones más tozudas en un abrir y cerrar de ojos.
Es el mejor alimento de los pecados importantes, y, en cierto modo, también es su contable vigilante. Si permite olvidarse, dar limosna, ayudar a un pobre, en seguida suscita en el pobre el odio de la buena acción; sustituye la avaricia por la ingratitud, restablece el equilibrio, la cuenta cuadra, no se comete un solo pecado menos.
Pero cuando es auténticamente monstruoso es cuando, ocultando el brillo de su nombre tras el velo negro de una palabra, se da el título de capital. Entonces la estrategia ya no se limita a incitar individualmente, a aconsejar robos y muertes, sino que se extiende a toda la humanidad. Con una sola palabra, el capital decide monopolios, edifica bancos, acapara materias, dispone de la vida, puede, si quiere, dejar morir de hambre a millones de seres.
Mientras tanto, se alimenta, se engorda, se procrea solo en una caja; y los dos mundos lo adoran de rodillas, mueren de deseo ante él como ante un dios."
Ya no volveré a tentar los juegos de azar.

martes, 18 de marzo de 2008

Variaciones para Laura.


Historia. Día de fiesta, el ocio es asaltado sin consideracíón alguna, y yo asomo los pies por la ventana, desnudos esperando a que los cálidos y cobrizos primeros rayos del sol los iluminen. Naturalmente no veo nada más que el cielo, no se me puede negar ese mérito, si es un mérito eso, sin quedar paralizado u horrorizado de inmediato. El cielo parece transparente y se funde con el mar que también parece transparente, tal vez sean la misma cosa, quién puede decirlo. No creas que esta postura me incomoda, pues tengo la suerte infinita de poseer unas ventanas de perfil bajo y muy adecuadas, por tanto, para sacar los pies a través de ellas sin que ello suponga un esfuerzo insoportable. La sangre acude a mi cabeza y se puede leer a Ovidio sin fatigarse tanto como cuando lees a Ovidio en cualquier otra postura, y sin ofender a nadie. Los feligreses acuden a su ritos religiosos, a sus actividades deportivas, a sus comentarios sociales, el periódico, el tiempo, el aseo del perro, pero mis pies ignoran todo eso y son afortunados por ese motivo, y se rascan convencidos de que todo lo que acontece es al fin pura inutilidad, o fingimientos innecesarios, maleza sin desbrozar y un sinfín de etcéteras apretujados y desalentados que pretenden alcanzar el grado de felicidad mínimo para no arrojarse a los precipicios sin dudarlo. No hay lamento si uno procura no perder el punto y establecer que todo lenguaje es un error precisamente del lenguaje, que es un acto primero y unívoco para programar el desafío. En ese momento puede sobrevenirme el hambre, no puede sustraerse uno a la llamada del hambre, puede estar uno planeando su suicidio con un convencimiento absoluto y sin embargo atender la llamada del hambre y entonces hacer un paréntesis y disponer de él para comerse un bocadillo de queso con pepinillos, no sin ira, he de reconocerlo, la ira frecuenta con intervalos cada vez más pequeños mi afición por la ira, como una atracción fatal y uniforme que, reflexiono yo, ya irá pasando de mi moda con el tiempo. No podemos descuidar ciertas cosas por muy afligidos que estemos, aun estando vencidos, una pulsión de algo nos impide completarnos, sospecho que de eso habló Jung, no puedo estar seguro, tampoco importa demasiado en este caso, ni en ninguno. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí, por la ambigüedad... Es fabulosa esa tarea ambigua y celeste que nos hace reflotar y creernos que la maravilla nos va a asistir de un momento a otro y que todos nuestros reclamos, sin recelos, serán atendidos. Por ejemplo, veo mis pies desnudos cuando alzo la vista del libro de Ovidio y quiero creer que tengo tus pies del otro lado de la ventana pegados a los míos, en sentido antípoda, y noto esa tibieza agradable que va gestando un irreprimible deseo sexual, pero tú estarías flotando en el aire en ese caso, como materia etérea, evanescente podría ser, imposible de asir, lejos lejísimos. Te he encontrado, te he encontrado, gritaría, y el asunto no iría más allá de otro error del lenguaje que confirmaría que todo es error una vez más, y necesariamente. Tal vez ya va siendo hora de parar, encuentro dificultades para convencerte, me va pareciendo. De natural, la opresión de los días festivos tiene la singularidad de dejar un rastro grisáceo en las mentes empeñadas en llegar a algo. He de darme lástima ahora.

sábado, 15 de marzo de 2008

El fracaso del noumeno.


Me acaba de llamar una amiga y me comunica que no le quedan bragas limpias que ponerse, que qué puede hacer para solucionar el problema, que tiene que salir esta noche de pindongueo y que tiene apuros para salir sin esa prenda íntima a la calle, que qué iban a pensar si... Yo me quedo oyéndola estupefacto, preguntándome cuál es el motivo que la ha llevado a esa desgracia, si ha sido un descuido, si se le ha estropeado la lavadora, si se ha quedado sin agua corriente, si es que no tiene más que media docena de ellas en su cajón, etcétera, todo eso sin abrir la boca. De pronto se calla, y pienso que, a lo mejor, se ha cortado la señal del móvil, y yo puedo regresar a mi lectura de Magris olvidándome de inmediato de la interfecta, ella. Pero no, desafortunamente vuelve a implorarme. Entonces le digo que si ha pensado en el noumeno, y ella dice que sí, que es lo que más le importa, llevarlo ahí al fresco toda la noche, que hace una brisa gélida inconveniente, que está marceando más de lo debido. Y se calla de nuevo, como queriendo reunir fuerzas en ese silencio. Yo le advierto que no ha de confundir el noumeno con lo que ella lo confunde, y que se calme. Que, a unas malas, le puede pedir prestadas unas braguitas a la vecina de enfrente, o lavarse unas a mano lo antes posible, que si no tiene agua del grifo que use agua mineral, que, oye, todos mis descubrimientos pertenecen al campo de lo frágil y que esta situación me supera, que existen en el mundo adversidades mucho más crueles y que llevan años sin solución, y que ella debería arreglárselas sola en vez de llamarme, jodidos móviles, para transmitirme una preocupación tan beocia. Pero mi amiga insiste, y no sé cómo deshacerme de ella. Pienso en el siglo diecinueve, cuando la ropa interior era un reino de hadas, y me esfuerzo por no exponerle mi malestar, le digo que me siento avergonzado, le deseo suerte y corto. Se me han desvanecido las ganas de seguir leyendo, y me pongo a escribir esto en el blog, ante mi propio asombro, pese a la estultez tan evidente. Desde que empecé no ha dejado de sonar el teléfono. Es ella. Yo la imagino sin bragas, paseándose por el salón. Voy a enviarle un mensaje recomendándole que use cualquier braga sucia.

miércoles, 12 de marzo de 2008

La narración que nadie escucha.


Hay un montón de gente a mi alrededor, un número indeterminado de personas que hablan entre sí y otras que van y vienen. Una reunión cualquiera en la que yo también hablo, tratando de narrarme para los demás, de algunas cosas que considero importantes en ese momento. Todo es un enredo. Hace rato que descubrí que nadie escucha, que todos hacen lo que hago yo, narrarse, y que la narración no le llega al otro, porque este otro acude rápidamente a su propia narración. Todas las narraciones, por tanto, sucumben de inmediato. Se precipitan a un vacío del que ya nadie podrá rescatarlas. Trato de enmudecer antes de que esto se convierta en el despropósito que ya resulta. Antes les hablo de las fuerzas de las olas, del potente vendaval, de las riadas imparables y destructoras. Consigno que todo es aniquilamiento. Y entonces callo, sin que nadie se atormente por eso, y decido convertirme en una de las personas que van y vienen. No hago otra cosa que narrarme visualmente. Tampoco nadie me contempla.